“Memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido”, dice Borges. De eso trata “Contame una historia", un curso de la Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario. Cada martes, vamos reconstruyendo un tiempo que las jóvenes generaciones desconocen y merecen conocer, a partir de recuerdos, anécdotas, semblanzas. Ponemos en valor la experiencia de vida de los adultos mayores, como un aporte a la comprensión y a la convivencia. (Lic. José O. Dalonso)
miércoles, 4 de diciembre de 2024
La cuadratura del círculo
Daniel O. Jobbel
Un colibrí trae otro colibrí. Un girasol trae otro girasol al compás del viento. Un río trae un pez, una yegua trajo en su lomo un tío, ese tío abuelo traerá la versión urbana de la última escena de Ionesco.
Como en mayor parte de las chacras del viejo Murphy, hablo, claro está, de las viviendas en medio de la nada, en un pueblo agricultor al sur de la bota de la provincia de Santa Fe. Una casa, construida, conviene decir, sobre una base de material, más o menos alta, con ladrillos de barro, ensamblado con mezcla de yuyo seco y lodo bien fresco. Una escalera de madera exterior de acceso; estaba compuesta por dos grandes habitaciones, una daba al camino de entrada (en este caso el campo), la que llamábamos con mi abuela materna “habitación de afuera”, y otra era la cocina con salida al patio interno, donde paseaban muy orgullosas gallinas, patos y algún pavo frente a las huertas.
Mi primo Raúl, que en realidad no era primo, sino esas amistades de larga data y que conviven con mi tío Ezio, ya que nunca supe si tenía parientes.
Mi primo prestado y yo dormíamos en la cocina, en la misma cama cuando solía pasar algunos días de vacaciones. Era Raúl unos tres años o cuatro años más pequeño que yo, pero la diferencia de edad y la fuerza, a pesar de ser toda a mi favor, nunca le impidió andar de peleas conmigo siempre, parecía que mi primo mayor siempre queriendo adelantarse en las preferencias, implícitas o explícitas, de las mocosas del pueblo.
Nunca se me olvidarán los celos locos que el pobre pibe padeció por una mocosa de quince años de ese pueblo, Murphy, llamada Sonia; delicada, de piernas bien contorneadas, con su short ajustado hasta las nalgas regando platines de lechuga en la huerta de su padre; o dando de comer en la boca al matungo que cargaba con el sulky. ¿Quién no desearía una piba así? Me incluyo. Guapa y deseada, que más tarde, muchos años después, se viniera a vivir a Rosario en los años setenta y nueve, a estudiar filosofía. Años locos al borde del caos.
Cuando me dijeron, en unas vacaciones cualquiera, que ella había regresado a Murphy, fui y pasé disimulado y rápido, casi un instante por su puerta y, durante un instante, apenas el tiempo de una mirada, me encontré con todos los años pasados. Ella estaba tecleando en su Olivetti algún informe de secretaria con la cabeza inclinada; no me vio, por eso no llegué a saber si me habría reconocido.
Del primo postizo solo supe de sus celos rabiosos por la tal Sonia. La buscaba, la espiaba y, confesión de parte, nos gustaba. Enamoramiento muy peculiar y estúpido por una mocosa que nunca le dio bolilla a ninguno del pueblo. Todavía llevo en la memoria que, pese a llevarnos como perros y gatos, más de una vez lo vi tirándose al suelo llorando desesperado por ella, escribiéndole cartas en una servilleta que nunca llegaban. Cuando finalizaba las vacaciones en la chacra, me despedía de la familia para regresar a Rosario con mis abuelos. El tipo no quería ni mirarme y, si intentaba aproximarme, me recibía a golpes y puntapiés. Una vez de mera casualidad nos encontramos con Sonia y sus padres.
El despechado primo, viendo que la joven me estaba prodigando más atenciones que a él, le entró, como era de esperar, un tal arrebato de celos de chiquillo malcriado, me tiró una tajada de sandía que estaba comiendo. Me apuntó a la cara, sin embargo, falló, solo manchó la blanca camisa. Como he dicho, andábamos a las grescas, por todo o por nada. Razón enorme que convalidaba lo dicho por mi tía abuela Agustina cuando decía del chico: “Él es malo, pero tiene corazón”.
Sin pedirle ayuda a nadie para acometer la difícil operación, el chabón de mi primo había resuelto la cuadratura del círculo. Era bueno, pero tenía corazón de cocodrilo. Éramos como los colibrí sobre una flor enamorada. Ese girasol que iluminaba los corazones.
La secuencia siguiente termina con ver treinta años después a Sonia Martínez. Separada con dos hijas de su segunda pareja un contador. Había sido fugaz pareja del tal Raúl, caído en desgracia fue denunciado por violencia y agresión hacia la mujer. La vida te da sorpresas, me dije, y seguí caminando por la vereda del sol.
Vaca
Hugo Longhi
Dijo Gardel que veinte años no es nada. Y la sentencia
quedó firme. Abrazándome a esa jurisprudencia les confesaré que mis primeras
dos décadas de vida dejaron en claro el desorden conductual que me gobernaba.
Todavía no sabía qué quería hacer conmigo ni qué camino recorrer.
Alrededor de abril de 1981 había dejado atrás veintidós
almanaques, contaba con un trabajo seguro y un ingreso mensual que, si bien no
era excelente, me alcanzaba para mis juveniles necesidades. Y andaba
aprendiendo a ahorrar.
De pronto me propuse darme un lujo, un salto de
calidad, dirían los refinados redactores, y decidí tener auto. Bah, un autito y
usado, que apenas era a lo que podía aspirar.
Fue así como una mañana salí con un amigo, avezado en
estas cuestiones, a recorrer concesionarios en busca del móvil soñado. Tras
varios intentos frustrados, finalmente en un local que creo estaba en Urquiza y
Santiago encontré algo parecido a lo aspirado y que se ajustara a las
posibilidades de mi bolsillo. Ni pensar en un Renault 12 o Peugeot 504, los
coches de moda entre la clase media de la época.
Esta era una Renoleta blanca, forma callejera o
popular de referirse al Renault 4S, modelo 1973. Lucía impecable y con sus
neumáticos bien pintaditos de negro. Un poco porque estaba cansado de ir de
sitio en sitio y otro porque me impactó de verdad, le dije a mi amigo: “Es
este”. Y fue no más.
Siguió el desafío de aprender a conducir, tarea que
estuvo a cargo de un tío que además tenía buen conocimiento de mecánica, lo
cual me vendría muy bien en el futuro. El trámite de obtener el carné
habilitante fue eso, un trámite. Por entonces, yo vivía en Granadero Baigorria
y, por lo tanto, me dirigí a la Municipalidad.
Allí me hicieron rendir un examen teórico del cual
previamente me habían llegado bastantes datos que me facilitaron su aprobación.
Luego, para el práctico, un señor me dio instrucciones sobre las pruebas que
debería superar. Lo hizo en un tono severo que me intimidó un poco y, a la vez,
hicieron crecer mis dudas acerca de un resultado exitoso. Pero, de pronto, y
tras haber finalizado la catarata de consignas, el señor dijo: “Listo, ya
rendiste”. Creo que fueron unos cuantos segundos lo que duró mi incertidumbre
hasta que caí en que el tipo me estaba haciendo un gigantesco favor. Nunca supe
por qué lo hizo, seguramente tenía pocas ganas de trabajar. En fin, yo tomé los
papeles, las llaves del auto, me subí y comencé a disfrutar la vida al comando
de un volante.
Con esa Renoleta hice algunas recorridas
interesantes, la mayoría por los alrededores, pero también me llegué hasta
Santa Fe y Paraná. Alguna vez los semiejes, el punto flaco del vehículo, me
dejaron a pie u otra vez, regresando con toda mi familia de la capital de la Provincia,
fue mi impericia o inconsciencia lo que casi me complica la vida. En plena
autopista me di cuenta de que había olvidado cargar combustible y la aguja
golpeteaba incesante e impiadosa contra el borde izquierdo del relojito. Tenía
dos opciones: volver o arriesgarme hasta llegar a Coronda. Elegí lo segundo y a
duras penas arribé a la estación de servicio, la cual fue recibida como un
oasis en pleno Sahara. Mi noble cochecito no me falló.
