lunes, 12 de junio de 2017

Recuerdos de mi infancia. Aprender a leer

Ana Ratti

Mi infancia se desarrolló en los alrededores de la conocida plaza Sarmiento. Nací en la maternidad “Santa María”, que en aquel entonces estaba emplazada en las calles 9 de julio y Paraguay. La casa de mis abuelos maternos estaba por la Paraguay, hasta hace un tiempo seguía allí. Cuando pasaba me encontraba con el lugar de mi primera infancia, como referente tan importante, me veía trasladándome en el tiempo, jugando en la vereda con mis amiguitos del barrio: saltando la soga, jugando a la rayuela o andando en bici. La demolieron y con ella los recuerdos quedaron en mi mente, pues al cambiar la fachada por un importante centro comercial, desapareció mi escenario infantil. Concurrí desde jardín hasta quinto año con mis estudios como Maestra Normal Nacional a la escuela Normal número 1 “Dr. Nicolás Avellaneda”, un ícono de la época en educación. Cuando uno es pequeño ve todo más grande y el edificio era para mí imponente y su interior ni decir. Desde los 5 hasta los 18 años, este lugar marcó momentos muy importantes, que por su intensidad, aún sigo recordando. Mi contacto con el aprendizaje de la lectura no tuvo un momento preciso, fue un proceso. Recuerdo los libros “Upa”, “Mañana de sol”, “Ruta gloriosa”. Pasar al frente de la clase para leer era todo un acontecimiento. Debíamos pararnos derechas, tomando el libro con la mano izquierda, para pasar la hoja con la otra y el libro no debía tapar la cara, consignas que luego apliqué en mi práctica docente. Recuerdo una tarea para afianzar la lectura: anotar las faltas de ortografía que veíamos en carteles manuscritos de negocios o carros, para luego comentarlas en clase. Los libros, a medida que fui creciendo, fueron mis mejores amigos. Siendo hija única, no jugaba demasiado en la casa, y mi actividad estaba relacionada con el estudio. A mi padre le gustaba mucho leer y escribir, y todavía conservo sus últimos escritos reflexivos y profundos. Los libros que recuerdo que me acompañaron, ya mayor, fueron: “Azabache”, “Mujercitas”, “Polyana”, “Mi pequeño lord” y las poesías de Gustavo Adolfo Becker. En un altillo que había en mi casa, muchos libros de páginas amarillas, que eran motivo de mi curiosidad. Siempre había libros en casa, viejos, nuevos, grandes, pequeños. Para mí eran muy importantes y los consideraba mis amigos. Concurría a la biblioteca “Eudoro Díaz”, que también estaba cerca de casa. Pero lo que más me apasionó en esta etapa de mi vida, los años 60, fue el cine. Los domingos íbamos con mis padres a “El Nilo”, caminando, pues quedaba cerca de mi casa. Tres películas proyectaban y además el noticiero “Sucesos Argentinos”. Yo levantaba la butaca para ver mejor, ya que la altura nunca fue mi fuerte; y la lectura de los subtítulos era todo un desafío y allí practicaba el gusto por ella. Mis abuelos me llevaban al cine “Rosemary”, donde pasaban películas españolas, porque mi abuelo era andaluz. Así, mi infancia transitaba por la misma zona: escuela, biblioteca, cines, plaza, cuya fuente tenía construido en el borde cuatro patos a los cuales subirse e imaginar nadar con ellos era toda una hazaña. Con el tiempo los sacaron de la fuente y en la actualidad ya no tiene el mismo aspecto. ¡Ah! No puedo dejar de mencionar una churrería a una cuadra del cine, que era visita obligada después de la función. El gusto por el cine me sigue acompañando más que los libros y se transformó en un gran compañero en esta etapa de mi vida. En la actualidad observo a mi nieta mayor con un gusto especial por los libros y la lectura. Posiblemente, se esté despertando la inclinación familiar. 

Historia joven

Susana Olivera

Tum tum tum. Golpes con el puño cerrado en la puerta del consultorio del doctor Ferretti, un traumatólogo.
—Es mi turno, doctor. No el de esa señora.
¿Cómo es su nombre?
Juan Castagna.
No, todavía no le toca. Ya lo voy a llamar.

El Sanatorio Plaza atiende afiliados a Pami. Yo estaba esperando mi turno en medio de una multitud de silenciosos pacientes en un día de calor agobiante. La “refrigeración” de la sala de espera consistía en un ventilador de techo que apenas movía sus aspas; es decir, no daba nada de viento. Juan –el único verborrágico– estaba indignado.
¿Usted que turno tiene?- me preguntó casi a los gritos.
El tres- le respondí.
No puede ser. Yo tenía el dos y entró una señora, usted no tiene el tres.
Puedo estar equivocada-dije. Es que lo pedí por teléfono. Puedo haber escuchado mal.

