jueves, 15 de agosto de 2019

Del otro lado del Atlántico


Mirtha Prince

Mis abuelos Angela y Félix eran españoles.
Yo sentía curiosidad por saber su origen. Nunca perdí la oportunidad de preguntar, cuando algo me interesaba.
Los sábados eran los días de visita obligada e impostergable a su casa. Los momentos familiares eran formidables. Mientras los adultos tomaban mate, los chicos saboreábamos esas batatitas asadas, que el abuelo preparaba en el horno de la cocina a leña.
Todos estábamos en la galería, de cuyo enrejado pendía una glicina que cuando florecía daba un perfume único e irreproducible, que anhelo sentir.
Es así como ese día con muchas ganas de saber comencé con mis preguntas:
¿De dónde eras abuela?
De El Perdigón, un pueblo de la provincia de Zamora.
¿Lo recuerdas? ¿Cómo era?
Un pequeño pueblo apiñado. Con viñedos, muchos frutales, olivares, chivateras, rebaños de ovejas, que allí pastaban. Había cabañas prehistóricas de piedra, donde nos guarnecíamos en caso de tormenta.
Yo veía al sol, muy grande, las nubes como espuma blanca, el cielo increíble. Grandes llanuras, montañas, cerros, colinas, campos solitarios, inmensos, parecen no tener fin.
El chillido de los pájaros ponía sonido o música a la quietud del lugar.
Genoveva, mi hermana, y yo éramos pastoras, tejíamos mientras cuidábamos las cabras.
Al promediar la tarde el sol empezaba a esconderse y nosotras regresábamos a casa.
Durante el relato sus ojos se enrojecían.
Mientras, el abuelo iba y venia con el mate. El también tenía sus ojos rojos, no acotaba nada, solo silencio.
Entonces dije:
Y vos abuelo, ¿de dónde eras?
Del mismo lugar.
Pensé, ¿se conocían?
Mi cabeza explotaba. Nadie dijo nada. ¿Alguien sabia? Yo no estaba enterada.
Susana es mi prima, de igual edad, siempre estábamos juntas, nunca hablamos del tema.
De regreso a casa le dije a mi mama:
¿Se conocían los abuelos?
Ellos te van a contar- respondió.
Pasaron los días y al sábado siguiente volví con más preguntas y así comencé: “Abuela, ¿lo conocías al abuelo en El Perdigón?, ¿me contas la verdadera historia?”
Ella inicio su respuesta: “Mi padre era Milito Fernández y el de Félix, Manuel Blanco. Eran socios tenían viñedos y una importante bodega, construida bajo tierra, para mejor fermentación y conservación del vino. Por la actividad societaria, ambas familias estábamos siempre juntas, pero las desavenencias comerciales hicieron que terminaran en una ruptura. Mi padre Milito Fernández decide abandonar su terruño, con Eulogia (mi madre), Félix, José, Genoveva, Anastasio, mis hermanos, y yo. Así, partimos hacia Sudamérica, precisamente a Argentina”.
¿Cómo fue el cruce del Atlántico?- le pregunté.
Fue en un vapor, que también tenia velas por una emergencia. El carbón no cesaba de consumirse.
El viaje fue largo, aburrido, movido y de muchos rezos, cuando las nubes oscurecían por la llegada de una tormenta. Varios días solo vimos celo y agua. Cuando nos aproximamos al continente había pájaros. No sé que eran.
No recuerdo cuantos días navegamos
Al fin, el barco se detuvo, se acercaron carruajes donde trasladaron navegantes, bártulos, baúles donde atesorábamos nuestros recuerdos.
Ya terminaba 1901.
Poco a poco, llegamos al hotel de Inmigrantes, donde estuvimos cinco días y, de allí, fuimos a Quilmes.
Pasó un tiempo. Transcurría 1902, creo septiembre. Grande fue nuestra sorpresa.
Los Blanco habían desembarcado en Buenos Aires y con la misma suerte de los Fernández arribaron a Quilmes. Eran Manuel Blanco, su esposa Ramona y sus hijos Félix, Manuel, Julia, Socorro y Benita.
El reencuentro entre los jóvenes fue emocionante, retomando la amistad.

