martes, 11 de octubre de 2016

Para construir un barrilete

José Mario Lombardo

Al construir un barrilete, es necesario seguir indicaciones que los expertos consideran indispensables para obtener resultados satisfactorios, esto es, que el barrilete, al remontar, se pierda entre las nubes suavemente, sin producir giros inmanejables o movimientos de desequilibrio, que han llevado a muchas personas a comparar a algunos de sus semejantes de conductas un tanto impredecibles, con las características de un “barrilete sin cola”.
El mejor lugar para realizar la tarea de construcción, será aquel donde, sabemos fehacientemente, que nadie vendrá a interrumpirnos con encargos innecesarios tales como ir a comprar el pan o los bifes para el mediodía, desconociendo la importancia de la tarea que se está llevando a cabo.
Ese lugar, lo sugieren los especialistas, puede ser el rinconcito del patio donde disponemos de una buena sombra, el reparo del tapial del fondo y una vieja mesa de pino con un banco largo.
No es conveniente elegir lugares conflictivos tales como el living comedor o los dormitorios, por la cuestión de las posibles salpicaduras de engrudo y, mucho menos, lugares en la terraza, pues cualquier ráfaga de viento puede remontarnos el barrilete antes de tiempo.
Bien, supongamos que tenemos el reparo del tapial, la sombra del arbolito, la mesa y el banco largo.
Ahora debemos encarar una de las principales misiones para comenzar el trabajo, que consiste en conseguir las cañas para armar la estructura.
Alguno habrá pensado inmediatamente en el cañaveral del fondo. Allí tenemos muy buena caña, recta y de buena longitud, pero verde. Verde y pesada.
Las mejores son entonces aquellas que cortamos el año pasado y que quedaron atrás del gallinero. Esas están secas y bien livianitas.
Elegidas entonces dos buenas cañas de parecido diámetro y longitud adecuada, tenemos que proceder a abrirlas por el centro. Esto lo haremos con un cuchillo de buena hoja, grande y delgada, logrando que las cañas queden divididas en dos varillas de forma cóncava o convexa (según por donde se las mire) y de más o menos un metro de largo.
Tenemos así cuatro varillas que afinaremos perfilando sus costados con mucho cuidado pues podemos, por un lado arruinar la caña y por el otro (más doloroso), cortarnos un dedo.
Esas cuatro varillas del mismo largo y la misma sección, las colocaremos sobre la mesa de pino cruzándolas de manera que queden formando una figura parecida a una pizza cortada en ocho porciones o si les parece más gráfico a un octógono regular.
Ahora, debemos atar la estructura por el centro. Eso lo haremos con hilo lonero.
El ovillo de hilo lonero, lo podemos conseguir en la librería del barrio, esa que está después del pasaje y que tiene como ingreso una puerta de postigos muy alta, con banderola, y que en el interior, ofrece un gran confusión de mercadería muy variada, pero distribuida de tal forma que cuando uno entra, está seguro que es la librería del barrio.
Con hilo lonero, ataremos cuidadosamente nuestra estructura en el centro, tratando que las porciones de pizza, o si prefieren los sectores triangulares, formen el octógono regular que ya mencionamos.
En la punta de cada varilla, haremos una muesca con el mismo cuchillo de antes sin cortarnos un dedo y, por esas muescas, vamos a pasar hilo lonero configurando, ahora sí, el perímetro de la pizza o del bendito octógono regular.
Para forrar el barrilete, debemos conseguir papel.
 El papel lo vamos a buscar a la librería del barrio, esa de la puerta alta, la banderola y todo lo demás. Allí, procederemos a elegir los colores a utilizar, que pueden ser los del club preferido o, en caso de que los constructores no se pongan de acuerdo debido a diferencias futboleras, se optará por colores neutros que no alteren las buenas relaciones, indispensables para fabricar un barrilete.
Como para forrar el barrilete necesitamos engrudo, entraremos sigilosamente en la cocina, sacaremos unos cien gramos de harina común tres ceros (no hace falta mayor finura ni que sea leudante) y con agua hirviendo (y sin quemarnos), haremos un buen tarro de engrudo revolviendo hasta que no queden grumos.
Si no queremos entrar a la cocina, robar harina, hervir agua y quemarnos, entonces solo nos queda ir a la librería del barrio, esa de la puerta alta, la banderola y todo lo demás y traernos un frasco de plasticola que ha de cumplir funciones similares a las del engrudo.
Cortamos el papel base elegido, de tal manera que nos sobren unos tres o cuatro centímetros para las solapas; luego, con un pincel, engomamos las solapas y doblándolas sobre sí mismas, abrazamos el hilo perimetral.
 Así, nos quedará forrado nuestro barrilete.
Los barriletes que se precien precisamente de barriletes, tienen que tener flecos. Entonces, tomamos unas tiras de papel de otro color, las plegamos, las cortamos hasta la mitad, las desplegamos y las pegamos en el perímetro del barrilete. Los demás adornos corren por cuenta de la inspiración de los constructores.
La cola del barrilete se hace con trapos o pedazos de tela. Siempre es conveniente tener trapos de repuesto pues, según la intensidad del viento y la posición de los tiros, necesitaremos más o menos cola. Una cola insuficiente siempre nos ocasionará aquellos síntomas de desequilibrio del “barrilete sin cola”.
Los tiros serán tres, dos irán en las muescas de las cañas dejando un vértice por medio y el tercero irá colocado en el centro; al unirlos, como si fueran los lados de una pirámide, cuidaremos que los tres tengan la misma longitud. Después, regularemos el vuelo del barrilete variando la longitud del tiro central.
El piolín es la cuerda más indicada para remontar el barrilete, el hilo lonero suele ser débil y se puede cortar, entonces, para preparar la madeja necesitaremos conseguir un ovillo de piolín que, a pesar de lo que todos esperan, no iremos a buscar a la librería del barrio, sino que optaremos por la ferretería del barrio, que viene a ser algo así como la librería; pero con otro tipo de mercadería que es más apta para saber, que esa es la ferretería del barrio.
La madeja se hace en un palito, utilizando los cincuenta metros que suelen traer los ovillos de piolín. Con la madeja terminada, ataremos la punta del piolín a los tiros y ya tenemos nuestro barrilete listo para partir.
Pero un buen barrilete necesita un buen día. Debe ser un día luminoso, con buena brisa, con pocas nubes o digamos que con las necesarias para que nuestro barrilete trate de ir en su busca.
Y un buen día, luminoso, con buena brisa, suele darse en el mes de setiembre. Y el barrilete sabe que, si es setiembre y es buena la brisa y si no llueve, como suele ocurrir, el día debe ser el veintiuno. Y ese debe ser el día, porque si es el veintiuno de setiembre, nuestro barrilete podrá ver, desde allá arriba, desde las nubes, la primavera derramada en el parque del barrio. 