Intervinieron otros pacientes quejándose sobre la atención telefónica de “Turnos”.
Ah, señora, tuvo suerte. Yo estuve más de media hora para lograr llegar a “Turnos”… “Para Radiología marque 1… para Ecografías marque 2… para Cardiología marque 3” y un montón de especialidades más. Cuando terminó dijo que “aguarde y será atendido por una operadora.” Pero no me atendieron nunca. Volvieron a repetir toda la historia… Para Radiología marque 1… Para Ecografías...
A mí me pasó lo mismo. Estuve más de una hora prendida al teléfono con lo que cuestan las llamadas…
Yo vine personalmente –volvió a participar Juan–, me molesté en venir personalmente y me dijeron que mi turno era el “dos” y entró otra persona… Si usted tiene el tres, quiere decir que a mí no me llama, la llama a usted. No soy el próximo.
Mire, me puedo equivocar- dije.
Ah, no, yo le pregunto…

Tum tum tum- golpea con increíble fuerza.
¿Señor?
Yo tengo el turno dos y entró una mujer. Me tocaba a mí.
No, mire. Ya le dije que no estaba usted. Voy a poner la planilla en la puerta para que puedan saber cuándo les toca…
El médico “pacientemente” pega la hoja con cinta transparente en la puerta de su consultorio.
¡No! No puede ser. ¡Me toca el doce!
A lo mejor escuchó mal- le dije. Es fácil confundirse.
No señora. Yo escuché perfectamente. Es que son todos unos sinvergüenzas. Seguro que me cambiaron el turno. Ah no. Yo me voy a Administración a quejarme.

El hombre se dirigió al ascensor y, mientras esperaba, explicaba a quién lo quería escuchar lo que le había ocurrido.
Llegó mi turno, debí hacerme un estudio en el consultorio de al lado por lo que me quedé en el lugar.
Pasó más de una hora; le tocó el turno a Juan; el médico lo llamó e insistió varias veces; porque ya lo había visto. Juan Castagna había desaparecido…

No lo vi llegar, pero escuché su charla. Algún comedido le explicó que ya lo habían llamado…
¿Cómo tardó tanto?- le preguntaron.
Ah, ¿tardé mucho? Es que estaba fresquito en la Administración. Me quedé un rato. Había asientos desocupados. Tienen aire acondicionado esos sinvergüenzas. A nosotros que nos parta un rayo. Ellos son nuestros empleados. Nosotros le pagamos el sueldo. Así que me quedé un rato. Que el médico me atienda ahora.
Tum tum tum- golpea otra vez
¡Señor Castagna!- dijo el médico. Ya lo llamé y usted no estaba. Va a tener que esperar hasta que atienda al último paciente…
Pero… pero, ¿usted sabe quién soy yo?
¿Cómo no? Es el señor Castagna. Espere. Espere su turno.
El médico cerró la puerta y Juan se quedó indignado hablando con todos y a los gritos…

Es una historia de hoy mismo. Es una historia actual de lo que suele pasar con los adultos mayores y con los médicos que los atienden. Es una historia “joven”. Nada que ver Borges en este caso y sus “grietas del obstinado olvido”.
Así es. Esta es una historia joven. Recuerdo cuando yo tenía cinco o seis años que venía el médico a casa, el doctor Celoria y atendía a todos, a nosotros, los chicos y recetaba tónicos, vahos, gárgaras, reposo, una enemita, agua mineral y té negro. Y de paso también algún Geniol para los dolores de huesos de mamá.

Era el médico de la familia. 

