lunes, 23 de junio de 2014

Una chica de 10

Por María Victoria Steiger

¡Hola!
Soy Victoria, la que contó una historia de cuando era chiquita.
Esa que tenia una pila de hermanas y… ¡no eran tan tranquilitas!
El de ahora es un tramo de mi escolaridad hasta, quizás, el primer año de la secundaria.
Te cuento:
Seguimos en la casa enorme en Mendoza.
Llevamos una vida de familia grande.
Las visitas eran pocas y con otras familias de tres o cuatro chicos, que venían a jugar a casa o íbamos a casa de ellos.
Otra salida era ir los sábados al cine del colegio. ¡Había dos películas con recreo para comprar caramelos!
A mi me gustaban. Ahora, de grande. creo que las monjas ayudaban a que un día mis padres pudieran dormir la siestita ¡sin ruidos ni griterío!
Las monjas no me “encantaban”, pero me hice más amiga de la de Música, que no era de un carácter ideal, pero tampoco una “bruja”.
Ella siempre tenía ideas: el coro del colegio, los títeres, el conjunto de folklore.
Mi hermana mayor aprendía piano con ella. En casa no teníamos piano y practicaba en el cole, en la sala de música.
Era un salón no muy grande que tenia cuartitos con pianos separados. Yo daba vueltas y miraba como la monja hacia los títeres y las marionetas.
Después, entré al coro, aprendí cómo manejar los títeres y con otras chicas presentábamos “grandes obras”.
Esto era buenísimo. Inventábamos cuentos y nadie veía nuestras caras ni cómo nos moríamos de risa con los cambios en las letras de “Caperucita y el lobo” y tantos otros relatos de la época.
Estas actividades eran “muy convenientes”.
¿Por qué? Es que como en todas las escuelas, se preparan los actos patrios. Las que estábamos en el coro teníamos que ensayar y perdíamos algunas clases.
¡Era buenísimo!
Como ven no era una alumna “de 10”.
Mis notas no eran para el “cuadro de honor”. ¿Qué era esto?
Por cada grado o curso ponían los nombres de las mejores alumnas.
Siempre lo leía pero… ya sabía que el mío no figuraba.
¡Nunca me hice gran problema! Lo mío era más manejarme con lo que podía.
Al colegio llegó un órgano de tubos impresionante. Sor Elena sabía tocar el piano; pero órgano no y menos ese.
Le pusieron un profesor y ella estudiaba casi todo el día.
El coro lo seguía; pero el resto lo dejó hasta que ella aprendió a tocar ese instrumento.
Mientras preparaba y estudiaba, nos enseñaba cómo sonaban las teclas chiquitas, los botones que cambiaban los sonidos y lo más “increíble” para nosotras era la pedalera que hacía los sonidos más graves.
Las del coro teníamos que ir a escuchar la música que estudiaba –creo que para que la pobre se sacara el miedo al público– y llegó el día de la inauguración con su concierto!
Claro todo estaba bárbaro, pero ¡tanto órgano y música de iglesia daban un sueño terrible!
Llegó el día del concierto, fue mucha gente, y la monja muy orgullosa y contenta volvió a su normalidad: su sala de música y a emprender otra actividad.
¡Quería aprender a tocar la guitarra criolla para formar un conjunto!
Cuando me enteré ya había otras chicas con guitarra y que sabían algo, así que a buscar una porque yo también quería aprender.
No fue fácil, pero en casa no me decían que no. ¡Pero tenían que encontrar una barata!
Al fin encontraron una y empecé primero con un profesor que iba los sábados a la biblioteca que quedaba a una cuadra de casa.
Había muchísimos alumnos todos tocando a la vez y no se aprendía mucho.
Mi mamá se quedaba a esperar que terminara la clase y se dio cuenta que así no iba a hacer nada.
Al final, terminé en lo de la monja Elena y mis compañeras con guitarra que me enseñaron a “rascar” mis primeros acordes
En ese tiempoyo tendría unos 11 o 12 años. Iba y venía con las cosas del colegio y la guitarra “a cuestas”.
¡Al fin pude tocar unos acordes y entré en el conjunto!
Mis actividades seguían bien, pero pasaba el tiempo y la monja del último grado de la primaria la llamó a mi mamá. ¿Qué pasa con esta nena que no estudia nada?
Era claro, en casa éramos muchas y, si más o menos la libreta estaba bien no pasaba nada, pero deben haber tomado alguna lección y yo estaba en la “luna” y no sabría que poner y decidió llamarla.
Realmente no me acuerdo mucho, pero algo mejoré y no tuve problemas para pasar a primer año de la secundaria.
Yo quería aprender más de la guitarra y me mandaron a un conservatorio. Tenía instrumento una vez por semana y teoría y solfeo.
Con la guitarra, bárbaro; pero lo otro me resultaba terrible de aburrido, pero era obligatorio.
Mi aplicación a la secundaria no cambió mucho y mi fin de año fueron cuatro materias para rendir. Un desastre para todos en casa.
Bueno no había otra que estudiar.
Así fue mi primera etapa de escuela y mis comienzos con la música.