Con el tempo Ángela y Félix transformaron esto en una historia de amor y, al igual que Manuel y Genoveva, contrajeron matrimonio.
Milito Fernández decidió trasladar a su familia hacia Arrecifes. Las recientes familias siguieron su decisión e incursionaron en un almacén de ramos generales.
Al poco tiempo, el padre de mi abuela, un ser muy rencoroso regresa a su Perdigón, donde encuentra el final de su vida, al caérsele una cuba de vino encima, en la más absoluta soledad.
Haba una expresión en ellos, que marcaban con orgullo “allá en mi tierra”.
En su casa la pasábamos muy bien, cuantas travesuras y aventuras inolvidables, ¡qué tiempos aquellos!
Cuantas cosas podría escribir. Cómo no recordarlos, si son parte de m propia vida
Pienso: “Dejaron su patria, se reencontraron aquí, formaron su familia, tuvieron hijos, nietos y bisnietos argentinos. Encontraron trabajo, paz, dignidad y se quedaron aquí”.


Sandro


Mónica Mancini

En el año mil novecientos setenta y ocho, dos chicas acababan de recibirse de maestras de Educación Especial; con la fuerza que da el entusiasmo, decidieron “fundar” una escuela para niños con dificultades en el aprendizaje.
No tenían local, ni bancos, ni alumnos. No consideraron a eso un obstáculo.
Con coraje se animaron a solicitar a los curas del “Sagrado Corazón” unos salones de la escuela “San Miguel Garicoits”, para comenzar allí su proyecto. Les aseguraron que solo sería un corto tiempo, hasta que consiguieran un lugar propio.
Los alumnos llegaron y se fueron sumando docentes, constituyéndose así la Escuela “Nuestra Señora de Betharram”, que consiguió ser reconocida por el Ministerio de Educación. Recién en mil novecientos ochenta y tres comenzaron a tener salarios.
Tuve la suerte de incorporarme ese año a la institución y solo trabajé unos meses sin cobrar.
En el año mil novecientos ochenta y siete, todavía no nos habíamos podido ir del lugar prestado. Eran más de siete años ocupando un espacio que compartíamos con la escuela común, lo que traía aparejado múltiples problemas. Ambas instituciones no paraban de crecer.
Los generosos curitas ya no sabían cómo decirnos que nos teníamos que ir. La situación era desesperante, estaba en juego nuestra fuente de trabajo y el lugar escolar de más de cincuenta niños con patologías variadas.
La cooperadora trabajaba a full: empanadas, polladas, rifas, aportes personales. Nada alcanzaba para llegar a comprar una casa que nos aloje.
Fue entonces que llegó Sandro a Rosario… Sí, Sandro; es decir, Roberto Sánchez.
A una de las chicas se le ocurrió ir a pedirle que hiciera un recital a beneficio de la “escuelita”. Por supuesto que contó con la risa y el escepticismo de las demás.
¿Vos crees que Sandro te va a atender?
¿Dónde vivís, nena?
Bla ,bla, bla…
Y, así, fuimos sacándole la idea de la cabeza y todas nos negamos a acompañarla.
Pero ella fue. Sandro se alojaba en un hotel céntrico. La atendió amablemente, todo un caballero. Le explicó que era imposible hacer un recital, porque para eso necesitaba movilizar a muchísima gente y que, aunque él lo haría, no podía pedirle a su equipo semejante esfuerzo.
En cambio, hizo una promesa. Mandaría desde Buenos Aires un televisor a color de 29 pulgadas para que lo rifáramos, los talonarios impresos y nos promocionaría el sorteo en los próximos recitales, que haría en Rosario.
Ella volvió excitada a contarnos su experiencia con “el gitano”. Primero, dudamos, pero no tardamos en darnos cuenta que era verdad; aunque pensamos que lo de la rifa era una excusa para salir del paso. Al poco tiempo, ya nos habíamos olvidado y seguíamos frenéticamente buscando la forma de juntar dinero; hasta que un día llegamos a la escuela y nos encontramos con una caja gigante, una figura tamaño natural de Sandro y talonarios con rifas impresas.
Sandro cumplió su promesa.
Empezó el operativo. Todas las tardes lo sacábamos al Gitano a la puerta de la escuela (Dorrego y Mendoza) y una de nosotras, portando guardapolvo y talonario en mano, ofrecía las rifas a los que pasaban. Muchas de sus “nenas” se sacaban fotos y nos ofrecían dinero por su imagen (ya estaba comprometida a la directora de la escuela común con la que compartíamos el espacio).
Ese año hubo varios recitales a los que asistíamos gratis, con guardapolvo vendiendo rifas en la puerta. Después, disfrutábamos de su actuación, cantando y bailando todos sus hits –especialmente” Rosa-Rosa” y “Tengo”–, en un palco preferencial.
Juntamos bastante dinero con su donación. No fue suficiente, pero ayudó mucho. No solo con su aporte, sino también a través de su acto generoso, nos dejó una gran experiencia, la que podríamos sintetizar con varios refranes, pero yo elijo este: “A donde el corazón se inclina, el pie camina”.