Otras costumbres I

Ana María Miquel

Por momentos, el tren se deslizaba pesaroso rodeando una colina o subiendo otra. Mientras, saboreaba un café con leche en un vaso de vidrio dentro de un sujetador de metal para no quemarse las manos y que la infusión se mantuviera caliente. Tenía en realce la figura de un tren y algunas fechas. En ese camarote de primera revestido en madera y con tapizado en cuero rojo, me sentía en otro mundo, en otra cultura. Y, por supuesto, protagonista de alguna película de la Segunda Guerra y pensando que en cualquier momento subirían los alemanes.
Nada de eso ocurriría. Estábamos en los comienzos de la primavera en el hemisferio norte en el 2017, avanzando sobre las colinas de Ucrania para llegar a la ciudad de Ternopil.
Cuando mi hijo me dijo: “Traé abrigo que iremos a un lugar distinto”. Nunca me imaginé que realizaríamos semejante viaje: turismo aventura.
La propuesta era llegar nosotros dos al pueblo de donde había partido la abuela Eugenia para arribar a Argentina allá por el 38. El lugar donde ella nació pertenecía a Polonia; pero después de la guerra pasó a ser territorio ucraniano y quedó tras el muro de Berlín. En consecuencia, nuestro itinerario sería: Moscú, Polonia y Ucrania.
Además de Guillermo y yo, viajaba con nosotros Anastasia. Una amiga ucraniana de mi hijo. Ya que donde íbamos nadie hablaba inglés. Entre Guillermo y Anastasia habían organizado el viaje y también se habían comunicado con la familia que quedaba allá de la abuela Eugenia. La dueña de casa junto a sus dos hermanas, son primas hermanas de mi marido.
La cuestión que habiendo llegado a la estación de trenes de Ternopil, nos tomamos un taxi para llegar a la casa o granja donde vivían los familiares que buscábamos. Después de media hora de marcha y habiéndose comunicado por celulares con la familia, el chofer llegó al lugar indicado ya que estaban esperándonos en la puerta.
Seguimos remontando colinas y sobre una de ellas había una casa rodeada de campo y gente en la puerta. Cuando bajamos del coche, nos sentimos rodeados y abrazados con todo cariño por un grupo de personas tan sonrientes y contentos, como si nos conocieran de toda la vida. La voz cantante de la casa, Vera, me dio tres besos junto a un abrazo de oso y puso en mis manos un ramo de rosas rojas y otras flores blancas.
Nos hicieron pasar a la casa que daba la impresión de ser dos construcciones, una vieja y otra más nueva. Por supuesto nos llevaron a la nueva. Para entrar subimos unos cinco o seis escalones y entramos a un porche con una ancha arcada, otra puerta cerrada de doble hoja y una gran alfombra. A medida que iban entrando vimos cómo se quedaron mirando nuestros pies. Ya habían abierto la puerta de doble hoja y estaban entrando a la casa. Anastasia nos dio la indicación de que debíamos sacarnos los zapatos y entrar descalzos. Pensé: “Aquí me enfermo”. Pero enseguida nos alcanzaron una bolsa muy bonita con chinelas nuevas.
Atravesamos dos o tres grandes puertas, hasta llegar a una tercera que abrió Vera y como por arte de magia apareció la mesa más colorida y más provista de manjares que me pudiera imaginar. También con flores en el centro. Los platos estaban distribuidos según los colores: pescados enteros (con cabeza y cola) en un tono amarronado, fuentes con fiambres ahumados, otras con rodajas de pan con distintas coberturas como si fueran canapés. Distintos tipos de encurtidos y ensaladas. Platos con pimientos rojos cortados en tiras, apio, ciboulette verde intenso. Otros con naranjas, manzanas y bananas también peladas y cortadas. Paneras con distintos tipos de pan. Buñuelos que parecían de acelga, pero que eran de hígado. Gelatina hecha de conejo y cerdo. Trozos de carnes fritas.
Frente a cada comensal había lo que sería un platito de postre y arriba de él un vasito de vidrio grueso con un tenedor envuelto en una servilleta de papel. No debo olvidarme de las bandejas con chocolates sobre el aparador.
En un costado de la mesa, una de las cosas más importantes las bebidas: champaña, vino tinto hecho en la casa, una gaseosa y el infaltable: vodka.
                         (esta historia continúa)

