viernes, 21 de octubre de 2016

Aquel 2 de abril

José Mario Lombardo

En el año 1963, el Ejército, la Marina y la Aeronáutica andaban lidiando con algunas diferencias de opinión que, al final, terminarían mal.
Estaban por un lado los “Azules”, integrados por casi todo el Ejército, que (según ellos) eran un poco más democráticos; y por el otro lado, la Marina y la Aeronáutica, con alguna pequeña fracción del Ejército se hacían llamar “Colorados” y estos (según sus manifestaciones) no eran para nada democráticos.
Los “Azules” se alineaban tras las ideas del general Onganía, mientras que, las filas “Coloradas”, seguían al almirante Rojas, (de vasta experiencia) y a un general retirado del Ejército de dos apellidos: Toranzo Montero, con sus buenos antecedentes guerreros.
El 2 de marzo de 1963 llegamos a nuestro destino de colimbas: el Batallón de Comunicaciones Comando con asiento en City Bell, un lugar muy cercano a la ciudad de La Plata. Allí, con mis compañeros de milicia, participaríamos de una situación inesperada, pues aquellas diferencias entre “Azules” y “Colorados” se dirimieron en el campo del honor, exponiendo no ya las humanidades de los directos interesados, sino las nuestras, que éramos ni más ni menos que aquellos ciudadanos de la “clase 42”, que recién habíamos llegado “a cumplir con nuestro deber”.
Fue un mes después de nuestro arribo: en la mañana del 2 de abril, reunida toda la compañía en la cuadra del cuartel, nos hicieron vestir con ropa de fajina, borceguíes, bolsa de rancho, casco y nos entregaron el fusil y un cargador con municiones.
Salimos de la cuadra en formación, al trote y hacia los fondos del cuartel. Allí, había un bosque de eucaliptus donde diariamente realizábamos nuestro período de instrucción. Por el camino, pudimos ver como algunos aviones sobrevolaban el lugar a muy baja altura, mientras se notaban confusos movimientos por todo el batallón.
No todo estaba en su lugar. Aquella no era la rutina de todos los días.
Bajo los árboles, observando extraños movimientos y sin saber que ocurría realmente, pasamos el resto de la mañana mirando las inquietantes evoluciones de ese avión que pasaba rozando los eucaliptus.
Terminamos de almorzar un guiso de arroz que era casi una sopa y, luego de enjuagar los cubiertos en un arroyo que teníamos cerca, nos quedamos adormecidos al pié de los grandes árboles.
De pronto, la improvisada siesta se interrumpió: un ruido como a tela que se desgarra seguido de una especie de golpe sordo que parecía el impacto de un gran pisón sobre el suelo, fue como una orden para que se desatara el temporal.
Un subteniente de nuestra compañía, apareció a la carrera pistola en mano, saltando el tronco de un árbol caído. El avión pasó más rasante que nunca sobre nuestras cabezas. Se escuchó un tableteo de ametralladoras. Y nuestro subteniente dio la orden: ¡Todos a City Bell!
Fue una desbandada total. Corríamos como nos habían enseñado, un tanto agachados y en sig-sag y nos escudábamos en los árboles, buscando apresuradamente el alambrado que nos separaba del pueblo.
Mientras corríamos, sentíamos el silbido de las balas. De pronto, otra vez volvió a repetirse aquel sonido de un gran pisón impactando sobre la tierra: había caído una bomba en la caballeriza.
El alambrado que limitaba el cuartel era un viejo cerco de siete hilos que estaba bastante flojo, de manera que logramos saltarlo sin inconvenientes. Más allá, podríamos guarecernos por el interior de las manzanas, entre los patios de las viviendas, los gallineros. Todo por hacernos invisibles a ese avión que se dirigía sabiamente hacia el enemigo que se escondía. Ese avión que siempre nos apuntaba. Que siempre nos amenazaba. Que semejaba un temible péndulo flotando sobre nuestras cabezas.
Y mientras tanto, se escuchaba el sonido de aquella tormenta inesperada. El temor a lo invisible. Los disparos. Era un caos.
El disparo y el posterior silbido del proyectil no son para nada agradables. No se ve nada: se escucha. No se sabe si va dirigido hacia este o aquél. Quien lo dispara posiblemente sabe su destino, quien lo recibe no sabe nada. Pero: ¿A quién dispararle?, y ellos ¿Hacia dónde apuntaban?
Y no sabíamos nada de nada. Algunos fuimos guarecidos en casas vecinas. A otros, que fueron capturados, se les retiró el percutor del fusil y fueron agrupados en la plaza, mientras algunos caminaron por la ruta rumbo hacia Buenos Aires o La Plata.
Toda la tarde se escuchó el seco ruido de los disparos en la ciudad de City Bell.
Cuando caía la tarde volvió la calma y entonces pudimos regresar al cuartel. Caminamos lentamente en fila india, mientras otros soldados como nosotros, formaban una especie de guardia de honor en ambas veredas. No podíamos distinguir entre los nuestros y los “otros”. En realidad, todo parecía lo mismo.
La toma del cuartel la llevó a cabo la infantería de marina y por la noche ya se habían retirado. En el cuartel quedamos unos pocos. A la mayoría se les dio una licencia de unos diez días.
Al día siguiente pudimos ver los resultados de aquella insensatez: edificios averiados, el pozo de la bomba en la caballeriza, algún carro blindado abandonado y una bomba que no explotó y quedó varios meses clavada en el borde de la plaza de armas, frente al comedor.
No nos enteramos si hubo heridos en City Bell. Después, con el tiempo, supimos de los muertos y heridos en Magdalena en aquel triste episodio del 2 de abril de 1963. Según algunos datos aportados por el diario “Clarín” hubo un total de 24 muertos y 87 heridos y solo en Magdalena, donde se desarrollaron las acciones más violentas, se registraron nueve soldados muertos y 22 heridos.
Ahora, pasado el tiempo, ya sabemos el resto de la historia: Aquella sublevación “colorada” del 2 de abril, había pretendido derrocar al presidente Guido y remplazarlo por el general Benjamín Menéndez, movimiento que fue abortado por las tropas “azules” que en su mayoría pertenecían al Ejército.
En octubre del 63, fue electo presidente el doctor Arturo Illia. 
Y tres años después, el general Onganía, “el democrático”, “el azul”, se metió en la Casa de Gobierno, echó al presidente porque se sentía el dueño de la verdad y, de paso, en una noche aciaga de aquel 66 entró en la Universidad para desalojar violentamente a quienes se atrevieron a poner en duda, que fuesen los bastones largos los dueños de la razón.

1 comentario:

  1. Muy impresionante tu relato, me imagino qué momentos que habrás pasado. Realmente impresionante.
    Noemí Peralta

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