viernes, 3 de mayo de 2019

Maldito delivery


Hugo Longhi

Noviembre de 1989. Cae el Muro de Berlín y llega el fin de una era. El mundo le dice adiós a la Guerra Fría. Las series, películas y súper héroes americanos al respecto pierden vigencia.
Al mismo tiempo, comienza otra etapa. Los diccionarios deben agregar una nueva palabra: globalización. Los límites desaparecen, la tecnología nos acerca, lo virtual prevalece por sobre lo real. Todo se globaliza. Todo menos las riquezas que quedan en poder de los pocos de siempre, claro.
Transcurren los meses y nos metemos de lleno en la inefable década de los 90. Un huracán cultural que llega desde el norte nos invade y atraviesa en forma feroz e ineludible. Empezamos a chapucear en un inglés acriollado, las gorritas con visera se ven en todas las cabezas, aparecen nuevas marcas o modelos de autos. También flamantes modalidades como la tercerización, las consultoras o la bancarización de los sueldos.
A dos cuadras de casa, en la zona semi céntrica, elaboran y venden las mejores pizzas del mundo. El local se llama “Mati-Max” y queda chico para tanta demanda de gente. Encima, ofrecen una gran variedad de gustos. Nadie quiere quedarse sin su manjar.
Han tenido que implementar un doble juego de números para los turnos y controlar un poco la situación. Al llegar, debemos retirar uno de acrílico que servirá para hacer el pedido y pagar. Luego, el dueño, que es el que atiende, nos dará otro numerito, ya de papel, para retirar.
Lo habitual es que el acrílico diga, por caso, 71 y el anuncio gritado sea 23. ¿Todo ese tiempo tendré que esperar? Alguien, con marcado tino, me sugiere que me vaya a casa, me tome unos mates y vuelva. Le hago caso. Calculo una horita y con mi acrílico en mano escucho que van por el 64. Ya falta menos.
Finalmente, arribo a la meta, realizo mi pedido y aguardo unos veinte minutos para llevarme mi delicioso trofeo. Una simple mirada hacia atrás alcanza para corroborar que toda esa multitud tendrá para un rato todavía.
La nueva cultura social avanza y arrolla. Se empiezan a cerrar fábricas legendarias que despiden a sus operarios sin piedad. En el mejor de los casos, estos pueden cobrar una indemnización y con ese dinero, no me queda claro por qué, abren una pizzería. Aparecen pizzerías por todos lados, una por cuadra.
Incorporaran otra novedad importada: el delivery. Chicos muy jovencitos zigzaguean montados en sus bicis o ciclomotores repartiendo a domicilio el producto solicitado por teléfono, aparato que por esos tiempos comienzan a nutrir el mobiliario hogareño.
La calidad y sabores de estas pizzas viajeras no pueden competir con las de “Mati-Max”. Pero la comodidad prevalece y la gente se queda con lo novedoso.
En pocas semanas aquel local del vecindario se va vaciando hasta que seis meses después cierra definitivamente. Lo que era –merecidamente- un éxito comercial es aplastado por la furia del sistema.
Años después, quizás cinco o seis, encuentro a aquel dueño, de quien nunca supe su nombre, al frente de un karaoke. Un buscavidas, seguro. Ya el karaoke tampoco existe más, pero no siento pena por ese hombre que debe estar a cargo de una zapatería o venderá plantas ornamentales.
La pena es por mí que me quedé sin las mejores pizzas del mundo, atropelladas por el maldito delivery.