Nota: La compra del hilo lonero, la plasticola y el papel de forrar, puede hacerse de una vez, así evitamos ir tantas veces a la librería del barrio, esa de la puerta alta y la banderola.


Final de la historia de Rosina y Juan Pablo (*)

Susana Olivera

¿Qué ocurrió cuando llegó Rosina, abuela?
Tía Murcia no la fue a buscar a Buenos Aires. Unos parientes que vivían en calle Suipacha –si la memoria no me falla– la recibieron, la tuvieron en su casa un tiempo y después la acompañaron a Rosario. Llegó con una pequeña valija de cuero sujeta con sunchos. En ella traía recuerdos de los pequeños Bocca y un muy escaso equipaje. Era todo lo que tenía.
¿Qué pasó cuando vio a Juan Pablo?
Querida, yo eso no lo presencié. Solo puedo repetir lo que me contaron.
¿Tía Murcia te contó sobre la llegada?
No. Fueron unos primos de tía que estuvieron cuando llegó Rosina. Sé que tuvieron el buen gusto de no imponerle compartir la habitación con Juan Pablo. Ella tenía su propio cuarto que estaba próximo al del novio. Se le dijo que era hasta tanto ella aprendiera español. Era como si no se mencionara la discapacidad de Juan Pablo.
Pero era evidente, ¿verdad abuela?
Por supuesto. Rosina quiso anular el matrimonio, irse a vivir a otro lado, pero no tenía dinero ni manejaba el idioma. Siempre soñó con regresar a Italia, pero eso estaba tan lejano que creo que el tiempo se llevó sus sueños.
Habrá querido morirse…
Sé que lloró mucho. Contaban que se la veía llorar en los rincones. Estuvo mucho tiempo sin unirse con la familia para la hora de las comidas. Tía Murcia la llevó al bar y allí el trabajo duro la ayudó a olvidar la tristeza de su vida.
¿Y Juan Pablo?
Con el tiempo, no sé cuanto, consumaron su matrimonio. Rosina tuvo dos hijos, que fueron completamente sanos y hermosos que llenaron de luz los días de Rosina. Cuando murió Juan Pablo – cosa que ocurrió después de unos siete años de casados–, Tía Murcia entregó a la joven la casa y el bar que manejaba Rosina, a pesar de que hubo reclamo por parte de primos de Teo. Rosina trabajó duramente y dio carrera a sus dos hijos varones. Y cuidó a Tía Murcia hasta el día que esta murió. Rosina no volvió a casarse a pesar de que era una viuda muy joven y bonita.
Dedicó su vida a sus hijos…
Así fue. Así fue.