Toda esta perorata es el prólogo de lo que quiero
realmente contar. Cierta ocasión organicé un viaje a Corrientes con tres
amigos. Uno de ellos era originario de Mercedes, en esa provincia, donde
pernoctaríamos. El trayecto de ida se desarrolló sin inconvenientes, muchos
mates, bromas y la excitación lógica de cuatro loquitos sin mayores
preocupaciones.
El periplo incluyó una visita al santuario del
Gauchito Gil y a partir de allí, al encarar la vuelta a Rosario, comenzaron los
inconvenientes. Dejo en claro que no le echo la culpa a la venerada figura
correntina.
La ruta provincial correntina estaba hecha pedazos,
literalmente tenía más pozos que pavimento. Esto hizo que tuviera que
esforzarme al máximo al mando del vehículo el cual por momentos se tornaba
incontrolable. Habrán sido unos eternos 70 kilómetros que no solo me agotaron demasiado,
sino que además retrasaron los tiempos previstos. A la ruta principal llegamos
de noche, que no era lo más conveniente para un chofer inexperto como yo.
No obstante, el resto del recorrido transcurrió sin
mayores problemas, crucé el Túnel Subfluvial y, a la salida, en la carretera
que lleva a Santa Fe, empezó a emerger un obstáculo diría que natural. A raíz
de las grandes inundaciones de campos en esa zona, los productores
agropecuarios soltaban el ganado bovino y este, huyendo de las amenazantes
aguas, se acercaba peligrosamente a la ruta.
Y, sí, sucedió lo que están imaginando. Comenzó una
suerte de juego electrónico para esquivar vacas y cuando había superado tres o
cuatro niveles, de pronto… ¡Pum!, hice blanco en una hermosa Hollando-Argentina,
que ni se mosqueó tras el frontal impacto. Siguió caminando como si apenas le
hubiese picado un mosquito.
De nuestra parte también tuvimos bastante suerte dado
que nadie salió herido, solo uno de mis amigos que venía durmiendo en el
asiento de atrás se despertó sobresaltado. Nosotros ni un rasguño, pero la Renoletita
dijo “hasta aquí llegué”.
Seguramente el cansancio de llevar horas y horas
manejando colaboró para que no lograra evitar al bicho. Faltaba poco para que aclarara,
pero la cuestión era que estábamos en el medio de la inexistencia y tratando de
que algún automovilista se conmoviera con la suerte de estos cuatro
inconscientes que gritaban a la vera del camino.
Finalmente, un Fiat 600 paró. Era un señor de unos
cuarenta años que accedió a enganchar la linga y arrastrarnos hasta la ciudad.
Un par de nosotros subió a su auto para indicarle más o menos donde dejarnos y
los otros dos, yo incluido, quedamos dentro de la abollada estructura.
Iba a buena velocidad, yo por las dudas con el pie en
el freno por cualquier cosa, y no fue mala la prevención dado que en un momento
el señor se detuvo abruptamente, sin motivo aparente. Lo vimos salir corriendo
a velocidad para el campo. ¿Qué había sucedido? Vio unos cuantos lechoncitos y
le pareció que podía capturar alguno, cuestión que no logró. A mi bronca,
frustración y agotamiento le tenía que añadir un insulto reprimido por este
gesto impensado. Bueno, no era momento para discutirle nada. Sin chanchitos a
bordo el señor continuó con el derrotero y nos dejó cerca de un taller mecánico
que, a esa hora, aún no había abierto.
Con el radiador reparado y el capot medianamente acomodado,
aunque no enderezado del todo, la fiel Renoleta blanca completó el
circuito de retorno a la espera de su restauración total.
A partir de ese momento se inició mi desamor por los rodados. La terminé vendiendo cuando me agarró otra locura, mucho más coherente, la de tener casa propia. Y ya no quise más autos, incluso dejé vencer la credencial. Al día de la fecha no hay arrepentimientos en mí por tal conducta.
Aquel impulso juvenil terminó siendo solo un amor de verano. Me acostumbré y acepté las difíciles condiciones de ser un ciudadano de a pie. Pero, al menos, ya no gasto en combustible, cochera, seguro, patente, peajes, multas o mecánico. Ah, eso sí, siempre dispuesto a subir al primer auto de quien ofrezca llevarme, en lo posible, sin vacas a la vista.
Nuestro casamiento
Susana Dal Pastro
Nos casamos un jueves
2 de abril de 1970. Elegí la fecha, porque en ese mes habían sido las últimas
vacaciones en nuestros respectivos empleos. Caminábamos todos los días por la
ciudad. Los paseos empezaban a la tarde temprano. Recorríamos la avenida
Pellegrini; la costanera. Descansábamos un rato y volvíamos. Una tarde llegamos
hasta La Florida. Eran momentos de conversaciones y silencios. El cielo del
atardecer nos encantó y nos dijimos: “El año que viene en este mes”.
El 2 era el
cumpleaños de mi hermana. Qué mejor fecha.
La ceremonia civil
fue la mañana del mismo 2. Después fuimos a almorzar a un restaurante del
centro.
Tras la ceremonia religiosa en la parroquia
Nuestra Señora del Pilar festejamos en el salón de la Colectividad Helénica.
Una fiesta sencilla con acordes de la marcha nupcial y el feliz cumpleaños.
¿Y la torta? Lejos de lo que habíamos
imaginado. Cuando el abuelo pastelero de mi novio me conoció, me prometió hacer
él mismo la torta de casamiento. Había sido concesionario del restaurante del
Hotel Argentino de Piriápolis, donde, además, se había destacado con trabajos
en azúcar. Lamentablemente, no llegó a cumplir su promesa.
Pasadas las 24 horas del 2 de abril, toques de
oscuridad cada vez más seguidos y largos, avisaban que había que dar por
finalizada la fiesta.
Volví a casa a
cambiarme. Hermanos, primos y algunos amigos esperaron para seguir la noche en
un night club de la avenida Belgrano, donde había espectáculos de tango. Apenas
apareció el cantante Mario Bustos, empezaron los aplausos.
El público era
variado: marineros de distintos lugares (algunos pasados en copas) y parejas
que se lucían bailando.
Pronto empezaron
los brindis augurándonos felicidad. Mario Bustos, al enterarse, se acercó a
saludarnos y nos dedicó “El día que me quieras”. Gran emoción.
Siguieron más tangos
y más baile y hasta una riña, que obligó a expulsar a los implicados.
Casi al final de
la presentación, el cantante volvió a nosotros y anunció otra dedicatoria
aclarando que no era una canción para la noche de bodas; sí para un posible futuro.
Silencio. Expectativa. Música, maestro.
“No te quiero más.
Ni te puedo ver. Me dedico a la garufa. Ahora tengo otro querer”. Una gran
interpretación que provocó ovación y risas a la vez.
La noche terminaba
y teníamos que ir a la terminal. Todos nos siguieron y nos despidieron en la
plataforma del colectivo.
El domingo
siguiente saldríamos para Bariloche; pero antes pasamos dos días completos en
Buenos Aires y tuvimos la gran oportunidad de ver en el Maipo “Tokio de Noche”,
una revista musical japonesa extraordinaria.
La Luna de Miel dio
lugar a otra luna que, con cielo despejado o con nubes, con eclipses o, aún escondida,
nos acompañó por mucho más de cuarenta años.
Del teléfono a manija al teléfono inteligente
Raquel Arroyo
En lo que
respecta a la vida cotidiana creo que lo que más ha avanzado ha sido la
comunicación. El teléfono siempre fue parte de nuestras vidas, antes y ahora, y
ha sufrido unos cambios tan descomunales, que ni nosotros tenemos conciencia,
porque fuimos acompañando esos cambios.
El que está
en los anaqueles más profundos de mi memoria es el teléfono a manija. Una caja
de madera lustrosa atornillada a la pared, con una manivela a la derecha y una
especie de tubo a la izquierda. El de mis recuerdos estaba en la cuadra de la
panadería “La Marchegiana”, a la vuelta de mi casa. Ahí me mandaban a hacer
alguna llamada a mis tías o abuelos para avisar algo. Yo era muy chiquita,
tenía unos cinco o seis años, y doña Matilde me hacía pasar a la cuadra y me
subía a un mostrador de madera para que desde ahí pudiera alcanzarlo.
