martes, 25 de noviembre de 2014

La vida en la adolescencia

Por Norma Azucena Cofré

Las fantasías, los sueños, eran parte de mi vida. Cumplir quince años es el sueño de toda niña. Yo no esperaba una fiesta, ni vestido blanco, ni viaje a Disney, que ni sabía que existía, simplemente los esperaba, porque soñaba con un cambio radical, pasar de niña a señorita. A pesar de ser tan soñadora, era muy educada o recatada en mis actitudes. Tía Rosa, soltera, muy coqueta ella, me regaló, una cartera, tipo bandolera pero de vestir y un par de guantes de seda ambas de color rosa saturado. ¡Qué felicidad!. Me sentía una mujer de sociedad, una actriz… elegante distinta a la niña que ya no quería ser.
Cumplí los quince y no dejé de soñar.
Mis sueños tenían otro vuelo, quería una ciudad para vivir, llena de luces, gente, autos, todo lo que veía en la televisión, que hacía muy poco había llegado a Cutral Có. Tenía diecisiete años cuando conocí la Capital. Mi tío le regalaba a Ada, mi prima, el viaje a Buenos Aires y me invita para que la acompañe en sus quince años. ¡ Mi Dios! Uno de mis sueños se cumplía: conocer esa ciudad llena de luces, autos, gentes, bares, Constitución, Aeroparque. ¡Gente negra, que ni en mi imaginación existía! No podía creer que fuera real, donde vivía, había gente morocha.
Fue lo mejor que me pudo suceder. Pasamos unos días maravillosos. Tío Orlando nos llevaba a todos lados, solo de día. Me impactaron las calles con adoquines, las vidrieras exponiendo comidas, el aroma a café, los subtes…. ¡iban bajo tierra!
Estábamos ubicados en un departamento en la calle 9 de Julio, en el séptimo piso, frente al Obelisco. Todas las noche nos íbamos al balcón a observar la noche de Buenos Aires, hasta la madrugada o hasta que tío se levantaba y nos mandaba a la cama. La ciudad era para mí, ¿qué hacía viviendo en Cutral Có? Debía haber nacido en ella, ¡ Ese paseo me hizo inmensamente feliz!
La adolescencia estaba terminando y comenzábamos a sentir la necesidad de coquetear. No me gustaba Cutral Có. Quería vivir en una ciudad. Las chicas nos juntábamos en el recreo para charlar de nuestros gustos y sueños. Aunque no tenía oportunidad de encontrar novio, porque no nos dejaban salir, sí me dieron la oportunidad de hacer el viaje de estudios. Fuimos a Mar del Plata, otra ciudad que me cautivó. Ahí, sí fui a bailar. Caminábamos por la costanera, íbamos a la playa, las calles, volvía a sentir que quería una ciudad para vivir.
Vuelvo a las charlas con las chicas. Nos preguntábamos qué tipo de muchacho nos gustaba: rubio, morocho, alto, etcétera. Yo decía “Quiera Dios, que el día que me case, sea con un, rubio, ojos azules, colorado, que viva en la ciudad y en quién pueda apoyar mi cabeza”. ¡Él se apoyaba en mí! Otro de mis sueños era que mis hijos fueran a la escuela en colectivo, porque no me gustaba caminar quince cuadras de tierra para llegar a la escuela.
Mi padre trabajaba YPF, asignado al laboratorio físico químico de Plaza Huincul. Un día, como tantos otros, tiene que viajar a Rincón de los Sauces, lugar al que iban en avioneta de la empresa, porque era la única forma de llegar. Todos en el laboratorio sabían los días y horarios de salida de la avioneta que transportaba al personal. Mi padre esa mañana se va. A la hora que la avioneta se había ido, había salido a la calle, estaba apoyada en la pared de la casa tomando sol. Era otoño, hacía frío pero el sol en el sur es hermoso. Seguramente estaba soñando con mi futuro, pero además escapaba de mi hermana que me llamaba para que le ayudara con la tarea de limpiar.
En ese momento, se estaciona frente a mí, un Ambassador 990 blanco, impactante. Baja un rubio, colorado, delgado, con un pantalón de lanilla gris, suéter bordó, zapatos marrones y lentes de sol marrones. Se presenta: “Buenos días, soy Juan Di Scipio, compañero de Don Cofré, ¿él se encuentra?”. Le respondo: “Viajó a Rincón de los Sauces”. Dice: “¡Qué lástima! Tenía que mandar unos análisis”.
Nos pusimos a charlar, él hablaba sin parar, Alicia me llamaba y yo hacía oídos sordo a su llamado. Tanto insistió que salió enojada a buscarme. ¡Oh! Cuando vio al rubio, se quedó ahí interrumpiendo. Tenía los labios chiquitos, carnosos, preciosos y, a través de los lentes alcanzaba a ver que tenía los ojos celestes. Siempre fui audaz, pero no recuerdo cómo le dije que se sacara los lentes, sus ojos eran celestes, divinos. Charlamos un rato más y se despidió. ¡Qué bueno estaba el rubio!
El 25 de mayo estábamos desfilando con la escuela y lo veo pasar. Nos saludamos. El 29 de mayo era el cumpleaños de mi papá. Siempre fue muy sociable y hacía reuniones donde invitaba a compañeros a compartir el asado, había invitado a tres de ellos. Supuestamente, el rubio vino a hacerle pata a otro que quería conquistarme y quién quedó conquistado fue él. Los compañeros y el jefe de papá lo cargaban: “Viejo zorro Cofré, invita a los muchachos a su casa para casar a las hijas”.
Juan y yo, comenzamos a conocernos. En agosto nos pusimos de novio, la primera salida fue al cine. Tuve que ir con mi hermana Alicia y mamá dijo: “Niñitas, a las nueve están en casa”. No alcanzamos a ver la película y nos vinimos. Todo el noviazgo lo vivimos de la siguiente manera: mis padres tenían un almacén ramos generales, mi papá y mi novio arreglaban el depósito y, la novia, yo, miraba la televisión.
Pero no perdía la oportunidad de sentir y cantaba un tema de Manzanero que estaba de onda en ese momento: “Adoro, la calle qué nos vimos. La noche cuando nos conocimos, adoro las cosas que me dices, nuestros ratos felices, los adoro vida mía”.
Antes de cumplir diez meses de noviazgo, Juan y yo nos casamos. Otro de mis sueños cumplidos: me casé con un rubio, colorado, ojos celestes, era de la ciudad, y, ¡vivo en la ciudad! 

