lunes, 29 de mayo de 2017

Pedro y Pablo y yo (*)

Hugo Romano

Contame un cuento. Más que un cuento, tiene que ser una historia propia, que hayamos vivido en persona y por qué no la voy a contar.
Mi viejo tenía un almacén, esos de barrio, bien barrio, la famosa “Tablada”, hoy barrio General San Martín. Vendíamos de todo, desde pinturas para uñas, platos de losa, vasijas de aluminio, “aserrín, aserrán”; ah, no eso era una canción; maíz, granza, aceite, creolina y flit sueltos y el famoso kerosene, para las cocinas y estufas. Escaseaba, no sé si no había o lo retenían. Era muy chico para preocuparme por esas cosas, lo que sí, cuando llegaba el mionca, ahí si me preocupaba. ¿Por qué? Sencillamente, porque era el encargado de despacharlo con la medida de cinco litros. ¡Qué lio se armaba cuando me pedían uno o dos litros! El embudo no era el adecuado, se desparramaba un poco si no lo hacía con mucho cuidado y, como de este había poco, porque estaba siempre apurado para ir a jugar con los del rioba. A echar aserrín, que absorba, y luego a barrer. ¿Vieron? Ahora se quejan del gas: que si es caro, que si no tiene suficientes calorías, el precio, etcétera. ¿Y antes?
Me acuerdo también que vendíamos, vieron que hablo en primera persona, porque yo también despachaba, aunque sinceramente, no por mi voluntad, pero había que conseguir, más que conseguir, ganarse el tiempo para poder salir, zapatillas Pampero y Boyero. Ahora, si no son Adidas, Nike, se trauman, ja, ja. Gracias que no andábamos en pata. Teníamos Alpargatas con suela de hilo sisal para jugar a las bochas, etcétera, etcétera. ¿Variada la oferta no?
Eso sí, cuando mi viejo vendía creolina o flit, se lavaba las manos; porque, me decía, “no podemos despachar el azúcar, refinada –que era la que tenía terrones– o molida, harina, fideos, arvejas partidas, queso rallado en el momento, sin lavarnos las manos”. Como se dice, era “todo un señorito inglés”.
Tengo, entre otros recuerdos grabados a fuego, que casi todo se envolvía en papel estraza gris, se hacían los rulos con ambas manos y, luego, se lo hacía girar de las puntas y quedaba cerrado perfectamente. Algunos productos se envolvían en bolsitas, como el kilo de azúcar. La cuestión era de costo, el papel estraza era muy económico.
Me toca en una ocasión atender a una persona mayor, que me pide: “Dame mesu kilo de caraculito”. “No le entiendo, ¿qué desea?”. “Mesu kilo de caraculito, ma no me capisco”. Ya esta segunda vez, lo hace en otro tono. Le pregunto a mi padre: “¿Que dice esta vieja? No entiendo nada”. Él me contesta: “Dale medio kilo de fideos caracolitos”. Y yo digo: “¿Pero no puede ser más clara?”, a lo que él responde: “No, no puede, seguí y no busques problemas”.
En otras ocasiones, me pedían, 200 gramos de azúcar impalpable, 500 gramos de harina, 320 de azúcar molida, etcétera, etcétera. En algunas ocasiones, le decía: “¿No quiere que prenda el horno y le doy la torta hecha?”. Y por respuesta recibía: “Qué querés, en casa no hay balanza”. El tema era que para envolver esas cantidades, me volvía loco cortando los papeles, para no derrochar o quedarme corto.
Hoy todo es envasado, pero…
Pero no todo cambia tanto. Algunas cosas se repiten, posiblemente con otro nombre, pero en su esencia es lo mismo.
Antes también existía el plástico, solo que era de cartulinas sus tapas y de papel en su interior, la famosa: “Libreta de Almacenero”. Una la tenía el cliente y otra quedaba en el negocio. Se anotaba lo que gastabas en ambas y cuando podías pagabas el consumo. En eso sí, hay una diferencia, no existía el cobro de intereses. Cobrabas el 5, pagabas el 5, cobrabas el 15, pagabas el 15. En una oportunidad, que no recuerdo los detalles, si eran los maestros o los jubilados, estuvieron casi tres meses sin cobrar, y a los tres meses venían a pagar. La palabra valía más que la firma.
Quiero recordar algo que creo inédito, pero puede servir para amenizar el relato o para situar en esa época a los que la vivieron.
La cama matrimonial de mi casa era con la base de elástico y el colchón de lana. Cada tanto venía un señor, el colchonero, que lo descosía, lo vaciaba, escardaba la lana, y lo volvía a rellenar y coser. Por lo tanto, lo que quiero expresar era que no tenía el sommier. Pero en casa, para envidia de todos, quiero comunicar, que si lo teníamos.
¿Recuerdan cuando escaseaba el azúcar? Mi padre en ese entonces, por ejemplo recibía tres bolsas, ponía a la venta una y guardaba dos; o recibía cinco, ponía a la venta tres y guardaba dos. ¿Lo que se dice, un acopiador? No, en lo más mínimo. Lo hacía para que a “los clientes” nunca les faltara. Pero mi casa tenía un solo dormitorio, un comedor, cocina, baño y patio. Existía el famoso “Agio” un órgano de “control”, que podía pasar a revisar el negocio. Cuando se ponían en venta las “recibidas”, se formaban largas colas, no exagero, de media cuadra. Una vez fui a llevar un pedido y me revisaron, porque decían que me llevaba la preciada azúcar y, al regreso, no me dejaban entrar porque decían que era un colado. La gran mayoría no eran clientes habituales.
¿Pero qué tiene que ver la cama con el azúcar? Había que esconderla por si revisaban, pero no había lugar dónde guardarla. Por eso mi padre, hizo el primer sommier artesanal, escondía bolsas debajo de la cama. Sobre la misma se emparejaba con sábanas o lo que fuera, se ponía el elástico y sobre el mismo el colchón. Mi madre le decía: “Vos estás loco”. Pero la respuesta era: “A los clientes, no les puede faltar. Es por poco tiempo”.
Por supuesto mi vieja también atendía. Cuando se juntaban muchos clientes, mi viejo abría la puerta del patio y emitía un silbido, esa era la señal de que fuera a colaborar. Aunque a juicio de ser justo, la espera de los clientes no era aburrida, siempre había alguno que empezaba con los cuentos o con los chismes, casi diría que nos copiaron el formato, los actuales programas, como por ejemplo “Infama”, y el tiempo pasaba rápido. No era tan costoso como el actual o no todo se cuantificaba. Más bien, se disfrutaba.
Entre los dos, Arturo y Teresita, tales los nombres de mis padres, se atendía la empresa unipersonal, hoy diríamos, un monotributista más; y, por supuesto, se les hacía más fácil con mi cooperación obligatoria.
Mi vieja tenía un carácter, que mamita. Hoy, estaría presa por maltrato; nada de malas palabras, ante una orden a cumplirla, de los estudios ni hablemos. Había estudiado hasta sexto grado, pero cuando en primer año de la facultad estudié logaritmo, ella ya lo había dado. Tenía que tener cuidado porque ante la primer falla, volaba algún diente de leche. Bueno, no era para tanto.
Tan es así, que todos los años, para San Pedro y San Pablo, en la cuadra que éramos muchísimos, lo celebrábamos con la famosa fogata. Yo no sabía el porqué de la celebración, ni los otros, ni nos importaba. Lo esencialmente importante era que una vez terminada la ceremonia íbamos a cocinar los camotes a las brasas. ¡Que exquisitos! Sería para tanto la exquisitez o eran las peripecias que habíamos hecho para lograr ese fin. No hay dudas de que esta última es la respuesta justa.
Una vez, hicimos la fogata en la esquina de casa, que tenía una parte de tierra. Como siempre, había que juntar días antes las ramas, guardarlas para que no nos la robasen otros grupos y el preparativo, haciendo el muñeco para rellenarlo con sal, sin saber tampoco el significado, contando siempre con la complicidad y ayuda de alguna madre. El día anterior había llovido y se formaron algunos charcos.
Estábamos preocupados porque las ramas podrían estar mojadas y se nos aguara el festejo. Cosa que no ocurrió.
En lo mejor, ya prendido, saltábamos, corríamos alrededor, acomodando las ramas que se iban cayendo a medida que se prendían, meto la pata en un charco y zas, zapatos, medias, pantalón cortito –los largos era una ceremonia que generalmente se cumplía para Papá Noel a los once o doce años– y camisa. Nada se salvó de los recuerdos amarronados que se dibujaban en mi persona.
Pensé quedarme así, pero no daba. Tenía que entrar a limpiarme, pero allí estaba la mami y la decisión tenía que tomarla yo. Pensé: “Me quedo así”. Pero, al mover la vista, ella estaba tiesa observando el espectáculo. Yo parecía los de la hinchada de Camerún, que hicieron famosas las tiras de un mundial; y la mami, Don Fierro, el de la otra tira de los diarios. La decisión se acercaba, vi que no tenía nada que decidir, la tomó otro por mí; y, así, raudamente, digamos, casi sin pisar el piso, fui derechito al baño.
¡Que fracaso! Cuando salí del baño todo limpito y cambiadito, ni siquiera tuve el tupé de preguntar si la celebración de San Pedro y San Pablo había pasado. Con la mirada entendí, y a buen entendedor pocas palabras, que ese día no comía los camotes asados.
¿Que se conmemora el 29 de junio? Es el martirio de Simón Pedro y Pablo de Tarso. Bueno, ese día, tuve mi martirio y me lo quise conmemorar yo mismo.