(*) A esta historia le antecede el relato “Pensamientos de Rosina y Juan Pablo”, también publicado en este blog. Se puede leer en:

Mis libros

Noemí Peralta

Los libros me superan. A lo largo de mi vida y desde muy chica me gustó leer, comenzando con el “Billiken”, que mi padre nos compraba los domingos y que yo leía apenas aprendí a hacerlo.
Como siempre leo por las noches, antes de dormir, los volúmenes leídos se acumulan, y solo tengo una biblioteca. En este departamento donde vivimos ahora, no tengo espacio; así que a los ya leídos, y que no caben en la biblioteca, los protejo y guardo en cajas que coloco en unas estanterías o placares que instalamos a altura en el garaje, desde hace dieciséis años.
Cuando nos mudamos a la zona sur, desde la zona norte donde vivíamos, tuvimos que desprendernos de muchas cosas que no podíamos ubicar por falta de espacio.
La situación económica del país nos perjudicó y perdimos la casa y el auto, y nos tuvimos que adaptar a otra zona y a un departamento que, aunque amplio, nunca es como vivir en una casa.
Por supuesto, que entre tantas cosas de las que nos debíamos desprender, estaban los libros que llevé como donación a la biblioteca del barrio, donde fueron bien recibidos.
Claro que me costó seleccionar cuales dejaría y cuales llevaría a nuestro nuevo hogar.
Ese garaje hace unas semanas se nos incendió o, por lo menos, parte de él. El fuego se extendió rápidamente, pero pudimos detenerlo con la ayuda solidaria de los vecinos, que acudieron apenas vieron salir humo, y con la ayuda circunstancial de un bombero voluntario que estaba de visita en lo de un familiar.
Fueron momentos de caos, puesto que nunca nos había sucedido algo así, y uno no sabe cómo proceder ni qué cosa hacer primero.
Mi hijo menor corrió a buscar las llaves del auto e inmediatamente abrió el portón y lo sacó a la calle.
El bombero entró y presentándose para que supiéramos quién era, comenzó a dar órdenes: “¡No tiren agua! ¡Tiren arena!”. Por suerte, un vecino estaba construyendo y los baldes iban y venían con arena, y también tirábamos agua.
Era todo un caos, miedo y confusión.
No fue pérdida total ni hubo desgracias personales, pero se quemaron muchas cosas útiles que allí teníamos guardadas, como un motor de la lancha de mi hijo mayor, un generador de electricidad para los cortes de luz, ventiladores, cajas y cajones con otras cosas.
Y, lo peor, parte del techo, que está hecho de vigas y listones de madera por dentro y cubierto con tejas por fuera. Los frentes de los placares de puertas corredizas, también comenzaron a incendiarse, los cuales contenían los libros tan queridos y algunas otras cosas.
La instalación eléctrica se derritió dentro de sus caños de metal que estaban instalados por fuera de la pared.
No nos habíamos dado cuenta de cortar el paso de la electricidad, hasta que un nieto me dijo que tocando algo de metal, le había dado como un choque y que se asustó mucho.
Quedó todo lleno de agua y arena.
Este bombero se subió a una escalera y con un palo de escoba, rompió los frentes de los placares y tiró el contenido hacia el suelo; y, cuando los vació, con ayuda de los vecinos los sacó hacia el piso; por supuesto, no sirvieron más. Los bomberos no vinieron, aunque sé que algunos vecinos los llamaron. Sí vinieron unos policías a constatar qué había sucedido, pues vivimos sobre bulevar Oroño y siempre pasan patrulleros por ahí.
Grande fue el susto, pero los libros se salvaron. Ahora no sé dónde ponerlos. Por el momento, quedarán protegidos por bolsas y veré dónde ubicarlos. Tendré que deshacerme de algunos de ellos. Unos pocos se estropearon. 
Por suerte el garaje está separado de nuestro departamento. 
Fue una reunión familiar de domingo, con complicaciones.

21 de setiembre

Marta Susana Elfman

Día de la Primavera, obvio día de picnic, noche anterior todos los preparativos, sándwiches, bebidas y, por supuesto, algo dulce, sin faltar las observaciones y recomendaciones de papa y mama.
Lugar del evento: Parque Villarino, Zavalla. Teníamos que ir primero hasta la terminal de ómnibus, para desde allí llegar al parque y sobre todo hacerlo temprano, dado que los colectivos se llenaban al tope. Por más que reforzaban la línea, salían cada hora.
Una de las observaciones era que me tenía que despertar sola, pues mis progenitores se ponían de acuerdo para no levantarse tan temprano. Esto era un pase de factura, ya que cada mañana yo pedía cinco minutos más. Esa noche era terrible, con el miedo de quedarme dormida y quedarme si picnic, me terminaba despertando cinco y media de la mañana.
Pero a las siete de la mañana bolso en mano, firme como un soldado, estaba en la puerta de casa esperando a las compañeras que vivan cerca y con las cuales íbamos juntas a la terminal.
La estación era un hormiguero de adolescentes tratando de subir a los colectivos, y el tema era hacerlo todas juntas en el mismo colectivo.
Al llegar al parque teníamos que buscar el lugar donde pasaríamos el resto del día; desplegar manteles, dejar los bolsos y dar una vuelta para ver el panorama; o sea, los chicos.
Claro la caminata y todo el esfuerzo más la hora de viaje había abierto nuestro apetito; almuerzo de rigor, compartir juegos y por ultimo tratar de subir a los colectivos que nos traerían de vuelta felices y cansadas, sin pensar que al día siguiente era día de clase.
Después de un buen baño, recuerdo que solo quería irme a dormir, y a las preguntas de mis padres solo contestaba con monosílabos. ¿Algún problema? No, ¿Todo bien? Sí, ¿Se divirtieron? Sí.
Claro, al otro día en el colegio el tema obligado era el picnic, a quién vimos, a quién conocimos, con quién hablamos y compartimos el día. 
No teníamos noción de ese tiempo vivido; pero quedó en nuestro recuerdo y después de tantos años florece con esa nostalgia de los años compartidos, de los picnics, del Día de la Primavera 