Simple historia de un locoamor

Por Susana O.

El patio de mi abuela Isabel era igual a tantos otros de su época. Tenía baldosas rojas desteñidas por las lluvias y el verdín de las lavadas y macetones por todos lados llenos de begonias, helecho culantrillo, aljabas, hortensias, charoles, cascadas, con el perfume de los jazmines estampado por todos los rincones… acompañado por el olor a las uvas maduras…y tenía, por supuesto, ¡por supuesto!, geranios.
Nada era especial en ese patio salvo una pasión todaloca, que surgió entre los geranios.
Estaban en macetas distintas y aunque muy cerca, los separaba la lluvia verde y fresca del helecho culantrillo que cosquilleaba con el viento a cuatro costados. Resultaba difícil distinguir a la tiernamante del fogosogalán. Las plantas  no tienen esas sutiles diferencias de los sexos, pero la abuela decía que el geranio rosa pálido y delicado era la Tiernamante y él, de un rojo granate oscuro aterciopelado, el Fogosogalán.
A fuerza de verse, de tocarse y de estar tan próximos, de vivir cuasi juntos, empezaron a mandarse ramas que provocaban al otro y a extender sus flores por detrás del  puntilleo del culantrillo.
Tiernamante solo vivía para llenarse del rojo fascinador de rodeo de toros y arena caliente de Fogosogalán y lo miraba esperando mucho más que la presunción de un tibioamor. Su esperanza soñaba que sus ramas crecieran y se alzaran hasta el macetón amado. Y estiraba y alargaba sus capullos cargados de polen de enamoramiento consciente de su propio salvaje aroma. Aroma de malvón, de tierra fresca, de domesticidad.
Y se iban tras el rojo sangre de toros y castañeteo de castañuelas y se partía su corazón de savia verde por los devaneos de Fogosogalán, que se mecía al viento de lisonjeros aires y sueños de gloria.
Más de una vez comprendió Fogosogalán las intenciones de las ramas rosadas que se tendían hacia él en una caricia  vegetal. Él no las desdeñaba en absoluto. Por el contrario. Pero pensaba que había tiempo, que el tiempo era eterno en el barro tibio que lo sustentaba.  Y más aún. Soñaba. Soñaba que alguna vez lograría escaparse de la tinaja, desprender a Tiernamante y llevarla con él hacia otras dimensiones. Mientras tanto, sentía llenarse de orgullo su sistema de capilares cuando abuela Isabel se acercaba para arrancar una umbela y prenderla sobre su pecho generoso, adornando con su sangre de rodeo el traje oscuro de la sociedad.
Y soñaba. Soñaba que tras sus sueños, alguna vez sus ramas maravillosamente liberadas del barro tibio de la tinaja, se llegarían a enlazar a Tiernamante y florecer en exquisitos ramos rosa-rojos de tupidas hojas redondas aterciopeladas. Pero había tiempo. Había tiempo.
Y el tiempo pasaba en sueños comunes no compartidos, en raíces iguales germinando en macetas distintas, en silencios verdes de noches estrelladas y de botones rosas caídos uno por uno, pacientemente, en la tierra negra de su maceta, rosa no fecundado por la altivez de la sangre roja de rodeo.
Y la esperanza se alargó hasta el momento en que la rama rosa de Tiernamante fue un tronco desgarbado con una pobrehoja sin forma y sin terciopelo y el rojo granate sangre de toros un cordón cabizbajo y serpenteante en la maceta.
Entonces, vino la mano de la abuela y los arrancó a los dos, entre sorprendida y molesta ante el desastre ¿Se habría terminado el idilio así, de esta manera tan prosaica? Y, entonces,  los cuajó despiadada en pequeños brotes. Los llevó a otras tierras en otras macetas quién sabe por dónde y a brotar quién sabe cuándo.
Y el sueño de amor no compartido terminó reseco y olvidado en la indiferencia del tiempo: sueño de iguales raíces y distintos destinos: silencios de plantas y orgullo de flores condenadas al olvido y a la soledad de macetas separadas.
Cuando pregunté a la abuela qué había pasado con ese loco amor, me respondió: “Brevetiempo truncó el locoamor de los que amando mucho se perdieron en el tiempoeterno de la vanasperanza”

