martes, 25 de noviembre de 2014

La consigna de hoy

Por Carmen Gastaldi


             “Qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada.
             Soñar y nada más, con los ojos abiertos
             Qué lindo que es soñar y no te cuesta nada
                   Más que tiempo…”
                     Kevin Johansen

 La consigna de hoy podría ser: “Siempre hay un antes y un después”. ¿Y cómo podemos valorar estas dos situaciones?, ¿desde el antes o desde el después?, ¿filosófico?, ¿metafórico? Y, planteándolo así, lo parece; porque nos está faltando algo y sería ¿de qué? Antes de qué o después de qué. Estos “de qué” constituyen innumerables situaciones a partir de las cuales se van produciendo cambios en nuestras vidas, mientras seguimos adelante. Estos pueden ser buenos o no, placenteros o no, importantes, etcétera, etcétera.
 Bueno este “de qué” para mí fue re-placentero. ¿De qué estoy hablando? De nosotros, de todos nosotros.
 Antes no tenía el placer de conocerlos y ahora, después de haber compartido estos martesitos acogedores, íntimos, contenedores, llenos de historia, de evocación, puedo decir que algo sé de ustedes. Que me emocionaron, que me sorprendieron. Que me encantó escuchar y leer sus historias, tan parecidas y tan distintas, porque cada uno de nosotros, en similares momentos, ve la vida desde su propio ser individual y único. Ese mismo ser individual y único que nos permite recibir estos relatos e ir formándonos una pequeña y aproximada idea del “Otro”.
 Susana O.: detallista, minuciosa, dramática.
 Luis Zandri: enamorado y musical.
 María Victoria: cronista, fresca, concisa.
 Ana Miquel: realista y espiritual, arraigada.
 Alberto Nicolorich: silencioso, evocativo, paisajista.

 El profe, al medio. Se declara algo tímido. Creo que todos tenemos algo de eso. Pero José, ahí, siempre estimulándonos, marcando formas, modos, sugiriéndonos temas para encontrar historias en nosotros mismos. Buscando, escrudiñosamente esa palabra, hum, esa, la justa, la que él sabe que nos va a movilizar.

Ana Inés: familiera, espontánea, positiva.
María Rosa: traviesa, profunda, expeditiva.
Juan José: empecinado, detallista, con humor.
José Mario: su estilo muy varonil, sorpresivo. ¡Ese “Copete”!
Norma Pagani: sensorial, sensitiva, nostálgica.
Celia Novelli: amiguera, misteriosa.

Capítulo aparte para:
Luis Molina: ocurrente atento y divertido.
Nora: ecuánime, certera, respetando siempre el margen.
María Julia: Hoy, ¿ensalada de frutas o qué?

Varios quedan, porque a pesar de sentarme en un extremo para poder verlos a todos, algunos se me han pasado. Disculpen. Y…
Paquita: sabia, talentosa, aguerrida, con una gran dosis de humor, ¡y ese acento y esa voz con que acompaña sus lecturas y que nos ha hecho disfrutar a todos!
En este “después” yo, me llevo mucho. ¡No sé ustedes!

