miércoles, 18 de septiembre de 2024

Costurera de domingo

 Daniel O. Jobbel

 

 

A mi madre

 

En un momento determinado, con un silencio casi solemne en la casa, mi abuela decía como si se tratara de la cosa más natural: “Ya otra vez la costurera”. Yo, un pequeño de ocho o diez años, aproximaba la oreja a la vieja pared que ella había señalado y, ahí, oía, juro que lo oía, el ruido inconfundible de una máquina de coser, de las de pedal, y también, de vez en cuando, otro sonido característico, arrastrando, de ir frenando, cuando la costurera pone la mano derecha en la rueda de esa “Singer”, para detener el movimiento de la aguja. Los oía en ese Rosario, que aún no era bullicioso como ahora. Esos años sesenta de grandes cambios en este país. Ideales bien marcados. Duros para cualquier familia.

La abuela Dominga le volvía a decir a doña Rosa, una españolita amiga y vecina: “Ahí está la costurera, pobre, nunca para esa chica, vuelve del taller y otra vez se pone a coser”.

Lo recuerdo estando, durante horas, sentado a la mesa de la cocina, en casa de mis abuelos en barrio Parque, mientras copiaba los dibujos de diarios, revistas, como “Intervalo”, el viejo “Billiken” y libros como el “Manual Santafesino”. Un modo, quizás, larvado, inconsciente, de responder al llamado de eso que permanecía secreto y cercano.

Entre novelas de la tarde y noche en la tevé, los ruidos que salían del gris inocente de la pared eran siempre los mismos. Detrás, un cuartucho desataba la intriga. Vestidos comunes y también de novia, blusas hilvanadas, camisas, algún que otro calzón, ejércitos mudos de alfileres, botones, hilos, algún dedal, una tijera, centímetro, lentejuelas para algún trajecito de carnaval, pasaban por esas laboriosas manos y su máquina.

La explicación que merece, que luego se me dio, fabulosa, como no poder dejar de serlo, era que aquello que se oía claro, bien claro a mis oídos, era la consecuencia de un marcado destino de esa costurera para hacerse de unos pesitos y que no paraba un domingo, incluso, y que, por esa grave falta, fuese condenada por coser ropa a máquina durante la eternidad dentro de las paredes de una casa (Agrego, sin pena, sobre la identidad de los jueces no quedó nada registrado). Sin embargo, se sabía quiénes. Pero en el final de obra, ella sentía satisfacción por lo hecho, que se le notaba en sus ojos, cansancio extra, de ojeras que valían la pena.

Esa manía de castigar sin dolor ni piedad a cualquier individuo que necesitara trabajar en domingo a veces era invisible.

No sé qué diablos habrá sucedido luego de ese pasado remoto en el mundo cuando, antes de que el hombre pisara la Luna, y esa costurera con una simple máquina de coser, mudó a su nuevo hogar, otro barrio, otras lenguas, otros oídos, otros vecinos en Las Delicias. 

En esa nostalgia intrusa que guarda la memoria, me lleva a pensar, otra vez, qué habrá acontecido para que ella hace un tiempo haya desaparecido; porque con sesenta y seis años, ya no la escucho. No la oigo, ni me encuentro con quién me hable de la costurera. Solo ella, “mi madre”, la que batía con sus pies los pedales de esa vieja máquina de coser, sus manos gastadas y su cadera dolida, es la inocente culpable de esta historia. Tal vez fuera conmutada la pena. Quizás con esa luna clara de los sesenta y pico como queso gruyere, esa misma luna de hoy que todavía le da luz. 

Celebraciones familiares

Susana Dal Pastro

 

El ritmo de vida moderno nos lleva al apuro, a no tener tiempo de compartir un rato, a escucharnos por mensajes a la máxima velocidad. Por eso, el mejor regalo de cumpleaños sigue siendo la compañía de los que nos quieren y queremos.

Mi hermano cumplía años en junio, cuando el mes era realmente frío. Había que pensar entonces en una celebración cálida en familia y con los amigos más íntimos. El menú era siempre el mismo: caracoles con salsa un poquito más que picante, el plato preferido de mi hermano. Cuando digo esto, algunos ceños se fruncen. “Porque nunca los probaron”, digo.