jueves, 8 de junio de 2017

El Negro, junto a Violeta, saltando de nube en nube

Fabiana Migoni

Él era tremendo, pero tan brillante y creativo, con esa imaginación especial que no solo movilizaba su propia fantasía, si no que lograba que la sintiéramos todos y voláramos en cada juego. Su nombre era Adrián para mí el “Negro”, mi primo; y junto a Sandra, la “sobrehuesos”, como la apodábamos, flaca y huesuda por donde se viera, también prima de ambos, conseguían hacer mis tardes infantiles más divertidas, apasionadas y vibrantes. Lo de negro era por ser el más oscurito de los tres, haciendo honor a los potentes rasgos heredados de nuestros ancestros árabes.
Yo era la más pequeña y, por supuesto, ellos dos, picarones y traviesos, aprovechaban la ventaja de ser mayores y en ocasiones ejercían un poco de poder sobre mí. Igual, aunque por momentos me enojara, todo era bello junto a ellos, siempre había desafíos, alegría y recreos.
El Negro siempre con “Violeta”, su rana imaginaria, a cuestas. Mantenía largos diálogos y le hacía hacer piruetas, y nosotras dos fascinadas por esa relación fantástica la veíamos tan real y tangible, que formaba parte de cada tarde de diversión. Rayuela, competencias de bolitas, el rin raje, poli ladrón, adivinanzas matemáticas, recorridas por alguna huerta vecina para sacar a escondidas algunas naranjas y hacernos una panzada, formaban parte de algunos de nuestros entretenimientos y cuando nos relajábamos escuchábamos atentas los fabulosos relatos de él, seducidas por el escenario novelesco que plantaba en cada cuento y hacía que lo irreal se vuelva verdadero.
En verano no faltábamos al club “El Luchador”. Ellos dos eran eximios nadadores; yo, solo una más del montón; pero a mí eso no me importaba. En las competencias siempre salían primeros y él siempre se destacaba en todo lo que hacía, sobre todo cuando jugaba ajedrez, avezado en cuan juego de mesa o estrategias se presentara y su debilidad: la investigación de las armas, el tiro: su deporte favorito.
Yo no tenía hermanos ni los tuve; pero ellos cubrían con excelencia ese faltante en mi vida. Siempre estaba adherida a ambos como mosca sobre la miel, nada impedía estar pegoteados, ni siquiera la hepatitis que contrajeron cuando tenían once años. Durante cuarenta días estuve visitándolos y compartiendo lecturas de historietas o mirando dibujitos bien ligada a cada cama. Se ve que el amor funcionó de coraza protectora y jamás me contagié.
Fuimos creciendo y en la adolescencia compartíamos menos tiempo juntos por las obligaciones escolares, con Sandra me veía a diario porque asistíamos al mismo colegio. El Negro se había ido al “Superior de comercio” y solo lo visitábamos dos o tres veces a la semana, cuando íbamos a merendar a su casa para tomar ese exquisito café con buñuelos y tostadas o algún sábado o domingo a mediodía para comer “las torrejas de nada”, que nuestra tía Irma preparaba y les daba ese nombre. Ella era su mamá.
Era una época brava para todos los que estudiábamos, época del “Proceso”. Pensar diferente era sinónimo de ser revolucionario o subversivo y allá por mediados del 76, si mal no recuerdo, “lo chuparon”, como decíamos, a él y a muchos más. Solo tenía 17 años. En esa redada muchos perdieron la vida, los ejecutaron por solo tener otras ideas o por luchar por el medio boleto estudiantil. A él no le quitaron la vida, le robaron el alma; pero jamás pudieron despojarlo de sus ideales ni arrebatarle esa enciclopedia ilustrada que tenía en su cabeza, siguió siendo un iluminado.
Pasó tres años en la cárcel de Coronda, la causa de detención: ninguna; así es, y no se sorprendan “detenido sin causa alguna”, casi todos los presos políticos estaban arrestados bajo esa condición.
Además de extrañarlo y no poder verlo con frecuencia, muchos de sus parientes cercanos fueron visitados de forma violenta y despótica por grupos militares requisando las propiedades para lograr obtener material subversivo o algo que lo comprometiera de alguna forma. Solo mi casa se salvó de semejante abuso de autoridad.
El Negro se salvó de la muerte; pero quedo marcado para toda la vida, que no fue tan larga porque hoy no está más entre nosotros. Buscó otro calabozo, uno en donde pudiera aplicar todas sus genialidades con libertad: su casa. Igual, tuvo dos enemigos que le quitaron la vida: la comida y el sedentarismo.
Ya no nos veíamos tanto, lo visitábamos esporádicamente, él no se movía de su morada y en cada encuentro con mates amargos bien calientes y medialunas de por medio seguíamos escuchando deslumbradas sus exposiciones magnificas, como cuando éramos pequeñas. Reíamos recordando viejas anécdotas o travesuras, él y yo habíamos perdido nuestros padres y siempre me decía que ahora no nos juntábamos como primos sino como huerfanitos. Era en vano retarlo para que cuidara su salud, ya que siempre evadía nuestro discurso llevando la conversación para donde quería.
Se encerró en su jaula de ciencias, tecnología, escritos sobre armas para una revista española que lo tenía contratado como investigador; solo la instrucción en el tiro lograba que rompiera los barrotes de esta celda de cristal dos veces a la semana para enseñar en el club en donde tenía una escuela de ese deporte, el Tiro Federal de Rosario. No lo conocían por el Negro, le decían como a él le gustaba que lo llamara Adrián “Tomate” De Rosa. 
El Negro, Tomatito De Rosa, sigue vivo en el corazón y el pensamiento de muchos que lo amaban, para mí no ha muerto, solo está de paseo junto a Violeta saltando de nube en nube.