Descolgaba el tubo, le daba dos vueltas a la manivela y enseguida una voz me respondía:
“operadora”; y ese era el momento de pedir la comunicación. Y en unos minutos,
desde el otro lado, me respondía una voz familiar. Pasaba el recado de mi
madre, me bajaba del mostrador, la panadera me daba una tortita negra y volvía
a mi casa.
El teléfono
de la panadería siempre estaba disponible. Ahí llegaban los avisos a la
madrugada de alguna descompensación de los abuelos. Y alguno de los panaderos
llegaba a mi casa para avisar lo sucedido.
Recuerdo el
teléfono de mis tíos de calle Cochabamba (84476) y el de mis abuelos de calle
Garay (87744), que a la muerte de ellos fue trasladado a la casa de la tía
Cora, en calle Buenos Aires. En aquellas épocas tenían cinco dígitos. Mi primo,
el inventor, había ideado una especie de auriculares con partes de otro
teléfono y así podíamos escuchar entre dos las conversaciones. Nos
entreteníamos haciendo bromas inocentes, buscando en la guía apellidos curiosos
y llamando para hacer burlas.
Durante mucho
tiempo el único teléfono de mi barrio fue el de la panadería. Hasta que hubo la
posibilidad de anotarse en Entel, en una especie de lista de espera, que podía
llevar hasta veinte años. Mis padres se anotaron y a esperar... El segundo
teléfono disponible, fue el de los “viejos”, mis vecinos/abuelos. Todos los
vecinos iban a hablar ahí. Al lado del teléfono negro y lustroso había una
latita en la cual se ponía el pago de la llamada, cotizado en un cartel pegado
a la pared. Había también, una pizarra mágica y una libreta y birome atada a la
repisa de madera, para que los eventuales “llamadores”, usaran en caso de
necesitar hacer alguna anotación. Todavía recuerdo aquel número: 551378. Ya
tenían seis dígitos.
También
usábamos el teléfono público. No había muchos, el más cercano nos quedaba a
seis cuadras. Primero, funcionaban a monedas y, luego, vinieron los cospeles y
más tarde las tarjetas. Pero en el tiempo de las monedas no existía emoción más
grande que meter los dedos en el receptáculo donde las devolvía y encontrar
alguna. Ha pasado alguna vez que golpeando un poquito el aparato empezaba a
“escupir” monedas. Era una alegría tan grande como haber encontrado un tesoro,
aunque la suma no alcanzaba ni para un chupetín.
Un tiempo
después llegó nuestro teléfono. La alegría de ese día todavía la recuerdo. Como
ya habíamos sido notificados por carta, mi mamá se encargó de comprar una
mesita para tal fin. De madera y rejillas de metal, con rueditas. Un espacio
abajo para poner la guía, y al costado una estructura semicircular de metal,
que estaba pensada para poner el tubo del teléfono. ¿A quién se le ocurriría
descolgar el teléfono y dejar el tubo ahí? No sé... cosas de la época. La
mesita estuvo varios días en el comedor esperando la llegada del aparato de
Entel. Hasta que llegó. Nos tocó un número menos que a los vecinos: 551377. Nos
acompañó hasta que se vendió la casa de los viejos.
Y pasó a ser
el teléfono más popular del barrio, todos venían a hablar, pero nosotros no
cobrábamos las llamadas. Los vecinos dejaban nuestro número en sus trabajos, en
las escuelas de sus hijos, a los familiares y hasta a sus novios... Y así
estábamos, recibiendo llamadas todo el día y de todos lados. Hasta de Malvinas,
en plena guerra, cuando nuestro vecino, el señor Ramsky llamó para hablar con
su esposa.
Teníamos al
lado del teléfono un talonario de nota de venta, donde anotábamos los pedidos
que hacían las droguerías al laboratorio donde trabajaba mi padre. Y al que
atendía le tocaba anotar el pedido. El teléfono fue testigo de las
interminables conversaciones de mi hermana con su novio, hasta que el grito de
mi madre llamándola a comer la sacaba de su letargo amoroso. Las largas charlas
de mi mamá con las tías, las acercaba y mantenía al tanto de cada cuestión
familiar. Cuando me mudé con mi familia a cincuenta metros de la casa de mis
padres, un amigo que trabajaba en Entel, nos hizo una conexión clandestina llevando
el cable en altura de una casa a la otra. Y así compartíamos el teléfono.
Espero que esto no tenga que ver con la corrupción que hubo en Entel ni haya
influido en su posterior desguace...
Mi hermana,
ya casada y viviendo en otro barrio, también consiguió que le instalaran el
suyo, el 572728, que todavía tiene, porque ella es así de conservadora. Fue un
alivio para ella tener su teléfono, porque ya no tuvo que ir más a hablar de su
vecino, que había hecho de su aparato un emprendimiento. Había cola en la calle
para hablar. Él se sentaba al lado del teléfono y, mientras escuchaba la
conversación, con un reloj controlaba los minutos. Terminada la llamada,
multiplicaba el costo del pulso por los minutos hablados y cobraba lo
correspondiente. A la vez que gritaba hacia la puerta de calle: “¡El que
sigue!”. Fue el precursor de los locutorios.
Ya, más
adelante en el tiempo, los teléfonos cambiaron de color, los había grises. Y yo
tuve el mío, porque ya con Telecom el asunto era más ágil. El número era
4531807, ya tenían siete dígitos. Seis personas y un teléfono en la casa, era
bastante conflictivo. Con hijos adolescentes que querían hablar con novios y
novias y amigos. ¡Y ni hablar de la factura! Hubo que implementar el candado.
Pero solo fue posible mientras existieron los teléfonos a disco. Con los
botones sólo se podía apelar a la buena voluntad de cada integrante de la
familia. Y así fue corriendo la historia de nuestras vidas a la par del
teléfono. El teléfono fue:
Mi papá, llamando dos o tres veces durante el día
para ver si todo estaba bien y si al perro se lo había llevado la perrera.
Mi hijo, hablando horas con su novia de turno,
aunque recién llegaba de verla.
Mi hija, buscando y encontrando en el teléfono apoyo
y contención de sus compañeras durante su tratamiento por anorexia. Yo buscando
el sostén de las madres de esas chicas con quienes que nos abrazábamos a través
de la llamada.
Mi otra hija, ya casada, llamándome para decirme que
su bebé le había dicho “mamá” o para pedirme que vaya porque su hijito tenía
fiebre.
Esa amiga inoportuna que llamaba en el momento menos
indicado, para contarte sus problemas.
La maestra de mi hijo menor, avisándome que se había
caído por andar trepándose.
Aquellas llamadas sospechosas, que después
confirmarían traiciones.
Mi herramienta de trabajo en mis épocas de
telefonista y operadora.
El instrumento mediador de aquella llamada que nunca hubiéramos querido recibir y también el intermediario de aquella otra llamada que nos cambió la vida.
Desde aquel teléfono a manija hasta este celular que tengo en mis manos y que se ha transformado en una prolongación de mi cuerpo, ha pasado mucha historia, mucha vida. Ahora el teléfono ya no es más el medio para hacer una llamada. Hoy mi celular es mi cámara de fotos, mi alarma, mi almanaque, mi agenda, mi reloj, mi calculadora. Es mi asistente que me recuerda cada cumpleaños para no quedar mal con nadie. Es mi lista del supermercado, mi entrada al recital, es el turno con el médico. Es el termómetro, la máquina de escribir, el boleto de colectivo. Es la radio y el tocadiscos. Es el libro y la película. Es el noticiero y el banco. Es mi billetera, mi álbum de fotos, mi documento, mis recuerdos. Es el que a la noche me reta porque no caminé lo suficiente. Es la receta y el certificado de vacuna. Es el pronóstico del tiempo, son mis amigos que están ahí adentro. Este instrumento de dolor y de placer es el que me permite estar cerca de los que están lejos y alejarme de los que están cerca. Es mi block de notas, donde anoto esa idea que surge de repente y que termina siendo un relato como éste.
jueves, 14 de noviembre de 2024
Desandando el camino de las letras
María Cristina Piñol
Hoy
escribo, aunque no soy escritora; y, mientras veo las letras y las palabras
surgir en la luminosa pantalla de la laptop a medida que rozo apenas cada
tecla, pienso en el camino que mi generación ha transitado a través de las
formas y los distintos elementos que fuimos usando desde que empezamos a
dibujar aquellas primeras letras.