Agosto de 1958

Haydée Sessarego

Fue una tarde de agosto frío, como solían ser siempre los inviernos de nuestra infancia. Me veo sentada en la mesa del comedor diario, leyendo un cuento y al rato diciéndole a mamá, que volvía de una reunión de profesores, “me duele mucho la cabeza”. Hacía unos días me había “curado” de varicela o “viruela boba”, como se la llamaba para diferenciarla de la temible viruela negra que hacía estragos con sus epidemias. Ya en esta época se había inventado la vacuna contra la misma.
Todas las infectocontagiosas, ¡todas! Sí, no me salvé ni de una solita; y en todas y cada una manifestaba mucha fiebre y vómitos, que según los saberes de ese entonces los ocasionaba la “acetona”. En esos años de mi niñez no existía ninguna vacuna que las previniese. Solo otras más graves como la de la polio desde el 56 y algunas más, desde antes.
Pero la varicela caló hondamente en mí, siendo una nena.
Esa tarde, Mamá, como nos jactamos todas las madres, tuvo ese sexto sentido que permite presentir, ver un poco más allá de lo visible. Algo le decía que no se quedara tranquila.
En la siguiente mañana al levantarme al baño, no tenía aún el alta para asistir a clases, digo “papi, estoy muy mareada, parezco una borracha”. Mi papá me dijo que no era más que un mareíto, siguiendo el siempre vigente refrán “en casa de herrero, cuchillo de palo”.
Más tarde me sentía muy decaída. Levanté unas líneas de fiebre, no tenía ganas de salir de la cama. Mamá me trajo el desayuno. Luego de un rato, se puso a jugar conmigo a la escoba de quince. No sé si me di cuenta de que su cara iba mutando hacia la preocupación. Recuerdo, sí, que me comentó “lo tengo que llamar a papi al consultorio de ‘La Fraternal’”. Al rato, llegó papá y me pidió que caminara. Se entendieron con la mirada que denotaba inquietud. Papá hizo un llamado telefónico y luego comenzó a caminar de punta a punta por nuestra casa como lo hizo siempre que la ansiedad le ganaba.
Por la tarde-noche, estando yo dormida, me despertaron porque me quería revisar el doctor Invaldi a quien toda la familia conocía porque era amigo de mi padre y uno, sino el mejor, especialista en infecciosas con reconocimiento internacional. Compartían uno de los lugares en donde ambos ejercían la profesión. El doctor me indicó que caminara, que mirara y tocara diferentes objetos que hoy no recuerdo, que pusiese mis brazos estirados, parada derecha, etcétera.
Se fueron los tres adultos al comedor y, ya de noche, escuché enseguida el llanto de mi padre y las palabras de mi mamá tratando de mantener la calma y el control como lo hizo siempre ante situaciones angustiantes.
Supe inmediatamente que me pasaba algo grave, aunque no comprendía de qué se trataba. Eso sí, me largué a llorar cuando escuché que tenían que ponerme inyecciones.
Para poner humor en este relato, tengo grabado que llorando le dije a mi pobre papá que no quería que él me pusiese las inyecciones, porque no quería que me viese la cola. Papá me miraba muy triste y me decía que ya en otras oportunidades me había tenido que inyectar. No hubo caso, no acepté ningún argumento. Mamá tomó la posta con el aplomo que la caracterizó siempre y dijo “yo me animo”. Así lo hizo aprendiendo, rápidamente, a inyectarme. Ella fue ella mi “enfermera de urgencia” durante creo que cerca de diez días o quizás más.
Mi cabecita de siete años cavilaba ¿será la que “se cura con la bolsita de alcanfor y pintando los árboles y cordones de las veredas con cal, bien blancos”? ¿Esa que vi en Buenos Aires cuando fuimos en vacaciones de invierno, que deja a los chicos en sillas de ruedas o los ponen en ese tubo que me dijeron que se llama pulmotor y que me impresiona mucho?
Supe de mucho más grande que el diagnóstico era “encefalitis”. También me explicó mi padre que fue una reacción alérgica al virus de la varicela y que es una de las posibles complicaciones de la misma.
Mis hermanos se contagiaron como fue y es siempre, a los quince días exactos. Se brotaron mucho más que yo y ni hablar de cómo dolía y picaban esas ampollitas o herpes.
 En esos días yo no caminaba bien, me afectó el equilibrio, el pulso, el habla y veía doble que es lo que notó mamá cuando desayuné y jugué a las barajas. Sé que estaba inflamado el cerebelo, que es donde se ubican varios sentidos.
 De todos modos me re-enojaba cuando querían llevarme alzada al baño porque podía caerme. Lo hacía solita y lo lograba yendo despacio y tomándome de las paredes y puertas. No quería ayudas, ni sentir que despertaba pena en las numerosas visitas de familiares y amiguitos que recibí.
En esos días me hacían todas las comidas que caprichosamente pedía, porque en no tenía dieta especial. Estoy sintiendo el perfume del ajito y perejil para una salsa blanca que era la que aderezaba a unos tallarines caseros. También el aroma a pescado a la marinera, que mamá cocinaba para mí; y varios menús más, a la carta.