Dos años después logramos comprar una vieja casa antigua en barrio Belgrano.
Sandro hizo lo suyo.
                          





Recuerdos, nostalgias


Noemí Peralta

Comenzaré por contarles mis primeros recuerdos, que en realidad no sé si son tales por haberlos vivido o porque a través del tiempo me fueron contando tanto mi madre, en menor medida mi padre y tías, tías abuelas y primas de mi madre, que al ser más jóvenes que ella no tenían mucha diferencia de edad conmigo.
Nací un 28 de junio de 1941, en el Sanatorio IMCE, en Rosario. En realidad, no sé si se llamó así desde su formación, por un grupo de médicos jóvenes con muchas ganas de trabajar y prosperar.
Entre sus socios fundadores figuraba mi padre, gastroenterólogo y cirujano, aunque podía atender cualquier caso que se le presentara. Recuerdo que él contaba que enviaron una paciente de un pueblo con diagnóstico de fibroma. Antes no había ecografías, resultó ser un hermoso bebé y sus padres tuvieron que salir apresurados a comprarle ropita. Ahora, en ese lugar está el ICR y, cada vez que paso por allí, me recuerda a mi padre.
En ese entonces vivíamos en barrio Arroyito, en calle Almafuerte a pocas cuadras de avenida Alberdi. Creo recordar o porque me contaron, que el frente de la casa era un tapial con una puerta de metal donde se pasaba a un patio. Era la famosa casa chorizo, con habitaciones una a continuación de la otra y una galería cubierta que daba a ese patio, donde mamá tenía macetones con plantas.
Luego de un tiempo, nació mi hermano y nos mudamos a una casa más amplia y más céntrica en Alvear y Rioja, que aún está en las mismas condiciones en que yo la recuerdo de aquella época.
En la zona, sobre bulevar Oroño, estaba una escuela religiosa y allí me enviaba mi madre cuando tenía cuatro años.
Las religiosas eran muy amables y se destacaba, para mí, una monjita que siempre me regalaba estampitas, una de ellas del Ángel de la Guarda, ya media ajada que aún conservo. Cuando yo estaba enferma, mi madre la colocaba debajo de la almohada y me decía que tenía que rezarle por mi salud.
Nos enseñaban modales de señoritas como el comportamiento en la mesa: cruzar nuestros pies, usar correctamente los cubiertos, la servilleta y el vaso.
En aquel entonces, yo tenía un corte a lo Cristóbal Colón. En mi cabello lacio, mi madre me hacía dos colitas con moño. Usábamos delantal con tablas, guantes blancos y una capota, que era una especie de gorra con una visera alrededor de la frente.
Aunque solo tenía cuatro años, recuerdo que yo me sentía muy responsable y adulta, y quería ir sola al colegio. Mi madre me cruzaba calle Rioja y hacía como que me dejaba ir. Yo me ponía muy contenta. Lo que no sospechaba que ella se escondía y me seguía para ver qué hacía.
Me encantaba ir a la escuela e iba siempre con mucho entusiasmo.
Hace unos tres años, me invitó una amiga a una reunión para recaudar fondos para chicos que se recibían y tuve la oportunidad de volver a verla por dentro. Mi emoción fue muy grande, aunque había muchas zonas que habían cambiado.
Mi infancia fue muy bella y guardo hermosos recuerdos de esos tiempos vividos.