(*) Escrito en abril 2014, con arreglos en abril de 2017

El heladero

Graciela Cucurella

Con mis amigas del barrio, jugábamos en la vereda como era costumbre en las tardes de verano.
Los juegos eran variados, como ser “El gallito ciego”, “Zapatitos de charol”, “Buenos días, su señoría, mantanteru leru la” o la payana. Este último se jugaba con carozos de damasco y consistía en levantar del piso cinco carozos, de a uno por vez, y sostenerlos en la mano sin que se cayeran.
También hacíamos rondas y cantábamos, como por ejemplo, “Mambrú se fue a la guerra”, “La paloma blanca”, “¿El lobo está?”, “Arroz con leche”, “La farolera”. Además jugábamos a las escondidas y a “La popa mancha”, juegos que aún los niños y niñas juegan.
Entre risas y alegrías, se escuchó a lo lejos el sonido de la cornetita de don Sorbetti… ¡Qué alegría! “¡El heladero!”, gritábamos. Don Sorbetti venía en su jardinera de techo de lona blanca, tirada por un caballo que caminaba muy lento.
Al escuchar la cornetita del heladero, corríamos hasta nuestra casa a pedirle a mamá que nos diera los cinco centavos que costaba el helado, siempre y cuando nos hubiésemos portado bien. De lo contrario, ni lo pedíamos ya que sabíamos la respuesta.
Una vez que teníamos los cinco centavos en la mano, nos acercábamos al carrito haciendo cola, pensando qué gusto íbamos a pedir. No había mucho que pensar, porque eran solo cuatro: limón y frutilla que eran al agua, y chocolate y vainilla. Estos últimos mis eran preferidos.
Don Sorbetti, con mucha paciencia, tomaba en sus manos un aparato (no sé cómo se llama) y colocaba una tableta rectangular de pasta, como son los cucuruchos de ahora; luego, el gusto de helado elegido y arriba ponía otra tableta como si fuese un sándwich. Por último, lo sacaba de ese aparato y nos los daba.
Con mis amigas saboreábamos el helado y en algunas ocasiones también lo compartíamos con las que no habían conseguido la moneda para comprar el helado. Los padres a veces no disponían de dinero.
Otro recuerdo.
A mi padre le gustaba vestirse bien, se compraba la ropa en el “Coloso”, una sastrería de calle San Martín y Rioja. Justo en la esquina, en donde actualmente hay una casa de electrodomésticos. Él solicitaba un crédito y se compraba la ropa que necesitaba.
Todos los meses religiosamente iba al centro a pagar la cuota de dicho negocio, algunas veces llevaba a mi hermana y otras veces a mí.
Cuando me tocaba ir a mí, lo primero que hacíamos era ir a pagar el crédito; luego, pasábamos por la zapatería Tonza a saludar a mi primo Juancito, que trabajaba en ese negocio. Era un sobrino que mi padre quería mucho.
La zapatería estaba frente al cine “Heraldo”, por lo que luego de conversar y enterarse cómo estaba la familia nos despedíamos y nos dirigíamos al cine.
En el cine hacíamos largas colas antes de entrar para ver “Sucesos Argentinos”, noticiero que informaba todo lo que pasaba en nuestro país y alguna noticia del extranjero. Luego los dibujitos, tales como “Tom y Jerry”, “El pájaro loco”, “El Pato Donald”, “Mickey”, “Pluto”, “El Correcaminos” y el infaltable Charles Chaplin.
A Chaplin yo mucho no lo entendía, porque era cine mudo; pero de ver a mi padre reírse con tantas ganas y disfrutarlo, empezó a gustarme también. Ahora, de grande, es mi preferido, y creo que nadie hasta ahora ha podido igualar al gran Chaplin.
Si la visita al centro coincidía con un jueves, íbamos a calle San Martín antes de llegar a Córdoba, a escuchar la banda sinfónica municipal, a las 18 horas aproximadamente.
La banda interpretaba temas populares conocidos y muy lindos. Nos gustaba mucho escucharlos.
Después nos dirigíamos a la granja Royal, a disfrutar la famosa copa Royal. La Copa era tan grande, tan rica.