La bicicleta

Hugo Romano

Dicen que para los regalos hay que esperar el cumpleaños, el Papá Noel y los Reyes Magos.
¡Qué macana los que nacieron el 24 de diciembre o el 6 de enero! De partida, ya se perdieron un tercio de sus posibilidades.
Otra cosa, ¿saben por qué se le llama Papá Noel? Muy simple, porque los regalos te los hace Papá y no él.
Las mamás no se sientan discriminadas, porque yo no fui el de la creación de Papá Noel ni de los Reyes Magos, todos, hombrecitos. Se ve que la discriminación viene de tiempos inmemoriales.
Resulta que en mi casa solo se festejaban los Reyes Magos. Le poníamos pastito y agua para los camellos, y los zapatitos ordenados para que ellos decidieran a cuál se le ponía cada regalo.
Recuerdo que una vez me regalaron un juego de palas y rastrillos; y, por la escalera del patio que iba a la terraza, desparramaron restos de pasto y charcos de aguas.
También recuerdo que un 5 de enero vino a cenar una pareja de amigos de mis padres y me decían: “Andá a dormir que mañana llegan los reyes y si estás despierto, no vienen”. Pero yo los quería ver en persona y aguanté hasta muy tarde. Me acostaron, pero seguía despierto mirando hacia la claraboya de la puerta. Esas puertas altísimas, con claraboyas, que se abrían en verano para que entrara un poco de aire fresco de la noche y se cerraban en invierno para que no pasara lo mismo. Veía que era la única abertura por donde podrían entrar y así me quede dormido.
Siempre me gustó la bicicleta. Cuando era muy chico tenía una con ruedas macizas de color rojo; pero cuando fui creciendo quería una grande.
Al negocio de mis padres acudían, por supuesto, clientes y a uno le decían “El Caña” por lo delgado. Llegaba siempre en bicicleta. Yo, en una oportunidad sin pedírsela, la tomé “prestada”. Él no me había visto. Ponía una pierna dentro del cuadro, porque a los asientos no llegaba y, así, andaba toda la vuelta manzana.
Sale del almacén y la bici no estaba. La cara se le desdibujó y en voz alta dice: “Arturo (mi padre) me robaron la bici”. Todos en la puerta preguntando si vieron algo, nadie había visto nada y allí aparezco yo doblando la esquina muy tranquilo.
Ay Chunguito, me la hubieses pedido.
Pero si siempre me la prestás.
Sí, pero avísame, casi me da un infarto.
Entre el infarto y el placer de andar en una bici rodado 28, volvería sin dudas a elegir esta última oportunidad.
Casi todos tenían bici rodado 28 en la cuadra, pero yo no. Las pedía o las usurpaba y era como tocar el cielo con las manos.
Frente a casa vivía Pedro, un señor que fabricaba marcos de madera para enmarcar cuadros. También pintaba. Vendía al por mayor. Para hacer las entregas envolvían los listones con los distintos dibujos y en la parte donde se ataban se protegían, para no dañarlos, con cartón. El proveedor de los cartones era mi padre, supongo que entre otros, y el producido económico, era para mí, junto con la venta de corchos, que sacaba de las botellas vacías que los traían, y del plomo, con el que se protegía a los corchos de las bebidas más caras.
Llegan los Reyes Magos. Había terminado la primaria y el pedido era la famosa bici rodado 28.
Me levanto ese día 6 de enero con la seguridad de que me la habían traído; pero los zapatos solo tenían regalos sin importancia. Mi cara reflejaba exactamente lo que sentía, una frustración de aquellas.
Me llama mi padre y me dice: “Andá a llevarle a Pedro estas cajas que las están esperando”.
No, no voy, lleváselas vos. Le contesto.
Andá y no te lo repito.
Por supuesto, no quedaba otra. Crucé con las cajas que algo pesaban; pero mi peso mayor, era el de la frustración.
Al llegar, me abre la puerta Antonia, la esposa de Pedro, que estaba en el taller trabajando, y me dice: “Dejalas a un costado en el garaje”. Luego me dice: “Chungui, decime una cosa, apareció aquí este zapato y no es de ninguno de nosotros, ¿por casualidad no es tuyo?”
Sí- contesto sorprendido.
Ah, mirá, el otro par estaba…
Hace una pausa y agrega: “Vení, pasá al comedor”. Y allí estaba el otro par sobre el asiento de una rodado 28, verde, la más hermosa que jamás haya visto, envuelta con papel celofán.
El rodado 28 significaba que los papis aceptaban, supongo con cierta nostalgia, que el nene quedaba atrás y empezaban a convivir con un incipiente adolescente.
Cuando uno está muy contento, se dice que parecés un perro con dos colas, pues yo tenía muchas más. No lo podía creer, la tomé y salí a la calle andando, como podía, y allí, en la puerta, estaban mis dos progenitores observando el acontecimiento. 
Mi felicidad era enorme. Crucé la calle raudamente, para abrazarlos a Melchor y a Baltazar, el tercero, Gaspar, creo que estaba escondido, fotografiándome.

