martes, 25 de noviembre de 2014

Historias en el día de cobro de la jubilación

Por Susana O.

Historia 1

Como de costumbre el banco Supervielle de Sarmiento y San Lorenzo, repleto. Lleno de jubilados con sus historias, sus problemas, sus necesidades. Algunos con sus mejores ropas y peinados de peluquería hechos especialmente para la ocasión; otros, vestidos con sus hábitos cotidianos, usados y vueltos a usar. Con bastones, sillas de ruedas, anteojos, audífonos, algunos engalanados y perfumados, otros solos, o acompañados de gente joven o empleadas. Señoras muy producidas, atropelladoras. Señoras muy humildes y tímidas en el banco. Todos con una sonrisa oculta: día de cobro.
Ese día yo, como lo hago siempre, había sacado número en la máquina cerca de la puerta de entrada y estaba dispuesta a hacer algunas diligencias fuera del banco o tomar un cafecito en la cafetería de enfrente, mientras llegaba mi turno: siempre hay que esperar alrededor de una hora.
Ustedes me preguntarán si tengo tarjeta para ir al cajero y terminar más rápido. Sí que la tengo y la uso; pero es toda una fiesta eso de ir el día de cobro.
Estaba por salir, cuando fue entonces que escuché una ¿discusión? en la calle: era un anciano con un cuzquito que se negaba terminantemente a entrar al banco y el hombre trataba de convencerlo hablándole como si fuera una persona. Por supuesto, me detuve para ver cómo terminaba el entredicho. Finalmente, al no poder hacerlo entrar en razones, el hombre arrastró al perro por la correa y lo llevó patinando sentado en el suelo y a los ladridos mordiendo la correa adentro del banco. Todos mirábamos sonriendo la lucha hombre-perro. También lo vio el guardia de seguridad, que llegó muy violento a la puerta:
—Señor, señor, no puede entrar con el perro. Por favor, retírese.
—Sólo quiero sacar número, así adelanto el turno de la patrona.
—Con animales no puede entrar al Banco. Por favor retírese.

Otra patinada del cuzco y ladridos agudos mientras el hombre salía. Algunos comedidos le sostenían la puerta, le abrían paso, le hacían lugar para que pasara. Lamentablemente, a nadie se le ocurrió por entonces llegarse a la máquina y retirar un número para el dueño del perro caprichoso.
Seguridad se quedó un momento esperando que el anciano se retirara. En cuanto el guardia desapareció, otra vez el hombre con el perrito patinando y a los ladridos adentro del banco. Y otra vez el guardia corriendo para echarlo. Yo diría que todo el banco estaba pendiente de la situación: un silencio total sacudía al público que escondía la risa tras la expectativa.
—Señor, le dije que se retirara con ese perro. Es una disposición: no se puede entrar con animales.
—Es que saco número y me voy. Lo hago siempre. Es para la patrona, ¿sabe? Ella no puede venir y esperar tanto tiempo. Yo le adelanto… y aprovechando que saqué a pasear al Tobi…
—Con el perro no puede entrar, se lo repito.

A todo esto, el cuzco se arrimó al zapato del guardia, lo olió meticulosamente, levantó la pata y despachó una larga y olorosa meada a los pies del enojado guardia.

Cuando se dio cuenta de que tenía sus pies chapoteando en el charco gritó:
—Perro de mier… Fuera de acá.
—Pero, saco el número y me voy…
—Se retira inmediatamente, señor.

Salió el anciano con su perro patinando detrás de él, mientras una mujer disimuladamente le ponía en la mano el turno que le acababa de sacar para la patrona.