Atrás quedaron los recuerdos de los helados tableta, que nos preparaba don Sorbetti.

Con la sangre en el ojo

Lidia Cieri

El vidrio de la ventana de la habitación de mis padres era mi conexión con el exterior. En esos días de convalecencia por una enfermedad complicada, hace sesenta años, veía mi barrio con calles de tierra y zanjas que los adultos limpiaban periódicamente.
Era el barrio San Francisquito, que, creo recordar, estaba ya formado a finales de la década del 50 y pegadito a Bella Vista.
Faltaban pocos días para la celebración de San Pedro y San Pablo. Desde mi observatorio veía pasar a José y sus amigos con las ramas secas que apilaban en el terreno baldío de la cuadra. Era el líder de esa barrita infantil. Sus travesuras le valieron más de un coscorrón de su madre. Los demás lo seguían sin discutir. ¡Claro! Tenía dos o tres años más que los otros. ¡Era grande!
Crecía y crecía la cantidad de ramas y la protegían haciendo guardias durante el día. Pero en algún momento, durante la hora del almuerzo o la merienda, quedaba un rato sin vigías. Entonces, ahí aparecía Rolo con los chicos de dos cuadras más allá y sigilosamente llevaban a rastras el montón de ramas a su propio baldío.
¡Madre mía! Nadie se quedaba con la sangre en el ojo. Las ramas iban y venían varias veces y recuerdo que un día yo estaba mirando, cuando los dos capitanes se encontraron y se dieron una histórica paliza entre los cimientos de la nueva casa que se estaba construyendo. Creo que algún adulto paró la cosa y tal vez hayan conquistado un mamporro tranquilizador.

Pero llegó el día de la celebración y las dos piras tenían muchas ramas. No se sabía quién las había recogido. ¡Estaban tan mezcladas! Pero estaban. Y las hogueras iluminaron el barrio al atardecer. Las nenas no teníamos participación activa en la ceremonia. Solo éramos admiradas espectadoras. Abrí un poco la ventana y empecé a sentir el aroma a camote asado. Significaba que ya solo quedaban las brasas y era el final de la fiesta.