jueves, 2 de mayo de 2019

Claudio


Mónica Mancini

Conocí a Claudio cuando era muy pequeño, tendría cinco o seis años, llegó a la escuela de la mano de su mamá, una morocha dulce llamada Lucía, muy joven, no mucho más de veinte. Los acompañaba el papá, un muchacho agradable. Ambos demostraban tener mucho orgullo por el hijito que venían a inscribir en la escuela.
Era una pareja armoniosa y con mucho respeto relataron la historia del niño. Los médicos daban vueltas para comunicarles que su chiquito había nacido con un síndrome que lo iba a acompañar toda su vida, pensaban que por su juventud y actitud calma no se habían dado cuenta. Ambos expresaron que lo habían advertido, que sabían de qué se trataba, pero que era su hijo, esperado, deseado y que nada cambiaba la alegría del nacimiento.
El relato era sorprendente, siempre que escuchábamos estas historias, estaban impregnadas de un terrible dramatismo, donde la angustia y la rebelión en contra de Dios, la Virgen y todos los santos eran moneda corriente.
Lucía y Carlos narraban otra historia, estaban orgullosos de su hijo, contaban de él cosas extraordinarias. Debo admitir que me sentía muy escéptica ante el relato, pero que de todas formas era muy agradable ver a estos papás con una actitud tan positiva, demostrando tanta esperanza y entusiasmo por el futuro escolar de Claudio.
El niño permanecía sentado entre los dos, quieto, mirando sus manos que movía en una danza extraña que lo tenía atrapado. Cuando le hicimos algunas preguntas, nos miraba amoroso, pero no respondía. “No, sabe hablar”, dijeron los padres y agregaron: “Pero no se preocupen por eso, él se comunica…”.
Por supuesto que fue admitido en la institución, de a poquito fuimos descubriendo que el discurso de Lucía y Carlos era más que verdadero.
El primero que dio cuenta de las virtudes fue Daniel, el maestro de música. Vino a la sala docente con el nene, portando cada uno una flauta dulce, cual si transportara un trofeo y dijo: “¡Miren esto!”. Él tocaba las notas de una canción, “Una vaca se compró una flor”, y Claudio la repetía con una soltura y una espontaneidad increíbles. Tomaba la flauta con una sola mano, como si estuviera comiendo un pedacito de pan y, con sus deditos cortos y torpes, tapaba los agujeritos exactos para reproducir la melodía…Y así pasó el “Brujito de Gulubú”, “La tortuga Manuelita”, “El payaso Plin Plin” y todo el repertorio del profe.
Todos estábamos maravillados teniendo en nuestra escuela a un virtuoso de la música. Pero eso era sólo el comienzo de la caja de sorpresas que habíamos destapado.
El papá, los tíos y los hermanos de Claudio eran fanáticos de Newell’s y seguían los pasos de su equipo. Claudio no era menos que ellos. Ante una foto de los leprosos del Parque, le nombrábamos a cada jugador y él los señalaba sin equivocarse jamás. Conocía perfectamente los nombres y apellidos de cada uno. También tenía claro el reglamento del juego, entendía la famosa “posición adelantada”, que ninguna de nosotras terminábamos de darnos cuenta.
Pero lo mejor de Claudio era el lugar de respeto que ocupaba entre sus compañeros. Él era una especie de líder silencioso que aprobaba o desaprobaba determinadas conductas y sabía resolver los problemas sin delatar a los trasgresores. Lo demostraba cuando impedía que dos de sus compañeros “muy cariñosos” vayan al baño juntos, él se cruzaba de brazos y no los dejaba pasar, cuando se interponía para impedir una pelea o cuando cedía su comida a aquellos que tenían más hambre que él.
Las anécdotas de Claudio son tan infinitas como sus virtudes. Pasó en la escuela toda su infancia. Él como sus papás llenaron nuestra tarea diaria de un ejemplo permanente de amor y solidaridad. La familia desafió a la adversidad respetando a su hijo en sus potencialidades.
Cuando se transformó en un joven, demoramos bastante tiempo en soltarle la mano. No queríamos desprendernos ni de él ni de su familia; pero ya estaba grande y debía seguir otro rumbo.
El año que se fue Claudio, le pedimos a su papá, guitarrero talentoso, que preparara unas canciones para la fiesta de fin de año. No solo las preparó, nos sorprendió presentándose con Claudio, con poncho y bombo, los dos vestidos iguales entonando la canción “Campana de palo”.
Claudio no hablaba, fruncía el ceño y hacía un tremendo esfuerzo para decir una palabra… pero ¡cantaba! Seguía con una tonada melodiosa sin salirse una nota de la letra que entonaba su papá, con lágrimas en los ojos porque entendía perfectamente que se estaba despidiendo de la escuelita que lo cobijó por más de diez años. En su tonada agradecía a sus maestros y a sus compañeros todo lo que había compartido con ellos.
Claudio no hablaba; pero pocas veces entendimos con tanta claridad un mensaje de despedida.
Muchas veces recorro en mis recuerdos la historia de esta familia. No supe más nada de ellos. Pero no es difícil imaginar que Claudio, esté donde esté, estará desparramando rayitos de luz a su alrededor.