Mi madre

Por Susana O.

Pelo blanco, enrulado. Cejas muy negras, finas, largas casi hasta las sienes. Unos ojos grises, serenos, tiernos, sonrientes. Tímida, parecía que pedías permiso para hablar. No recuerdo haberte visto enojada. Manos siempre alargadas a la caricia, tus manos amarillas, madre.
Mi madre. Partiste en diciembre de 1996 con la misma paz que siempre se respiraba a tu lado, después de una neumonía ocurrida en junio de la que no te recuperaste nunca.
Mi madre. Vestida de fiesta un día de otoño del 56 con un sombrerito, que era un casco negro en la mitad de la cabeza con un tul bordado con lentejuelas, que semejaban un moño a un costado, y con un vestido verde con escote cuadrado con dos prendedores en cada ángulo. Ibas a la fiesta de casamiento de tu hermana más joven, donde yo no estaba invitada: era solo para los mayores. Estabas hermosa.
Mi madre. Con tu delantal cocinando durante horas para toda la familia. Una eterna aguja con un hilo largo prendida en el delantal.
Mi madre. En el mercado de San Luis y San Martín recorriendo los puestos interminables y sin que te molestara ese olor a mercado, buscando la mejor gallina, que hacías matar allí mismo, después de elegirla viva en una especie de tatetí, creía yo: “Esa no, mamá, está dormidita”. Después la misma promesa: “Ahora, te llevo donde están los caracoles y pedimos uno”. Me encantaba verlos escapándose de un cajón de madera. Luego, las verduras, ibas a amasar ravioles para el domingo: pimientos, tomates, ajo, cebolla para la salsa. Faltaba el seso para preparar el relleno, así que a recorrer puestos de carnicerías en el mismo mercado. Todo se hacía el sábado. Ahí estaba yo para pasar “la ruleta” sobre la masa ya cuadriculada y rellena. Yo, a tu lado, admirando tus manos hábiles, tus manos amarillas, madre.
Mi madre. Zurciendo interminables medias de algodón con un huevo adentro que yo ponía en cada media antes de que comenzaras tu labor.
Mi madre. Tejiendo al crochet interminables carpetitas para poner debajo de los adornos del aparador. Tejiendo para tus hijos más jóvenes, después para tus nietos.
Mi madre planchando interminables camisas.
Mi madre. Escuchando radioteatros (Norberto Blesio y Federico Fábregas en…) toda la familia alrededor de una radio inmensa, de madera lustrada y comiendo masitas que habías hecho para ese momento. Y algunos años más adelante las telenovelas “El amor tiene cara de mujer”, “Rolando Rivas, taxista”, “Piel naranja”.
Mi madre. Llegaba tu hijo más chico. Te vi sufrir y odié y amé a ese niño.
—Poné en el bolso todo lo que está en el primer cajón de la cómoda. Así, dobladito como está
—¿Y en la caja, mamá?
—Lo que está envuelto en papel celofán: es la primera ropita.
—¿Así, mamá? Yo te ayudo ¿“Por qué no te acostás, mamá?
—Estoy mejor de pie y caminando. No te aflijas, estoy bien.
—Papá, llevala al sanatorio… le duele mucho. Se queja. ¿No la ves? Se abraza a una almohada.