Recibí muchos juguetes que me regalaban los allegados. Mi papi marchaba casi diariamente en su auto, a la juguetería “Pecos Bill” situada en la planta baja de la Galería Rosario, aún a riesgo de llevarse la barrera de calle Córdoba y Vera Mujica por delante, como casi sucedió en una oportunidad. Tan grande era su preocupación como papá y como médico.
Un vecino que vivía en el “conventillo” que mencioné en el relato acerca de mi barrio “Jardín”, tocó el timbre una mañana y le dijo a mamá: “Señora esta perrita es un regalo para su nenita que está enferma”. Fue un gesto que me emociona hasta hoy, porque fue muy cálido. Así, llegó a nuestra casa Lily 2, la de color té con leche. Desde ya que pedí que la cachorra, pomerania, peludita como un pompón, estuviese en la cama junto a mí. A mi médico tratante no lo seducía la idea. En esto de darle importancia a los afectos para el proceso de cura en los enfermos, especialmente niños, ha cambiado mucho por suerte en la medicina de hoy.
Mi maestra de segundo grado, la señorita Nenú Andújar, a la que adoré, me mandaba algunas tareas que traté de cumplir cuando mejoré. Viene a mi memoria el calendario de agosto o septiembre, no tengo certeza, con los clásicos cuadraditos de cartulina de colores en donde con goma de pegar se adhería una hoja cuadriculada y recortada con los días del mes al que había que dibujarle y pintarle, con lápices de colores, el sol, la nube o el paragüitas. ¡No se imaginan lo feo y desprolijo que me salió! Era una secuela momentánea, por suerte.
Sé cabalmente que el 17 de agosto le rogué al doctor Invaldi que me dejara levantar a almorzar. Aguante solo un rato y así varios días en los que por la tardecita, me cansaba y me acostaba. La cara de felicidad de papá el primer día que estuve en pie hasta la hora en que todos los chicos nos íbamos a dormir, cerca de las 21 como mucho.
¡Ni hablar de ir al colegio con pantalones largos debajo del guardapolvo por el frío! ¡Noooo, nunca! No acepté contradiciendo las indicaciones médicas.
La escuela, llegado el momento de regresar, fue otro, ¡temazo! Mis compañeritas me preguntaban de qué me había enfermado y yo les trataba de explicar que era algo como la parálisis infantil. Hasta entrada la primavera no me dejaron salir a los recreos en el enorme jardín del Normal número 1, que da a la plaza Sarmiento. Cuando comencé a hacer mis recreos al aire libre, los palos borrachos estaban florecidos como también los ligustros o arbustos redonditos que marcaban el camino de entrada a las puertas principales de la escuela, plantas con florcitas amarillas, y muchos y variados pájaros.
En esa época con mi hermano mayor y mi hermana menor jugábamos campeonatos de escoba de quince. Cuando me enfermé, mi hermano, Charlie, escribió en mi casillero: “Abandonó por enfermedad”. Puso en práctica la crueldad inocente y típica de los niños. Ya crecida y aún hoy, al recordarlo nos da muchísima risa. Innegablemente, la encefalitis marcó duramente mi infancia e incrementaron muchísimo los temores de mis padres ante otra infectocontagiosa que tuve después, a mis quince años, la rubeola.
El 7 de octubre de ese año, 1958, tomé la primera comunión, en el camarín de la virgen del Rosario, en la Iglesia Catedral, solita, esto era sin otros chicos en la misma situación. El vestido, muy bello, me lo hizo mi abuela paterna, María.
Mientras tanto, detrás de la iglesia se escuchaban los tiros que provenían de los enfrentamientos entre los defensores de la enseñanza laica y sus adversarios los” libres”. De más está decir que mis padres defendían la enseñanza laica y los tres hijos concurríamos a nuestras escuelas con la cinta violeta, símbolo de la escuela pública, prendidas en nuestros guardapolvos. En muchas oportunidades ya siendo adulta, pensé qué contradictoria fue esa comunión, en esas particulares circunstancias de nuestra historia.
Muchos años después en 1980 cuando tuvieron varicela mi hija e hijo mayores, estando papá aún vivo, me volvió loca con sus temores. Para tranquilidad de la familia nada fuera de lo común sucedió, ni a ellos, ni a mi hija menor años más tarde, ni a los hijos de mis hermanos; porque, insisto, todavía no se había descubierto la vacuna para la misma, como sí las había, creo rememorar, para todas las demás.
Fue un tiempo bastante duro emocionalmente, ya que me dejó mucha inseguridad fantaseando que podía tener retrasos, pese a que también escuché cuando el médico especialista, ante la pregunta de mi padre al respecto, le respondió algo que me fue explicado siendo más grande y si mal no recuerdo era así: “Sessarego, esta enfermedad no deja secuelas que luego se hagan presentes, retrasa desde un comienzo o mata, no hay medias tintas. La de tu nena ha sido muy suave .No te preocupes que está perfectamente sana”. Así ha de haber sido así, ya que siempre estuve consciente, nunca internada y como se podrá observar sin ninguna rastro.