Historia 2

Un grupo de señoras detrás de mí conversando en voz muy baja…
—Ay, yo hace tres días que no puedo mover el vientre.
—Noo, es muy malo retener, se intoxica uno. Mire señora, yo tengo el mismo problema, pero ¿sabe qué hago? La noche antes pongo ciruelas negras en un vaso con agua y a la mañana, en ayunas, me tomo el líquido y me como las ciruelas. Después, me acuesto sobre el lado derecho más o menos media hora para que drene el hígado y, así, seguro, como un relojito, voy.
—Mire, voy a probar la receta, pero yo soy diabética y no puedo comer cosas dulces.
—No le hace nada, porque con tres o cuatro ciruelas, basta. Además pruebe solamente con el líquido, no se coma las ciruelas, eso la va a hacer ir.
—No, mire –intervino otra– yo no tengo paciencia para todos esos preparativos. En cuanto me despierto, me levanto, así preparo el desayuno para el viejo que ya hace un par de horas que seguro se levantó. Tiene insomnio, ¿sabe? El médico de cabecera del Pami me receta unas grageas blandas que usted tiene que tomar antes de acostarse y todos los días, mientras se calienta el agua para el mate, voy y muevo el vientre. Es lo más rápido.
—Perdone que esté escuchando, pero yo también soy muy seca y no puedo tomar nada de lo que ustedes dicen, porque me descompongo- añadió una cuarta señora que estaba en el asiento de adelante. Yo uso supositorios… los de glicerina para adultos, ¿vio? y día por medio, no bien me levanto, me pongo uno y sin tomar medicación soluciono el problema.
—Pero, se tiene que estar poniendo supositorios. Eso yo no lo haría, puede producir inflamación ahí abajo, lo mejor y más rápido son las grageas, son muy baratas si va con la receta del Pami. Además son totalmente inofensivas.
—A mí me sabe dar mucho resultado la gimnasia -dijo otra participante. Mire usted, no bien se despierta, se pone de pie levantando los brazos, usted contrae y suelta la barriga varias veces, más o menos diez, haciendo mucha fuerza y eso le hace bajar lo que está arriba. A mí me da muy buen resultado.
—Para mí lo mejor son las fibras, se compran en la farmacia o en las dietéticas.
—¡Ay! Me parece que se me pasó mi número. Me distraje con la conversación
—¿Qué número tiene?
—510.
—No, tiene que ponerse en la fila de pre-atención. Todavía está a tiempo.

Historia 3

Me acerco a la máquina para sacar número y entro al banco para retirar el recibo de sueldo. Había quedado con una amiga en reunirnos en Falabella para comprar un regalo. Una señora se me acerca y en secreto me pregunta qué número tengo. Le muestro y me alcanza otro mucho más bajo. Le agradezco. Ella me pide que le entregue el que yo acababa de sacar para darlo a otra persona. Se lo doy. Y salgo para encontrarme con mi amiga.
A la hora regreso, faltaba todavía para que llegara mi turno. Fue entonces cuando se me acerca la misma señora para preguntarme otra vez.
—Señora, ¿que número tiene?
 —Ah,¿cómo le va? Usted me cambió mi turno cuando llegué y me dio éste.
—Mire, tengo este otro para cambiarle. Le conviene, casi, casi está por tocarle.
—Gracias, pero ¿y usted?
—No, yo ya cobré hoy temprano. Vaya, vaya, que le toca…

Pasé por ventanilla, cobré, aproveché para pagar varios impuestos y al salir, veo a la misma señora en la puerta de entrada, cerca de la máquina expendedora de números cambiando turnos a la gente que recién entraba.
Me acerqué a ella y charlamos un rato. Le pregunté si esperaba a alguien, por qué no se iba si ya había cobrado. Me respondió:
—No, mire, no tengo nada que hacer y, mientras me entretengo, le doy una alegría a la gente haciéndoles más cortita la espera. A todos nos gusta adelantar, ¿no es cierto? Les pido el número que no utilizan y se los cambio al que recién llega. Además, recorro los asientos y siempre hay alguien que le conviene el número que yo tengo. Mientras, charlo un rato.

Historias a la hora de cobrar la jubilación, interlocutores casuales, seres hermosos y solidarios algunos, otros escapando a la soledad. Circunstancias fortuitas que muchas veces alegran la espera.

¿Les parece mal estar siempre con el oído atento para escuchar lo que se habla por ahí y participar en las charlas de jubilados? ¿Me estaré poniendo muy jubilada?

6 comentarios:

  1. Ja, ja... No sé si genial, pero sí muy jubilada!
    Cariños
    Susana Olivera

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  2. Que lindas historias, tus personajes son un amor, imagino el clima de la charla para mover el vientre, faltó una bailarina árabe.
    Un abrazo.

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  3. Espero que te haya llegado mi comentario. Ana María.

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  4. Se ve que hace mucho que no utilizo este correo y me rebotaron los comentarios. Pero te decía, que tus tres historias están geniales y simpatiquísimas. Me encantaron. Cariños. Ana María.

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    1. Gracias a todos por leer los textos. Felices fiestas amigos escritores!!!!

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