Casi


Rogelio Lanese

Hay palabras que por sí solas establecen un significado, mientras que otras requieren de una especificación adicional, ya que su concepto intrínseco es ambiguo en cuanto a su alcance.
En este caso mi pensamiento vuela hacia una situación donde alguien podría haber reaccionado de una forma. Sin embargo, optó por una manera distinta y, a partir de allí, es donde cabe la reflexión.
Tenía apenas dieciséis años y, como era costumbre en ese momento, se reunían varios matrimonios con sus hijos en alguna casa de aquel grupo que se había conformado.
Los mayores eran conocidos a través de la relación que se había generado a partir de nosotros en el ámbito de la escuela secundaria.
Ese tipo de encuentros se establecía con la suficiente antelación y dentro del grupo se mezclaban distintos niveles socioeconómicos, que eran más notorios entre los padres.
La superficie de aquella casa, donde eran más frecuentes las reuniones, era lo suficientemente amplia para tener instalaciones especiales, donde la cancha de fútbol era nuestro sector predilecto.
El partido era el centro de nuestra atención y alegría, acorde a nuestras diversiones adolescentes. Luego, compartíamos todos juntos el ansiado asado del mediodía o primeras horas de la tarde, de acuerdo al horario que finalizaba “nuestra final de la Copa del Mundo”, donde la platea que alentaba eran los dos perros de la casa.
Por supuesto, los chicos estábamos en un sector distinto de los mayores y no participábamos de sus conversaciones
Sin embargo, en algunos momentos se escuchaban alguno de los comentarios de nuestros padres.
En aquel almuerzo que me quedó grabado, escuché una conversación particular –por su tono y contenido–, donde intervenía uno de los padres menospreciando el tipo de actividad comercial que desarrollaba mi madre.

Fue muy breve el comentario, pero lo suficientemente irónico para que llamara la atención de todos los presentes.
Lo miré a mi padre y él se dio cuenta de mi mirada.
En mi interior no sabía si tenía bronca o era más fuerte la sensación de impotencia.


Mi padre estuvo a punto de responder; es decir, casi reacciona.
Aquí es donde se inserta el vocablo del “casi”.
Es en ese instante donde el “casi” no alcanza.
Hubiese preferido, obviamente, que mi referente –todavía creía que lo era– adoptara algún mecanismo de defensa hacia mi madre, pero en realidad mi dolor se potenció por haber dejado que la indiferencia se hiciera presente, ante la mirada persistente de mi parte hacia mi padre.
El “casi es una suerte de intención, pero no va más allá de ese límite.
Casi me arriesgo.
Casi me enamoro.
Casi voy a esa fiesta.
Casi … me juego.
Ese es un término que puede ser sinónimo de cobardía, aunque muchos piensen que estuvo la intención presente.
La intención se hace presente cuando nuestro miedo queda por debajo de nuestras ideas y, sobre todo, de ciertos… valores.


Re-parto con dolor


Claudia Correa

Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse sí mismos una y otra vez.
Gabriel García Márquez