Este recuerdo surgió en el marco de varios encuentros en los que hemos mencionados esas “pestes” tan comunes en nuestra infancia y a otras propias de tiempo más remotos.

lunes, 10 de octubre de 2016

Carnaval del sesenta y pico

H. B. Carrozzo

Estaba revisando fotos que tenía guardadas en una caja. La vi y empecé a tararear:
“Esta murga se formó
Un día que llovía
Por eso le pusimos
Petiteros y compañía”.
Con este cántico livianito, recuerdo, recorríamos calle Colón, La Paz, Riobamba. Tocábamos timbre en las casas y cantábamos este estribillo y algún otro. Era por el año mil novecientos sesenta y tanto. No me puedo acordar. Teníamos entre 10 y 15 años.
La murga: Carlitos (de dama) Hugo, mi hermano Eduardo, Manolo, Luis, Cacho y yo (ver foto).
Fueron varias semanas de preparativos, ensayos, confección de trajes por nuestros padres. Toda una experiencia nueva para nosotros. Un volver a vivir de ellos, nuestros padres, remontándolos a cuando eran murgueros. No sé de donde salió la letra.
Claro que teníamos la versión “triple X” para adultos.
“Esta murga se formó
Un día que llovía
Por eso le pusimos
La pu.. de tu tía”.
Nuestro beneméritos progenitores solo conocían la versión light y algún que otro versito con doble sentido. O se hacían que no sabían.
Cuando tocábamos timbre y salían a escucharnos empezábamos con el repertorio, algunos de cuyos versos eran:
“Boca dice que contrata
Cuatro jugadores nuevos
Y la hinchada le responde
Déjense de hinchar los hue….
…sos son los que…”.
Y seguíamos así con estribillos un poco subidos de tono para niños de esa edad. Pero seguimos en pos de nuestro objetivo recaudatorio. Se aceptaban caramelos, masitas, tortas y, por supuesto, algún que otro chelín. Impulsados por los mayores del grupo.
Para algún mayor varón teníamos algunos versos que a la orden del mayor de nosotros se cantaban, sino era versión para damas.
“(No me acuerdo esta estrofa)
A la hermana de pirulo
Por andar con 4 machos
La trataron de una pu…
… blicaron en los diarios
Algo que me dejo absorto
Que a una niña de 15 años
Ya le habían hecho el or…..
…dene lo que haga falta”.
Etcétera, etcétera, etcétera,
Epa, epa, epa... las viejas espantadas, nos miraban desaforadas. “Ahí están los guarangos de la calle Colón”, decían.
Entonces, iban a botonear a los viejos. Al tercer reclamo de vecinos, se acabó nuestra experiencia murguera solos. Ahora, íbamos con algún padre que acompañaba y vigilaba. Solos versos livianitos.
Claro que alguno de ellos, a veces se hacía el sordo y reaccionaba después pidiendo perdón a los vecinos y “retándonos”.
Carnaval, murgas, infancia, recuerdos de un pasado que está vivo en mi memoria.