Los preparativos empezaban unos días antes purgando los caracoles con harina de maíz; hoy los venden ya listos; los cocineros ganan tiempo y los chicos pierden la oportunidad de dejar escapar algún caracol del recipiente que los contiene. Y si no fuera por la prueba brillante y ascendente que estos bichos dejan en las paredes, nadie descubriría la travesura.

Llega el día esperado. La mesa está lista. Todos de pie; no cabemos sentados y es mejor así, porque avanzamos en ronda sin descuidar el plato y solos nos servimos la soda, el agua, el vino, el pan. La casa es un bullicio alegre. El calor y el sabor vuelven rojas las mejillas.

A la hora de apagar las velitas, mi hermano se pone serio y le brillan los ojos; ya sé por qué le pasa esto; me lo tuvieron que explicar y ahora que eran dieciocho las velitas, con más razón.

“Porque extraña a tu papá”, me dijeron. Y lloré yo también.

Los abrazos y los besos siguen al musical “que los cumplas feliz”; las palabras y los abrazos van tranquilizando al cumpleañero y la tristeza se vuelve sonrisa y la sonrisa expresa un gracias por seguir reuniéndonos.

Así pasaron mucho junio de cumpleaños en casa. Y siguen pasando en el corazón de los que todavía contamos esta historia. 

martes, 17 de septiembre de 2024

El dormitorio de Nana

 Ada Serio

 

Mi dormitorio en el campo de los abuelos paternos era compartido en algunos fines de semana con otros primos y su dueña permanente: la bisabuela Cerafina Dastiture Lassalla de Serio, que llegó a la Argentina a los 15 años, en el Humberto I° en enero de 1884, mamma de mi abuelo paterno, más conocida por el nombre de Nana. Vale aclarar que desde el momento en el que llegó a este país se instaló en su casa de donde solo salió para visitar a sus cuñadas en campos vecinos y… muy pocas veces. Cuando a los 83 años fue llevada a una clínica de la avenida Suarez de la ciudad de Chivilcoy fue por un accidente donde se quebró la cadera, pero permaneció unas pocas horas. Fue a pedido de los médicos, quienes sostuvieron que moriría de tristeza de dejarla internada. Pero ese episodio será tema de otro relato.

Volvamos al dormitorio. Era muy amplio y espacioso, en él descansaban tres camas de plaza y media con dos altísimos colchones de lana cada una; lana esquilada ahí mismo de las propias ovejas, que cada tanto mi abuela sacaba, hacía cardar y reponía. También estaba la cama matrimonial de Nana, que se distinguía por sus tallados en los bordes del respaldar y la piecera. ¡Vaya uno a saber de qué ebanista italiano era esa bella obra! Hacía juego con un ropero de tres puertas, que con sus espejos nos vigilaba en silencio desde una esquina, y una inmensa cómoda cerca de la entrada principal. Esta era una especie de ante baño donde se lucía una muy elegante palangana con su jarra de loza inglesa ¿O porcelana? Había, además: retratos, junto a los jabones, peines, cepillos y cremas que mi bisabuela utilizaba a diario cuando se higienizaba y vestía por las mañanas. Junto a su cama había una silla bajita donde muy altiva se lucia una bacinilla, con su muy importante tapa que, de ser necesario, utilizaba por las noches. Aclaro que por más frío que hiciera, ella misma en caso de haberla usado quitaba las trabas de la puerta con pesados postigos, abría una de sus hojas y la sacaba a la galería.

Lo más curioso y divertido era espiarla por las mañanas, cuando comenzaba a acicalarse. Ya desde que salía de la cama era toda una sorpresa. Yo creo que dormía con las enaguas blancas con las que había estado el día anterior, no recuerdo haberla visto ponerse o quitarse algo así como un camisón. Parada frente a la cómoda comenzaba por quitarse el pañuelo blanco de la cabeza con el que había dormido, se desarmaba la trenza enrollada del día anterior. ¡Verle el cabello era todo un atrevimiento! ¡A pesar de sus años no estaban totalmente blancos! Luego de lavarse las manos y brazos hasta el codo lo hacía con la cara y los dientes en la palangana, se volvía a trenzar sus escasos cabellos largos, se hacía un pequeñísimo rodete, se volvía a cubrir con su pañuelo blanco y para finalizar lo tapaba con un triángulo a modo de turbante color negro. Negro como todas sus ropas ¡Salvo las enaguas claro! Se vestía entonces con batón, delantal entero, delantal de cintura y de ser necesario un abrigo. Todo esto para salir y comenzar su nuevo día sentada en la galería abierta, con la mirada perdida como tratando de ver a su vieja Italia en el horizonte.