Último día


Hugo Longhi

Ese miércoles me levanté a la hora señalada. Ya venía despierto desde hacía rato, escuchando las noticias de la radio en la cama. No era cuestión de ir al campo de batalla, léase discusiones de política en la oficina, sin estar bien preparado.
Mi rutina siguió con la ducha, el desayuno y dejar algo listo para comer al mediodía en que pasaría a los santos piques. La empresa me concedía cuarenta y cinco minutos para el almuerzo y, por decisión propia, yo los respetaba, como también lo hacía con los horarios de ingreso y salida, por más que ahora en ese aspecto se observaba total laxitud en la patronal.
Por lo tanto, a las 9.47 puse la llave en mi departamento y bajé los tres pisos de la escalera dispuesto a transitar las cinco cuadras que me separaban del trabajo. Pero ese ritual, que llevé a cabo casi sin pensar durante cuarenta bien contados años, hoy sonaba diferente. Ese miércoles iba a ser mi último día en la compañía. Habían dispuesto darme de baja por “viejo”.
La jornada comenzó normal, aunque todos sabían que no lo era. Igual me dispuse a trabajar; es decir, completar las escasas tareas que quedaban a mi cargo dado que desde los aproximadamente seis meses previos, por orden gerencial, me fueron liberando de actividades. Fue como si la empresa hubiese prescindido de mí con antelación.
Un par de semanas antes había cumplido años y era habitual celebrarlo llevando algunas medialunas y/o sándwiches. En aquella oportunidad postergué el evento para el trance final y de paso agradecer a mis compañeros por la linda cena de despedida, que me habían ofrecido noches antes.
Fue así como a media mañana lancé la convocatoria y, como siempre que había algo para comer, esta fue muy exitosa. Se reunió todo el piso o, por mejor decir, el sector más cercano. Solo unos pocos, los más nuevos y parcos, no se acercaron. En plena reunión, tras el rumor de las distintas conversaciones y el mastique incesante, un compañero hizo un llamado a la atención. Parecí ser el más sorprendido.
Y la sorpresa fue total, ya que me rodearon completamente y me regalaron un hermoso reloj como recuerdo. Y eso no fue todo. Fue seguido por un fuerte y –yo creo que fue así– sincero aplauso. Me vi obligado a pronunciar unas palabras que no pude concluir, porque la emoción me venció. Yo, que había soportado tantas luchas allí, aflojaba justo en ese momento.
Casi siempre una despedida laboral motivaba un mensaje general, que se podía expresar de diversas maneras y tonos. Yo elegí utilizar una herramienta tecnológica de reciente incorporación en la compañía, una especie de Facebook interno. Envié unas breves líneas anunciando mi partida y adjunté la imagen de mi primer recibo de sueldo fechado allá por noviembre de 1978.
La idea gustó dado que recibió cantidades de “me gusta”, diversos comentarios y buenos deseos, incluso de colegas de otras sucursales que no me conocían. Seguramente, por esa vía habrá sido que el director general del grupo empresarial se enteró y bajó a saludarme, cuestión que valoré mucho; como también sucedió, minutos después, con un miembro de Junta Directiva, que hizo lo mismo en nombre de la mesa ejecutiva. Con ambos había tenido activa relación otrora cuando eran prometedores empleados.
La jornada siguió su curso, aproveché para desearle suerte a otro compañero que también se retiraba para finalmente apagar mi PC ya vacía de contenidos.
El reloj se acercaba a las 16.30, saludé abrazando a los más cercanos y me dirigí escaleras abajo hacia la playa de estacionamiento. Fue en ese tramo que mi mente y mi espíritu fueron atravesados por los recuerdos.
Dejaba atrás cuatro décadas de mi vida, no cualquieras, aquellas que fueron llenados por incontables anécdotas, alegrías, tristezas, broncas, amistades, sueños y frustraciones. Como la vida misma. Comenzaba a desprenderme de todo eso, cerraba una etapa. Términos épicos, pero en definitiva una realidad que había que resolver. Y el paso del tiempo iba a ayudar.
En ese momento, me costaba, pero seguí caminando sin mirar atrás hasta encontrarme con el reloj marcador, ahora electrónico, el cual tras apoyar mis huellas digitales me dijo, en su timbre castizo y por última vez aquel miércoles, “acceso correcto”.


miércoles, 14 de agosto de 2019

¡Qué porquería es el daltonismo!