Vuelvo a mis ancestros

María Teresa Vallet

Desde una tierra que se extiende al norte y al sur de los Pirineos occidentales, entre los ríos Adour y Ebro, llamada Euskal Herria, donde vive desde hace 7.000 años, el pueblo vasco, hablando su idioma originario, el euskera, miles de vascos emigraron a lo largo del siglo XIX y primera mitad del siglo xx hacia América y en primer lugar, en cuanto a número a nuestra patria, Argentina.
A lo largo de los siglos, el pueblo vasco ha desarrollado su vida, basándose en cuatro pilares fundamentales: el amor a la tierra (lu), a la casa (etxe), a la familia (sendi) y al apellido (abizen). Los vascos llevaron esos valores ético-morales allí, donde emigraron: por ende, también a la Argentina.
El emigrado vasco muy pronto se gana el respeto y el aprecio del argentino, del criollo. Escribe Vicente de Amézaga: “El prestigio de lo vasco en Argentina se lo ganaron aquellas vascas y aquellos vascos que llegaron a las playas argentinas, sin más armas en sus manos que el trabajo”.
Infatigables, alegres, alrededor de una mesa bien servida, leales en la amistad, dueños de una palabra que los definió y que nos honra: “Palabra de vasco”. (Mikel Ezquerro)
Muchas veces quise expresar mis sentimientos cuando en mi casa se hablaba de la familia vasca. Me costaba decir cuáles eran mis sentimientos; pues si bien era yo descendiente de tercera generación, en la familia casi los mayores vascos habían desaparecido y, por tanto, los lazos con los ancestros eran sólo de tradición oral. Pensaba en ellos, porque tenía la esperanza de alguna vez encontrar y hablar con los que quedaron en Euskalerría o sus descendientes y mi sentimiento valiente aumentaba mis deseos y me hacía feliz.
En mi ser, se producían básicamente dos elementos: ideas y sentimientos. Ambos están íntimamente relacionados y son inseparables. Las ideas tienen un componente más racional y los sentimientos tienen una dimensión emotiva. En cualquiera de los dos casos, un sentimiento es una vivencia afectiva, que produce en mí un estado positivo y de entusiasmo.
Muchas veces las emociones se transforman en sentimientos, son similares a la emoción. Si bien es breve, a veces el sentimiento es más duradero.
Y hablándome para mis adentros me pregunté: “¿Cuáles serían mis emociones si los encontraba?”.
Esas emociones hicieron que en mí hubiera gran capacidad de sentir y preocuparme y, solo con pensar, esas inquietudes hacen que la vida valga la pena vivirla y me ponga en marcha.
Con Ana, una amiga de Luján, más vasca que yo, compartí lo que me ocurría y sus palabras fueron: “¡Vamos a buscar tu pasado!”.
 Esas palabras me permitieron iniciar la aventura sintiéndome muy feliz.
Por medio de una página de la colectividad, avisé que viajaría a Euskalerría en setiembre de ese año, 2012, y puse el siguiente mensaje: “Si en algún lugar de ese país hay alguien con relación a mis apellidos: Ansalas-Sansinena (en Etxalar o su zona); Aguirrebalzategui-Ygartua (en Oñati o sus alrededores) y piensan que podemos tener nexos entre nosotros y quieren encontrarme y conversar conmigo, puse el siguiente texto resaltado: “¡Queridos familiares o amigos!, voy a estar alojada” en los siguientes hoteles y ciudades, cuyos teléfonos coloqué para contactarme.
Con Ana salimos de Bueno Aires muy ilusionadas y en San Sebastián, el primer lugar que tocamos, recibí en el hotel un llamado de una señora, que tenía mis apellidos primeros y me dijo: “Esta noche cerca de los 20 espérame en el hall del hotel porque deseo verte y conocerte”.
Las palabras no me salían por la emoción, mi garganta parecía que había endurecido y con gran alegría le dije que la esperaría.
Entró con su esposo en el hall. Su porte y sus facciones me eran familiares. Los abrazos y los besos hicieron que fueran los que mi abuela y mi madre les hubiera agradado darles. Charlamos animadamente sobre la aventura que había iniciado, y con el esposo y mi amiga, especialista en genealogía, cotejamos ambos árboles y vimos que teníamos conexión en la cuarta generación.
Mi alegría y mi emoción movieron mi corazón, las lágrimas borraban mis dudas y todo mi ser andaba en un ligero y alegre movimiento. Esto me permitía navegar en el pasado que escuchaba en mi casa.
Le dije a mi amiga Ana: “¡Son mis ancestros quienes están experimentando estos sentimientos, estén donde estén!”.
Había vuelto al País Vasco. Era un sentimiento positivo que hacía que pudiera saber quiénes vivían en el pueblo de mi bisabuelo.
Fuimos a cenar a un restaurante en el Peine del Viento y, desde ahí, María José –mi parienta– se puso en contacto con los familiares avisándoles de mi llegada y el día en el que estaría por el pueblo.
Viajar a Etxalar era como ir en una nube. Llegamos a ese pequeño pueblo de la Merindad de Pamplona, junto a los Pirineos. Estaba Salvador, el otro familiar, esperándonos en la plaza. Volvía a vivir las emociones y el corazón a marchar en forma forzada. Nos presentó otro familiar, Juantxo, y juntos todos recorrimos el pequeño poblado, la casa donde nació mi bisabuelo que está restaurada y habitada por la hija de uno de ellos.
Como visitante fui a saludar al cura, quien nos mostró muy afablemente la capilla. Luego, me llegué hasta el cementerio y lo visité. Cada tumba tenía en su placa alguno de nuestros apellidos y lo que más abundan son las estelas, los antiguos monumentos funerarios usualmente monolítico con inscripciones, en forma de lápida, que se erigen sobre el suelo.
Nos agasajaron con una bebida y enseguida debimos regresar; pues el pueblo no tiene ningún tipo de conexión y se debe llegar en forma particular. Nos despedimos, pero nuestros rostros estaban bañados de lágrimas, pues pensaba yo si alguna vez volvería; y llevaba en mis pupilas los colores de los árboles, de las flores de los jardines, la caída cantarina del Río, que cruza el pueblo, las características viviendas y las facciones y el cariño de mis familiares.
Seguimos viaje por el resto del País Vasco sin poder llegar a la ciudad donde mi bisabuela había nacido. Me dije: “No importa, pronto volveré y con más tiempo”.
Ese regreso aparte de mis ancestros hizo que viviera emocionada hasta el día de hoy. Estamos en comunicación y si mi accidente me lo permite, creo que volveré el próximo año.
¡Laster arte (hasta pronto) país vasco!