—No. Tiene que ser así. Cuando me diga, vamos. Está a media cuadra el sanatorio. Andá a acostarte. Es muy tarde ya. Yo te llamo cuando nos vayamos a internar.
Ecos, voces del pasado. Todavía las oigo, todavía me duele tu dolor, madre, y han pasado sesenta años de este recuerdo. No me dolió tanto cuando mis propios dolores. El “Sanatorio San Martín”, Dorrego y Santa Fe. Recién pude ir cuando ya había nacido. Fue otro varón. No me avisaron, yo dormía con mis otros hermanos. Y ahí estabas, mamá, acunando un paquetito en tus brazos. Sonriente, con tu sonrisa de pasto fresco, hermosa. Tu mano alargada para la caricia secando mis lágrimas que yo no podía contener. Papá no me había avisado. Y yo me había dormido. Mientras vos…
Mi madre. Cantando canciones de cuna.
Mi madre amamantando.
Mi madre con tu blusa blanca con un moño anudado bajo la barbilla…
 Madre. Guardo una tarjetita que acompañaba tu regalo: “Siempre te gustó esta blusa, para vos con todo mi amor”.
Mi madre. Tocando el piano. Tocando “Desde el alma”, porque le gustaba a papá, “Fascinación”. Algún vals de Chopin. añada de nostalgias. Con tus manos amarillas, madre.
Mi madre amasando hojaldre para hacer empanadas de carne dulce. Horas de amasado, yo no podía ayudarla porque se ponía muy dura la masa por la manteca que se enfriaba en la heladera. Pero te ayudaba a hacer el repulgue, cuando ya estaban todos los círculos cortados sobre la mesa de la cocina y vos ibas poniendo el relleno oloroso…
Mi madre. Presidiendo una mesa larga junto con papá. Mesa llena de gente joven, bochinchera, boca sucia, gritona, alegre, feliz. Tu familia, madre. Tus hijos, sus novias, mi novio. Nuestros jóvenes amigos.
Madre. Eras mi rival en el amor a papá. Me moría de celos cuando los dos hablaban en voz baja, cuando él te acariciaba o abrazaba. Y, allí, estaba yo pidiendo “¿y a mí?”, tratando de sentarme al lado de él en la mesa, en los viajes en tren a San Nicolás, tratando de que me escuchara solo a mí, esperándolo, bebiéndome su perfume, el olor de papá.
Mi madre. Ayudando con la tarea de la escuela a tus hijos varones… Yo tenía que aprender a tocar el piano, a dibujar, danzas clásicas y españolas. “¿Por qué los varones no?” “¿Por qué yo?” “Siempre a mí”. “Todo lo tengo que hacer yo”. “Lo más aburrido para mí”. “Ellos, solamente inglés. No es justo”.
Mi madre. Tus últimos años mojonados de recuerdos infantiles, de las siestas calientes con tus hermanas, nostalgias de higos maduros que sacaban trepadas al árbol que estaba en el patio del fondo. De anécdotas que repetías incansablemente. Una y otra vez. Una vez más.
Mi madre, solos en la casona papá y vos, solos los dos amándose, con sereno, silencioso amor.
Madre. Encontré hace muy poco tiempo, cuando abrí viejos libros que vos leías y que estaban amontonados en el arcón, tus comentarios sobre las lecturas y me guardo éste: “Adso nunca supo el nombre de la rosa, la joven con la que había conocido el amor”.
Madre. Yo aprendí a conocer el amor junto a tu amor.