El tranvía, el colegio y el profesor

Hugo Romano

Comencé la secundaria, en la Escuela de Comercio “General Manuel Belgrano”, de calle Entre Ríos y La Paz, turno tarde; ya que por la mañana funcionaba la Escuela de Magisterio “Mariano Moreno”, ambas solo de varones.
Para llegar desde mi casa, caminábamos cuatro cuadras hasta la Avenida San Martín y Ayolas. Allí, me subía a alguna de las líneas de tranvía que circulaban, que eran el número siete, el ocho y el dieciocho, que nos dejaban en la puerta. Tomaban por Ayolas hasta Entre Ríos, y por esta hacia el norte. El número siete seguía por Avenida Pellegrini hacia el oeste para ir al parque de la Independencia, al cementerio El Salvador y doblaba por calle Ovidio Lagos para llegar hasta la estación terminal de trenes Rosario Norte.
Las líneas ocho y dieciocho iban el centro, siguiendo calle Entre Ríos al norte. Según su recorrido, el motorman debía cambiar el destino de las vías, para lo cual se bajaba con una varilla de hierro y cambiaba mecánicamente el lugar de las vías. Lo mismo se hacía en esos tiempos, con los trenes cuando hacían maniobras para dejar o recoger un vagón, principalmente cuando eran de carga.
Esos coches se conducían de ambas puntas. Se ponía una llave cerca de los comandos que era la que habilitaba el manejo de esa punta y viceversa. Estos no eran más de tres. Uno para acelerar, el otro para frenar y tenía un tercero que era un freno de mayor poder. Al circular sobre vías de metal y siendo las ruedas del mismo material, la adherencia era escasa, por lo que debía tener mucho cuidado con la velocidad o cuando algún imprudente se ubicaba sobre las vías e interrumpía el recorrido.
Cuando cambiaban de lugar de conducción, los asientos de madera se revertían.
Tenía en ambas puntas una cuerda que hacía que un martillo pegara sobre una campana y así se comunicaba el guarda con el motorman para que parara o siguiera. Una campanada indicaba que parara en la próxima esquina y dos campanadas eran para que arrancara.
Tomábamos siempre el mismo horario y de hecho, salvo por vacaciones o enfermedad, los guardas eran los mismos. Nosotros, con el correspondiente permiso, activábamos la campanilla de parada o de comienzo de marcha.
Generalmente, esperaban que subieran los pasajeros en las distintas esquinas y comenzaba a cobrar el boleto pasadas varias cuadras. El cobro se efectuaba a través de una boletera metálica donde se asomaban los boletos de distintos colores, según el precio atento al recorrido. Tanto el chofer como el guarda iban identificados con trajes de color gris y gorra del mismo color. También cada tanto subía el inspector, igualmente identificado, y pedía a cada pasajero el boleto, verificaba su autenticidad, es decir si correspondía a la serie que previamente le había informado el guarda, y procedía a picarlo con un sacabocado.
Cuando el cobro se atrasaba en demasía y llegábamos a la calle, por ejemplo Rueda o Virasoro, nos largábamos en marcha y llegábamos a la escuela caminando las restantes cinco o seis cuadras. Creo que uno de los guardas lo hacía adrede, aunque esto no lo tengo confirmado, pero siempre empezaba a cobrar pasadas varias cuadras. Otro no, ya que cuando veía que nos habíamos bajado antes, en la próxima oportunidad nos cobraba primero.
Eso nos permitía ahorrar el dinero que luego gastábamos en el quiosco que había en el segundo piso, comiendo un suculento sándwich de jamón y queso o jugando al metegol en la esquina de Corrientes y Viamonte, a la salida o cuando nos hacíamos la chupina.
Este hermoso y recordado medio de transporte fue reemplazado, primero por unos colectivos de color verde, que llegaron a través de un negocio, para ser prudente, de un empresario porteño llamado Armando. La suspensión, horrible, los asientos tapizados más duros que los de madera, duraron lo que dura un suspiro entre las manos. En los años 1962 o 1963 fueron reemplazados por los actuales trolebuses.
Los partidos de futbol de primera se jugaban todos sin excepción, los días domingos. Los escuchábamos en el barrio por radio con el mejor relator, Fioravanti, cuando de otra cancha lo llamaban “Atento, Fioravanti” era para anunciar un gol y si se escuchaba “Atención, Fioravanti” para dar otra información. Si se suspendía por lluvia, se jugaba el lunes o el martes, según si el tiempo lo permitía. Las pelotas eran de cuero y, cuando llovía, se cargaban de agua, cambiaban de peso sustancialmente y, por supuesto, no picaban.
En una ocasión, estando en quinto año, es decir el último, se pasa un partido de Newell’s al día lunes y, estando bien clasificado, era una pena perdérselo. Si la memoria no me falla, más de la mitad de cuarto y quinto año estábamos viendo el partido, por supuesto en el horario de clase. El jefe de Preceptores era el querido señor Ibañez, conocedor de los comportamientos, nos esperaba en la puerta de la escuela cuando regresábamos. No era que íbamos a entrar a clase, sino que pasábamos por la misma para ver las novedades con los que habían asistido, por si nuestros padres nos preguntaban sobre cómo había sido el día. Recuerdo como si fuera hoy, nos decía “la próxima vez, llamo personalmente a cada uno de los padres”, cosa que nunca hacía. Era muy tentador estar a pocas cuadras y no ver los partidos suspendidos, ya que no se cobraba entrada, porque ya se habían vendido para el domingo y al ser el lunes, día laborable, casi no había público y dejaban la puerta abierta. Creo que los medios justificaban el fin, ver gratis un partido de primera.
Las otras chupinas eran para ir al cine “Sol de Mayo”, en Avenida Pellegrini y Corrientes. Era continuado, uno entraba en cualquier hora, por supuesto, después de las dos de la tarde que abría sus puertas, pagando la entrada correspondiente. En la sala había un quiosco que vendía bebidas y sándwiches y también se permitía fumar. No obstante, estas cosas que uno recuerda, eran esporádicas. Disciplina dentro de la escuela había y se hacía respetar.
El jefe de preceptores, al cual me referí antes, cuando había un problema en algún aula, a la hora de salida nos hacía formar y estábamos media hora más parados cumpliendo la penitencia.
Esta escuela pública tenía un gimnasio con piso de madera para jugar al básquet, vóley, etcétera, y una pileta de natación cubierta, calefaccionada.
Recuerdo que teníamos un profesor, al cual todos lo recordamos cuando nos reunimos. El primer día de clase en primer año, entró al aula, escribió en el pizarrón su nombre, Jorge Bessio, y dijo: “Para que sepan quién es su profesor de historia y no estén preguntando cómo se llamaba ese profe”. En quinto año lo tuve como profesor de Derecho Comercial, llevaba un puntero de madera. Caminaba entre los pupitres e iba tocando con el puntero la cabeza de algún alumno. Eso significaba que el que salía sorteado debía seguir con lo que expresaba el anterior; es decir, no había forma de estar desatento. Cuando no sabías, pasabas al frente, te decía “no estudiooooo, saque cola” y nos pegaba con el puntero. No pegaba, solo te tocaba y te ponía el correspondiente cero. Aceptaba una excusa por trimestre, que se la tenía que decir al comienzo de la clase, en ese caso no te preguntaba nada, pero solo una por trimestre. En una ocasión, un alumno le fue a decir que no había podido preparar la clase, se fija en la libreta que llevaba y le dice:
Pero usted ya me pidió hace dos semanas.
Sí, pero es por este caso especial que le comenté- le dice el alumno,
Disculpe, es una sola por trimestre, tiene un cero. Se hubiera callado y a lo mejor yo no le preguntaba nada, pero usted sólo se delató. A confesión de parte, relevo de prueba.
Siempre entraba al aula al minuto de tocar el timbre. En una ocasión estábamos discutiendo sobre el viaje de estudio y uno del curso le pidió permiso para terminar el tema que se trataba, donde se decidía que profe nos acompañaba, diciéndole: “¿Señor, nos da diez minutos para terminar el tema y votar?”, lo cual fue concedido. A los diez minutos estábamos en plena discusión y dijo: “Bueno empezamos la clase del día de hoy”; para lo cual alguien del curso le dice “falta poco profesor, terminamos de discutir y luego votamos, es un rato más”. Su respuesta fue:
“Me pidieron diez minutos y se los concedí, hubieran pedido más o la clase completa y se las hubiera otorgado, pero hay que cumplir con lo acordado. Comienza la clase”. “Profesor, le pedimos por favor que lo que escuchó no lo comente”, a lo cual respondió: “me lo hubiesen pedido al comienzo, y yo optaba por escuchar y comprometerme a no comentar o me hubiese retirado para no escuchar, pero ahora soy libre de actuar como quiera porque no asumí ningún compromiso previo”.
Ese profesor, fue luego vicedirector. Los docentes estaban en la sala de profesores y, al tocar el timbre, iban a sus respectivas aulas. Algunos siempre tenían algo que comentar y llegaban a las aulas cinco o diez minutos después del timbre. Observó esa situación los primeros tres días, al cuarto se paró delante de todos y con vos firme les dijo: “Señores profesores ha sonado el timbre, lo que indica que deben estar entrando en las aulas ahora y lo que tengan que comentar lo hagan fuera del horario de clase”. Todos se miraron; pero entendieron el mensaje. Unas semanas atrás había sido su compañero, pero ahora había cambiado de función y debía hacerla cumplir. Una vez escuché lo siguiente: “Un jefe les dijo a sus subordinados: me despido de ustedes compañeros, he sido nombrado su jefe”.
Hace más de treinta años que nos reunimos los de quinto y no se percibe a ningún compañero estigmatizado por vivir estas experiencias; al contrario, lo recordamos como uno de los mejores profesores.