Tendría muchas más cosas para contarles pero terminarían aburridísimos.

Expresiones de una época

Por Luis Molina

Escuchando un tango, música con la cual me crié, mi mente rememora las charlas de aquellas vecinas, chismosas ellas, ataviadas con su batón de uso diario, chancletas con medias, pañuelo en la cabeza, Dejando la escoba a un lado y la manguera en el piso salpicando por doquier.
Desde la radio Julio Sosa canta: “Ha visto vecina, que poca vergüenza, casarse de blanco, después que pecó”
¿Pecó?
No podía entender el significado de aquellas palabras, como decían también: “Las chicas buenas no hablan de esas cosas…”
¿Qué cosas?
O cuando la señora gorda cuyo marido estaba como siempre en el comité haciendo méritos para conseguir un puestito en la fundación Eva Perón. Claro, no era cualquier tipo. Era delegado del sindicato en la fábrica debía dejar enfriar el café, porque un pícaro había tapado el inodoro del baño de personal con la estopa que le daba la patronal para limpiarse las manos.
Entonces, su tarea consistía en parar toda la fábrica, porque no existían suficientes baños para los obreros, porque así lo exigían los estatutos. A él, no lo podían tocar. Era “el delegado”. Además, estaba afiliado al partido.
Me parece verla hoy en el almacén de don López a esta señora gorda, revoleando los ojos, mirando de soslayo, comentando con su vecina a media voz y en tono de secreto:
—¿Vio? a la mosquita muerta… Yo sabía que no era trigo limpio. El morocho ese, que quiere que le diga, para mí que le hizo la porquería, ¿no vio la cara de contenta que tenía?, ¡Qué vergüenza! Ay Jesús, María y José.
—¡Seguro! Por la cara de la madre, me parece que no le vino…
—¿Usted cree? La que vi y anda con el asunto es la de la esquina. ¿Le vio la cara? Da lástima.
—¡Qué diferente a mi nena, que estudia corte y confección, el padre ya dijo que en la fundación Evita le va a conseguir la máquina de coser…!
—¡Ah!, ¡pero mire qué bien! La mía va a la academia “Pitman” a aprender a escribir a máquina. La chica no nació para sirvienta, que otra vaya a fregar pisos.
Luego continuaba la charla comentando sobre “Los Pérez García” o el programa de Juan Carlos Mareco, Pinocho.
—Yo quería escuchar “Odol Pregunta” por un millón de pesos pero él, puso “El Glostora Tango Club”, porque anoche tocaba D’Arienzo, ¿puede creer?

Me costó crecer entre esos códigos, o vaya a saber qué eran.
Por supuesto, en los mediodías del domingo prefería escuchar “La revista Dislocada”, donde un joven Porcel además de actuar cantaba como los dioses.
A la noche, eran “Los cinco grandes del buen Humor” o Balá, Marchesini y Locatti haciendo de las suyas.
Me hubiese gustado tener una radio en aquella época.
Por suerte, doña Francisca, la dueña del conventillo me dejaba escuchar sentado en una silla bajita en la puerta de su pieza. Así, conocí a “Tarzanito”, además de escuchar a Pedrito Rico y Joselito, que española ella no se los perdía.
Mi vecina, como madre celosa del cuidado de su hija, la acompañaba a tomar el tranvía cuando iba a trabajar, ¡Qué ejemplo de mujer! La nena veinteañera de físico privilegiado muy bella y simpática, a la que vecinas celosas cuchicheando le sacaban el cuero. Pero ella siempre llegó muy puntual al cabaret de Pichincha donde trabajaba.

Y Doña Rosa, que siempre que el marido se iba a trabajar dejaba un sifón en la ventana, vacío por supuesto. Ellos no tomaban soda. Un día volvió Genaro, el marido, y el sifón aún estaba allí. Adentro, también estaba el Fede, joven repartidor de diarios. Pero esa es otra historia. 