lunes, 29 de mayo de 2017

Exilio

Guillermo Pochettino

En Grecia antigua una de las penas más graves que podía sufrir un ciudadano era el ostracismo, al que podemos equiparar de alguna manera con el exilio de nuestros días. En Grecia era una decisión votada en asamblea y por un tiempo determinado; no se perdían los derechos como ciudadanos y podía ser revisada por esa misma asamblea.
En nuestros días el mismo puede ser voluntario o, como en la última dictadura que sufrimos, como una posibilidad de ser excarcelado con la condición de vivir en otro país. Si bien podemos por algunas de sus consecuencias asimilar emigración, por ejemplo por motivos económicos, con exilio, este tiene como causa principal ser fruto de una persecución originada en el pensamiento político, en la acción social y o gremial, pero básicamente de una contradicción profunda con el poder político en un momento determinado.
Nuestra historia política presenta numerosos momentos en los cuales grupos sociales o individuos han requerido hacer uso de esta acción a fin de salvar sus vidas, la cárcel, la tortura, la persecución y el marginamiento de la sociedad. En general es una situación extrema tomada muchas veces en contra de la propia voluntad pero obligadas incluso por la presión de la familia que prefiere la lejanía de su ser querido a su sufrimiento.
Conocemos el exilio de figuras emblemáticas de nuestra historia como Sarmiento, San Martín, Rosas o Perón, pero son miles los desconocidos que en distintas épocas optaron por sí u obligadas a cruzar la frontera y radicarse en lugares lejanos, algunos en los que eran bien recibidos y otros en donde eran hostilizados. Las dificultades que afrontaron todos en esos destinos fueron múltiples desde aspectos económicos, de idiosincrasia, psicológicos, anímicos y demás.
Ellas se incrementan cuando el sujeto no puede interpretar correctamente el porqué de ese extrañamiento; vale decir, cuando no está en su imaginario la posibilidad de emigrar. En un primer momento la válvula de escape que significa estar lejos del poder persecutorio tranquiliza y supera al dolor de alejarse de las personas que ama, de los lugares en que era reconocido como tal, de su ambición de crecer profesionalmente en su ámbito. Pasado un tiempo, cuando se naturaliza el andar por las calles, sin miedo a ser perseguido, asoman los interrogantes, abruman las ausencias, se toma conciencia de estar lejos de actos comunes como fiestas familiares, encuentros con amigos, el bar que se concurría habitualmente, la discusión futbolera de un lunes cualquiera, el caminar las calles que se transitó una y mil veces, los aromas.
Ah, los aromas, recién cuando se vuelve pueden recuperarse.
Por lo anterior, el comenzar a sentirse “bien” lejos de la Patria, es estar convencido de que los principios, la acción, el compromiso con la idea que lo colocó en contradicción con un poder que lo superaba, tenía sentido. Ello es primordial para no sentir culpas, porque su presente es duro y debe poner todas sus fuerzas para superarlo. Si reniega de su pasado, todo será difícil puesto que es ahora un extranjero. Implica el deber de reflexionar sobre su situación anterior, pero debe enfrentar una nueva realidad que no es fácil ni regalada. Muy probablemente deba aprender el nuevo idioma que se practique en ese su nuevo país, aunque prevea que va a ser por poco tiempo. Conocer las costumbres, los alimentos más comunes que difieren de los que consumía. Deberá, aun siendo un profesional liberal, encomendar gran parte de su tiempo a buscar trabajo, revalidar un título; si está con su familia, la escuela para sus hijos, y cómo solucionar la cuestión de salud y vivienda. Si en situaciones normales las desavenencias con tu pareja son posibles, en un lugar que no es el tuyo (o que aún no es el tuyo) se potencian. También, por el contrario, cuando hay una relación fuerte es el palenque donde rascarse.