Con apenas
cinco años tomábamos el lápiz con dos deditos, dibujábamos garabatos sobre
cualquier papel y nos resultaba mágico ver los colores sobre las hojas, darles
formas a las letras, pintar una casita o un árbol o un pato. También nos daba
curiosidad saber qué tenía el lápiz dentro del cilindro de madera, aquella
famosa mina que si apretabas muy fuerte se rompía sobre la hoja, y usábamos la
Gillette para afilarla hasta que aparecieron los sacapuntas. ¿Y las gomas de
borrar? Esas pequeñas aliadas, que nos salvaban de varios errores y a veces a
falta de ellas tomabas un trocito de miga de pan, la hacías un bollito y
también borraba…
Ya en
segundo o tercer grado comenzamos a escribir con pluma y tinta, casi igual que
cuando los antiguos egipcios escribían sus jeroglíficos sobre el papiro, aunque
ellos usaban una verdadera pluma de ave y creo que de allí viene el nombre.
Trabajar con la tinta era todo un tema, las manchas aparecían por doquier, en
cuadernos, pupitres y guardapolvos. Y llegaron las gomas de borrar tinta, que
más que borrar rompían las hojas, y el papel secante para apoyar sobre lo
escrito para evitar que se desparrame. Pero también podíamos ver cómo
funcionaba esa mecánica, la pluma fina de cucharita se empapaba en el tintero y
al ponerla sobre el papel se transfería el color. Al poco tiempo llegaron las “lapiceras
a fuente”, las primeras tenían un pequeño tanque que se llenaba también en un
tintero presionando un émbolo que succionaba la tinta, luego las de cartucho,
más fácil, aunque el sistema era el mismo, solo que nada más tenías que cambiar
el cartucho que ya contenía la tinta, y le dimos así el definitivo adiós al tintero.
En esa misma época calcábamos los mapas con tinta china hasta que apareció el “Simulcop”
para aliviarnos un poco la vida, ya que contenía mapas y dibujos impresos en
papel manteca, y con solo apoyarlos sobre las hojas escolares, con un poco de
fricción se reproducía la imagen en los cuadernos. Después, llegaron las
biromes, súper prácticas, aunque era difícil borrar lo escrito, pero también
podíamos saber cómo funcionaban.
Ya en la
secundaria comenzamos a estudiar Mecanografía, las viejas Remington u Olivetti
de hierro negro y bien pesadas que tenían dos rollos de cinta que a cada
golpeteo de las teclas sobre ellos iban imprimiendo las letras sobre el papel
enrollado en el carro de hierro. Estas que describo eran solo mecánicas y, al
poco tiempo, llegaron las eléctricas, más livianas y rápidas pero el mecanismo
era el mismo. Todavía en aquella época, los libros contables se escribían a
mano, lo que llevaba a quienes estudiábamos para ser peritos mercantiles, a
cursar una materia llamada Caligrafía, donde entre otras aprendíamos a dibujar
las letras Gótica y Cursiva Alemana, un tremendo fastidio…
Hasta ese
momento, podría gustarnos o no la escritura a máquina, pero insisto que todos
comprendíamos cómo las letras se registraban en el papel, podíamos ver como al
apretar la tecla esta subía hasta el rollo y se imprimía en la hoja, no había
secretos, nada estaba oculto ni por fuera de nuestra comprensión.
Y llegamos
así hasta la gran revolución tecnológica. Hoy, escribimos, leemos, borramos,
tachamos, ensobramos, guardamos, creamos carpetas virtuales eliminamos,
copiamos y hasta firmamos electrónicamente. Sin dudas muy práctica, más rápida
y acorde a cómo va corriendo el tiempo vertiginosamente, con prisa y sin pausa.
Pero pocos
entienden cómo desde las teclas que apretamos aparecen las letras en la
pantalla, cómo se borra con una sola presión, cómo se cambian los estilos de
letras, los espacios, los tamaños del papel, etcétera, etcétera. Y, sí, todo lo
hacemos sin pensar, todo es “operativo”, creo que la curiosidad innata de los
individuos va decreciendo, ya casi nadie se pregunta los por qué y los para qué
de algunas cosas, no importan esas incógnitas, solo lo hacemos y listo.
Los que
nacimos entre los años 50, 60 y hasta 70 somos quizás lo únicos que a veces nos
preguntamos los cómo y los por qué, a los que aún nos quedan atisbos de
curiosidad, aunque de todos modos estemos también inmersos en el mundo
operativo.
Muchísimos siglos han pasado desde los antiguos escribas, otros tantos desde la imprenta de Gutenberg. Lo cierto es que la palabra escrita de una u otra forma se ha mantenido firme, ha logrado trascender en el tiempo y aún sigue vigente, aunque quizás empiece a trastabillar un poco con los audiolibros o los podcasts, y estos se re transformen en la antigua tradición oral.
Sí, me gusta escribir, aunque no soy escritora, pero confieso que hace rato que no escribo a mano, me fue ganando la vorágine de la inmediatez; no obstante, aún imprimo lo que escribo a pesar de tenerlo también en la compu, me gusta el papel, ojear mi carpeta de tanto en tanto y volver a guardarla en mi biblioteca, en la física, esa que alberga viejos libros que también cada tanto vuelvo a leer.
Té verde
Hugo Longhi
Arranco con una afirmación: no me gusta el té. Supongo
que es porque me remonta a la infancia, cuando estaba enfermo y mi mamá
solucionaba todo con un tecito.
De todos modos, no dejo de reconocer que es una bebida
artesanal, la segunda más consumida en el mundo tras el agua, según algunas
encuestas. Y varios países se disputan históricamente el liderazgo en cuanto a
producción, calidad y beneficios de esta infusión. Léase China, Japón, Corea,
India o Vietnam luchan tenazmente por convencernos de que el suyo es el mejor.
A todos ellos se les suma Inglaterra que, seguramente, habrá pirateado de estos
territorios alguna plantita y desarrolló lo suyo.
Pero mi relación con este brebaje comenzó a cambiar
hace unos veinte años a partir de un viaje que realicé a una ciudad europea
donde me encontré con un conocido, residente allí, que me llevó de recorrida.
En un momento del derrotero me propuso ir a tomar algo. Supuse que hablaba de
una cerveza o algo así pero no, adivinen, se refería a una tasa de té.
El tipo se había hecho adicto a los bares y/o
restaurantes donde servían sus distintas variedades. En este caso era un lugar
al estilo chino.
Obviamente me estaba invitando y era una descortesía
rechazarlo; así que respiré hondo, arrugué la nariz y sorbí a desgano mi tacita,
mientras él disfrutaba a más no poder las varias opciones que nos ofrecían. Además,
me iba explicando un montón de detalles. Entre las ofertadas en la cartilla
estaba el té verde. Punto y aparte.
Meses después, y disculpen que vuelva a mi afición a
escuchar radios internacionales, pero como dijo alguien, todo tiene que ver con
todo. Una de estas emisoras, Radio Internacional de China, organizó un
concurso.
El desafío consistía en responder ocho preguntas cuyas
respuestas estaban incluidas en artículos que ellos difundían. Solo era
cuestión de estar atentos. Nada del otro mundo. Intervendrían oyentes de todas
partes e idiomas y había tres escalas de distinciones, primeros, segundos y
terceros a los que se agregaba un premio especial consistente en un viaje a la
República Popular China con todos los gastos pagos.
La competencia era feroz, el máximo trofeo parecía inalcanzable
y aún con ese espíritu de derrota envié mi participación. Omití mencionar que
además del cuestionario base existía una última petición, una especie de
consulta sobre qué era lo que nos había motivado a tomar parte del certamen.