miércoles, 26 de abril de 2017

La escuela

José Mario Lombardo

Desde muy chico, tuve un amigo que se llamaba “Chito”.
Cuando estaba solo, yo jugaba con “Chito” y siempre era la soledad la que nos unía.
Pero todo cambió cuando cumplí seis años, porque fue entonces que comencé la escuela primaria, llegó mi hermano y el “Chito” se fue en tren a Mendoza y nunca volvió.
Mi hermano vino a remplazar a “Chito”. El “Chito” era mi amigo imaginario.


En la escuela todas las mañanas izábamos la bandera mientras cantábamos “Aurora”. Esa canción desde el principio me inquietó. Al cantarla se generaban palabras que, quizá por el juego de compases musicales, me resultaban extrañas como ser: “azulunala”. ¿Qué significaba? ¿Por qué era una del color del cielo, pero también otra del color del mar? Pero la más rara era aquella del “aureorrostroimita”: ¿Que era “punta de flecha”?. ¿De adonde salía la flecha? ¿Y en “aurora irradial”?: ¿Que era “irradial”?. Nunca me animé a preguntar esas cosas a la maestra. Ahora, pienso que sí, que uno debería preguntar. Pero ocurre que esa hermosa canción, que tenía (y tiene) la duración exacta para finalizar justo cuando la bandera llega al cielo, no necesitaba de mayores explicaciones. Aurora era y es la canción perfecta para izar la bandera.


Una vez, allá por mil novecientos noventa, desde la cooperadora de la Escuela Taller número 34, organizamos un concurso de aeromodelismo para que niños y niñas pudieran ver cómo volaban aquellos aparatos que construían con el maestro. Nos fuimos a un campo que está sobre calle Mendoza casi llegando a Funes, donde ahora están construyendo un barrio cerrado. Llevamos unas gaseosas y golosinas y el maestro de aeromodelismo preparó como cuarenta avioncitos para que los chicos y chicas participaran. Fue todo muy colorido y los padres disfrutaron con sus hijos de una buena jornada. En un momento en que yo estaba sacando unas gaseosas para repartir, pasó a mi lado uno de los chicos a la carrera: había lanzado su avioncito con motor a goma y corría detrás. El avioncito, como si le costase mucho ascender, volaba casi rozando los pastos mientras el chico, corriendo y agitando los brazos, lo alentaba sin parar diciendo “¡volá!, ¡volá!”. Les confieso que me dejó pensando.


Uno de los momentos más traumáticos que viví en la escuela fue cuando comenzamos a escribir con tinta. No era nada fácil. Usábamos distintos tipos de plumas, pero para simplificar, supongamos que escribíamos con “la cucharita”: esa pluma, que parece una gota de líquido pronta a caer, pero invertida, es decir terminando (la pluma) en una punta sumamente finita. La punta tenía una raja central, que era por donde se deslizaba la tinta alojada en lo que vendría a ser el receptáculo de la pluma o sea la parte más gordita de la gota. Como uno no era muy práctico, a veces apretaba mucho la lapicera, la pluma se enganchaba, se quebraba una de las partes de la punta, la pluma no escribía más y el accidente desparramaba una serie de gotitas de tinta por toda la hoja del cuaderno. Para colmo, como no nos convencíamos, insistíamos en cargar la pluma en el tintero, que estaba en un agujerito que tenía el pupitre en el costado derecho, y con la nueva carga terminábamos por configurar en el renglón, una mancha de grandes proporciones que prácticamente borraba del mapa lo que habíamos escrito. Lógicamente, contábamos con secante y goma de borrar tinta, pero como uno aplicaba el secante sobre la mancha y la zona afectada continuaba un tanto húmeda, cuando pretendíamos borrarla con premura para evitar la severa mirada de la señorita, la mancha desaparecía, pero en su lugar quedaba para siempre un grosero agujero que dejaba ver la página siguiente.


La Escuela Taller Nº 34 cumplió cien años en el dos mil trece. Nunca tuvo edificio propio. Siempre alquiló alguna casa en la zona céntrica. En el mes de febrero de 1992 aparecía publicada en el Boletín Oficial, la ley provincial número 10.765 que declaraba “de utilidad pública y sujeto a expropiación, el inmueble ubicado en Calle Paraguay 1230 de la Ciudad de Rosario” , y en su artículo 2º se destinaba el inmueble “al funcionamiento de la Escuela Taller…” etcétera... En el art. 3º autorizaba al Poder Ejecutivo Provincial a “gestionar la compra…” etcétera; pero nada de eso ocurrió, simplemente se continuó renovando el alquiler del inmueble y aquella ley se perdió en el olvido.
En 1993, en el diario “La Capital” publicábamos una nota donde exponíamos el caso y entre otras cosas expresábamos: “En el transcurso de todos estos años la escuela ha dibujado en la historia Rosarina sus logros y también sus carencias. Pequeñas batallas ganadas o quizás perdidas, que no son patrimonio de nadie en particular y si responsabilidad de todos”. No sigo con el relato pues solo he querido, en pocas palabras, utilizar este caso como un ejemplo para comentar la necesidad de defender día a día a nuestra querida escuela pública, contando siempre con el aporte de todos los integrantes de un tejido social que ha aprendido a leer y escribir gracias a ella: la escuela, la institución más noble y necesaria, surgida del seno de nuestra propia sociedad.