Y además… convencer a los que se quedaron, que llegaron a un mundo maravilloso y que se siente muy bien.
El tiempo de adaptación a esa nueva realidad es variable; pero en algún momento, cuando se han superado algunos de esos obstáculos, surge la imperiosa necesidad de volver a tomar contacto con aquello que forma parte de sí aunque esté a miles de kilómetros y la búsqueda de información se transforma en ansiedad: ¿qué será de Juan, Pedro o María? ¿Cómo va la economía, cuanto durarán estos sátrapas? (uno no dice estas palabras en realidad). Y llega la noticia de la muerte de la abuela como un golpe indeseado, pero factible por los años de la Vieja; pero que no se puede aceptar ¡y uno tan lejos!
El exilio puede ser fuente poderosa para revalidar los valores. Y también el espacio para rectificarlos. Pueden pasar meses o años para responderse una pregunta que encierra el secreto de la partida. ¿Fue razón o cobardía? Quien la responda con sinceridad, cualquiera fuese ella, seguramente vivirá la experiencia como una más que lo fortalecerá como ser humano. Experiencia única que no es ni mejor ni peor que otras.
La mía, la nuestra porque me exilié junto a mi compañera, se inició en abril de 1977 y culminó en abril de 1983. Siete años en diversos países, Brasil, Suecia y Costa Rica. Difíciles los primeros cuando al llegar a Brasil (con una mano adelante y otra atrás), caímos en la cuenta de que para trabajar era preciso tener un permiso de trabajo; y si no, hacerlo en la ilegalidad. Que aún allí la represión argentina estaba presente (plan Cóndor) y que el consulado nos negaba los pasaportes, lo cual hacía más irregular nuestra estadía allí. Pero, por el contrario, nos brindó la oportunidad de recibir la solidaridad de compatriotas y de quienes no lo eran. Personas extraordinarias, que aún son nuestros amigos a pesar de que vivan a miles de kilómetros, que nos abrieron las puertas de sus hogares y de oportunidades laborales.
Casi un año de estar viviendo en San Pablo (una ciudad horrible; pero que ahora quiero como propia) nos enteramos que había una entidad dependiente de Naciones Unidas, ACNUR, que entendía sobre la cuestión de refugiados políticos y que fue el canal que nos llevó a Suecia.
 La experiencia de vivir en Suecia, una sociedad si bien capitalista, con un estado y una organización tal que permite a la sociedad tener pisos y techos no demasiado pronunciados, me refiero a las diferencias entre clases o sectores de clase. Soportamos inviernos de 25° bajo cero y en los departamentos vivíamos en camiseta. Gozamos de unos veranos donde el color volvía a darle sentido a la vida alejándonos de los grises y las oscuridades de gran parte del año. Como extranjeros nuestro destino laboral era… limpiar escuelas y guarderías. Y lo hicimos como el mejor de los trabajos sabiendo que ello era una prueba distinta que el destino nos ponía en el camino. Luego, los años en Costa Rica que nos permitieron conocer otro país, con bellezas naturales extraordinarias y una seguridad social de primer nivel para lo que es un país latinoamericano. La vuelta a Brasil cuando ya se insinuaba, luego del desastre de Malvinas, la vuelta a la democracia y esperar allí que nuestra familia nos asegurara que no habría problemas para nuestro retorno.
Por suerte, por convicciones, pudimos responder aquella pregunta y no tuvimos que arrepentirnos de habernos exiliado o que nos hayan exiliado. Salimos indemnes en nuestros principios y creencias, aunque no iguales. Las experiencias nos sirven no para repetirnos sino para comprendernos mejor en nuestros méritos y también en nuestras falencias. Ojalá nunca más deba atravesar un exilio, porque ello significaría que vivo en democracia y que aunque disienta en muchos aspectos no seré perseguido.