La radio era la organizadora, pero los gastos los
solventaba una provincia del sudeste chino, cuya principal fuente económica era
la siembra y explotación del té verde. A sabiendas de esto yo mencioné mi
experiencia de meses atrás con mi amigo en la casa de té. Obviamente allí me
expresé con términos super elogiosos para con la bebida. Y ya que estoy con las
frases hechas, es el momento de recordar aquello de que por interés baila el
mono.
Aparentemente a los chinos que tenían que decidir
sobre cuáles serían los ocho oyentes tocados con la “barita mágica” les cayó
bien mi supuesto fanatismo por el té verde y sí, vuelvan a adivinar, fui uno de
esos ocho.
No aguarden detalles del viaje ni mucho menos
problemas como los hubo en aquel periplo a Corea años antes. Esta vez todo se
desarrolló con normalidad, con comunicaciones mucho más avanzadas y aparte la
emisora contaba en aquellos tiempos con una corresponsalía en Buenos Aires,
donde dos chicas orientales, muy jóvenes, simpáticas y manejando un excelente
español allanaron todos los caminos.
Y así fue como gracias al detestable brebaje pude
realizar mi segundo viaje al otro lado del mundo. Algo impensado para mí. Es
por tal motivo que deberán seguir soportando que cada tanto hable de diexismo –aquella
afición a las radios lejanas– y, a partir de estas últimas dos décadas, hay un
lugarcito destacado para el beneficioso e incomparable té verde. ¿O acaso
existe una bebida más deliciosa?
domingo, 10 de noviembre de 2024
Las chicas de los 60 y los 70
María Cristina
Piñol
Atrevidas,
desafiantes y cuestionadoras. Rompimos estereotipos e irrumpimos descaradamente
en mundos que hasta entonces eran reservados para hombres. Desde la moda hasta
las profesiones fueron ganadas por mérito propio por esta generación.
Cerca de 1965, una
diseñadora de moda inglesa inició una revolución y llegaron las minifaldas. No
queríamos vernos como nuestras mamás, necesitábamos diferenciarnos y la “mini”
marcó un camino de ida. También las chicas adoptamos los “vaqueros” o jeans
como prenda diaria, esos mismos que usaban los muchachos, con cierre “adelante”
no con “cierre en la cadera” como los clásicos pantalones femeninos. Calzarnos
un Levi’s, Wrangler o un Far West era la gloria. Llegamos al mini-short,
cortito y con botas de tacos y plataformas, y en un abrir y cerrar de ojos los
bikinis se adueñaron de las playas.
De repente apareció Twiggy rompiendo el modelo
de las “chicas Divito”, basta de cinturas de avispa, caderas redondeadas y
melenas largas, derrumbando los íconos de la mujer perfecta como Sofía Loren o
Marilyn Monroe. Los vestidos ajustados dieron paso a ropas sueltas, los
cinturones que ceñían la cintura pasaron a usarse en la cadera, el “tiro bajo”,
el cabello corto, o largo, o liso o enrulado, y definitivamente instalada la
minifalda. Un repentino aire de libertad cabalgaba sobre esas prendas.
La moda
reflejaba un cambio mucho más profundo que la simple estética. Y ahí estábamos
esas nuevas jóvenes mujeres, arando caminos, arrastrando tradiciones y espiando
horizontes, descubriendo igualdades y desigualdades, ocupando nuevos lugares,
allí, en algo tan pequeño y grande a la vez como una escuela secundaria que
funcionaba aún, dentro de la Facultad de Ciencias Económicas.
Las chicas de
los 60 y 70, ya no aceptábamos fácilmente un “no”, y menos un “no, porque no”
de nadie, ni de padres, ni de profesores ni de “novios”. Las actitudes
“desafiantes” como las llamaban, tenían consecuencias: en el cole
acumulábamos amonestaciones, en nuestras casas algunas penitencias y
prohibiciones de salidas. Fumábamos a escondidas, pero besábamos en público,
bailábamos “suelto” un rock o un twist pero muy pegaditos un lento, aullábamos
con los Rolling Stones y soñábamos romances con Salvatore Adamo. Leíamos a
Marx, a García Márquez o a Simone de Beauvoir, pero no nos avergonzaba devorar
las melosas novelas de Corin Tellado. Irrumpimos en “la noche” y en las
confiterías bailables, algunas tan oscuras que debías prender el encendedor
para no errarle al “trago” y también rompimos el “tabú” que decía que a esos
lugares iban “solo mujeres de mala vida”. No todo era blanco o negro, nos
movíamos entre los tonos de grises, porque en ellos podían convivir la pasión y
la convicción junto con la tolerancia y el respeto, y lo hacíamos muy bien.
Y el camino siguió en las facultades, que ya en los 70 todas tenían casi la misma matrícula de varones y mujeres. Un mundo maravilloso en un momento demasiado tumultuoso. Centros de estudiantes, peñas, noches sin dormir, miedo a rendir, dudas de vocación, café en los bares de la facu, apuntes manchados de mate, amigos de otras provincias que aportaban sus tonadas y costumbres, guitarreadas, ensayos en casa de un amigo que tenía “una banda” de rock, encuentros y desencuentros amorosos, todo nos unía a chicas y chicos exactamente por igual. En no más de 20 años, sin mayores estridencias, pero con contundencias, el mundo femenino ya era otro. Varias fueron profesionales, otras comerciantes con negocios propios, también deportistas y artistas, y algunas, ya no la mayoría, eligieron el hogar y la familia como estilo de vida.
Ya a fines de los 70 y en los 80 muchas de aquellas chicas y chicos fuimos madres y padres, y con el cambio de siglo agregamos el nuevo “título”, abuelos, y esta es “otra historia”. La vida es así, eterno movimiento. Los 60 y 70 marcaron un límite, un antes y un después sobre todo para la mujer, y aún hay bastante camino por recorrer.
Segundo y último viaje de mochilero
Juan N. García
Durante el primer
viaje, fin del 68, principios de 1969, habíamos planeado el segundo destino, el
sur de Argentina. Éramos cuatro, pero solo dos logramos hacerlo, Reny (mi mejor
amigo) y yo. Los otros dos, Oscar y Mario, desistieron; el primero por su temor
a contraer mal de los rastrojos (fiebre hemorrágica argentina) viajando en
camiones cerealeros o cualquier contacto campestre y el otro, porque priorizó
su carrera de abogado.
Habíamos ingresado
en la Facultad de Ciencias Económicas, pero fue un año sabático, poco estudio,
mucha diversión y preparativos de la nueva aventura.
Hubo un hecho que
aceleró todo, fui sorteado para hacer el Servicio Militar Obligatorio y, a
pesar de intentar todo para evitarlo, hasta un certificado médico, con una
posible afección respiratoria que evidentemente no fue convincente. Reny se
salvó. Debía incorporarme al Ejército Argentino en Campo de Mayo el 1° de marzo
de 1970. El bajón fue indescriptible, pero el proyecto del viaje superó todo y
pusimos fecha para los primeros días de enero. Esta vez, para evitar internas
familiares, pasamos Navidad y Fin del Año 1969 cada uno en su casa.
Partimos el 3 de enero
del 70. Nos aseguramos el viaje hacia Bariloche, en el auto de Adelmo, tío de
Reny, que iba a buscar a su esposa. Lo hicimos en un solo tramo, turnándonos
los tres para manejar y lograr llegar en el día. Hasta ahí, mochileros bastante
favorecidos.
Nos instalamos en
el Camping Selva Negra (aún existe) a tres kilómetros del Centro Cívico,
espectacular lugar con todos los servicios necesarios. Pasamos varios días
inolvidables, todas las noches salíamos a bailar y demás diversiones. Hasta que
Reny tuvo un cuadro de gripe con infección de garganta y placas. Ahí nos dimos
cuenta que no solamente el frío perjudicaba lo físico, sino también las
finanzas. Cuando Reny, mejoró, decidimos quedarnos uno diez días más, siempre y
cuando nuestras familias nos enviaran los fondos necesarios para ello. A todo
esto, habíamos congeniado con unos chilenos, muy agradables, que en dos o tres
días volvían a su país y nos invitaron a visitarlos.