El patio de mi escuela primaria estaba dividido. Uno, el que era de las niñas, era el patio de ladrillos de la casona, rodeado por las aulas, que se abrían hacia el patio galería de por medio. El otro, el patio de los niños era de tierra y estaba detrás del salón de cuarto grado, tenía contra el tapial del fondo un viejo árbol con el tronco tan inclinado que siempre parecía estar cayendo. En el patio de las niñas se hacían las ceremonias para las fiestas patrias. Bajo la galería, que tenía techo de chapa y estaba soportada por finas columnas de fundición por donde bajaban los caños de desagüe de lluvia, se armaba el escenario. El escenario era un tablado de más o menos un metro de altura y que tenía una escalerita lateral para subir. En la parte de atrás, contra la pared de las aulas se colocaba la decoración, la escenografía digamos. La función comenzaba con la entrada de banderas, himno, alguna marcha o canción que recordaba la fecha y después del discurso de la directora era el momento de los versos, los bailes, las teatralizaciones. Pasaba Sarmiento, Belgrano, Colón, San Martín, algún aborigen sobreviviente de la Campaña del Desierto y no faltaban aquellos pequeños dramas del que se olvidaba “la letra” y todo se desbarrancaba, porque el otro no sabía cómo continuar o el que estaba recitando el más hermoso poema y se bajaba llorando porque no recordaba el final.
En fin, supongamos que estamos festejando el “Día del Maestro”, que de ellos me faltaba hablar. Me imagino a algún compañero en el escenario. Pero ya mayorcito, con algunos años más, supongamos cuarenta o cincuenta. Aquel que nunca faltaba. El que era el recitador del grado. Me lo imagino diciendo aquellos versos de Gagliardi:
“Vos sos la dulce canción, de aquella edad que se fue, hoy he venido otra vez, para darte la lección…”
Y me vienen a visitar recuerdos de aquellas maestras, del portero, de la directora, de maestros que después terminaron siendo amigos míos, de las frías mañanas, de los esperados recreos, del sonido de la campana. 
De pronto, siento que algo sucede a mis espaldas: me doy vuelta y veo que un chico pasa corriendo detrás de un avioncito emperrado en volar bajito, mientras el pibe agitando los brazos como alas lo incita a seguir el vuelo diciendo “¡volá!, ¡volá!”. 

El fútbol, una pasión

Guillermo Pochettino

Mi pasión por el futbol nació no sé cuándo, pero sí sé que fue muy temprano y potente, por ello recuerdo muchos momentos asociados con el mismo. Nací en un pueblo, Armstrong, aquí en la provincia de Santa Fe. En aquellos años las comunicaciones eran muy distintas a las que hoy conocemos y la radio y los medios gráficos como “La Capital” o “El Gráfico” eran los que se hacían presentes con las noticias políticas, policiales y deportivas. Recuerdo que mis padres estaban preocupados, porque en agosto del año que comencé la escuela primaria aún no leía, pero inmensa fue la sorpresa cuando me encontraron acostado en el piso leyendo de corrido la reseña en el diario de un partido de River del que me había hecho fanático.
Por esa misma fecha, hubo un acontecimiento raro por cuanto jugaron el clásico más clásico, de mañana. Como siempre, me dispuse a escuchar el partido junto a mi padre en una radio a válvula, del tamaño de un televisor de catorce pulgadas; y el vibrante relato era acompañado por una “freidora” que por momentos hacía inaudible el mismo. Perdimos por goleada lo cual con el correr de los años se me hizo una costumbre, pero el tercer gol de los cuatro con que se despacharon, despertó en mí una reacción inesperada. Fue un violento cross al paño que cubría el parlante, como no queriendo escuchar más la tortura a que era sometido, y mi inmediata fuga perseguido por mi viejo quien tan solo se calmó cuando la voz del relator continuó escuchándose.
Que yo me hiciera hincha de River no era una sorpresa en mi pueblo, puesto que la población se dividía mayoritariamente entre millonarios y xeneixes dejando muy poco espacio para algunos despistados de San Lorenzo, Racing o Independiente, todos clubes de Buenos Aires. Lamentablemente ni Central ni Ñuls formaban parte de las preferencias pueblerinas en ese entonces. Creo que esas proporciones variaron en forma considerable en las últimas décadas, favorecidos por sus campeonatos y por la posibilidad de verlos en la televisión.
Al igual que para la mayoría de los niños y jóvenes de la época, el futbol era el deporte que practicábamos, el deporte que primaba casi en exclusiva salvo para algunos que hacían basquetbol. Hice mi primaria concurriendo en el turno tarde, razón por lo cual salía corriendo de la escuela, ubicada frente a mi casa, comía rápido medio pan francés con manteca y alguna chocolatada que mi querida madre me tenía preparada, y me iba disparado hacia el “campito” a tiempo para jugar un muy buen a rato a la pelota. Porque nosotros “jugábamos” a la pelota sin táctica ni estrategia, donde sobresalían los habilidosos pero donde también había lugar para los troncos como el que suscribe.
 El campito o también llamado potrero, el lugar físico en que transcurría nuestra práctica, era cualquier lugar abierto, generalmente de tierra, rara vez cubierto por un pasto duro y escaso. Los arcos se hacían con algunos pulóveres o camisas dispuestas como remedos de palos, y el travesaño… no existía. El tiempo de juego era cuasi infinito y tan solo la oscuridad y el llamado estentóreo de algún padre o madre decidían la finalización del partido. No necesitábamos ni camisetas especiales, mucho menos los coloridos botines de hoy, y no eran pocos los que jugaban en patas. Los árbitros eran el consenso de lo evidente y cuando ello no era posible –la duda si pasó o no por encima de la vestimenta, que decidía si era gol o no– podía dirimirse en algún empujón o alguna trompada, violencia que terminaba cuando concluía el juego, puesto que este seguía al día siguiente en el que el “pan y queso” decidía si estabas en el mismo equipo o no.
Tendría diez años cuando un señor ya mayor del barrio, que no tenía hijos varones, nos propuso a nuestra barrita (seis o siete mocosos que teníamos una diferencia de entre uno o dos años) preparar una verdadera canchita. Si mi memoria no falla, los nombres de los que formábamos tal barrita eran Titín, Ricardo, Poli, Pilo, Carlitos y el Gordo, que era yo, más algún otro que se me ha olvidado. Canchita que tuviera un aspecto más parecido a una cancha regular, marcada sus líneas y erigidas las metas con parantes verticales y el horizontal de madera. Sin dudas éramos la proyección de su deseo paterno masculino… y lo bien que nos hizo. La idea era ocupar un terreno que había sido anteriormente silos subterráneos para almacenamiento de cereales, dejada en abandono por la construcción de unos silos verticales más grandes. La propuesta era tentadora, pero requería de nuestra parte la decisión de realizar un esfuerzo físico al que no estábamos acostumbrados.
El deseo de parecernos a un equipo de club nos decidió y nos comprometimos fieramente a esa tarea. Primera etapa alisar el terreno, bastante irregular y muy pedregoso por su anterior funcionamiento. Pala y rastrillo varios días con la dirección de don Enrique (no recuerdo su apellido), sudor y alegría que se esparcía por esos cincuenta por veinte metros soñando que, algún día, eso se pareciera a una canchita. Limpiar parte de los viejos silos que emergían apenas de la superficie y que serían nuestros vestuarios, constituyó la segunda etapa. Nuestro padrino mandó a hacer los parantes de madera, que en la tercera etapa se constituyeron en los arcos. La cuarta etapa fue el señalamiento de las líneas, ejecutadas con la precisión que nos impuso el tendido del piolín y marcadas esmeradamente.
No recuerdo por qué surgió como nombre del clubsito, que nacía como “el Vesubio”. Alguno de nosotros habría conocido esos días la existencia de un volcán llamado así y lo propuso y, como el objetivo estaba en el juego y no en los nombres, lo habremos adoptado sin más.
Invitamos para la inauguración a otro grupo de chicos de nuestra edad y no me parece que haya sucedido algo memorable en esa circunstancia. Sí puedo suponer que el orgullo que teníamos de haber construido con nuestras manos y nuestro esfuerzo, debe haber sido mayúsculo y haber representado en nuestro interior una enseñanza que en más de una oportunidad nuestra vida posterior aprovechó aun inconscientemente. Aprendimos de una manera concreta, pero ligado a lo lúdico, la importancia del esfuerzo y el compromiso con el otro para arribar al objetivo propuesto. A la distancia, también es posible recuperar hoy el esfuerzo de una gran cantidad de Enriques que se acercan a los pibes y se brindan desinteresadamente para su felicidad.
Después de algunos días en que practicamos nuestro juego en ese predio, los “chicos de atrás de la vía” se hicieron cargo de nuestra canchita. Ellos eran más grandes y dispuestos a la pelea, por lo que al principio lo vivimos con mucha frustración; pero como niños que éramos primó nuestro interés por el juego mismo y adoptamos una solución sino pensada, seguramente inteligente: compartimos el terreno, jugamos y no nos interesó si éramos “los dueños”. ¿Habremos arrugado? Posiblemente, pero que importó si terminamos jugando. 
Mi pasión por el fútbol y River siguen vigentes, pero ya aprendí que no vale la pena pegarle a la radio porque sobre esa pasión juegan intereses que los fanáticos no controlamos. Hoy, disfruto si hay un buen juego y soporto las broncas de mi mujer cuando esa pasión se interpone con una salida y tan solo lamento por un instante no haber logrado que mi hijo fuera un gallina de ley. Es tan solo un instante puesto que, al hacerse canalla, respeté el derecho a sus propias opciones y ello es una victoria en lo siempre difícil (aún en las pequeñas cosas) de aceptar a nuestros hijos como quieran ser.