Transgresiones a los mandatos familiares en décadas pasadas

Haydée Sessarego

A finales del siglo XIX, dos jóvenes llegaban a Argentina, desde el antiguo Imperio Ruso.
Ella, Berta Perenstein, oriunda de Rusia y él, León Sinay, nacido en Lituania. Esta pareja tomó la opción de emigrar por dos razones: por un lado, los zares ya habían comenzado a perseguir a la población judía mediante los llamados “progroms”. Por otra parte, los padres de Berta adinerados, dueños de un circo, se oponían al casamiento de ella con León. Para las pretensiones que tenían para su hija, León era pobre.
Berta y León trasgredieron los mandatos de la familia de ella y sin casarse, se escaparon hacia Lituania. Allí, fueron padres de su primogénito: Félix. Pocos años más tarde emigrarían a nuestro país.
Cuando llegaron desde tierras muy heladas, se radicaron en Vera, norte de la provincia de Santa Fe. Allí, el calor se hacía sentir con todo su rigor. León puso una carbonería y con ese negocio pudieron comenzar a planificar, aquí, su futuro que resultó, nada próspero. Su prole aumentó y no se sabe con certeza si antes ya habían contraído matrimonio, o entre algunos de estos “críos” o luego de tener a todos, cinco varones y tres mujeres.
Años más tarde, se trasladaron a Rosario viviendo en el barrio de Empalme Graneros. En el mismo vivieron como caseros de una escuela pública, que subsiste reciclada hasta hoy. Contaba mi suegro que en la escuela donde vivía su abuelo León todos los domingos se juntaba la familia completa con hijos, nietos y vecinos, que siempre eran bienvenidos.
De esos hijos, solo dos acataron el mandato familiar, en este caso, formar pareja con personas de la misma religión. Los otros seis se casaron, con gois, como se les llamaba a los no judíos.
Entre las transgresoras, estaba la nona Angelita, abuela paterna de mi marido, Juan.
Angelita se conoció con Juan Vicente Palombo (abuelo paterno de mi esposo), hijo de italianos, sobre fines de la primera década del siglo XX. Él era un joven muy apuesto que la enamoró a primera vista. Ella no era linda, pero lo que le faltaba en belleza física le sobraba en un eterno buen humor y predisposición para sortear obstáculos y disfrutar de la vida.
Se escaparon juntos sin casarse antes, embaraza ella de una nena que lamentablemente murió a los seis meses. Ninguno de los descendientes recuerda de qué. Sospecho que fue un secreto muy guardado por mi suegro y su hermano menor que fueron muy conservadores, totalmente opuestos a sus padres. Conocí a la nona “Petiza”, como cariñosamente le decían a Angelita, muy bien. Delante de su hijo mayor, mi suegro, en cuya casa vivió hasta que falleció en 1971, nunca tocó ese tema.
Fue una abuela muy adelantada para esos tiempos. Siempre dispuesta, solidaria, plena de cualidades destacables. Mucho de lo que sabemos hoy de esta historia nos fue relatado por mi suegra, su nuera y por ella. De todas maneras, fue acorde a los tiempos de “de eso no se hablaba mucho o nada”.
Angelita persistió en su rebeldía contra una sociedad pacata. Cuando sus dos hijos varones, tenían ocho y seis años, los dejó con dos tías, hermanas de ella y partió a Tucumán como enfermera capacitada de un médico. Según las malas lenguas fue su amante y quizás el gran amor maduro de la nona, de cómo mucho, 40 años. Mi suegro, su hijo mayor, a punto de casarse la intimó del siguiente modo: “Me voy a casar. Te volvés o te olvidás de que tenés dos hijos”. Angelita no tuvo alternativas y a su pesar, dejando a ese hombre que significó mucho en su vida, regresó a Rosario para no perder a sus únicos hijos a los que quiso como se ama a los hijos, hasta su último día de existencia.
En mi familia política, hubo varias de esas transgresiones a mandatos marcados para esos tiempos, pese a ser varios de sus miembros de las posteriores generaciones muy “chapados a la antigua”.
Dentro de la misma familia judía llegada de Rusia, la tía abuela Elisa se casó con su primo hermano, Levi. Tuvieron una única hija con discapacidades intelectuales y físicas, que se atribuían a ese parentesco consanguíneo.
Como síntesis de esta pintura particular de una mitad de la familia de mi esposo, la que descendía de la nona “Petiza”, puedo decir porque tuve la dicha de conocer a casi todos que fueron gente maravillosa, súper abiertos, generosos, familieros. Incluyo entre ellos, al hasta hoy inolvidable tío abuelo Abraham, casado con Rosita, judía como él (ellos no rompieron esos mandatos). Su personalidad era muy parecida a la su hermana, Angelita. Era admirable por su comprensión hacia los jóvenes, siendo compinche pero nunca perdiendo su condición de mayor, que era escuchado con respeto y admiración. Vivía en Buenos Aires en el barrio de Once. Allí, nos alojamos en varias oportunidades Juan y yo siendo novios. Fueron estadías hermosas, porque el matrimonio siempre nos agasajaba con deliciosas comidas y con inmenso cariño. Eran dulces entre ellos, se amaron mucho a tal punto que, al morir Rosita en el 75, Abraham se enfermó y falleció en marzo del 78.