Recibimos el giro
de nuestros padres para extender la estadía y nos dimos cuenta que con ese
monto, gracias al cambio favorable, Chile era más que accesible y podíamos
alargar el viaje. Aprovechamos a nuestros amigos chilenos, ellos tenían auto y
cruzamos la frontera pasando por Villa La Angostura, llegamos al lago Puyehue,
con un hotel increíble. Se nos ocurrió preguntar el costo, nos pareció tan
barato que nos quedamos cuatro días, lujo impensado. Uno de los chilenos,
Enrique, vivía en Talca y le prometimos pasar. Estábamos agrandados, con plata
y acordamos seguir hasta Santiago, Viña del Mar y volver a Argentina por Puente
del Inca.
Durante veinte días
recorrimos Chile desde Osorno hasta Valparaíso, pasamos por Talca como
prometimos, donde el anfitrión, Enrique, hijo de un importante banquero,
durante cinco días, nos hizo conocer otra vida, que es espectacular, pero que
la mayoría no tiene acceso y quizás sirve para saber que lo increíble y efímero,
es eso, temporal.
Durante todo el
trayecto, nos llamaba la atención en todas partes la inscripción Salvador
Allende UP y las críticas desde la ignorancia: ¿cómo un socialista usaba la
palabra arriba en inglés? Era Unidad Popular. Esa ignorancia fue un anticipo de
lo que después ocurrió.
Estando en
Valparaíso, en una disco, conocimos dos chicas, que con un Citroën GS berlina, digamos
que nos conquistaron y estuvimos diez días recorriendo la zona, pero
pernoctábamos en Reñaca, invitados a un departamento que compartían. Playa muy linda,
pero mar muy frío. En esos momentos creímos que lo paradisíaco no estaba tan
lejos, pero la palabra “pololo”(desconocida para nosotros), con la que nos
presentaban a sus amistades y familiares empezó a ser opresiva, diría molesta.
Nos complicaron el presente imaginando un futuro compartido. Un nuevo cuadro
febril de mi amigo, que con el tiempo se transformó en fiebre reumática,
adelantó la partida deseada.
La despedida fue traumática y para calmar el ambiente, hubo promesas desmedidas. Cuando llegamos a Mendoza, sabíamos que nunca las cumpliríamos, nuestras novias argentinas nos estaban esperando y como los “pecados de juventud” con el tiempo prescriben, durante años hicimos memoria selectiva para evitar conflictos.
Y parafraseando a alguien; lo que pasó en Chile, quedó en Chile.
Los circos
Oscar Bedetti
Cuando llegaba el circo al pueblo, a mí me envolvía la emoción. Y
entonces iba a observar el armado de la gran carpa, que en aquellos años se
ubicaba en la periferia del pueblo, y a veces en los terrenos frente al Club
Chañarense. Horas restadas al juego viendo, queriendo vagamente ser parte de
eso tan mágico allí, al alcance de la mano. Entonces, pasaba por las calles el
coche del circo anunciando la función, y a veces, desfilaban para llamar la
atención con osos, leones, tigres dentro de sus jaulas, y caballos adornados
con acróbatas logrando equilibrio de pie, sobre las monturas, y la voz del
locutor marcando mucho las sílabas: “Y esta noche verán el drama en tres actos
de...”. Y estaba todo dicho.
El circo llegaba, y había que ir por lo menos a una matiné o una gran
función noche. Y poseía una carpa de lona más que vieja, emparchada y usada
hasta el infinito, casi siempre rota en numerosos lugares. Pero, aunque todo
estaba bien clavado con grampas al piso, no impedía que algunos muchachos
penetrasen y se escondiesen en el “gallinero”, de gradas de madera, y la
ubicación más barata, aunque alejada de la única pista.
Y también recibir en la escuela a aquellos hijos del circo que
compartían con uno esos pocos días de saberes y que siempre se entendía que
nada aprendían.
Y por supuesto que el magro espectáculo era coronado por una obra
teatral en tres actos en el escenario a un costado visible de la pista, al que
todos debíamos en el momento darnos vuelta para observar.
Los circos, aquellos circos, eran humildes, generalmente de propiedad de
una única familia y que venía de generación en generación. Sus componentes se
multiplicaban para aparecer en distintos roles, y así se los veía en las
pequeñas estampas con sus imágenes que se vendían casi siempre en los
intervalos de la función.
Se observaban algunas acrobacias de los animales, cansados y dolidos por
el maltrato (que seguramente tenían a todo lo largo); y todo lo manipulaba el
payaso principal, alma máter de todo lo que el circo ofrecía; su compañero que
seguramente debía enternecernos; y un limitado cuerpo de baile con trajes
gastados.
Por allí, alguno sacaba un acordeón y hacía cantar a todo el auditorio.
También estaba el malabarista siempre con su chaqueta de lentejuelas, al igual
que el mago. Y un reducido grupo de personas que participaban de las obras
teatrales con telones pintados y dirección demasiado simple. Pero me
emocionaba, porque así conocí a Juan Moreira, Salvatore Giuliano, el gaucho
Martín Fierro, Filomena Marturano y otros nombres tan singulares. Y una obra
que recuerdo por lo trágica: “Ante Dios, todas son madres”.
Y el número de gran éxito, el punto alto del espectáculo, seguramente
era el de los trapecistas. Y, sí, me enamoraba de sus proezas.
Claro que por entonces aquellos circos me parecían enormes, lujosos,
emocionantes, llenos de atracciones, un verdadero alimento para la magia de la
imaginación.
Un día, 15 de diciembre de 1964, lo recuerdo muy bien, se presentó el
circo “Águilas Humanas”, con números de trapecio que eran la base del
espectáculo. Yo había concurrido con mi amigo Ricardo, estaba sentado
obviamente en aquel “gallinero” de maderas bien duras y otras gentes estaban en
diferentes lugares rodeando la pista. Uno de los números se armaba desde una
escalera larga, que giraba sobre un eje llevando un acróbata en cada extremo.
Pudo ser durante este acto que por un roce en la parte superior de la carpa se
produjo el cortocircuito. Lo cierto es que una lámpara explotó y produjo un
gran apagón, pero inmediatamente comenzó en el lugar un halo de fuego. Recuerdo
aquella locura e inmediatamente a la gente desesperada corriendo buscando la
salida. Nosotros nos tiramos y pasamos por debajo de la lona, que increíblemente
no estaba atada. Fue la salvación de todos, pero del circo no quedaron nada más
que caños, y hierros retorcidos y tiznados. Esa fue una gran anécdota de aquel
circo que vio su fin en mi pequeño pueblo de la pampa húmeda.
Las noches del circo en mi pueblo. Noches y matinés irrepetibles que uno atesora donde se guardan las cosas más entrañables. Circos que fueron recorriendo los enormes caminos de la ilusión y por los que alguna vez me desvelé, pensando en lo hermoso que hubiese sido poder formar parte de su magia, o de sus trabajos, o de sus rutinas del corazón.
La vida hizo que conociera otros circos, imponentes, modernos, verdaderamente mágicos, pero nada pudo jamás compararse con aquellos humildes y puros, que renovaban la esperanza y hacían música en la carpa iluminada con los parlantes del alma.
jueves, 7 de noviembre de 2024
San Nicolás
Alejandra Furiasse
San Nicolás.
Somisa.
Mi niñez.
Papá trabajaba en Somisa,
una empresa metalúrgica radicada en la ciudad de San Nicolás, a setenta
kilómetros de la ciudad de Rosario.
Fue supervisor del
área de planeamiento a partir de mil novecientos sesenta y dos y además de
realizar esa tarea diaria con el esfuerzo del viaje en el colectivo Tirsa, que
lo pasaba a buscar a seis cuadras de casa por la parada de colectivos de Perú y
Avenida Mendoza, justo donde también había un tradicional puesto de diarios,
tenía un trayecto de dos horas de ida y dos horas de vuelta más las ocho horas
laborales. Muchos años compartidos en un principio con compañeros, que
terminaron siendo amigos y extensivamente familias amigas.
Teníamos un Fiat mil
quinientos colores crema y con él nos trasladábamos para las reuniones de los
fines de semana a las que podíamos ir.