Faltaba una semana para la llegada del día de la madre, se charló con los chicos sobre qué significaba y qué sentido tenía para ellos ese día.
Entre todo lo que dijeron, Juan mencionó que cuando iba a la escuela siempre le preparaba un regalito hecho con sus manos, se acordaba de un plato pintado con témpera y de una virgen hecha de yeso. La maestra le propuso que ahora que eran más grandes eran las palabras sentidas desde el corazón el mejor regalo que puede recibir una madre.
“Podemos hacerles un dibujo también2, dijo el Oso con toda su inocencia. A esta altura nadie se reía de él, habían comprendido que estaba en otra etapa de aprendizaje y que podía escribir pocas palabras.
La mayoría estaba de acuerdo y además propusieron que fuera tipo tarjeta con sobre, con algún moño y otras iniciativas más.
Ese momento fue interrumpido violentamente cuando la Hiena se paró y dijo: “Yo no le voy a hacer nada a esa hija de puta”.
Escupió las palabras como si tuviera la boca llena de trocitos de vidrio. Al escucharlo, el grupo quedó horrorizado, incrédulo o secretamente envidioso de la audacia que permitía decir semejantes palabras, porque la madre es sagrada y fueron palabras capaces de hacer temblar al cielo.
Luego de unos minutos explotó en llanto. La maestra se acercó y trató de consolarlo. A veces no había partitura de la que pudiera valerse, solo una caricia. Escuchó un rosario de palabras ininteligibles entre ahogos y sollozos, dejó que hablara mientras seguía acariciando su cabeza. Esas palabras que fueron escupidas desde lo más hondo de las entrañas le llegaron a todo al grupo. Los chicos se dieron cuenta de que era un encuentro íntimo y dejaron de mirarlos, se pusieron a leer las fotocopias que la maestra había dejado sobre la mesa.
Una vez que se tranquilizó, la docente le entregó un trabajo de Matemática, para que lo hiciera pensar en otra cosa. Se acomodó solo en un rincón de la mesa.
El resto ya había empezado a leer las fotocopias que contenían dos textos, uno era el estribillo de la canción “Mi vieja” de Pappo (1) y el otro un texto en prosa sobre la historia de un hijo que pierde a su madre y cuenta todo lo que le hubiera gustado decirle.
Primero, leyeron en silencio; luego, dos alumnos se ofrecieron para leerlos en voz alta. Se hizo la comparación entre los dos diferentes formatos, el análisis externo de los mismos.
El cartonero expresó con deseo: “¡Espero estar afuera para el día de la madre!”. Pero no fue así.
Después de analizar el contenido, no sé cómo la conversación llegó al tema de las Madres de Plaza de Mayo.
Uno comentó: “Esas que usan un trapo blanco en la cabeza”. La maestra aclaró que no se trataba de un trapo sino de un pañuelo blanco hecho con tela de pañal y que lo usaban para reconocerse.
Dio el ejemplo de una marca de ropa que se llama “De puta madre”.
Dieron su opinión, conversaron, contaron anécdotas de su infancia y eso dio lugar para saber escuchar y conocerse.
Claudia entregó hojas blancas para que en borrador volcaran sus sentimientos y todo aquello que sintiesen en la relación con su madre. Les dijo que por el momento no se preocuparan por la ortografía, después vendría el momento de la corrección para luego pasarlo en limpio sobre hojas de colores y colocarlos en un bonito sobre que ella llevaría.
Mientras pensaban y escribían, el comentario de Lucas hizo que otro momento de reflexión se realizara en la clase: “Espero que mi mamá venga el martes, pero no quiero que pase por la requisa”.
Era todo un tema el que debían pasar madres, hermanas, novias, en fin, las mujeres cuando iban a visitar a sus familiares.
La requisa consistía en la revisación visual de la vagina para la cual la visita era sometida al despojo de su ropa interior, agacharse, abrir los labios vaginales y un personal femenino del servicio penitenciario revisa su interior.
Una magistrada calificó el procedimiento como una práctica abusiva, violatoria del derecho a la intimidad, la honra y la dignidad.
A los bebés les revisaban el pañal.
El objetivo de estas requisas era evitar que las visitas ingresen cosas a la cárcel para los internos, como por ejemplo droga.
Claudia veía como destripaban bolsas y dejaban al descubierto yerba, azúcar, galletitas y toda comida que estuviera embolsada. A ella no le molestó el hecho en sí mismo sino la saña con que lo hacían y los comentarios grotescos que hacían los azules.