Moña

Por Ana María Miquel

Le pusieron ese sobrenombre, porque cuando bebé tenía el pelo realmente como una canasta de rulos y, para sacárselos de la cara, la mamá se los apretaba con dos enormes moños sobre la cabeza. Como no existía corralito, la colocaban adentro de un cajón de manzanas. La bondad, generosidad y ternura emanaban y emanan de ella a raudales hasta el día de hoy, a pesar de las adversidades. Es la mayor de cinco hijos.
Es la hermana que yo no tengo. Tenemos la misma edad, las mismas costumbres, los mismos gustos, las mismas inquietudes, las mismas confidencias. No hace falta hablar para saber lo que está pensando la otra, nos encontramos una o dos veces al año, pero siempre es como si nos hubiéramos visto ayer. Ahora, con la tecnología, nos comunicamos con más facilidad. En las cocinas nos manejamos a la par sin necesidad de explicaciones, aunque ella cocina mucho más rico que yo.
Nos conocimos cuando teníamos dieciocho años. Mi hermano mayor, nos llevó a una prima de Buenos Aires y a mí, a un club en Mendoza donde se realizaba un baile de Carnaval. El muy pícaro ya sabía que Moña también iría con sus primas y ya estaban enamorados; pero debían cumplir con todo el protocolo de la época. Bailaron toda la noche y allí, creo, ellos confirmaron el noviazgo y yo mi relación con Moña.
Como verán, Moña es mi cuñada.
Han pasado muchísimos años, mejor no contarlos pero aunque lejos, siempre estuvimos cerca. En los momentos más difíciles de mi vida estuvo a mi lado. Por ejemplo cuando nació mi primer hijo, vivíamos a dos cuadras una de otra. Como yo trabajaba por la mañana y tenía una empleada que cuidaba de mi hijo mayor, ella todas las mañanas pasaba por mi casa para saber cómo estaba el nene. Una mañana entró y se encontró a mi hijo sentado en su cochecito con un cartel que decía: “Señora, no trabajo más, me voy”. La loca e irresponsable de la muchacha había dejado solo en la casa a un bebé que aún no caminaba. Ni siquiera fue hasta la casa de Moña para avisarle y dejarle a mi hijo. Ella no se hizo problemas, cerró la casa y se llevó a mi hijo con ella.
Cuando nació mi primera hija, lloraba todo el día. Una tarde vino a casa Moña y me dice: “Andá al supermercado que yo me quedo con la nena”. Cuando volví, me comenta medio enojada: “¿Sabés por qué llora tu hija?, porque tiene hambre. Le hice una mamadera y no dejó ni rastros”. Tenía razón. De ahí en más comenzó a tomar mamadera.
La cuestión que pasaron los años y una vez le detectaron “la mala palabra en un pecho”. La operaron, le hicieron quimioterapia, todos sufrimos a la par de ella, pero su espíritu, fortaleza y los rezos de todos, la hicieron salir adelante. Y siguió viviendo feliz y contenta y haciéndose cargo de las angustias y alegrías de todos los que la rodeaban. Viajó mucho, pero mucho, mucho. Tanto mi hermano como ella son felices viajando.
Con la vuelta de los años, otra vez “la mala palabra”, pero en otro lugar. Esta vez, ya le estaban haciendo señas desde arriba. Pero no la íbamos a dejar ir. Todos la necesitamos, cada uno a su manera. Por supuesto que su espíritu de lucha, continuó intacto y aceptó todo lo que los médicos le indicaban y salió adelante y aunque parezca mentira está muy bien. Una de las veces que la vi, lo pensé y se los dije: “Moña, sos una bestia, qué fortaleza tenés para haber salido de ésta”. Y, entonces con lágrimas en los ojos, me respondió: “¡Cómo me voy a morir, quién cuidaría de tu hermano?”
Realmente me dejó sin palabras.
Cuando ya estuvo repuesta y no significaba un peligro viajar, nos fuimos las dos solas (por primera vez en su vida ella viajaba y salía de su casa sin mi hermano) a Dubai. Allí, nos esperaba mi hijo menor. Esos días vividos en Dubai fueron realmente inolvidables, tanto para ella como para mí. Para ella era como volver a sus orígenes, ya que sus padres eran libaneses y las costumbres y comidas por supuesto que son muy parecidas. Y, para mí, una alegría inmensa de poder andar libremente por esa maravillosa ciudad, sin obligaciones de maridos que atender. Y, como ella habla inglés, yo me sentía muy segura.
La primera noche que llegamos y después de larga charla con mi hijo, nos fuimos a dormir, nosotras en una cama de matrimonio en el dormitorio y él en el comedor. Cuando nos acostamos me dice: “Al final, siempre termino durmiendo con un Miquel”. ¡Cómo me hizo reír!
No parábamos en la casa. Recorríamos todos los lugares habidos y por haber, teníamos la pileta de natación a nuestra disposición, los shopping, los restaurantes, los mercados: de las especias, del oro. Las playas y el mar. Las tiendas con telas finísimas, las túnicas, las casas de perfumes, los chocolates. Realmente, era otro mundo. En algún momento del día, cuando la veía cansada, le decía volvamos a la casa que estoy cansada. Era verdad, yo me cansaba y la veía a ella que también y no quería que le subiera la presión o que hubiera alguna complicación.
Un día habla con uno de sus hijos y éste le insiste con que no debía volver sin ir a visitar la mezquita de Abu Dhabi. Yo no tenía mucho interés en ir, pero nos habíamos acostado a dormir la siesta o a estirar el cuerpo y ella me seguía hablando de Abu Dhabi. Entonces se me hizo la luz. Sus tiempos, no eran los míos. Nadie tiene la vida comprada. Yo me podía morir en esos momentos. Pero ella vive como si cada día fuese el último, porque siente que tiene la espada en la cabeza y que cada momento es un regalo. Entonces le respondí: “Vamos mañana a Abu Dhabi”. Se transformó como una criatura y organizamos el viaje; es decir, ella lo organizó con mi hijo, porque nos manejábamos en ómnibus de línea.
A la mañana siguiente, salimos para conocer la mezquita de Abu Dhabi. Llegamos a eso de las trece horas, con cincuenta grados de calor. Pensé: “Aquí una de las dos pasa para el otro lado”. Para colmo, era una construcción tan pero tan grande y toda de mármol blanco y con adornos en dorado, que el sol refulgía por todos lados. El colectivo nos dejó en un lugar donde teníamos que caminar bastante para poder entrar. En un momento dado los guardias se dieron cuenta de nuestras caras rojas y no de vergüenza, que nos hicieron detenernos, ponernos a la sombra y pidieron un cochecito como esos de las canchas de fútbol, para que nos transportara. Un guardia le dice a Moña que se sentara en un escalón de mármol blanco y ella lo toca, pensando que estaba frío, pero quemaba (buenísimo para las hemorroides) y el hombre, medio ofendido porque ella pasó la mano le dijo: “Está limpio señora”. No dijo nada y se sentó.
Llegamos al lugar donde nos vistieron con las túnicas negras tapadas de pies a cabeza, dejamos los zapatos en las estanterías de la entrada y entramos a lo que sería la Sala de Oraciones, con la famosa alfombra, y las famosas lámparas. En un momento Moña empieza a gritar: “¡Ana, Ana!” Y le respondo: “¡Aquí estoy! A tu lado”. Y me dice: “Ah, parecés Rasputín, no te había conocido”.
Desde Dubai, teníamos pensado ir cuatro días a Jordania, pero era el año pasado, cuando había problemas con los sirios y nos aconsejaron que no fuéramos. Nos volvimos a Argentina. Después de más de un día de vuelo necesitábamos camas para dormir. En Buenos Aires fuimos a la casa de mi hijo y allí dormimos como bebés. Al día siguiente, ella partió para Mendoza y yo para Rosario.
Realmente fue un viaje inolvidable, tanto para ella como para mí. Todos nos preguntaban si no habíamos tenido roces por la convivencia. De ninguna manera, nos complementamos y nos conocemos demasiado bien como para pasar un mal momento. En el avión de regreso, nos habíamos armado con las mesitas y las mantas una hermosa mesa de juego. Veníamos jugando a la canasta, cuando apareció una azafata de primera clase. Al vernos nos dice: “Solo les falta una bebida”. “Sí, sí”, le contestamos y nos trajo una bebida que no sé cómo se llama; pero según la descripción de la azafata era como tomar un helado derretido, Moña se tomó dos y yo dos cervezas. Ja…Ja…La pasamos genial. ¡Cómo me gustaría volver!