Mi mayor picardía era hacerme la dormida y espiarla cuando se abría las enaguas para sentarse a orinar en la pelela, parecía una gallina empollando en este caso su bacinilla en el nido de la silla. Por mucho tiempo me pregunté por sus movimientos si usaría ropa interior. Después de su partida y abriendo baúles me enteré que usaba calzones hasta las rodillas, dos tubos unidos en la cintura por un cordel de seda y lleno de puntillas.

Nunca olvidaré las rutinas matinales de mi bisabuela, ni las travesuras que llevábamos a cabo con mis primos en ese dormitorio como de cuarenta y nueve o más metros cuadrados. ¡Era tan lindo saltar de cama en cama, jugar con las almohadas, hacer sombras chinescas a la luz de la lámpara! Sin que nos retaran. O disfrutar de las botellas de cerveza o hesperidina que al ser de cerámica mantenían el agua caliente a los pies de esas inmensas camas. Vivencias para agradecer ¿No?

Alain Delon, Adonis del siglo XX



María Cristina Piñol



Para el imaginario popular, Francia no es solamente un país más de la Europa Occidental. Con apenas nombrarla comienzan a agolparse las imágenes que encarnan la cultura, el arte, la moda, el cine, la música, el glamour y el refinamiento. Si bien algo de esto es cierto, no todo es auténticamente francés. El Obelisco de Luxor, La Victoria Alada de Samotracia y La Gioconda, por poner algunos pocos ejemplos, no son originariamente franceses; y, si hablamos de moda, la ciudad de Milán hasta es posible que la supere.

A fines de 1800, el arquitecto Haussmann, nacido en Francia y de padres alemanes, por orden de Napoleón arrasa la antigua ciudad medieval y construye el nuevo París que conocemos hoy.

Sin dudas, ellos saben reinventarse y con imaginación logran implantar en el mundo íconos impensados. Las gárgolas de la Catedral de Notre Dame son famosas gracias a la película de El Jorobado y en realidad son solo desagües de aguas pluviales que ya los habían usado egipcios, griegos y romanos de la antigüedad para que el agua de lluvia no dañara los techos.

No menos icónica es la Torre Eiffel. Aunque fue construida en 1887 para una Exposición Industrial Universal que se realizaría en París conmemorando el Centenario de la Revolución francesa, fue erigida bajo la premisa de destruirla dos años después, pero decidieron no hacerlo y convertirla en un monumento propio y distintivo de la ciudad. Pero algunos países envidiosos crearon réplicas destacadas que se encuentran, por ejemplo, en el País Vasco, República Checa, Las Vegas, Tokio, Bolivia, Alsacia (también en Francia), Brasilia, Letonia y Sídney.

Por todo esto un tanto ambiguo, los Dioses del Olimpo algo preocupados, deben haber pensado en darle a este país y a su gente algo auténticamente francés, muy real y que sea totalmente único e inimitable. Decidieron entonces regalarles un Adonis, el hombre más bello entre los bellos y, así, llegó Alain Delon a la Tierra…

Las chicas de los 60 y 70, aquellas que desafiaron el mundo con sus bikinis, mini-shorts, minifaldas y remeritas de Vanlon, literalmente delirábamos con Delon. Los cines se llenaban de mujercitas, al mismo tiempo que se vaciaban de hombres.

Actor polifacético y taquillero, que hoy podía ser un gangster y mañana un latin lover o encarnar un cow boy y a la semana entrante ser El Zorro. Acompañado siempre por actrices hermosas, famosas y talentosas, como Sofía Loren, Brigitte Bardot, Claudia Cardinale, Jane Fonda, Simone Signoret y tantas otras, que fueron furor en aquel momento. En ese entonces el cine pasaba por su segunda época dorada.

Pero… ¿Qué tenía Delon más allá de un rostro perfecto? Sin dudas, la mirada. Sus ojos celestes enmarcados por cejas oscuras y abundantes cobraban distintas vidas en el rol de cada personaje o en cada gesto, esos ojos que al mirar hablaban al igual que su sonrisa.