Secretos

Susana Olivera

Yo tengo vergüenza de decirte esto”, dijo.
La mesa estaba cubierta de telas, de restos de distintos colores, de tijeras, de agujas y alfileres prendidos en almohadillas que parecían erizos, de flores artificiales blancas, de perlas y piedrecillas de colores. Era increíble cómo ese grupo de mujeres de edades parecidas podían saber dónde estaba cada cosa. Era un murmullo continuo, un charlar, opinar, pedir, un ruido de tijeras que se caían o apoyaban violentamente sobre la mesa. Un traqueteo de la máquina de coser. Un preguntar:
¿Qué te parece cómo me quedó la puntilla para el escote del camisón?
Me gustaría más que la cerraras con el abaniquito de siete varetas…
¿No quedará muy grueso?
Probá…
Mirá cómo me quedaron estos pañuelos con el borde de frivolité…
Finísimos… Después, cuando termines, pasame la naveta.

Y no venía el silencio. Seguían los comentarios, las preguntas, el rumor del trabajo en conjunto. Las risas y las bromas.
Corría el mate de mano en mano. La pavita estaba sobre un banco cubierto con una servilleta a cuadros. Se olía a yerba, a telas nuevas, a pan tostado, a torta recién horneada.
Una confidencia antes de la boda. Una confidencia obligada porque había habido problemas con la documentación de Lucrezia, la novia.
No se haga problema, m’hija. Yo le arreglo el asunto en un momento. Para eso estoy en la Policía. Y soy el comisario.
Es mi partida de nacimiento, padre. Sale con errores… Errores en las fechas, en los nombres.
No se haga problema, no se haga problema. Yo se lo arreglo. Mañana mismo se lo arreglo.
Los Saitta eran amigos de mi abuela y habían venido de Sancti Spiritu a preparar el ajuar de novia, de la hija mayor que se casaba en un mes. La abuela y todas mis tías contribuían. Habían hospedado a Carlotta, la madre, y a Lucrezia en una de las habitaciones del patio del fondo. Alessio, el padre, había quedado en casa debido a su trabajo. “Son cosas de mujeres eso del ajuar.”