La consigna de hoy

Por Carmen Gastaldi


             “Qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada.
             Soñar y nada más, con los ojos abiertos
             Qué lindo que es soñar y no te cuesta nada
                   Más que tiempo…”
                     Kevin Johansen

 La consigna de hoy podría ser: “Siempre hay un antes y un después”. ¿Y cómo podemos valorar estas dos situaciones?, ¿desde el antes o desde el después?, ¿filosófico?, ¿metafórico? Y, planteándolo así, lo parece; porque nos está faltando algo y sería ¿de qué? Antes de qué o después de qué. Estos “de qué” constituyen innumerables situaciones a partir de las cuales se van produciendo cambios en nuestras vidas, mientras seguimos adelante. Estos pueden ser buenos o no, placenteros o no, importantes, etcétera, etcétera.
 Bueno este “de qué” para mí fue re-placentero. ¿De qué estoy hablando? De nosotros, de todos nosotros.
 Antes no tenía el placer de conocerlos y ahora, después de haber compartido estos martesitos acogedores, íntimos, contenedores, llenos de historia, de evocación, puedo decir que algo sé de ustedes. Que me emocionaron, que me sorprendieron. Que me encantó escuchar y leer sus historias, tan parecidas y tan distintas, porque cada uno de nosotros, en similares momentos, ve la vida desde su propio ser individual y único. Ese mismo ser individual y único que nos permite recibir estos relatos e ir formándonos una pequeña y aproximada idea del “Otro”.
 Susana O.: detallista, minuciosa, dramática.
 Luis Zandri: enamorado y musical.
 María Victoria: cronista, fresca, concisa.
 Ana Miquel: realista y espiritual, arraigada.
 Alberto Nicolorich: silencioso, evocativo, paisajista.

 El profe, al medio. Se declara algo tímido. Creo que todos tenemos algo de eso. Pero José, ahí, siempre estimulándonos, marcando formas, modos, sugiriéndonos temas para encontrar historias en nosotros mismos. Buscando, escrudiñosamente esa palabra, hum, esa, la justa, la que él sabe que nos va a movilizar.

Ana Inés: familiera, espontánea, positiva.
María Rosa: traviesa, profunda, expeditiva.
Juan José: empecinado, detallista, con humor.
José Mario: su estilo muy varonil, sorpresivo. ¡Ese “Copete”!
Norma Pagani: sensorial, sensitiva, nostálgica.
Celia Novelli: amiguera, misteriosa.

Capítulo aparte para:
Luis Molina: ocurrente atento y divertido.
Nora: ecuánime, certera, respetando siempre el margen.
María Julia: Hoy, ¿ensalada de frutas o qué?

Varios quedan, porque a pesar de sentarme en un extremo para poder verlos a todos, algunos se me han pasado. Disculpen. Y…
Paquita: sabia, talentosa, aguerrida, con una gran dosis de humor, ¡y ese acento y esa voz con que acompaña sus lecturas y que nos ha hecho disfrutar a todos!
En este “después” yo, me llevo mucho. ¡No sé ustedes!