Juegos de infancia

Por Nora Nicolau

Hoy caminé unas cuadras por el barrio Echesortu, donde transcurrió mi infancia. No encontré vecinos sentados en la puerta de sus casas, ninguna rayuela marcada en sus veredas, ningún niño jugando por ahí y los comercios enrejados.
“¿Qué les pasó a sus habitantes? ¿Qué pasó?”, me pregunté y. antes de responderme, las imágenes de mi infancia me turbaron.
Recordé aquellas tardes inolvidables jugando entre vecinos, amigos, primos, compañeros de la escuela. Después de terminadas las tareas escolares, salíamos con mis primas a trazar una rayuela en la vereda con tizas o carbones y traíamos el tejo que teníamos guardado para ese fin. Si a alguien que pasaba le gustaba nuestro juego, se sumaba a nuestro grupo.
Al rato se armaban las rondas: “Farolera tropezó”, “Arroz con leche”, “Estaba la paloma blanca”, “Mantantiru tirulá”: o también “Las esquinitas” o “Pido pan.”
Los adultos vigilaban a la distancia y los vecinos ayudaban a controlar.
En una época se puso de moda “la soga”. Teníamos una individual y una más larga para saltar entre varios. Luego, “el elástico”, que había que saltar sin tocarlo. Ambos juegos lo repetíamos en los recreos de la escuela. Siempre alguien llevaba una cuerda o un elástico en el portafolios .
Los varones jugaban con una pelota hecha, a veces, con medias o trapos, donde había poco tránsito especialmente en las “cortadas” o en “los pasajes” del barrio. Pero, cuando se decidía jugar a “las escondidas”, se sumaban. Y entonces, sí, andábamos por toda la manzana. Nos perdíamos entrando a mi casa por una calle y salíamos por otra porque estaba en una esquina. A veces, nos comunicábamos por las terrazas y andábamos por los techos o aparecíamos en el patio de la casa del vecino, si jugábamos con el niño de esa familia. No había rejas, entrábamos y salíamos en grupo. Discutíamos, nos enojábamos, peleábamos y nos volvíamos a amigar al rato. O a los pocos días.
Los adultos escuchaban sin interferir y nos cortaban el juego a tiempo.
Para las fiestas de Navidad y Reyes Magos aparecían los triciclos, monopatines, bicicletas, a veces comprados nuevos y otros renovados. Andábamos por las veredas, un rato cada uno de los amigos, sorteando las personas que pasaban y rezongaban por temor a ser atropelladas.
Los niños más creativos armaban un cine con cajas y papeles a los que pegaban figuras. Con ello armaban relatos que contaban en reuniones preparadas con invitaciones. Se cobraba una entrada para comprar masitas y bebidas que se compartían.
Los días de lluvia o mucho frío nos quedábamos en casa y aparecían las muñecas, las cocinitas, algunos alimentos y jugábamos, durante horas, a la “mamá”. A veces, llegaba el “doctor” para los muñecos. Para los más grandes estaban los juegos de mesa: los naipes, el ajedrez, el dominó, las damas, el juego de la oca, los palitos chinos, otros para armar y desarmar con gran cantidad de piezas. El “cerebro mágico” era un juego de preguntas y respuestas para pensar y aprender. Uno de los más cotizados era “El estanciero”, que consistía en la compra y venta de campos de variado número de hectáreas y con un Banco establecido para las operaciones financieras.
Pasábamos largas horas muy entusiasmados y entretenidos. Jamás dijimos que nos encontrábamos aburridos. Eso sí, nos molestaba cuando, en medio de nuestros juegos, nos llamaban para hacer algún mandado.
¿Éramos felices? No sé. Estas cuestiones no nos preocupaban. Vivíamos cuidados por los mayores, con los medios que teníamos y creciendo entre niños de distintas edades y clases sociales.
Añoro nuestra infancia, si la comparo con la niñez actual a la que le toca vivir los rápidos cambios de nuestra sociedad consumista y tecnológica. 

Una fuerte amistad

Por Iris Fernández

Logré mi deseo, ser docente. Siempre me atrajo lo social. Con mi amiga Mariví nos anotamos en la Escuela de Asistente Social y, con curiosidad, comenzamos a construir nuestra vida estudiantil. Así lo recuerdo:

Un taconeo militar nos advierte.

 Apúrense, entró la gorda y apagando el cigarrillo con la plataforma del zapato de quince centímetros, nos sentábamos en silencio mortal, mirándola mientras nos explicaba sobre el Derecho de Familia, sin saber nosotras a quién miraba. Era bizca.

El Dr. Pascual Agripino, abogado, alto, derecho, con cara circular, radical, explicaba, explicaba sobre Derecho Civil, monótono, aburrido, cambiaba de tono cuando algo no le gustaba, respecto a lo que hay que HACER y de lo que NO hay que HACER, por eso cuando el salón se envolvió con olor a acetona, Bety ubicada en la última fila de bancos, tuvo que irse afuera, ante el amenazante dedo índice del profe.

…y la profesora Lidia Morales, era toda una Institución en la Escuelita de Asistente Social, mientras hablaba, estacionada en un discurso de décadas pasada, se miraba las manos revoloteando sus ojitos de huevito de codorniz. Yo, ¡jamás! me presenté a rendir los parciales programados para regularizar la materia, resultado: me llevé Servicio Social I, ¡inédito!, no había antecedente alguno, en la carrera.