martes, 17 de junio de 2014

Gangitanos en Rosario

Por Juan José Mocciaro

Ya había encontrado el pueblo de origen de mi abuelo siciliano, ya tenía la doble ciudadanía italiana. ¡Eran dos pasos muy importantes! Pero una pregunta me daba vuelta por mi cabeza ¿habría más gangitanos y descendientes en nuestra ciudad?
Rosario recibió de fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX una gran corriente de inmigrantes de origen español e italianos, en especial de Sicilia.
Fui al Consulado a consultar el padrón de los que tienen ciudadanía italiana y la sorpresa fue muy grande al encontrar 145 personas que provenían de ese pueblo de Sicilia: Gangi.
“¡Qué bueno tener identificados a los ‘paisanos’!”. Ahora, tenía que pensar ¿en juntarlos?
Me contacto con la profesora Hilda Vazzano de la localidad de Azul, y le propongo que venga a Rosario a dar una charla sobre Gangi y juntar a los paisanos para ese encuentro.
Desgraciadamente, por una dolencia, no pudo venir ese día a Rosario a dar la charla; y aunque agotamos los medios para avisarle a la gente que se suspendía, con la ansiedad de haber esperado este momento tanto tiempo, llego a la sala “Casa Familia Siciliana”, de San Nicolás al 1900, y había más de 50 personas, muchas de ellas de igual apellido otras se preguntaban si eran parientes, otras indagaban por su abuelo o abuela. En fin, era un gran encuentro familiar y tantos otros se mezclaban en un emocionado abrazo.
El título de la tarjeta de invitación llevó a confusión. Muchos creían que era para viajar que rezaba: “Viaje a Gangi, la tierra de nuestras raíces”.
Luego de las explicaciones del caso, con enorme alegría y de común acuerdo, aprovechamos la ocasión para realizar un encuentro y dejar todo organizado para formar una entidad.
Así fue como el 24 de octubre 2009, en el local de la Familia Abruzzesa de Rosario de calle Santiago 1334, quedó conformada la “Asociación Familia Gangitana de Rosario” y me eligieron para presidirla.
En esa oportunidad, José Sanfilippo, socio fundador, hijo de gangitano, nos regala a cada uno de los presentes una lámina amarillenta de la imagen del Spirito Santo traída por su abuela en el barco, de esa tierra tan lejana. Cabe señalar que es el protector de Gangi, siendo a partir de este momento el de nuestra entidad también.