No era tan
sencillo.
Mi familia de origen.
Mi mamá Mary, mi papá Roberto y mis hermanas Carina y Melina, quienes nacieron
después de casi todo el embarazo con reposo, ya que mamá estuvo siete veces
embarazada y solo nacimos cuatro. Fabián falleció a los cincuenta y seis días
aparentemente por mala praxis. Es un tema que intenté conversarlo con mamá en
tres oportunidades y nunca pudimos terminarlo para saber realmente qué había
sucedido.
Recuerdo la voz de
mi papá diciendo, llegando a San Nicolás: “Ese es el hotel Colonial es muy
lujoso y señalaba con la mano mientras el auto seguía su recorrido”.
Y mi mirada, cada
vez que pasábamos por ahí, quedaba quizás fantaseando que nuestro Fiat mil
quinientos podría algún día entrar por ese portón de rejas negras y alojarnos
allí.
El tiempo pasó.
Eneros y febreros.
Septiembres y
diciembres.
Vacaciones de
veranos y de inviernos. Lecciones y exámenes.
Caminatas.
Y decisiones.
Y hoy estoy dentro
de ese gran hotel Colonial, pisando este césped suave que me acaricia los pies,
tomando unos matecitos bajo estos pinos enormes mientras escucho el bello
sonido de los pájaros.
Unir el pasado con
el presente y es ahí donde todo tiene un sentido más profundo.
No sabía que tenía
guardado este deseo dentro de mí hasta el instante mismo en que estuve ahí y
entonces pude verme niña y pequeña queriendo, deseando ser la mujer que soy, y estar
donde estoy .
Instantes mágicos.
El afuera seguía
prácticamente igual.
Los colores del
atardecer en ese cielo abierto, apacible y pleno.
El canto de todos
los pájaros.
Dentro mío sentí
un torbellino de emociones, sin entender en forma inmediata se me humedecieron
los ojos y cuando sentí una lágrima en mi rostro ahí si pude ver con otros ojos.
Mis ojos de niña. Mis ojos de mujer.
Me pregunto: ¿cuántos
sueños tendré guardados?
Y sonrío al
pensarlo.
Cierro los ojos.
Y me digo: “A
continuar camino para seguir descubriéndome”.
lunes, 4 de noviembre de 2024
Verano del 84
Raquel Arroyo
Verano del 84. Creo que eran los primeros días de
marzo. Faltaba muy poco para que empiecen las clases y con mi hermana decidimos
llevar a nuestros hijos a dar un paseo en tren, ya que nunca lo habían hecho.
Necesitábamos que el viaje fuera corto, para que no se les hiciera muy
cansador. Iríamos a San Nicolás, al balneario municipal. Nos habían dicho que
había una pileta, playa y camping donde podríamos comer y pasar el día con los
chicos; y a la tarde regresar en el tren.
Nos
levantamos bien temprano y preparamos los bolsos. No llevaríamos muchas cosas.
Solo unas toallas y una muda de ropa interior para cada uno de los niños. Una
bolsa enorme de facturas y las palitas y baldecitos para que jueguen en la
arena de esa playa que nunca conocimos. La comida la íbamos a comprar allá,
porque con el intenso calor que hacía no nos podíamos arriesgar a llevar nada
que pudiera echarse a perder. La idea era hacer unas hamburguesas en los
parrilleros del camping, al que nunca llegamos…
Y así nos
fuimos aquella mañana calurosa y húmeda hacia la Estación Rosario Norte, una
hermana, dos sobrinas, dos hijas y dos hijos. Seis niños entre tres y nueve
años. Dos madres jóvenes, dispuestas a pasar un fantástico día de camping. Los
chicos llevaban sus mallitas de baño y arriba shortcito y musculosa. Algunos
calzaban ojotas y otros sandalias de plástico tipo Skippy. Tenían una alegría
tan grande como si fueran a ir a Disneyworld. La aventura no era solamente el
destino, sino también el viaje. Creo que pensaban que íbamos a subir a algo así
como un tren supersónico, de esos que veían en los dibujitos. Cuando por fin
llegamos a la estación se encontraron con algo muy distinto de lo que
imaginaban, pero ni siquiera se notó una mueca de desilusión en ninguno de los
seis. Se acomodaron en sus asientos, cada uno con su bolsito y su sonrisa. Por
suerte, el viaje iba a ser corto y no iban a perder el entusiasmo. Aunque el
tren era “el lechero” no tardaríamos más de dos horas.
Sofocamos
algunas revueltas para poder solucionar los inconvenientes que surgían de la
disputa por la ventanilla, y el viaje transcurría maravilloso. Hasta que...
Pasó el
guarda pidiendo los boletos. Se los entregamos.
—¿Van hasta
San Nicolás nomás, chicas?
—Sí-
contestamos a dúo mi hermana y yo.
—Por si les
interesa les digo que, si alguna vez quieren viajar a Buenos Aires por poca
plata, pueden hablar conmigo- nos dijo al tiempo que nos guiñaba un ojo, con
una complicidad a la que éramos totalmente ajenas.
—No
entiendo- le dije.
—Claro,
ustedes me tiran unos pesos y yo las llevo hasta Retiro sin pasaje. Después
pueden volverse también por unos pocos pesos. Todo es cuestión de conversarlo y
ponernos de acuerdo.
Nos picó el boleto y se fue... Con mi hermana nos
miramos.
—¿Nos está
hablando de una coima? ¿De viajar sin pasaje?- dijo mi hermana.
—Creo que
sí- le respondí.
Faltaba poco para llegar a San Nicolás, y me estaba
gustando la idea de ir hasta Retiro.
—No está tan
mal la idea- pensé en voz alta.
—¿Qué idea?-
dijo mi hermana, mientras se secaba las manos que le transpiraban y era la
señal indiscutible de que estaba entrando en pánico.
—¿Querés que
sigamos hasta Retiro?- le dije.
—Es una
locura. ¿Y si pasa el inspector? ¿Y si nos bajan del tren con todos los chicos?-
decía mi hermana nerviosa, pero con un dejo de convencimiento.
El tren
aminoró la marcha hasta detenerse. “¡San Nicolás!”, se oyó el grito que no sé
si venía del andén o del vagón contiguo. Mi hermana amagó levantarse y los
chicos la imitaron.
“Esperá
–le dije-– pensemos...”.
Mientras el
tren estaba parado nos pusimos de acuerdo, contamos la plata que teníamos para
ofrecerle al guarda y entramos definitivamente en el mundo de la corrupción. Ya
éramos parte de un cohecho, que quizás haya sido una de las razones de la
pérdida que significaba al estado los Ferrocarriles Argentinos, y que luego
terminara con su desaparición definitiva e irreversible. Todo por nosotras. Por
mi hermana y por mí...
La campana de
la estación anunciaba la partida, el tren seguiría su derrotero y, arriba de
él, dos jóvenes madres y seis niños inocentes ya eran parte del déficit de los
ferrocarriles y quizás los artífices primigenios de la desaparición del sistema
ferroviario. Igualmente, les contamos entusiasmadas a los chicos que íbamos a
Buenos Aires. La alegría era inmensa.
Ya nos
habíamos relajado y estábamos disfrutando el viaje. Creo que estaríamos a la
altura de San Pedro cuando vemos entrar en el vagón al guarda corrupto.
—¿Qué hacen
acá? ¿No bajaron en San Nicolás? – nos preguntó espantado.
—No,
decidimos aceptar su propuesta y seguir hasta Retiro- le dije con la mejor de
mis sonrisas.
El guarda se agarró la cabeza y dijo: “¡No! ¡Hoy no!
Hoy yo no vuelvo en este tren. Ahora me tienen que dar el dinero para seguir
hasta Retiro y después para volver espero que tengan plata para comprar los
pasajes. Yo les tiré la propuesta, pero no para hoy, sino para otra
oportunidad. Esto se habla, se organiza... ¿Cuánto tienen para darme?"
Estábamos a punto de llorar. Mi hermana contó la
plata y le dijo...