             Ah… La Montanares, era Psicóloga y Directora de la carrera, se paseaba por el patio, siempre de buen humor, con una vocecita tenue, dulce, nos decía:” Chicas, cómo están…”

Economía I estaba a cargo de un Contador , socialista, cómo nos gustaba sus clases, hablaba claro, simple, era un placer escucharlo, me acuerdo que me impactó cuando nos explicó sobre el desarrollismo, el Dr. Frondizi y su gestión.

En ese lugar de la calle 25 de Diciembre, en una casona antigua, vicentina, nos conocimos: Perla, Bety, Liliana, Lidia Gamulin, Beatriz y yo .Nos reíamos, hablábamos de los pretendientes, invirtiendo energías para ver cómo poder conquistar su atención, cuando alguien nos gustaba.

 Armamos grupos de estudio y así día a día, año a año, fuimos tejiendo una gran amistad que sin saberlo nos unió en la vida.

ALGO, nos quedaba de lo que leíamos…

Mientras enmarcábamos con florcitas los apuntes para descargar ansiedades, permaneciendo horas atornilladas en las sillas estudiando, o nos hacíamos la toca peinándonos para un lado y para el otro, previa colocación de un gigantesco rulero que teníamos en la cartera, o nos invadía las tentadoras risas de nerviosismo cuando los tiempos se acortaban y las fechas de examen se aproximaban.
Ibamos a buscar los apuntes en colectivo, (la comunicación era cara a cara) y si teníamos que hablar por TE, en mi caso concurría a un bar cercano a casa.

Las montañas de apunte en la mesa de La Buena Medida, donde nos reuníamos minutos antes de rendir para intentar repasar todo el programa, eran testigo de nuestro empeño, rogando que nos tocara una determinada bolilla para poder “meter” una materia más.


Hacíamos un gran esfuerzo, para que las charlas cómplices acerca de la diversión, no nos alejara del objetivo, hasta llegábamos a establecer horarios que nos habilitara para hablar de Pipach, (boliche ubicado en Primero de Mayo y Rioja) ,Las peñas: “El Santiagueño”, “ Los Caños”, (Laprida abajo)…. a TODO CHAPE .

Corría el año 1971.
Se comenzó a percibir en el ámbito de la escuelita, un cierto cosquilleo, malestar, acompañado de fuertes críticas al orden instaurado.
Surge un estallido de ideas, tratando de cambiar el aspecto de “carrera apolítica”,(como la entendían muchos profesores).

Compañeras comenzaron a traer otros pensamientos de afuera, a cuestionar el programa de estudio, los fundamentos de la carrera, apuntando a instalar otra manera de entender la realidad social.

Se decidió en común acuerdo resolver y programar todo en Asambleas colectivas.
 Los profesores desfilaban, flaqueando ya su autoridad, a ocupar sus lugares en las aulas, ahora vacías de alumnos.

Qué mezcla de sensaciones se entrecruzaban en mí, me atrapaba el cambio, pero sentía lástima, vergüenza cuando se retiraban de las aulas sin mirar a nadie, ni preguntar nada.
Entonces se produjo el cambio esperado, otras materias, otra dirección, otros profe, comenzaron a poblar el espacio, nos sentíamos movilizados por la bibliografía, por el dictado de las clases, la apertura a un conocimiento más reflexivo y analítico de lo social, hasta se cambió el nombre de la carrera por Trabajo Social.

También organizábamos encuentros en casas con otros estudiantes, porque eran momentos de un gran compromiso social por parte de la juventud, me acuerdo que estos espacios terminaban casi siempre en acaloradas discusiones políticas. Se dibujaba un marcado rechazo por todo lo que no fuera de nuestra cultura: nombres de negocios o marca de ropa en extranjero, o la música no nacional, decíamos que para las fiestas navideñas debíamos adornar un ombú y comer asado. Difundíamos listados de empresas nacionales para estar informados sobre las marcas que debíamos consumir y listados de las multinacionales para tener claro dónde estaba la concentración del capital.