Cuando los jóvenes periodistas o comentaristas de hoy hablan de él tras su muerte, lo describen como “el hombre más bello para los estándares de belleza de esa época.” Entiendo que aquellos estándares no incluían fuertes músculos forjados en gimnasios, ni cirugías estéticas para “levantar” rasgos caídos ni tatuajes que decoraran los cuerpos. En pocas palabras, la belleza natural, la seducción de una mirada, la picardía de una sonrisa de labios sin botox y las marcas de expresión en el rostro, eran parte de ser, de sentir y de vivir.

Delon también cantaba, a veces solo y otras en dúos. Recuerdo algunos temas, como “Paroles, Paroles”, con Dalila y también con Celine Dion. “Leticia”, tema de la película “Los Aventureros”: “Letizia je ne sabe pa, que tu etés tout pour moi” y el muy osado y controversial tema para el momento “Yo te amo, yo tampoco”, que interpretó junto a Brigitte Bardot. Quienes sean de esa época entenderán de lo que hablo.

El sábado pasado partió el hombre más bello del mundo, el más amado por las mujeres, y el más odiado y envidiado por los hombres.

Bon voyage monsieur Delon, gracias por habernos permitido soñar…

Y … ya es hora de confesarme… Sí, durante mi paso por la adolescencia, Delon y yo dormimos juntos, yo solita en mi cama, mientras él con su sonrisa cómplice me guiñaba un ojo desde una de las paredes de mi habitación.

Viaje. Parte 1

Hugo Longhi

 

Sabido es que existe un imaginario punto cronológico marcado tras la caída del Muro de Berlín, a partir del cual el mundo cambió. Desapareció –aunque solo en apariencias– la división Occidente-Oriente y todo se globalizó.

Nuestro país no escapó al ingreso a esa nueva etapa e iniciamos la controvertida década de los 90, donde todo lucía perfecto, creíamos que mejorábamos el estándar de vida y marchábamos hacia el bienestar definitivo.

Por aquellos tiempos se me ocurrió incursionar en un pasatiempo simple, pero a la vez extraño para la mayoría. Para no profundizar en detalles que no sean objeto de este relato diré que se trataba de escuchar emisoras de radio internacionales que transmitían en español.

Estas radios, que dependían directamente de sus respectivos gobiernos, también cayeron en la lógica de que manejaban presupuestos holgados. En ese contexto fue que comenzaron a organizar concursos de diversos tipos y con variados premios que iban desde un simple llaverito con el logotipo hasta objetos artesanales que representaban a la cultura ancestral de su pueblo.

Y hasta en algunos casos dieron un paso mucho más gigantesco recompensando a sus oyentes con viajes para conocer el país. Y aquí, finalmente, arranca la historia que deseo compartir.

Los ubico en una medianoche de finales de mayo de 1996. Regresaba a casa con mi entonces esposa tras una cena con amigos. Ni bien entramos sonó el teléfono a esa extraña hora. Era un colega, también oyente, que casi al borde de la desesperación nos avisa que Lilian, mi mujer, se había ganado un viaje y que la emisora estaba tratando de ubicarla sin éxito, porque no estábamos en casa. La cosa no comenzaba del todo bien.

El viaje en cuestión era, ni más menos, a Corea del Sur. Entre los diexistas, que así nos denominamos los que practicamos el hobby, diríamos la Corea “buena” a diferencia de Corea del Norte, cerradamente comunista. Por supuesto, todo esto último dicho en un tono informal.

Bueno, la Corea que fuere significaba un trayecto hasta el otro lado del mundo, sitio insospechado y que prometía ser apasionante. Aparte con todos los gastos pagos. Aventura ideal.

Pero, y siempre hay un “pero”, el camino hacia Seúl no sería nada llano. Resumo a la gran carrera los innumerables inconvenientes que se presentaron a cada instante.

Luego de los primeros contactos con Radio Corea Internacional y ya sabiendo que la fecha del viaje sería a mediados de junio, mi mujer se plantó y no quiso viajar sola.

“Si no venís conmigo, yo no voy”, me sentenció. A mí, ir me entusiasmaba, pero tendría que pedir permisos en el trabajo y, sobre todo, pagarme los enormes costos de tarifa aérea y demás. De nada valió discutir. Cuando la flaca se plantaba era inflexible.

