domingo, 13 de noviembre de 2016

La cocina: lugar de aromas y sabores

Marta Susana Elfman

Es el lugar de la casa donde se prende la primer luz del día, reunión de la familia para el desayuno, el aroma del café recién hecho, las tostadas calentitas apurados hora de ir al colegio, al trabajo.
Es el lugar por excelencia para cualquier excusa, un café con una amiga de toda la vida o tal vez tomar unos mates; pero, claro, llegado el mediodía, volvemos a casa dejamos los útiles y el primer lugar es la cocina, ese olor de la comida, preguntando “¿qué hay de comer? Claro que la mirada de mamá evita cualquier comentario, ella dice... “comida”.
Vengo desde chica, cuando convivía con mis tíos, con sabores típicos judíos, y al casarse mi padre otra vez ingresé en una familia netamente italiana. Los días de la semana estaba designado el menú; lunes puchero, martes podría ser de milanesas con puré, los miércoles era variado y a gusto de la cocinera, no por eso dejaba de ser nutritivo, jueves pastas, por supuesto, con un buen estofado y esas salsas que nos hacían dejar el plato limpio con el pancito, viernes pescado, sábados era más libre, ya que era el día dedicado a la limpieza general de la casa, los domingos era el pollo en sus diferentes versiones o un buen asado.
Por supuesto, todos los días, primero antes del plato principal... sopa. Recuerdo que cuando decía “yo, sopa no”, la mirada de mi mamá era terrible y, sin decir nada más, tomaba la sopa.
Pero la cocina no solo era el lugar de las comidas; también cuando todavía estaba en la primaria era donde hacia la tarea, después la merienda, donde papa leía el diario los domingos. Era grande espaciosa, el corazón de la casa.
Me gustaba ver cocinar a mi mamá, y preguntar cómo se hacía cada cosa, ayudar para preparar alguna torta y pasar el dedo por la fuente sobre la masa cruda para probar esos sabores.
Tenía 12 años cuando quise hacer mi primer intento de cocinera. Eso sí, pedí primero permiso a mi mama, que no se negó, pero dijo “podés hacer y probar lo que quieras, pero después hay que dejar la cocina y todo lo que usés limpio y en su lugar”. Así que tomé un libro de recetas de los que tenía mi mamá y empecé a buscar alguna que no fuera muy complicada.
Empecé reuniendo primero todo lo necesario y me dispuse hacer la torta. Hasta ahí todo iba muy bien, calenté el horno siguiendo las instrucciones del libro y la torta al horno. Claro en esa época los hornos todavía no tenían visor, por lo menos en mi casa, y mi ansiedad pudo más que el criterio del libro, y abrí el horno antes de tiempo. Bueno, ni hablar de los resultados, entró aire y la torta se desinfló como una pelota pinchada.
Cuando la saqué del horno, tenía la altura de una pizza, mis lágrimas eran más gruesas que la torta, no había nada que me consolara, mi papa decía “pero, de todos modos, esta rica” y mamá, para salvar la situación, “la próxima será mejor”, pero mi decepción en ese momento era terrible, yo decía entre sollozos que nunca más iba a entrar en la cocina. Ah, olvidé decir que tenía doce años.
Con el tiempo olvidé, mi resolución y seguí probando, pero había ampliado también mis recetas, ya entraba comidas además de los postres. Tomé gusto por la cocina y volví a las comidas judías. Llamaba a mi tía por teléfono para pedirle recetas de las más conocidas. Así, mis hijos fueron conociendo un variado tema de comidas.
La cocina sigue siendo para mí el principal lugar de reunión, el más íntimo para la familia y esas buenas amigas con las que nos reunimos a disfrutar de una cena o una tarde de mates o café con algo dulce.
Y, claro depende del día, la temperatura y por supuesto cómo anda de genio la cocinera. 
La cocina sigue siendo el lugar donde se prende la primer luz por la mañana y se despide el día con “un hasta mañana” apagando la última luz de la casa.

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