Aterrizó Pucho… de Buenos Aires, alto, con lentes, muy flaco ¡un revuelo! traía libros de autores desconocidos para nosotras. Liliana, mi amiga, le había ofrecido un lugar en el altillo de la casa de sus abuelos, para guardar cuidadosamente los libros y apuntes que comenzaron a circular. Cuando se ausentaba, nos reíamos diciendo está haciendo mini turismo, mientras la policía se hizo cargo de él, nunca más apareció junto con otras compañeras. 

Creo que algo mucho… no quedó, se cerró la carrera en el año 1976 durante 10 años.

Eso sí, nosotras siempre juntas más allá de los tiempos y los momentos políticos.

Ahora ya con la media naranja asegurada, cayeron los casamientos, los proyectos, las ilusiones, la construcción del nidito. Dónde comprar los cerámicos más lindos y baratos

Continuaron floreciendo los jardines, pero esta vez las rococó poblaron las delicadas batitas de nuestro primer hijo.

En el año 1978, cuando cambia la ley de alquileres, se implementa a través del PAMI, los operativos vivienda, fue nuestra oportunidad, ingresamos las T. Sociales de la última promoción ante del cierre. Éramos las únicas que no estábamos ocupadas, por lo tanto continuamos viéndonos todos los días, en nuestro segundo hogar, nuestra fuente de trabajo, con futuro a la Jubilación Nacional.

Nuevas energías destinadas a las historias laborales nos ligaron, treinta y cinco, cuarenta años…como se dice: “Toda una vida”.

Pero no nos perdimos en la calle San Lorenzo, lo mejor de nuestra obra de arte son esas esculturas vivientes que con tanto amor, paciencia, ganas, logramos hacer. Esos seres que hoy nos sostienen y nos podemos ver en los espejos de la vida.
  



Electrodomésticos

Por Graciela Cucurella

Más o menos cuando tenía cinco años, teníamos una plancha a carbón que pesaba mucho porque era de hierro y en la cocina había un fogón que se mantenía a carbón o a leña. Ese fogón no solo nos servía para cocinar, también nos ayudaba a ambientar la casa.
En las cenizas del fogón mi mamá colocaba a calentar naranjas. Tengo tan presente el olor a las cáscaras de naranja que perfumaban toda mi casa. También nos hacía unos ricos jugos, que servía en un jarrito beige que nos había regalado mi abuela Clara para un cumpleaños. ¡Eran tan ricos!
Pasó el tiempo y mi papá compró una estufa a kerosene y también la tan ansiada cocina a kerosene marca “Volcán”, color celeste. Era grande, con horno y tres hornallas. Para poder encenderla era toda una ceremonia, primero se colocaba alcohol en una alcuza (especie de regadera pequeña con un pico bien largo) y después en el mechero, que se encendía con un fósforo. Luego de bombear unas 60 u 80 veces, con otro fósforo se encendían las hornallas que funcionaban a kerosene.
¡Qué alegría! ¡Ya teníamos horno en la cocina! A partir de ahí, mi mamá nos empezó a hacer las tortas para nuestros cumpleaños. Las hacía de vainilla y chocolate y con mi hermana preparábamos el azucarado de cinco minutos para la decoración. Mamá, con paciencia y amor, decoraba las tortas con el baño azucarado y con chocolate derretido, que colocaba dentro de un cucurucho hecho con papel strassa. Después, ponía las velitas y… ¡Listo! ¡Qué lindos tiempos aquellos!
Para un día de la madre, mi papá le compró una heladera eléctrica marca “Siam 90” y, a partir de ahí, con mi hermana dejamos de pelear. Siempre discutíamos quién se tenía que levantar a las siete de la mañana para ir a buscar el hielo. Nos turnábamos para ir a la hielería, porque la fila era interminable, sobre todo para las fiestas de fin de año.
Tiempo después compró la plancha eléctrica y la máquina de coser “Singer” y a la tarde mamá confeccionaba las cortinas para la casa, arreglaba alguna ropa y hasta nos hacía vestiditos a mi hermana y a mí. Realmente se daba maña para todo.
También compró el lavarropas y el ventilador de pie marca “Siam”. A él le gustaba comprar los artefactos de marca, decía que costaban un poco más pero eran garantía. Dentro de sus posibilidades siempre buscaba confort para el hogar.
Cuando llega el gas envasado, en casa se llamó a un instalador de matriculado para hacer la instalación en toda la casa. Se compra la cocina a gas y después el calefón. De esa manera, tuvimos agua caliente en toda la casa.
Antes de instalar todos los artefactos, llamó a un albañil para hacer de material la casilla del gas donde se colocaban los dos tubos de gas. Esa casilla y la instalación del gas eran reglamentadas por gas del estado.
¡Qué sorpresa cuando compró el televisor en blanco y negro!
El televisor que se compró en mi casa fue el primero de la cuadra. Se colocó en el comedor, que era el lugar donde almorzábamos y cenábamos. Los sábados a la mañana había un programa para los niños que dirigía el padre Gardellas, entonces mi mamá abría las ventanas del comedor y los chicos de la cuadra venían con sus banquitos, se paraban arriba y veían con nosotros la tele.
A pesar de los pocos electrodomésticos que existieron en mi infancia y en mi adolescencia, comparada con todo lo que existe hoy en día, en mi casa siempre fueron adquiriendo cada uno de ellos con mucho esfuerzo y trabajo, pero también con mucha satisfacción.