Juegos de infancia

Por Nora Nicolau

Hoy caminé unas cuadras por el barrio Echesortu, donde transcurrió mi infancia. No encontré vecinos sentados en la puerta de sus casas, ninguna rayuela marcada en sus veredas, ningún niño jugando por ahí y los comercios enrejados.
“¿Qué les pasó a sus habitantes? ¿Qué pasó?”, me pregunté y. antes de responderme, las imágenes de mi infancia me turbaron.
Recordé aquellas tardes inolvidables jugando entre vecinos, amigos, primos, compañeros de la escuela. Después de terminadas las tareas escolares, salíamos con mis primas a trazar una rayuela en la vereda con tizas o carbones y traíamos el tejo que teníamos guardado para ese fin. Si a alguien que pasaba le gustaba nuestro juego, se sumaba a nuestro grupo.
Al rato se armaban las rondas: “Farolera tropezó”, “Arroz con leche”, “Estaba la paloma blanca”, “Mantantiru tirulá”: o también “Las esquinitas” o “Pido pan.”
Los adultos vigilaban a la distancia y los vecinos ayudaban a controlar.
En una época se puso de moda “la soga”. Teníamos una individual y una más larga para saltar entre varios. Luego, “el elástico”, que había que saltar sin tocarlo. Ambos juegos lo repetíamos en los recreos de la escuela. Siempre alguien llevaba una cuerda o un elástico en el portafolios .
Los varones jugaban con una pelota hecha, a veces, con medias o trapos, donde había poco tránsito especialmente en las “cortadas” o en “los pasajes” del barrio. Pero, cuando se decidía jugar a “las escondidas”, se sumaban. Y entonces, sí, andábamos por toda la manzana. Nos perdíamos entrando a mi casa por una calle y salíamos por otra porque estaba en una esquina. A veces, nos comunicábamos por las terrazas y andábamos por los techos o aparecíamos en el patio de la casa del vecino, si jugábamos con el niño de esa familia. No había rejas, entrábamos y salíamos en grupo. Discutíamos, nos enojábamos, peleábamos y nos volvíamos a amigar al rato. O a los pocos días.
Los adultos escuchaban sin interferir y nos cortaban el juego a tiempo.
Para las fiestas de Navidad y Reyes Magos aparecían los triciclos, monopatines, bicicletas, a veces comprados nuevos y otros renovados. Andábamos por las veredas, un rato cada uno de los amigos, sorteando las personas que pasaban y rezongaban por temor a ser atropelladas.
Los niños más creativos armaban un cine con cajas y papeles a los que pegaban figuras. Con ello armaban relatos que contaban en reuniones preparadas con invitaciones. Se cobraba una entrada para comprar masitas y bebidas que se compartían.
Los días de lluvia o mucho frío nos quedábamos en casa y aparecían las muñecas, las cocinitas, algunos alimentos y jugábamos, durante horas, a la “mamá”. A veces, llegaba el “doctor” para los muñecos. Para los más grandes estaban los juegos de mesa: los naipes, el ajedrez, el dominó, las damas, el juego de la oca, los palitos chinos, otros para armar y desarmar con gran cantidad de piezas. El “cerebro mágico” era un juego de preguntas y respuestas para pensar y aprender. Uno de los más cotizados era “El estanciero”, que consistía en la compra y venta de campos de variado número de hectáreas y con un Banco establecido para las operaciones financieras.
Pasábamos largas horas muy entusiasmados y entretenidos. Jamás dijimos que nos encontrábamos aburridos. Eso sí, nos molestaba cuando, en medio de nuestros juegos, nos llamaban para hacer algún mandado.
¿Éramos felices? No sé. Estas cuestiones no nos preocupaban. Vivíamos cuidados por los mayores, con los medios que teníamos y creciendo entre niños de distintas edades y clases sociales.
Añoro nuestra infancia, si la comparo con la niñez actual a la que le toca vivir los rápidos cambios de nuestra sociedad consumista y tecnológica. 

Una fuerte amistad

Por Iris Fernández

Logré mi deseo, ser docente. Siempre me atrajo lo social. Con mi amiga Mariví nos anotamos en la Escuela de Asistente Social y, con curiosidad, comenzamos a construir nuestra vida estudiantil. Así lo recuerdo:

Un taconeo militar nos advierte.

 Apúrense, entró la gorda y apagando el cigarrillo con la plataforma del zapato de quince centímetros, nos sentábamos en silencio mortal, mirándola mientras nos explicaba sobre el Derecho de Familia, sin saber nosotras a quién miraba. Era bizca.

El Dr. Pascual Agripino, abogado, alto, derecho, con cara circular, radical, explicaba, explicaba sobre Derecho Civil, monótono, aburrido, cambiaba de tono cuando algo no le gustaba, respecto a lo que hay que HACER y de lo que NO hay que HACER, por eso cuando el salón se envolvió con olor a acetona, Bety ubicada en la última fila de bancos, tuvo que irse afuera, ante el amenazante dedo índice del profe.

…y la profesora Lidia Morales, era toda una Institución en la Escuelita de Asistente Social, mientras hablaba, estacionada en un discurso de décadas pasada, se miraba las manos revoloteando sus ojitos de huevito de codorniz. Yo, ¡jamás! me presenté a rendir los parciales programados para regularizar la materia, resultado: me llevé Servicio Social I, ¡inédito!, no había antecedente alguno, en la carrera.

             Ah… La Montanares, era Psicóloga y Directora de la carrera, se paseaba por el patio, siempre de buen humor, con una vocecita tenue, dulce, nos decía:” Chicas, cómo están…”

Economía I estaba a cargo de un Contador , socialista, cómo nos gustaba sus clases, hablaba claro, simple, era un placer escucharlo, me acuerdo que me impactó cuando nos explicó sobre el desarrollismo, el Dr. Frondizi y su gestión.