La abuela con sus sabias manos, ya había cortado el vestido de novia que sería largo, pero muy sencillo. Presentación, su ayudante de siempre, lo hilvanaba. Cada una de las tías, movidas por el afecto, ayudaban a hacer de ese acontecimiento un momento feliz para Lucrezia. Sabían de su triste historia. Historia que la jovencita conoció antes de viajar a Rosario a casa de abuela María. Fue cuando buscó la documentación para casarse. Pero esa situación la sufrió desde que tiene recuerdo.
Yo tengo vergüenza de decirte esto. Yo ya estaba embarazada cuando me casé con Alessio. Por eso, es que no coincide la fecha de nacimiento tuya con la partida de casamiento nuestra. Alessio no es tu padre. Yo ya estaba embarazada. Él se enteró cuando naciste. Tu nacimiento fue prematuro. Así que más evidente todavía. Y él me obligó a confesárselo.
¿Por qué se casó usted mamá, si él no era el padre?– preguntó Lucrezia.
Cosas que ocurrían en esa época, querida. En 1944 una jovencita no podía estar embarazada y ser soltera. Y menos en nuestro pueblo. Mi padre habló con Alessio y arreglaron el casamiento. Alessio, vos lo sabés, es veinte años mayor que yo.
Yo, en el momento de la boda de Lucrezia era también como ella veinteañera. Y también estaba enamorada y próxima a casarme. Compartíamos nuestra juventud y nuestros amores, de manera que las confidencias no tardaron en suceder.
Estábamos felices, llenas de ilusiones porque nos casábamos con quién habíamos elegido. Lucrezia sentía que su momento de libertad y de vivir había llegado.
Me contó que después de conocer la verdad sobre su origen pudo entender muchas cosas. Ella era morena de enormes ojos negros sombreados y tristes y sus hermanos menores, dos varones y dos niñas eran rubios, de ojos claros y piel muy blanca.
Entender, pero no aceptar. Las diferencias en su hogar no eran solo el color de la piel: había diferencias en todo.
Lucrezia no tenía habitación propia como sus hermanos. Ella dormía en un catre que abría en la cocina todas las noches. Carlotta le había explicado mucho tiempo atrás que era para que estuviera más calentita y además, más cerca de las hornallas para preparar el desayuno para todos. Las cosas eran así. También debía aceptar que ella era la encargada de buscar la leche todas las mañanas a un tambo que estaba a un kilómetro de la casa. En las madrugadas de invierno, cuando todavía no había amanecido, el camino estaba cubierto de hielo. Ella nunca tuvo zapatos: calzaba alpargatas de tela con las que se le congelaban los pies. Cuando ya fue mayor y sus hermanas también supo usar los zapatitos que dejaban las niñas.
¿Y su ropa? Nunca tuvo ropa propia: su madre, hábil en la costura, le hacía faldas y camperas con restos de su ropa o la de sus otros hijos.
Pero, ¿vos no hablabas con tu mamá?
 Lucrezia respondió todavía doliéndole el recuerdo: “Sí… varias veces, no muchas. Hablé con mamá. Ella nunca fue clara. Decía que yo era la mayor, que mis hermanos eran más pequeños, que debía ser así. Que yo era una gran ayuda para ella. Y a mí me movía el cariño por ella y por los chicos. Y callaba”.

Sí. Alguna vez preguntó a su madre. Alguna vez pidió. Nunca la escucharon.
Ella guardaba los juguetes de todos, hacía las camas tanto de las nenas como de sus hermanos, limpiaba, ponía la mesa, lavaba los platos. Y no tenía todavía seis años.
Cuando llegó la época de ir a la escuela Carlotta le hizo un guardapolvo usando sábanas viejas, le compró un cuadernito de tapas blandas y juntó lápices de colores que dejaban los más pequeños ya muy gastados. Sus útiles escolares fueron siempre los que dejaban de usar sus hermanos.Tampoco tuvo juguetes. “No le hacen falta”, decía el padre. Y debía ser así. No había dinero para ella.
¿ Y tu papá, Lucrezia? ¿Cómo era tu trato con él?
Debía tratarlo de usted. A mamá también. Cosa que no hacían mis hermanos. Casi no hablábamos. Y si yo hacía algo mal o me peleaba con los chicos, era la castigada. Yo tenía siempre la culpa por ser la mayor. Yo le tenía miedo. Trataba de evitarlo a toda costa. Es que había conocido su cinturón y del lado de la hebilla. Cuando estuve en primer grado tuve que guardar cama por golpes recibidos…
Pero, ¿y tu mamá? ¿No te defendía?
Mamá también le tenía miedo. También había conocido su mano pesada. Y mi padre tenía otra forma de dominarla y era con el dinero. Lo que le daba debía alcanzar para todo. Si no, había problemas.
¿Qué clase de problemas?
Gritos, escenas y mamá llorando en su habitación.
La maltrataba… Le pegaría.
Sí, yo muchas veces fui testigo. Y generalmente me sentía culpable de ese castigo.
Pero, ¿por qué se quedaba? ¿Por qué no se iba con sus hijos?
No tenía dinero y no tenía dónde ir. Mamá solo trabajaba en casa. Y ¡cómo trabajaba! Además hacía la huerta y cosía toda nuestra ropa.

Lucrezia no había terminado la escuela primaria. En el pueblo solo había los primeros grados, hasta cuarto. Los demás debían ser cursados en otro pueblo o en Rosario. Sus hermanos los completaron, también la escuela secundaria. Ella no tuvo la posibilidad.
Tuviste problemas cuando empezaste a salir con Juan Carlos?
Claro que sí. No tenía permiso para recibirlo en casa o salir con él. Mamá muchas veces me ayudó, a pesar de que sabía lo que era no respetar las órdenes de mi padre.
Pero ustedes se arreglarían para encontrarse. ¡El amor vence todo!
Sí. Cansado de la situación Juan Carlos fue a ver a mi padre a la comisaría. Allí lo conoció y le dijo que quería casarse conmigo. Mi padre aceptó enseguida. Era una forma de que yo me fuera de casa. No me importa. Es lo que yo quería, irme y tener mi propia familia…
¿Van a vivir en tu pueblo?
Por poco tiempo. Los padres de Juan Carlos nos prestan una casita cerca de donde ellos viven. Pero Juan Carlos ha pedido traslado a Venado Tuerto. En realidad todo esto es un sueño. Nunca me he sentido tan feliz. No me importa donde vivamos mientras estemos juntos.

Me quedé pensando qué distinta había sido mi vida con padres amantes y esta familia de mujeres –abuela y tías– que me querían mucho. Me sorprendía ver cómo hay personas que pueden llevar su rencor hasta extremos de martirizar a un inocente.
“Lucrezia, vení a probarte tu vestido de novia. Todo el mundo afuera del probador. No se puede ver a la novia con su traje antes de la boda”, llamaba abuela María con su sonrisa fresca y esgrimiendo un montoncito de tela blanca. 
"Yo me quedo, abuela. Así te ayudo a medir", dije.