N. del R: La foto que acompaña a esta historia fue tomada en 1929 en la puerta del Colegio Sagrado Corazón, de calle Mendoza y Moreno, donde están los primeros inmigrantes gangitanos llegados a nuestra ciudad, habían traído una imagen del protector del pueblo y la habían depositado en esa capilla, donde se observa a algunos integrantes de la Comisión Pro-Templo y la banda de música; porque la costumbre era ir a darle serenatas a los paisanos y recaudar unos pesos para contribuir a la causa de construir un templo, que actualmente se encuentra en la calle Cochabamba al 6300 y que fue levantada con mucho sacrificio tanto monetario como corporal.

Brujas, Bélgica

Por Ana María Miquel

En la famosa época del “uno a uno” y con mi hija becada en Francia, nos pudimos hacer con mi marido una escapadita por “las Europas”.
Estando en Amsterdam, madrugamos y desayunamos abundantemente. Tomamos un tranvía hasta la estación de trenes y luego un tren desde Amsterdam hasta Brujas. Salimos a las 8 y 25 exactamente y estábamos en Brujas a las 12.
Para no andar con las valijas y como solo estaríamos un día en esa ciudad, decidimos dejar en los casilleros de la estación de trenes todos los bultos, inclusive las camperas de abrigo y mi bolso cargado hasta con un queso ahumado que traía de Holanda para mi hijo en Argentina,. Fue así como a mi marido le dimos una mochila de tela con los sándwiches, a mi hija su carterita y yo llevé la mochila de ella con máquinas de fotos y anteojos. En una palabra, muy livianos para poder caminar cómodos, ya que hacía mucho calor y era un día esplendoroso.
Mi hija se nos adelantó para sacar el pasaje Brujas (Bélgica)- Lille (Francia); mientras que nosotros salimos de la estación de trenes y mi marido me pidió un rollo de fotos para la máquina (no eran digitales). “Los dejé en la cartera grande, compramos en el camino”, le respondí, a lo que, con cara de pocos amigos, me increpa diciéndome: “No, ya me asaltaron con la revelación de los rollos anteriores en Amsterdam. Vamos a buscarlo”.
Volvimos al casillero, lo abrimos, sacamos un rollo, volvimos a cerrar y nos fuimos.
Ya en la estación comenzaron las fotos. Era imposible no grabar en algún lado esas gigantescas matas de pensamientos amarillos y no me olvides azules. Mi hija ya conocía Brujas y, como de costumbre, nos llevó de la nariz.
Hay veces en que los hijos se convierten en padres de sus padres.
Comenzamos a caminar por un parque que más parecía un bosque entre túneles de árboles y un gran lago donde se desplazaban familias enteras de patos y cisnes. A esa hora, había poca gente y lo dejamos a mi marido cuidando un banco mientras nosotras nos fuimos a buscar bebidas. Comimos nuestros sándwiches y frutas, mientras que en otros bancos, rubias y coloradas familias hacían lo mismo.
Luego, caminamos por callecitas de cuentos hasta la gran plaza de la ciudad y mi marido y mi hija se fueron urgente a comprar francos belgas para que tuviéramos con qué movernos o comprar algo si queríamos. Mi marido rezongaba por lo bajo, porque no encontraba un cajero y mi hija trataba de mirar para otro lado para no escucharlo. Yo, como buena mamá siempre, en medio de los dos.
Para calmar los ánimos, nos sentamos a tomar un café y luego partimos en un minibús para pasear por la ciudad. Luego, tomamos un barquito para recorrer los canales. Otro cafecito, compramos exquisitos chocolates y me quedé fascinada con los trabajos a bolillo y los encajes.
A las 18, debíamos tomar el tren a Lille. Ya era hora de partir a la estación, para tener tiempo de recoger el equipaje y buscar el andén que nos correspondía.
Llegamos al valijero de la estación y casi nos da un ataque al corazón. ¡Estaba abierto y vacío! Fueron cruces de miradas entre los tres, pero nos habíamos quedado mudos. Me fui como una tromba a la ventanilla, pero ¿quién me iba a entender mi español? Solo hablan inglés, flamenco y holandés. Yo hacía señas como el penado 14, hasta que vino mi hija y comenzó a hablar en francés con el tipo de detrás del mostrador. Y este buen señor la hizo hablar de golpe en inglés porque le decía que no entendía francés. El colorado entendía todo, ya que ella le mostraba el ticket con el código del casillero. El belga colorado (por no decir una palabrota) se fue a un rincón a hablar con otro. Mi marido me pidió un cigarrillo y yo pensaba ¿cómo volveríamos a Argentina?, ¿con qué ropa?, ¿las camperas de abrigo?, ¿los perfumes que habíamos comprado?, ¿los bulbos de gladiolos? En fin, estaba haciendo un inventario del robo y no me podía convencer de que nos hubiera pasado algo así.
El colorado se arrimó a mi hija y le dijo que si nosotros habíamos vuelto a abrir el armario una vez cerrado, ya que entonces, había quedado abierto. Eso sucedió cuando fuimos a sacar el rollo de fotos.
Comencé a decirle a mi hija que esa repartición debería tener seguros por las cosas que uno dejaba. Entonces. como la cola de gente que esperaba ser atendida iba creciendo, el colorado nos hizo señas para que entráramos a una oficina abierta, tipo galpón, llena de bicicletas colgadas del techo y grandes mesones. Cuando entramos, muriéndose de risa junto a su compañero, levanta el índice hacia un estante y allí estaban nuestras cosas. No pude menos que reaccionar por impulso y me puse en puntas de pie y al belga ¡le dí un beso y un abrazo de aquellos!
…Oh!....Oh!... decía el colorado. Abrí la bolsa y le entregué una caja de los bombones que habíamos comprado. Reaccionó mi marido y lo abrazó y le dio unos pesos. El hombre no se esperaba esos obsequios y se quedó muy agradecido. Pero allí descubrimos cómo funciona la seguridad en los depósitos de las estaciones. Al volver a abrir tan rápidamente el armario, quedó detectado en una pantalla, llamó la atención y fueron a sacar todo y guardarlo, cosa que nosotros no conocíamos.