Gustavo Fernández

Muchas veces he oído decir que si no te enterás de que tenés una enfermedad, nunca enfermás de ella.
Mito, realidad, quién lo sabe... ¡Yo, seguramente!
Para poder comenzar a entender esta historia, debemos remitirnos muy atrás en mi niñez. Yo tendría cinco o seis años de edad, estaba en primer grado de escuela y hacía mis primeros dibujos.
En mis cuadernos de esa época, que aún conservo, hay vestigios de mi mal, que se reflejan en los colores aplicados a aquellos dibujos: árboles de tronco rojo, frondas amarillas o quién sabe qué color. Claro, en esa edad podemos pensar que eso se debe a la gran imaginación de nuestros pequeños cerebros, que ven al mundo con colores propios, pero obviamente no era mi caso.
A pesar de esa enfermedad, que no sabía que padecía, mi vida transcurría de manera normal. Bueno, al menos desde mi punto de vista, ya que todos los colores que veía eran para mí hermosos. Lo que no sabía con certeza era qué colores eran…
Fue así como descubrí, poco a poco, ¡qué porquería era el daltonismo!
Desde no poder decirle a la chica que me gustaba qué hermosos ojos color ¿…? tenía, o qué bello cabello color ¿? tenés, un sinnúmero de situaciones tragicómicas fue incorporándose a mi vida como por arte de magia.
Fue así como en la revisación médica de la colimba, y como por cosa del destino, vine a enfermar de daltonismo al enterarme por boca del oftalmólogo que lo era.
Recuerdo que mencionó que era una enfermedad hereditaria, transmitida por las mujeres y no padecida por ellas; y que existían muchísimas variantes de la misma, desde confundir colores específicos, gamas o hasta ver en blanco y negro. A esto último se lo llama monocromía.
También me dijo que en general no me traería graves problemas. ¡Qué poco sabía de mi futuro padecer!
Fue así como poco a poco comencé a transitar el camino de ser daltónico.
Semáforo de la calle, posición superior (rojo) detenerse, posición media (amarillo, para mí verde claro) y posición inferior avanzar (verde, para mí blanco), en su defecto, esperar los bocinazos cuando debía avanzar o ¡detenerme!
Ropa de uso común o de salir, problema mayor, mi actual esposa me recuerda que cuando comenzamos a salir le caía a nuestras citas vestido en tonos que para mí eran combinaciones de azul. Léase… camisa celeste, chalina violeta y probablemente buzo lila, lo que me recuerda que lo único azul que llevaba puesto era el pantalón vaquero.
Ni que hablar cuando conseguí trabajo en una afamada tienda de ropa, donde azorados los clientes miraban cuando les traía una camisa o corbata “al tono”, lo que los dejaba pensando si lo mío era una broma o, como en muy pocos casos, yo era “un Pierre Cardin” innovador de la moda. Poco duró esa aventura de color.
Luego vino la facultad, estudié Ingeniería Eléctrica y recuerdo aún los ojos de asombro de mi profesor de Electrónica cuando debí seleccionar resistencias para un circuito cuyo valor se medía por escala de colores. Gracias a Dios, existía un control previo. De lo contrario, pudo haber sido fatal.
Y, así, fui adaptando mi existencia a mi mal… Ya profesional, debí contratar muchas veces una persona que verificara por mí los colores de los cables, y todavía recuerdo estar cambiando un tablero de un edificio de departamentos de cien unidades al cual llegaban más de doscientos cables, por supuesto, de distintos colores, pero eso no es todo, bajo la asombrada mirada de un habitante del consorcio, ex gerente técnico de la EPE, que supervisaba nuestro trabajo, ¡pude entender lo que es una mirada preocupante!, qué obviamente tenía esta persona cada vez que tomaba en mis manos un cable a conectar y solicitaba a Javier, mi empleado, que me dijera de qué color era. Recuerdo imborrable: aprendí en ese momento a leer la mente, esa persona pensaba, no sin razón, ¿funcionará o explotará?
Pero, bueno, la vida nos demuestra a diario de que desde el primer día estamos preparados para enfrentar sus desafíos, y es por eso que sigo por esta vida con mis “colores propios”, pero feliz y agradecido de disfrutarla.
Por último, ¿a que no imaginan de qué color pinté mi primer departamento de casados? O ¿de qué color era mi primer Fiat 600 gris? Pero esas son otras historias.