En ese lugar de la calle 25 de Diciembre, en una casona antigua, vicentina, nos conocimos: Perla, Bety, Liliana, Lidia Gamulin, Beatriz y yo .Nos reíamos, hablábamos de los pretendientes, invirtiendo energías para ver cómo poder conquistar su atención, cuando alguien nos gustaba.

 Armamos grupos de estudio y así día a día, año a año, fuimos tejiendo una gran amistad que sin saberlo nos unió en la vida.

ALGO, nos quedaba de lo que leíamos…

Mientras enmarcábamos con florcitas los apuntes para descargar ansiedades, permaneciendo horas atornilladas en las sillas estudiando, o nos hacíamos la toca peinándonos para un lado y para el otro, previa colocación de un gigantesco rulero que teníamos en la cartera, o nos invadía las tentadoras risas de nerviosismo cuando los tiempos se acortaban y las fechas de examen se aproximaban.
Ibamos a buscar los apuntes en colectivo, (la comunicación era cara a cara) y si teníamos que hablar por TE, en mi caso concurría a un bar cercano a casa.

Las montañas de apunte en la mesa de La Buena Medida, donde nos reuníamos minutos antes de rendir para intentar repasar todo el programa, eran testigo de nuestro empeño, rogando que nos tocara una determinada bolilla para poder “meter” una materia más.


Hacíamos un gran esfuerzo, para que las charlas cómplices acerca de la diversión, no nos alejara del objetivo, hasta llegábamos a establecer horarios que nos habilitara para hablar de Pipach, (boliche ubicado en Primero de Mayo y Rioja) ,Las peñas: “El Santiagueño”, “ Los Caños”, (Laprida abajo)…. a TODO CHAPE .

Corría el año 1971.
Se comenzó a percibir en el ámbito de la escuelita, un cierto cosquilleo, malestar, acompañado de fuertes críticas al orden instaurado.
Surge un estallido de ideas, tratando de cambiar el aspecto de “carrera apolítica”,(como la entendían muchos profesores).

Compañeras comenzaron a traer otros pensamientos de afuera, a cuestionar el programa de estudio, los fundamentos de la carrera, apuntando a instalar otra manera de entender la realidad social.

Se decidió en común acuerdo resolver y programar todo en Asambleas colectivas.
 Los profesores desfilaban, flaqueando ya su autoridad, a ocupar sus lugares en las aulas, ahora vacías de alumnos.

Qué mezcla de sensaciones se entrecruzaban en mí, me atrapaba el cambio, pero sentía lástima, vergüenza cuando se retiraban de las aulas sin mirar a nadie, ni preguntar nada.
Entonces se produjo el cambio esperado, otras materias, otra dirección, otros profe, comenzaron a poblar el espacio, nos sentíamos movilizados por la bibliografía, por el dictado de las clases, la apertura a un conocimiento más reflexivo y analítico de lo social, hasta se cambió el nombre de la carrera por Trabajo Social.

También organizábamos encuentros en casas con otros estudiantes, porque eran momentos de un gran compromiso social por parte de la juventud, me acuerdo que estos espacios terminaban casi siempre en acaloradas discusiones políticas. Se dibujaba un marcado rechazo por todo lo que no fuera de nuestra cultura: nombres de negocios o marca de ropa en extranjero, o la música no nacional, decíamos que para las fiestas navideñas debíamos adornar un ombú y comer asado. Difundíamos listados de empresas nacionales para estar informados sobre las marcas que debíamos consumir y listados de las multinacionales para tener claro dónde estaba la concentración del capital.

Aterrizó Pucho… de Buenos Aires, alto, con lentes, muy flaco ¡un revuelo! traía libros de autores desconocidos para nosotras. Liliana, mi amiga, le había ofrecido un lugar en el altillo de la casa de sus abuelos, para guardar cuidadosamente los libros y apuntes que comenzaron a circular. Cuando se ausentaba, nos reíamos diciendo está haciendo mini turismo, mientras la policía se hizo cargo de él, nunca más apareció junto con otras compañeras. 

Creo que algo mucho… no quedó, se cerró la carrera en el año 1976 durante 10 años.

Eso sí, nosotras siempre juntas más allá de los tiempos y los momentos políticos.

Ahora ya con la media naranja asegurada, cayeron los casamientos, los proyectos, las ilusiones, la construcción del nidito. Dónde comprar los cerámicos más lindos y baratos

Continuaron floreciendo los jardines, pero esta vez las rococó poblaron las delicadas batitas de nuestro primer hijo.