miércoles, 29 de octubre de 2014

Pantaleón

Por José Mario Lombardo

Primavera: verdor primero

Navegábamos por el Paraná viejo. Nos habíamos metido por el norte, por donde años después pasaría el puente Rosario-Victoria. La vieja lancha ronroneaba río abajo por el centro de ese enorme canal que es un brazo del Paraná. A nuestro lado, pasaba la interminable línea de árboles que contornean el agua marrón: el espinillo dueño y señor, el sauce que siempre llora sobre el agua, el timbó noble y canoero, los yuyos bajos que pese a las sombras crecen crujientes cobijando secretas guaridas, algunos ceibos con la melena adornada de flores rojas; y, por debajo, las pequeñas playas de arena, de esa arena que alguna vez trajo el río, rellenó los bajos para hacer lagunas para finalmente terminar en isla. Isla de arena, isla de agua y arena, isla viajera, movediza, cambiante, producto de correntadas, crecientes, limos y vegetales andantes, de verdes camalotales anclados en esas orillas que nunca son las mismas. Isla viva. Isla floral. Isla de pájaros. Pájaros que nunca terminan de volar, que siempre cantan, que vuelan hacia allá y vuelven porque algo los llama. Pájaros del aire, pájaros del agua, pájaros de ignotas lagunas internas: pequeños pájaros que pican los helechos silvestres, grandes pájaros curiosos y planeadores que buscan comida, patos del agua que asoman su cabeza como si salieran del agua marrón a buscar la luz, pato sirirí, chincherito en la rama, torcaza caminadora, gorrión glotón, calandria de puro canto, cotorra chilladora, carpintero trabajador, hornero albañil del monte. Y más allá, en la isla arenosa, los bichos de la tierra que viven de la tierra: vizcacha arisca y cuevera, nutria puro brillo de agua, cuis sigiloso, comadreja predadora y usurpadora de guaridas ajenas, carpincho barroso. Sobre los camalotes, culebras viajeras que pelechan sus cueros cambiantes dejándolos como invisible ñandutí entre los yuyos. Culebras que despiertan después del invierno tal como todo despierta a su alrededor, mientras la lancha navega cansinamente por el canal que cobija a sus habitantes submarinos, esos que parecen hacerse realidad cuando caen en la red o el anzuelo del pescador: el dorado de escamas como lentejuelas, el patí, el bagre, la boga; el mandubí y el surubí de cueros lustrosos grises y atigrados, el enorme manguruyú que se esconde en la isla como un duende del agua, las palometas insaciables y las perezosas viejas del agua durmiendo su siesta perpetua a la sombra de la orilla. Croan las ranas saltarinas y los sapos anfibios, cantan las chicharras y los grillos porque presienten el calor. Zumban las abejas sobre las flores silvestres y los insectos sobrevuelan las aguas quietas que aparecen en los charcos orilleros o en las lagunas costeras. Todo se complementa: los predadores en algún momento serán presa del otro que necesita su sustento, los yuyos alimentan insectos, las arañas tejen sus telas cazadoras. Todo se retroalimenta. Todos se devoran para volver a crecer. La isla se come a sí misma para no extinguirse: muere y nace al mismo tiempo.