La maestra pensó que esas madres paren a sus hijos dos veces. La primera cuando salen a la luz y la segunda cuando ingresan por primera vez a la cárcel; es como ir al ginecólogo con la diferencia de que es un momento no deseado. Parir con otro tipo de dolor, no es el dolor de las contracciones es dolor de dilatación con pesadumbre. El hospital se convierte en la cárcel, las enfermeras son las mujeres policías, el médico el comisario, las cunas con sus barandas protectoras son las rejas. En ese segundo alumbramiento, el encuentro con sus hijos entre rejas hace que ellos sean los que cortan con los dientes el cordón umbilical incruento y seco.
Claudia había comprado rosas rojas de plástico y las había guardado en su armario junto con los sobres preparados por los chicos. Después de ese domingo día de la madre muy especial para ella; porque su hija mayor en cualquier momento iba a ser mamá y ella primeriza abuela, llegó el lunes y los alumnos estaban ansiosos le decían con complicidad.
“No se olvide maestra mañana viene mi vieja”, fueron los comentarios de varios cuchicheando, no queriendo que los ratis, como ellos decían, se enteraran de sus debilidades.
Al salir de la comisaria, acompañó a su hija al sanatorio y el médico le dijo que la espera al día siguiente para que se internase. Ya había llegado el momento. Llenas de felicidad llegaron a su casa para contarles al resto de la familia que el 18 de octubre nacería el nieto. La futura abuela llamó a sus respectivos directivos informándoles que se tomaría licencia y recibió las felicitaciones correspondientes a una abuela primeriza. El martes a las diez de la mañana estaban en el sanatorio. La dilatación iba muy lenta entre sueros y dolores Claudia acompañaba a su hija. Alrededor de las dos de la tarde se la vio dialogando con el médico y luego por una hora desapareció.
El sanatorio quedaba a dos cuadras de la comisaria, con ligerito paso iba pensando lo que le había dicho el médico: “Vamos a esperar unas horas. Si no continúa la dilatación, alrededor de las seis de la tarde le haremos cesárea”.
Cuando llegó, las visitas ya habían ingresado. Cuando la vieron entrar le preguntaron ¿qué hacía ahí?, ¿si ya había nacido su nieto? Contestó todo a las apuradas y se dirigió a su armario. Sacó los sobres y las flores y salió al pasillo. Allí, se encontró con tres guardias que, al verla, dos se le echaron a reír en la cara y el tercero que no le causaba gracia lo que estaba viendo le gritó: “Pero usted está cada día más loca”.
La maestra que no entendía el porqué de la reacción, pero sí la falta de respeto le contestó: “Con quien te creés que estás hablando”. Y remató con furia en sus ojos: “Conmigo no te metas”.
Sí que me voy a meter y ahora mismo llamo al subcomisario.
Dale -le dijo- llamalo, así le cuento como me trataste.
Los otros dos se seguían riendo y a Claudia le explotaba la vena. El subcomisario la vio con los sobres en la mano y las rosas en la otra, la llevó aparte y le preguntó por su hija como para tranquilizarla, porque sabía que la petisa era peligrosa si se desbordaba. Me puede decir de qué se ríen esos dos y el otro que me trata de loca. Con una sonrisa le dijo: “Por las rosas”.
 Ella las miró y seguía sin entender. Le explicó de qué se trataba el sobre y las rosas. Y él no podía entender que esa mujer a punto de ser abuela estuviera el día de la visita, después del Día de la Madre, en ese lugar para que sus alumnos les entregaran un regalo a sus madres. Le explicó que el oficial se había sacado por las flores, porque tenían el cabo de alambre, elemento que no se puede dejar ingresar. Recién ahí ella se dio cuenta del peligro que significaba las hermosas rojas rosas.
Sin reconocer el error le solicitó: “Bueno, al menos, déjeme que les entregue las tarjetas; y, como ya estaba a punto de moquear, el subcomisario la agarró por el hombro y le dijo que lo acompañara, alejándola del grupo de policías.
“Vamos a hacer lo siguiente”, pidió el comisario al oficial alcahuete que le trajera la lista de los internos; y le explicó que él iba a ir llamando a los menores y ella le entregaría el sobre y la flor a medida que la visita se iba retirando. El cabo que cada vez estaba más caliente que una pava le susurró al subcomisario algo al oído; y este con toda su voz de mando le contestó que quedaba bajo su responsabilidad. Y así fue como cada mamá se pudo ir con esa peligrosa flor a su casa.
Claudia en un acto fuera de lo común besó al subcomisario y salió disparada al sanatorio, su nieto nació a las seis de la tarde por cesárea. Estaba radiante de felicidad por todas las madres que ese día llevaban puesta una sonrisa.