Dentro de la familia de mi suegra, todos descendientes de italianos, los mandatos no se sortearon tan marcadamente. De todos modos Aída, mi suegra, se casó, pese a las “habladurías” del vecindario del barrio de “Pichincha” en donde moraba su familia, con Vicente, mi suegro. El hijo de “la rusa”, como la llamaban despectivamente a la nona Angelita ya viuda antes de sus 30 años. El abuelo Palombo murió de tuberculosis a los 33 años Pensándolo mejor, otro combo de prejuicios para sortear.
Si se me permite la digresión, le digo frecuentemente a mi marido, que en él está representada, por sus rasgos y mezclas étnicas, la feria de las colectividades. En mis hijos y nietitas: ¡ni hablar! Son un gran mosaico de entrecruzamientos valiosos, porque demuestra que no hay barreras cuando los seres humanos las levantan.
 Continúo con la familia de mi suegra. Hubo tías abuelas maternas que fueron casadas con hombres mayores, casi sin mediar palabra ni acercamiento, por disposición de su padre. Las sentaban en el comedor o recibidor de la casa y les decían que ese señor sería su marido.
Creo que el mandato más fuerte fue roto por familiares más lejanos de mi suegra. Después de muchos años les contaron a sus hijos la siguiente historia. Dos hermanas convivían con el esposo de una de ellas. Luego de unos años una tuvo un varón y la otra una nena. Esos primos se criaron juntos. Llegada la adolescencia, se enamoraron y cuando confesaron su amor a sus madres, saltó el secreto mejor guardado. No solo eran primos por parte de madre, sino hermanos porque ambos eran hijos del mismo padre. A esa altura la hermana casada, ya se había separado. ¿El motivo? La hermana soltera fue violada por su cuñado, cuando ella tenía 16 años.
Los enamorados no lo dudaron, persistieron en su decisión y se casaron. Al tiempo tuvieron un hijo absolutamente normal. Lo conocí en una fiesta familiar. Un hombre alto, ya casado en ese momento, que era ingeniero. Supongo, no lo sé con certeza, que también a él, sus padres le habrán contado su origen.
Pasando a algunas” travesuras” de ese tipo en mi familia de origen, mi abuela María, mamá de mi padre, desdeñó a varios “candidatos” que le querían imponer en su hogar paterno y se casó con el amor de su vida, que fue mi abuelo: Juan Constante Sessarego, italiano nacido en el pueblo homónimo, que está colgado de los Alpes arriba de Nervi en la región de la Liguria cuyo centro portuario y comercial es Génova. La familia de mi abuelo tampoco quería a María Angélica Borghi, ya que sus padres eran de origen milanés y dueños de media Villa María, provincia de Córdoba, donde residían ambas familias. Los Borghi consideraban que los Sessarego no pertenecían a su “condición”. La familia de mi abuelo paterno era propietaria de una marmolería que llegó a ser muy importante, tiempo después, en esa ciudad cordobesa. Esa transgresión tuvo su costo. De algún modo, ambos fueron repudiados por sus respectivas familias y se alejaron de ambas, recuperando más tarde a sus hermanos. Hace tres años tuve la dicha de conocer a primos hermanos de mi papá, que son muchos más jóvenes que lo que hoy sería mi padre. Ellos eran a su vez hijos de hermanos mucho menores que mi abuelo. Actualmente, todos sentimos mucha felicidad al estar conectados por nuestros lazos de sangre y de relacionarnos, hoy, con inmenso cariño.
De parte de mi familia materna también hubo ese tipo de desafíos. Mi bisabuela, Catalina Bataglia, “sacó carpiendo”, palabras textuales de mi madre, con su fuerte temperamento a varios hombres mayores que su padre deseaba que fuesen su marido. Entre ellos un hombre de ¡ 50 años!, con ella de solo 14.
Cata se había enamorado de Juan Manuel Mallada, un muy buen músico y muy bohemio. Con él se casó contra viento y marea y tuvieron cuatro hijos, entre ellos a su única hija mujer, Haydée Mallada, mi abuela materna, por la que llevo su nombre.
Entre mis tíos abuelos maternos, Andrés hermano de mi abuela Haydée y tío preferido y amado por mi madre, decidió separarse de su primera mujer con la que había tenido, tres hijos. Se enamoró ya maduro y se casó o convivió con una mujer divorciada sin hijos, de nacionalidad francesa, Jeanette, a la que conoció en el casino de Mar del Plata. Tío Andrés era escribano, pero además era muy jugador, como muchos de la familia Mallada. Con Jeanette fueron muy felices hasta la muerte de Andrés a los creo que 55 años. Lo cuento como algo que no fue usual para las costumbres de las décadas del 40 y 50. Lo que dictaba la “moral y buenas costumbres” de ese entonces era convivir con la legítima mujer y tener la amante afuera de casa.
 Estos son retazos de historias familiares con secretos y mentiras ocultos y no tanto. En esta oportunidad, cuento algunos de los que me relataron en mi familia y la de mi marido.
 En la juventud de nuestros bisabuelos y abuelos, las costumbres dictaban que las parejas casaderas las formaran y arreglaran los padres, sin consentimiento, especialmente de las mujeres, como “matrimonios por conveniencia”. 
Por suerte, hubo siempre quiénes se rebelaron contra las normas de su época para ser felices y seguir lo que sus sentimientos movilizaban. Sospecho que en muchas familias de antaño, hubo circunstancias similares.