Y acá tengo que hacer un alto en el relato porque no
puedo decir cuanto dinero era. No tengo la menor idea. Creería que eran
australes, pero no sé cuantos. No puedo transpolar el dinero de aquellos
tiempos al día de hoy. Continúo... Mi hermana le dio los billetes y el guarda los
metió en el bolsillo superior de su chaqueta azul grisácea.
—Señor, no
tenemos para los pasajes de vuelta- le dijo mi hermana, mientras se secaba el
sudor de las manos con una toalla que había sacado del bolso.
—Déjenme ver
qué puedo hacer- y se fue.
Los chicos cantaban, contaban chistes y se reían,
ajenos a todo. Los más chiquitos se hicieron una siesta acostados en los duros
asientos de madera.
El guarda no volvía y estábamos entrando en un
estado de desesperación. No sacábamos la vista de la puerta del vagón. Hasta
que por fin regresó y dijo: “Vamos a hacer una cosa. ¿Pueden juntar X pesos? Si
es así yo hablo con el vendedor de Coca-Cola, que sí va a volver en este tren a
Rosario y él las va a poner en contacto con el guarda que va a quedar en mi
lugar”.
Mi hermana
abrió la billetera, que tenía todo nuestro capital, y le dijo que sí, que podía
juntar ese dinero. Yo confié en ella. El guarda le dijo que conserve esa plata
para la vuelta; y que él nos pondría en contacto con el vendedor ambulante (“el
cocacolero”, como le empezamos a llamar nosotras). Y nos dio las indicaciones:
“El tren llega a las 15 horas a Retiro y sale de vuelta para Rosario a las 17.
A esa hora ustedes tienen que estar en la estación y ponerse en contacto con el
vendedor de Coca Cola, él las contactará con el guarda. Recuerden estar a esa
hora y con la plata. Son unas inconscientes", explicó, mientras se iba
sacudiendo la cabeza.
Me dieron ganas de decirle: “Y usted es un
corrupto”. Pero recordé que estábamos en sus manos y lejos de casa. Y con seis
niños…
Seguimos viaje, los chicos estaban cansados.
Comieron la bolsa enorme de facturas, pero igual tenían hambre. Estaban
transpirados, y sucios por la tierra que entraba por las ventanillas. Los dos
primitos de tres años querían dormir, el de seis preguntaba cuando llegábamos,
las dos primas de ocho se peleaban y la más grande, de nueve años, creo que
sospechaba que eso era una locura. Llegamos a Retiro, y a la mejor manera de
Paloma Suárez (aquel entrañable personaje de la tele), miramos para
arriba, los ocho, agarrados de las manos, fascinados por el imponente techo de
la estación y temerosos por la marea de gente que parecía que nos arrastraba.
Lamentamos no haber llevado una soga para mantener a los chicos a salvo.
Tuvimos miedo de perder alguno. Fuimos al baño a lavar sus caras y manos para
que estuvieran más presentables. Miramos la hora: las 15.20. Buscamos un
teléfono público para hablar con nuestra madre y contarles que estábamos en
Retiro. Mi mamá no lo podía creer, nos retó. “Son unas inconscientes”, nos
dijo. Cortamos enseguida, porque los cospeles eran caros. Nos sentamos en un
banco y, mientras mi hermana hacía los cálculos de la plata que teníamos, yo
controlaba a los chicos. Ella sacó la cuenta, separó la parte del guarda. Y con
lo que sobraba calculamos que podíamos comprar algunas facturas, gaseosas y
llevarlos a dar unas vueltas a los juegos del Italpark. Creíamos que estaba
cerca. Y allá fuimos.
El dinero y
el tiempo solo alcanzaron para una vuelta a cada uno en un juego. Los chiquitos
lloraban. Habrán pensado que si eso era Disneyworld no estaba tan bueno...
Corrimos a comprar unas facturas y volvimos a la estación. Faltaba poco para
las cinco...
Llegamos
corriendo, con los chicos prácticamente a la rastra. Teníamos que llegar al
tren, pero... No contamos con algo. Necesitábamos los pasajes que no teníamos
para pasar el molinete. Y ahí estábamos, con nuestros hijos, paradas ante un
molinete aterrador, esperando que un vendedor ambulante nos buscara y nos
encontrara, sin conocernos en una estación atiborrada de gente, en horario
pico, en la ciudad más grande del país... Y el milagro ocurrió, y un joven
bajito y morocho, con una chaquetilla blanca y sucia vino a nuestro encuentro. Creo
que nos encontró gracias a las referencias del guarda: “dos inconscientes con
seis menores” le habrá dicho. Nos hizo saltar el molinete. Los chiquitos
pasaban por abajo. Las nenas más grandes y nosotras por arriba.
“¡Corran que ya sale!”, gritaba el cocacolero. Y
nosotras, con los más chiquitos en brazos y los otros agarrados de nuestra
ropa, lo seguíamos, como buscando al vellocino de oro. Subimos al tren. Los más
chiquitos estaban divertidos. Los más grandes dudaban...
El tren
estaba colmado de gente, conseguimos dos asientos, y ahí acomodamos a algunos
de los chicos. Otros se sentaron en el suelo, a la par de esas personas con
caras fastidiadas, que salían de sus trabajos y a la que todavía le quedaba un
largo trecho para llegar a sus casas. A medida que el tren paraba en las
estaciones, se iba bajando gente, y el aire se hacía más respirable. Cada tanto
se abría la puerta del vagón y aparecía el cocacolero, con una especie de cajón
que colgaba con una correa de su cuello. Ese cajón tenía divisiones y en cada
una había una botellita de Coca. Cada vez que pasaba nos decía que ya iba a
pasar el guarda para hablar con nosotras. Y nos vendía una Coca. Al cocacolero
le gustaba mi hermana, le hablaba sólo a ella y a mí me ignoraba. Y le cobraba
más barata la botellita. Viendo el poco dinero que nos quedaba asumimos la
táctica de que comprara siempre ella.
Los chicos se
durmieron. Eran casi las diez de la noche, cuando apareció el cocacolero,
seguido por el guarda. Nos señaló y el hombre alto de la chaqueta azul grisácea
me hizo una seña con la cabeza en un inequívoco gesto de que lo tenía que
seguir. Mi hermana me pasó el dinero que tenía reservado y lo seguí al hombre
alto hasta el fuelle donde se unen los vagones. Me sentía una actriz de
“Contacto en Francia” o una espía tramando con un contraespía, vaya a saber qué
asunto. El ruido monótono y constante de los durmientes no me permitía escuchar
lo que me estaba diciendo.
—¿Sabés cuánto
me tenés que dar?- gritó irritado.
—Sí, señor-
le dije mientras le extendía el rollito de billetes húmedos del sudor de las
manos de mi hermana.
Sin contarlo,
lo puso en el bolsillo superior de su chaqueta. Me miró con su cara de bulldog
y me hizo seña de que regrese. No me animé ni a darle las gracias. Cuando me di
vuelta escuché que decía: “Qué inconsciente”. Era la tercera vez en el día que
me lo decían... Al llegar a nuestro asiento vi que el vendedor seguía hablando
con mi hermana y, conociéndola como la conozco, sé que no habrá escuchado una
sola palabra de lo que le dijo. Su mente estaría pensando en mi misión en la
pasarela del tren.
Ya no había
más plata. Por suerte los chicos se durmieron, así no tendrían sed ni hambre. Por
fin llegamos a Rosario. En la estación nuestro padre estaba esperándonos, como
siempre. Llegamos a casa y nuestra madre, como siempre, nos recibió con su
comida abundante y amorosa, que los chicos devoraron a la vez que contaban su
inolvidable experiencia, hablando los seis al mismo tiempo. Estaban cansados y
felices de la aventura que habían vivido con estas dos inconscientes. Y que
nunca olvidaron.[1]
[1] Hoy, cuarenta años después,
mientras escribo esto me pregunto si estuvimos mal en lo que hicimos y siento
un poco de culpa. Por eso le mando un mensaje a mi hija mayor, a la de nueve
años de aquellos tiempos y le pregunto qué recuerda de aquel viaje. Y su
respuesta es que estuvo alucinante, que recuerda al vendedor que gustaba de su
tía y las milanesas de su abuela cuando llegamos. Estoy más tranquila. No
necesito terapia, al menos por este tema.