En el año 1978, cuando cambia la ley de alquileres, se implementa a través del PAMI, los operativos vivienda, fue nuestra oportunidad, ingresamos las T. Sociales de la última promoción ante del cierre. Éramos las únicas que no estábamos ocupadas, por lo tanto continuamos viéndonos todos los días, en nuestro segundo hogar, nuestra fuente de trabajo, con futuro a la Jubilación Nacional.

Nuevas energías destinadas a las historias laborales nos ligaron, treinta y cinco, cuarenta años…como se dice: “Toda una vida”.

Pero no nos perdimos en la calle San Lorenzo, lo mejor de nuestra obra de arte son esas esculturas vivientes que con tanto amor, paciencia, ganas, logramos hacer. Esos seres que hoy nos sostienen y nos podemos ver en los espejos de la vida.
  



Electrodomésticos

Por Graciela Cucurella

Más o menos cuando tenía cinco años, teníamos una plancha a carbón que pesaba mucho porque era de hierro y en la cocina había un fogón que se mantenía a carbón o a leña. Ese fogón no solo nos servía para cocinar, también nos ayudaba a ambientar la casa.
En las cenizas del fogón mi mamá colocaba a calentar naranjas. Tengo tan presente el olor a las cáscaras de naranja que perfumaban toda mi casa. También nos hacía unos ricos jugos, que servía en un jarrito beige que nos había regalado mi abuela Clara para un cumpleaños. ¡Eran tan ricos!
Pasó el tiempo y mi papá compró una estufa a kerosene y también la tan ansiada cocina a kerosene marca “Volcán”, color celeste. Era grande, con horno y tres hornallas. Para poder encenderla era toda una ceremonia, primero se colocaba alcohol en una alcuza (especie de regadera pequeña con un pico bien largo) y después en el mechero, que se encendía con un fósforo. Luego de bombear unas 60 u 80 veces, con otro fósforo se encendían las hornallas que funcionaban a kerosene.
¡Qué alegría! ¡Ya teníamos horno en la cocina! A partir de ahí, mi mamá nos empezó a hacer las tortas para nuestros cumpleaños. Las hacía de vainilla y chocolate y con mi hermana preparábamos el azucarado de cinco minutos para la decoración. Mamá, con paciencia y amor, decoraba las tortas con el baño azucarado y con chocolate derretido, que colocaba dentro de un cucurucho hecho con papel strassa. Después, ponía las velitas y… ¡Listo! ¡Qué lindos tiempos aquellos!
Para un día de la madre, mi papá le compró una heladera eléctrica marca “Siam 90” y, a partir de ahí, con mi hermana dejamos de pelear. Siempre discutíamos quién se tenía que levantar a las siete de la mañana para ir a buscar el hielo. Nos turnábamos para ir a la hielería, porque la fila era interminable, sobre todo para las fiestas de fin de año.
Tiempo después compró la plancha eléctrica y la máquina de coser “Singer” y a la tarde mamá confeccionaba las cortinas para la casa, arreglaba alguna ropa y hasta nos hacía vestiditos a mi hermana y a mí. Realmente se daba maña para todo.
También compró el lavarropas y el ventilador de pie marca “Siam”. A él le gustaba comprar los artefactos de marca, decía que costaban un poco más pero eran garantía. Dentro de sus posibilidades siempre buscaba confort para el hogar.
Cuando llega el gas envasado, en casa se llamó a un instalador de matriculado para hacer la instalación en toda la casa. Se compra la cocina a gas y después el calefón. De esa manera, tuvimos agua caliente en toda la casa.
Antes de instalar todos los artefactos, llamó a un albañil para hacer de material la casilla del gas donde se colocaban los dos tubos de gas. Esa casilla y la instalación del gas eran reglamentadas por gas del estado.
¡Qué sorpresa cuando compró el televisor en blanco y negro!
El televisor que se compró en mi casa fue el primero de la cuadra. Se colocó en el comedor, que era el lugar donde almorzábamos y cenábamos. Los sábados a la mañana había un programa para los niños que dirigía el padre Gardellas, entonces mi mamá abría las ventanas del comedor y los chicos de la cuadra venían con sus banquitos, se paraban arriba y veían con nosotros la tele.
A pesar de los pocos electrodomésticos que existieron en mi infancia y en mi adolescencia, comparada con todo lo que existe hoy en día, en mi casa siempre fueron adquiriendo cada uno de ellos con mucho esfuerzo y trabajo, pero también con mucha satisfacción.