La lancha lentamente llegó a su destino. Estábamos en el “Charigüé, allí donde desemboca el arroyo “Las lechiguanas”. Pantaleón, al frente de su rancho, nos esperaba en la costa. Atamos la lancha a un árbol seco que hacía de amarradero y saltamos al viejo muelle de madera. Nos saludamos y nos dimos a la tarea de preparar la comida. Pusimos un carpincho bien adobado en el horno de barro, que ya estaba caliente y preparamos ensalada de lechuga y tomate. Fue una amable reunión entre amigos. Pantaleón, muy contento, aprovechó mientras se hacía la comida para contarnos y cantarnos sus cosas: Era Pantaleón, y él lo expresaba con cierto orgullo, uno de los últimos trovadores en condiciones de contar el origen y desarrollo de nuestra música popular en la zona. Nos contó anécdotas relacionadas con Gardel, con Gabino Ezeiza, con Ignacio Corsini y, mientras hablaba, adornaba sus relatos con sus versos cantados por cifra o por milonga, en tonos mayores, tal como cantan los cantores que improvisan. Sin embargo, él leía sus versos en un arrugado cuaderno que ni tapas tenía y nos confesó que muchas veces, con la creciente, su rancho se inundaba y, por eso, él perdía sus versos cuando sus cuadernos partían aguas abajo con la correntada; pero apenas bajaban las aguas, el volvía a escribir aquellos versos perdidos.
Pantaleón era delgado, de estatura mediana, tenía el cabello blanco y rasgos criollos. Tenía voz aflautada, manos muy hábiles para la guitarra y la risa fácil. Vestía camisa arremangada, un gastado pantalón de gabardina y viejas botas de goma. Tenía por aquel entonces (setiembre de 1979) unos 75 años y había vivido su juventud, siempre en la zona de Rosario. Por eso, recordaba su vida transcurrida en medio del desarrollo ferroviario alrededor del puerto, ese puerto largo larguísimo que era la salida de nuestra riqueza agrícola. Los trabajadores del puerto y del ferrocarril que se fueron afincando en los alrededores de calle Oroño, Güemes, Alvear, etcétera. Pichincha, los comisarios, el transporte en la ciudad que crecía. Los tranvías. Los mercados. El mercado central, el del Abasto. Después, con el paso de los años, lo fue cautivando el río y, por eso, un buen día decidió cruzar y se quedó a vivir en la isla que lo recibió como un hijo más.
Cuando el asado estuvo listo, pese a su sabor salvaje no dejamos ni rastros del carpincho, lo regamos con buen vino y terminamos disfrutando anécdotas y canciones de Pantaleón, que no quería que aquella reunión se acabara: nos ofreció la isla en su canto, la ciudad con sus anécdotas para luego, por fin, resignado, aceptar que la fiesta llegara a su fin.
 Nos despidió en la costa. Apoyado en un palo del muelle, con el brazo en alto, vimos como nuestro amigo se perdía en la bruma de la tarde mientras la lancha nos alejaba.
Regresábamos en la lenta lancha río arriba. Teníamos a la vista las dos costas del Paraná, en una, la ciudad, el puerto, las barrancas: lo urbano, y en la otra: la isla con ese verde que no se acaba nunca.
Cuando amarramos, el sol ya se escondía. Dibujaba la ciudad como una mancha a contraluz e iluminaba cada vez más débilmente la otra costa. La de la isla. La del verdor primero. La de la primavera.
Pantaleón falleció en 1983.

Cine "Rose Marie"