De cualquier manera, allí estaba todo y no faltaba absolutamente nada. Tomamos el equipaje y corrimos al andén para tomar el tren a Lille. Era el segundo robo del que nos salvábamos.

Mi hermano se compró un auto

Por MAHJO

Cuando mi hermano tenía 18 años, diez más que yo, se le ocurrió comprarse un auto, para lo cual tuvo la feliz idea de ir hasta Firmat –localidad situada en el sur de Santa Fe– a comprar una chatita Ford T y traerla andando hasta Rosario. ¿Qué ocurrió en el camino? Cuando llegó a la famosa “curva de la muerte”, cerca de Pérez, se le paró la chatita, lo que no hubiera sido nada, si no fuera porque en ese momento venía el tren. Felizmente, mi hermano se bajó a empujarla y pudo sacarla a tiempo.
Cuando llegó a Rosario y mi padre se enteró de la compra lo quiso matar y se salvó de cobrar, porque estaba mi abuela en casa.
Como mi tío trabajaba de chofer en el Banco Provincial de Santa Fe, mi hermano le pidió que la manejara. Claro, él estaba acostumbrado a los coches grandes, con buenos frenos, como los que usaba en el banco, y en la primera esquina terminamos en la vereda, porque no pudo frenar.
Y, ahora, voy a hablar de mi viejo aprovechando que se acerca el Día del Padre. Como verán era un hombre muy rígido, parecía un militar, pero lógicamente la crianza que nos dio fue la que aprendió de sus padres.
Sin embargo, tengo buenos recuerdos de mi infancia, él nos llevaba a mi amigo y a mí a recorrer el puerto donde veíamos esos barcos, esos trenes cerealeros y recuerdo que había una montaña de arena de donde nos arrojábamos con mi amigo. También nos llevaba a remontar barriletes detrás de la Yerbatera Martin, donde aunque ustedes no lo crean había una villa. Y precisamente hablando de los barriletes, mi padre había descubierto que si el tiro del medio del barrilete era más largo éste volaba más alto, por lo que todos los chicos de la cuadra traían sus barriletes para que mi papá le hiciera los tiros.
También nos fabricó un carrito que, en lugar de rulemanes tenía ruedas de madera e incluso les había puesto un freno. Lo llevábamos a la Bajada San Juan, esa que termina en la Avenida Belgrano, y allí nos arrojábamos.
Felizmente la Avenida Belgrano no tenía el tránsito que tiene ahora, porque a pesar del freno de vez en cuando terminábamos en la Avenida.
Luego vino lo de la bicicleta, sobre la que ya les conté, y por último: agradecerle a mi padre la enseñanza que nos dio y que en los momentos difíciles de mi vida siempre estuvo a mi lado. ¡Qué pena no tenerte Viejo!

lunes, 16 de junio de 2014

Casa de mujeres

Por María Elena Domenech

Había que estar a horario en la parada de la línea “E” para no perder el colectivo que desde la zona sur nos llevaba por distintas zonas de la ciudad hasta el barrio Echesortu donde yo cursaba el primer grado en una escuela de monjas. Era casi una expedición para mis cinco años y tardé en entender por qué mi mamá me había anotado en un colegio que quedaba tan pero tan lejos de casa.
De lunes a viernes, de marzo a diciembre se repetía el apuro por tener el guardapolvo con tablas y moño atrás, impecable, para subir a un transporte que la mayoría de las veces iba repleto de trabajadores, que anhelaban llegar a sus hogares para almorzar y descansar unas horas para retornar luego con el hastío en la mirada.
En mi caso y en el de mi mamá, a esa hora comenzaba nuestro trabajo: yo en la escuela y ella esperando cinco horas hasta mi salida para hacer el camino inverso en el mismo colectivo, que por repetición se convertiría en un ambiente familiar.
En esta rutina laboral, éramos dos las que subíamos pero bajábamos tres, porque a medio camino mi mamá se asomaba por donde podía y hacía una seña que significaba “estamos acá”. Entonces, Marga, que esperaba en una esquina a la hora convenida, se despedía de su madre y se unía a nosotras hasta llegar a la escuela, mundo desconocido y al principio atemorizante, donde la luz se traducía como pinturitas de colores y papel araña en los cuadernos. Así, durante dos años hasta que mi abuelo le cedió una casa a mi vieja y nos mudamos a la vuelta del colegio.
La “E” seguía pasando pero ahora con marga y su madre.
Con el tiempo, ella también se mudó y habitó una casa sobre mi misma calle, pero a 10 cuadras de distancia. A esa altura 9 de julio se levantaba orgullosa de su arquitectura, con sus casas alineadas, iguales, distinguidas ¡con balcones para serenatas!