Así que tuve que armar una planificación para ir con ella. Primero, que la radio me lo autorizara, no hubo problemas; en mi trabajo conseguí vacaciones anticipadas y el dinero… apareció de algún lado.

Como no tenía mucha experiencia en viajes y encima el destino no era nada tradicional, opté por gestionar mi pasaje a través de una conocida agencia de turismo local. Internet recién empezaba a dar sus primeros pasitos y ayudaría bastante.

La ruta hacia el Oriente se iniciaría en San Pablo, Brasil, por lo que tuvimos que hacernos cargo del trayecto hasta allí. Los problemas fueron tratar de conseguir un billete aéreo en el mismo vuelo que iría Lilian a Seúl, que ya había recibido el suyo por correo.

Korean Air tenía una oficina en Buenos Aires atendida por un tal Antonio, nombre de fantasía ya que luego descubrí que era coreano. Tipo difícil si los hay. Con su pasmosa tranquilidad oriental nada resolvía en el acto.

Los días iban transcurriendo y mi pasaje no aparecía, al tiempo que mi angustia se iba convirtiendo en desesperación. Con la chica de la agencia y este tal Antonio estábamos en contacto todos los días y a cada rato, pero sin mayores resultados. Hasta me propusieron que llamara a Seúl. ¿A qué hora? ¿En qué idioma? Una locura.

Finalmente, un día antes del vuelo. el billete estuvo y nos dispusimos a viajar. Ella fue directamente a Ezeiza, mientras que yo debería pasar por Korean en el centro porteño a retirar el pasaje que, dicho sea de paso, no estaba allí, sino que debía traerlo un delivery desde algún lugar. También los dos lugares para el tramo hasta San Pablo.

Yo miraba el reloj y consultaba a Antonio que nunca tenía respuestas para nada. Cuando la película ya casi terminaba en desastre apareció un chico en moto y final feliz. ¿Final feliz, dije? Ya veremos.

Me tomé un colectivo urbano hasta el aeropuerto que tardó más de lo previsto. Para completar la serie de penurias al llegar no encontré a mi esposa. La busqué por toda la estación aérea y nada. Llegó al rato, también retrasado su transporte.

Casi con el horario de partida encima logramos embarcar hasta la escala brasileña. El viaje se desarrolló sin inconvenientes hasta arribar al mostrador de embarque de Korean y allí arrancaría otro de los capítulos dramáticos de esta historia. 

Eso se los contaré otro día.

Aquellas fiestas de guardar

Oscar Bedetti

 

Sí, había que estar bien descansados, porque temprano en la tarde estaba la ida al cementerio.

Mis épocas de niño, cuando concurrir el 1° y 2 de noviembre era tan sagrado y obligatorio como nada en el mundo.

Sí, llegábamos en familia (así debía ser) munidos de grandes ramos de flores y dispuestos a encontrarnos con todo el pueblo, que allí se daba cita.

En esos días en mi casa estaba prohibido escuchar música y las radios solo emitían sacra o de cámara.

De resultas que el cementerio era una fiesta, de guardar, literalmente hablando.

Don Carena, cuidador, y su esposa, lo habían dejado reluciente.

Todo el mundo estaba allí. Y en las afueras, tras los muros, estaban instalados kioscos de comestibles, despacho de bebidas, venta de helados y de flores. Comprendía todo un sector, que para un niño era la algarabía total.

Pero mi madre nos llevaba a recorrer pariente por pariente fallecido, a rezar un rosario en cada lugar (Dios mío, qué largos) siempre a cargo de las rezadoras, que así se ofrecían en todo el día.

Y hacer sociales, vía ropa nueva, sombreros, chismes, cosechas, la lluvia que no llegaba, los hijos, etcétera, encontrar gente siempre dispuesta a hablar y también a rezar.

Cuando uno podía zafar de los mayores, era cuestión de recorrer y mandarse afuera, ya que los primeros helados o la bebida cola esperaban con tantas ansias.

Horas de visitas a un lugar poblado de miles de flores y mucha gente.

En la semana anterior se debía llegar a arreglar, pintar, limpiar, para que el lugar de cada quien luciera con sus mejores galas.

Y solo cuando el sol comenzaba a declinar en el horizonte, recién allí, los mayores decidían el regreso.

Sí, días de recuerdos, del pasado, de las personas queridas que ya no estaban con nosotros, pero también días en los que la gran masa popular se volcaba con alma y vida a recordar, sí, pero con carácter de fiesta.