Vacaciones


Noemí Peralta

Fue un hermoso verano. Siempre que venía la época de vacaciones, mis padres decidían adonde iríamos. Éramos cuatro niños, tres mujercitas y un varón, siendo yo la hermana mayor.
La preparación llevaba mucho tiempo y qué ropa llevar corría bajo la responsabilidad de mi madre, quien acudía a la modista para encargar algunas prendas, sobre todo para las nenas.
Llevábamos en el porta-equipaje del auto un enorme baúl, aún lo recuerdo.
Ese verano, la elección cayó en El Tigre, lugar donde vivían mis tíos Petty y Carlos, lindante con el río.
Tía Petty no tenía hijos y se sintió muy contenta con nuestra decisión, pues nos quería mucho y nos extrañaba.
Era un campo con hermosos durazneros y sus frutos estaban maduros y a nuestro alcance.
Íbamos todas las tardes a bañarnos en las orillas del río, previa panzada de duraznos.
Una de esas tardes, hizo mucho calor y unos patitos amarillos y chiquitos se refugiaron bajo la sombra de un catre que había fuera de la casa.
Mi hermana Pirucha era pequeña, solo tenía tres años, pero muy traviesa y se puso a saltar sobre el catre, como un juego, cuando de repente este se desarmó, cayendo ella también sobre el mismo con todo su peso sobre los pobres patitos... me dio mucha pena.
No éramos chicos de campo. Nos gustaba andar descalzos y con poca ropa, disfrutábamos mucho.
Mi hermano, al ser muy travieso, encontró la vieja camioneta de tío Carlos y, con una varilla metálica que había encontrado, le perforó el radiador, creo que quedó totalmente estropeado.
No recuerdo si a mis hermanos les gustaba la leche recién ordeñada, pero a mí sí y me paraba al lado del peón que realizaba el ordeñe, con un jarrito, esperando mi ración de esa leche dulzona, tibia y espumosa.
Nos acostábamos temprano, pues al no haber electricidad las luces de las lámparas de querosén nos inducían al sueño.
Y, apenas salía el sol por la mañana, nos levantábamos a disfrutar del día.
Tenían muchos animales: vacas, caballos, chanchos y patos. Para nosotros era un paraíso.
Supongo que a pesar de que nos querían mucho, mis tíos esperarían ansiosos nuestra vuelta a casa.
Hermosos recuerdos que guardo en mi corazón.

Yo, revolucionaria


Mónica Mancini

Esos minutos… esos minutos que se ubican entre el momento de abrir los ojos y tomar la decisión de levantarte. Ese paréntesis es glorioso. Es justo el tiempo en el que florecen todas las ideas maravillosas, creo que ese es exactamente el tiempo en el que se han gestado las grandes revoluciones.
Seguramente que, mientras fruncía el entrecejo y aun la palabra no era la mejor forma de comunicarse, el cavernícola, asumiendo que el día empezaba cuando aparecía el primer rayito de sol, se dio cuenta de que se podía quedar quietito en un lugar y cultivar las semillas, hacer su casita y dejar esa vida de locos de andar de acá para allá; y así fue como nació la revolución neolítica.
Pienso en Robespierre, que modorrando en su camita seguramente habrá empezado a pergeñar la manera de moverle el trono a uno de los Luisitos… Cualquiera venía bien.
¿Qué me cuentan de los muchachos que se reunían en lo de Vieytes, copados de inquietudes para que el virrey agarrara la carretera al puerto, se embarcara y no volviera ningún gallego a hacerse el dueño de estas pampas? Y, así, nace la revolución de mayo.
Cuantos de los obreros que usaban sus manos y su esfuerzo cotidiano en el trabajo diario, al abrir sus ojos… se habrán puesto a pensar en un método para alivianar la faena… y así… contundente, nace la revolución industrial.
Ni hablar del pequeño rosarino, exiliado en los aires cordobeses, que seguramente en su ensoñación serrana fantaseaba con la revolución cubana.
También recuerdo la de los hippies, paz y amor. La de la alegría, la del feminismo y tantas otra que hacen que la vida cambie y vuelva a su lugar, cual péndulo.
Y aquí yo… perezosa… pensando en cuál será la mía. Casi todas están hechas.
En este ratito de éxtasis, mientras me estiro y suspiro, pienso en qué cambio puedo incluir en esta mañana que pinta medio gris y calurosa. No aspiro a compararme con los emblemáticos revolucionarios ya enumerados.
Entonces, enciendo la luz, me reencuentro en el espejo y tomo la gran decisión: ¡Hoy, peluquería!