Por Paquita Pascual

Fue un edificio más entre todos los que ya había construido. Entre Ríos 1253: diez plantas, semipisos de dos dormitorios, ambos al frente mirando al oeste.
Cuando le pregunté por qué le ponía ese nombre, me respondió: “Porque enfrente estaba el cine o ¿no te acuerdas?”. Pero yo sabía que había algo más.
En mis días de guardia, mientras esperaba a los clientes para mostrar las unidades, miraba con nostalgia el edificio de lo que hoy es el “Círculo Obrero” y se me agolpaban los recuerdos. Muchas veces alguna lagrimita humedeció mis mejillas. Veía a mi hermanito de tan sólo cuatro años jugando en las escaleras, mientras nosotras disfrutábamos de las tres películas que generalmente daban los domingos. “Violetas Imperiales” con Carmen Sevilla, Joselito, Lolita Torres, Rafael…Único nexo con la querida tierra que habíamos dejado.
En la clase de esta tarde donde se tocó el tema de la vorágine del tiempo que todo lo arrasa y todo lo… muere. Se evocó la desaparición de muchos cines que fueron deleite de nosotros niños y adolescentes Ambassador, América, Esmeralda, Sol de Mayo Radar, Gran Rex, Rose Marie… Y esto fue el disparador que me llevó, una vez más, a preguntarle a este recio empresario algo que siempre supe: “¿En quién pensabas cuando le pusiste el nombre Rose Marie al edificio de la calle Entre Ríos al 1200?”
Y esta vez su respuesta fue más amplia, no podría ser de otra manera; somos hijos de los mismos padres:
“Evoqué mi niñez y, sobre todo, a mamá que con tanto entusiasmo nos arriaba a todos al cine los domingos, previa preparación de bocadillos que saboreábamos en el intervalo. Eran tiempos de obediencia y aunque no me gustaban esas películas debía permanecer jugando en las escaleras y hacer tiempo hasta que ustedes salían”.
Esta pequeña historia me hace reflexionar. ¿Qué tan bueno es aferrarse a los recuerdos? Miramos impávidos como nos borran la vida, edificios históricos que otrora representaron nuestra esencia son abatidos por la pala demoledora de la modernidad, en muchos casos para hacer…nada.
Por suerte, la siniestra escavadora no puede extraer la memoria de aquellos sensibles que, como nosotros, gracias a Dios vivimos para contarle a nuestros nietos.

Soy "muy moderna"

Por Esther Cuperstein

Recuerdos que no se olvidan, la adolescencia, las modas y los descubrimientos...
Cada época marcó una nueva historia para relatar, recordar y divertirnos.
Anécdotas y momentos inolvidables.
Cuando éramos niños queríamos comportarnos como los mayores y, al pasar el tiempo, no nos interesaba. La vida es cambio y así hay que asumirla.
Cuando vimos llegar la tevé, era una magia, un lujo ya que el único medio masivo de comunicación era la radio.
Para escuchar música se prendía un gran combinado y se ponían discos.
Con el correr de los años, comenzó a escucharse “música moderna”. El tango y folklore eran cosas de viejos...
Comenzábamos a ver y escuchar temas modernos, algunos con letras muy simples y repetitivas de cantantes argentinos, acompañadas de ritmos muy especiales. Estaban los famosos “lentos o sueltos”, con coreografías y pasos muy divertidos.
Ya en la tele aparecieron programas donde enseñaban cómo moverse: “El Club del Clan”, “Sótano beet”. Desesperados, esperábamos para verlos.
Las revistas vendían posters con los distintos personajes y también con las canciones impresas para poder aprenderlas de memoria
Recuerdo la invitación a mi primer asalto. No entendía de qué se trataba. Una amiga un poco más grande lo organizo en la terraza de su casa. Cuando llegué me encontré con chicos y chicas, mesas con saladitos, gaseosa y música moderna. Todos los varones ya usaban pantalones largos. Solo uno vestía corto, lo que generó risas.
La costumbre de los asaltos se empezó a implementar para distintas reuniones sociales y cumpleaños. Las chicas esperábamos que nos sacaran a bailar, no queríamos planchar. Se danzaba una pieza y vuelta a sentarse a esperar. Hasta juegos muy picantes se solían armar: “la escoba”, “verdad y consecuencia”, “la botellita”, “la llave”
La ropa se modificaba comenzaban a salir los famosos vaqueros de marca, Levi’s, Lee y Wrangler. Los Farwest eran un quemo. Estaban los mini shorts, los chalecones de bremer, las botas largas charoladas.
 Los hombres, con pelo largo; y las mujeres renegábamos para tener el pelo lacio haciéndonos la famosa toca con un rulero y pinzas para que no se enrule el mismo.
Los tocadiscos empezaban a surgir. Había aparatos más pequeños, a pila o eléctricos muy originales. Estaban los nuevos casetes para grabar, que hasta hace unos años se utilizaban y eran de gran utilidad
Todo era novedad y asombro.
Ahora me pregunto: “¿Qué vendrá?”
Es que quiero seguir siendo moderna de verdad.