Así, conocí a Margarita
Entre a su casa recién de adolescente, no sé por qué no antes, y allí me relacioné mucho con su familia.
El padre era viajante de una fábrica de calzado, por lo tanto permanecía mucho tiempo fuera de casa. Guardo la imagen de un hombre alto con unos ojos celestes clarísimos y semblante muy serio, que llegaba con un maletín y con muchas pilas de cajas de zapatos atadas que quedaban depositadas en una habitación que cumplía el rol de escritorio, oficina, depósito y lugar donde nos juntábamos a charlar con las amigas, siempre y cuando él no estuviera.
El espacio era reducido y las cajas apiladas trepaban las paredes, a veces mi imaginación volaba tanto que sentía un insoportable olor a pata sucia. De todos modos, me encantaba estar en esa casa.
Las tardes en el hogar de Marga eran muy cálidas. Su mamá, siempre con una sonrisa, mejillas rosadas, ojos chispeantes y cantando canciones españolas, nos preparaba una leche con bizcochos exquisitos que tomábamos en la gran mesa de la cocina, un ambiente amplio con mucha luz y con varios sectores: la máquina de coser siempre abierta y con alguna costura empezada en un rincón, los útiles escolares de las tres hermanas desordenados sobre una mesa pequeña al lado de un armario que guardaba libros y más libros; y el sector de la abuela, una española muy menuda, siempre vestida de luto que a mí me parecía centenaria pero que tuvo mucha vida por delante. Yo la veía como un adorno, no se movía de su sillón ni dejaba de escuchar la radio a pesar del bochinche de nuestras conversaciones. Las dos hermanas de Marga, menores que ella, siempre estaban compartiendo la gran mesa y contando anécdotas de la abuela y del loro.

Casa de mujeres era esa casa. Solo voces femeninas en su interior, solo llamados telefónicos de otras mujeres: primas, tías, amigas. Solo visitas de más amigas y un solo hombre, el padre, que rara vez estaba y se lo veía.
Solo mujeres para resolver y decidir, para poner resistencia y defenderse, como esa vez muchos años después en que tocaron el timbre y Marga, que se había tirado a descansar un rato ya que debía seguir preparando una materia para rendir en la facultad de Filosofía y Letras, se levantó intuyendo la noche que se venía junto a la noche y vio desde el balcón de su cuarto dos coches marca Ford Falcon. ¡Quién no asociaba esos coches siniestros con la desaparición y la muerte! ¡Oscura década de los 70! ¡Sangrienta e inolvidable década!

Mi amiga nunca fue una persona que se caracterizara por su agilidad o liviandad de cuerpo, todo lo contrario; pero en ese segundo supo que si no aprendía a volar se condenaba a desaparecer.
Un instante después había trepado y saltado el muro del patio de su casa y se perdería en la noche, mientras varias personas a los gritos y con atropellos destrozaban todo lo que podían.
Un puñado de mujeres abrazadas, sin defensa pero íntegras, observaban la escena.
El padre fue terminante: compró un billete de avión a Madrid, le armó un pequeño bolso y le puso unos pesos en el bolsillo de su abrigo.
Dos días después, estaba Marga, parada frente a la Plaza de Cibeles, con su bolso y su tapado, que apenas la protegía del frío madrileño, sin saber qué hacer ni dónde ir.
En mi madurez, cuando estuve en Madrid y en esa plaza, pude ver tu figura recortada en ese paisaje y me pregunté cómo hiciste para vencer el desamparo, para derrotar las nostalgias, para enfrentar otra sociedad estando tan sola, cruelmente sola amiga mía siendo tan pequeña.
La calle 9 de julio, hilo conductor de tantas idas y vueltas, se bifurcó para mí hacia la nada.

En Rosario, unos años más tarde, se casaba la más chica de las hermanas. Al tiempo, tuvo una hija, se separó y volvió a la casa materna... con otra mujer.