Al menos, así lo veía yo.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Paradigma laboral

Enrique Juan Pesson

 

Cómo han pasado los años, cómo cambiaron las cosas… no solo en lo personal sino también en lo laboral.

Si pienso en los cambios de paradigma que he atravesado desde mi primera experiencia de trabajo hasta la última, y si comparo cómo yo ingresé al mercado laboral con las nuevas formas que tienen hoy los jóvenes para ingresar al mismo, vuelvo a comprobar los cambios en tiempos y formas.

Antes pretendíamos llegar a la jubilación después de estar años en un mismo empleo, comenzando como aprendiz hasta alcanzar puestos más elevados. Ahora los jóvenes no tienen miedo de cambiar de trabajo si no están conformes o cómodos con lo que hacen, con la paga o si no quieren estancarse y prefieren experimentar cosas nuevas.

Cuando yo empecé con mi primer empleo, poco después de terminar la secundaria y con 18 años solo se necesitaba tener el secundario y quizás algún curso de mecanografía, si el objetivo era en un área administrativa.

Tampoco teníamos que enviar CV. En mi caso, fue un amigo quien me contactó y recomendó con el gerente de una compañía de seguros. Los gerentes y jefes fueron los primeros en formarme y capacitarme en el nuevo rubro de la informática. Ellos contribuyeron a mi formación para adquirir experiencia, valores desde lo humano, como honestidad y lealtad, y las competencias para desenvolverme en el ámbito laboral. Diez años después esa compañía por problemas financieros fue liquidada…

Por fortuna no quedé sin trabajo por mucho tiempo y otro gran amigo me abrió las puertas de su empresa de servicios tecnológicos para importantes compañías de Rosario y zona de influencia. Aunque me sentía cómodo en un ambiente amigable, mi afán de superación y aprendizaje me llevaron a buscar nuevos horizontes. El 91 se vislumbraba con muchas innovaciones tecnológicas, cambios económicos, sociales y políticos.

Luego de un período en una empresa de servicios sociales, el cual prefiero olvidar, los cuarenta años me llegaron con veintidós años de experiencia y familia que mantener, pero desocupado. Esta vez no fue tan fácil reinsertarme, me sentí agobiado, con problemas emocionales y depresión. Habían comenzado las presentaciones espontáneas y diversos tests psicotécnicos para buscar trabajo, eso me obligó a reformularme mis estrategias personales, ser tenaz y persistente frente a las adversidades. Realicé cursos de Marketing Personal para la Búsqueda de Empleo, aprendí lo que se podía decir y que no en las entrevistas; también que el puesto de trabajo no lo consigue el mejor sino el más audaz, aquel que sepa venderse. Pude comprobar y vivir en carne propia la precarización laboral existente, desempleado diez meses, tuve que saber reconvertir mi carrera, volver a efectuar estudios terciarios, postítulos universitarios en la Facultad de Ciencias Económicas y, así, adquirir las competencias de desarrollo laboral.

Con el cambio de siglo y la problemática del Y2000, llegó mi último ciclo de trabajo, en un importante banco de la provincia de Santa Fe. Cuando en el 2020 nos tocó padecer la pandemia, el conocimiento informático que tenía me alivió el trabajo remoto; es más, logré adaptarme tecnológica y culturalmente. Así, luego de veintidós años en el banco me jubilé con la satisfacción del deber cumplido, con el reconocimiento de mis compañeros y de todos con los que había compartido tantos años.

No está en mis planes envejecer sino celebrar el sol cada mañana. El milagro a mi edad es mantener mi cuerpo, la máquina más completa y fascinante que existe, funcionando. Como toda máquina a veces debo hacerle algún “service” o bajarle las revoluciones para no reincidir en aquellos tiempos en que las presiones me generaban estrés. Ya no puedo escalar montañas, pero si puedo subir colinas, recorrer valles que también tienen su encanto, los años me han traído un natural desgaste y una serie de prerrogativas nada despreciables como la experiencia y la madurez. 

Hoy bajo el paradigma de la “Sexalescencia” quiero disfrutar de la vida, hacer ejercicios, actividades de agilidad mental, continuar aprendiendo, colaborar con la sociedad, viajar, conocer gente nueva, disfrutar con mi familia y ser dueño de mi propio destino.