Todo el brillo de los ojos y la sonrisa de su madre, estaban presentes en Marga. Todo era dicho con la gracia bien administrada que transmitía la genética.
Salimos de la escuela primaria para seguir juntas la secundaria. Para ello, bastó dar dos pasos a la derecha y seguir bajo la misma tutela de la congregación que nos educaba. En ese momento empezaban a construir el nuevo edificio y nosotras fuimos ascendiendo de piso junto con los golpes de martillo y los obreros que se balanceaban en los andamios.
 Atravesamos nuestra adolescencia con muchas carcajadas. Marga me enseñó a reírme de mí misma, a ver lo ridículas que podíamos ser a veces y a encontrar divertidas ciertas situaciones dramáticas en las que nos involucrábamos.
En el colegio ella se sentaba delante de mí y cuando estábamos aburridas inventábamos historias. Nada quedaba escrito, todo era oral y espontáneo. Así nació entre otras, la historia del Cholo, un cuarentón con mentalidad infantil que no hacía nada y vivía explotando a su madre, cuatro huesos envueltos en un batón florido que ni nombre tenía porque siempre fue “la madre del Cholo”.
La que tenía una idea sobre la aventura de ese día, la disparaba y la otra la iba completando hasta armar escenas disparatadas que nos hacían reír hasta las lágrimas. Por primera, vez sentí las carcajadas de María Rosa, una flacucha muy tímida y silenciosa que sentada detrás de mí escuchaba algo de las aventuras del Cholo.
Desde siempre, Marga demostró devoción por los libros y la literatura, y en esa etapa del secundario era la única que brillaba en los análisis literarios, que yo odiaba porque no entendía ni el título de la tarea a realizar.
Por ejemplo, el análisis de “El Quijote” hizo que nos instalásemos con otras amigas en casa de Marga durante semanas enteras para completar el trabajo. Ella nos explicaba con gran generosidad.
Los vientos siguieron entrando en la casa de la calle 9 de julio, barriendo a veces y otras no tanto, las dificultades que cada día traía consigo.
La muerte del único hombre de la familia, sin la presencia de la mayor de las hijas, quebró por un tiempo la estructura hogareña, pero la resistencia matriarcal saltó las oscuras crestas de los miedos y la casa recobró el ritmo de las costuras y carcajadas.
La hermana del medio, ya separada y con tres hijas mujeres que criar, sumó su presencia a los cuartos de estar donde transcurría la vida de las hembras mayores, mientras que las menores corrían entre rodajas de pan con dulce de leche y cuadernos con tareas escolares.
Marga, en Madrid, terminó su carrera universitaria y trabajó en distintas redacciones como administrativa.
No sentía rencor por las circunstancias que habían decidido su destino ni por su padre, pero al morir éste se sintió desprotegida como nunca.
En un momento de su vida sintió que era hora de hacer algo que tuviera su sello, entonces organizó y puso en marcha un diario barrial.
Esto le llevaba mucho esfuerzo, pero también ocupó el tiempo que no ocupaban los hombres. Tuvo muchas relaciones pasajeras y algunas estables con personas en las que se recostaba con una entrega ingenua, regalando su mejor vuelo de mujer apasionada: pero siempre terminaba mal, agotada en su propio fracaso.
Estaba sola igual que todas las mujeres de su familia y alguna noche se preguntó quién había decidido que esto fuera así.
Pasaron varios años durante los cuales no hubo un solo día en que, a la distancia, no se fundieran en un abrazo las alegrías con los dolores.
La casa de Rosario albergaba cuatro generaciones de mujeres que en algún momento de sus vidas habían quedado a cargo de las crías y la casa de Madrid retenía a una mujer que, por más que se esforzara, no podía contener las ganas de volver con su familia.
Cada casa era la fortaleza en el día y la debilidad en las noches, cuando los silencios se hacen tan fuertes que es necesario romperlos con el pensamiento para no sucumbir ante ellos. Cada mujer era un mundo de recuerdos y proyectos que dejaban instalada la mayor de las incertidumbres
Tantos fueron los destellos como las sombras que cubrían el alma, tantas las ganas de alcanzar como la resignación a lo inalcanzable, simple vida que sólo sumaba días, que templaron el carácter de la soledad: mezcla de abandono, intolerancia y melancolía.
¿Cuándo se apagaron tus carcajadas, Marga? ¿Cuándo perdiste el sentido del humor? ¿Cuándo decidiste que ya no importaba recuperarlos?
Marga volvió con el tiempo a cuestas y en el regreso se encontró con que debía enfrentar otros tiempos: los del desarraigo. Lo que añoraba ya no existía. De sus veinte años nadie se acordaba, sus espacios estaban ocupados por otras figuras irreconocibles; había que empezar de nuevo y eso le resultó tan difícil como el día en que había tenido que partir.
Para contener tanta fragilidad estaba la casa de las mujeres y cada noche se escuchaba una canción de cuna que escapaba a través de las puertas del balcón.
Ya no somos las de entonces ni pretendemos serlo con las décadas sumadas en nuestras vidas. El destino falló a favor y en contra de cada una de nosotras. Marga sigue junto a sus mujeres y yo tengo una familia propia, pero ni tiempo ni distancia ni pareceres diferentes, empequeñecieron nuestra amistad