(1) Norberto Aníbal Napolitano, conocido como Pappo, apodado «El Carpo», fue un reconocido guitarrista, cantante y compositor de rock y blues argentino,





La vida pasa


Susana Olivera

Viejito.
 Así, llamábamos a nuestro padre casi centenario sus hijos, sus seis nietos y también sus bisnietos.
Nosotros, mi marido, mi hija y yo, por entonces nos habíamos mudado a un departamento en su mismo edificio. Al octavo piso; él vivía en el séptimo; desde la partida de mamá, solo.
Yo lo visitaba continuamente: antes de ir a la escuela temprano a la mañana y al regresar, ya anocheciendo.
Madrugador. A las siete, sabía encontrarlo desayunando: un tazón de café con leche con pan. Pan cortado en trocitos que metía dentro de la taza. Mientras, leía el diario que tenía abierto a su lado, listo el bolígrafo para hacer las palabras cruzadas. Y también las tijeras, porque las recortaba y pegaba junto con las de días anteriores.
Cenábamos en mi departamento los cuatro.
En una oportunidad fui a verlo a la tarde temprano. Estaba sentado frente a la mesa cubierta de boletas de impuestos y servicios. Los guardaba en carpetones de gancho (uno para el Inmobiliario, otro para la TGI, otro Telecom, etcétera, etcétera) prolijamente rotulados con su hermosa letra de imprenta. Perforaba y encarpetaba cada papel.
Tenía un cuadernito de cincuenta hojas forrado con la tapa colorida de alguna revista “Nueva”. En él anotaba encolumnadas la fecha de recibido el impuesto, la fecha de vencimiento y la fecha de pagado con una letra P grande al final del renglón.
Además, en cada renglón anotaba dos impuestos para que el cuaderno le durara más. Para separar, cada año estaba señalado en el margen izquierdo y bien resaltado con letras grandes y sombreadas. Trabajo tedioso y lento, pensaba yo. Por otra parte, tantas carpetas le ocupaban mucho espacio en el trinchante.
Me senté a su lado. “Viejito -le dije- mirá”.
Y traté de convencerlo de que archivara todos los papeles juntos en una única carpeta, así ganaba espacio en los armarios. Y que no anotara todo en ese cuaderno, porque era trabajo inútil: si ya estaba pagado el impuesto era innecesario registrarlo. Era doble trabajo y le llevaba mucho tiempo.
Me miró pensativo. Luego hizo un gesto señalando sus papeles, carpetas y cuaderno. Gesto afectuoso como si protegiera a un ser vivo.
“Mientras -me contestó encogiéndose de hombros- mientras, la vida pasa. Pasa”.
Han transcurrido ¿quince años? ¿veinte? ¿más? y en este momento tengo mi mesa cubierta de papeles y carpetones donde guardo los impuestos y servicios, después de anotar todo en un cuaderno, forrado con la tapa colorida de alguna revista.
Y sí. La vida pasa. Pasa.

Las glicinas de la abuela Carolina


Estela Ceñera                      

Carolina fue la única abuela que conocí, porque antiguamente las personas morían muy jóvenes.
Ella era una asturiana muy alta, erguida como un roble, con ojos celestes y un rodete muy blanco que debió se pelirrojo anteriormente. Era de carácter fuerte y eso sí no tenía dientes, pero yo la veía hermosa.
Cuando era niña salía de la escuela e iba a visitarla y la encontraba como siempre sentada en su sillita baja. Yo me sentaba enfrente y le daba sus caramelos gomitas (eran los únicos que podía comer). En ese momento mágico comenzaba a contarme historias de su Asturias querida.
Y como dijo Cortés la infancia pasó y el tiempo voló y pasé a ser yo abuela, pero en un marco totalmente distinto.
¿Por qué? Porque la bendita tecnología que nos hizo tanto bien también nos hizo mal y actualmente nuestros niños no tienen el hábito de platicar con sus abuelos o las personas mayores, la tecnología los atrapó.
Me queda el hermoso recuerdo del aroma de las glicinas de su jardín que me hacen rememorar esos maravillosos momentos y el deseo de una larga tarde de plática con mis nietos.

Salsipuedes

Silvia Gusmerini

Para los años que corrían, la distancia era muy grande. Córdoba significaba siete u ocho horas de auto, calor en la carretera, fastidio por llegar, paradas para disfrutar los sándwiches de mamá a la vera del camino y la ansiedad latente de los ocho, nueve, diez años bullendo dentro.
Las curvas y contracurvas de las sierras nunca me gustaron. Y ya al final del viaje enfrentarlas tornaba la situación en un evento casi intolerable.
Finalmente, la llegada al chalé. La llegada a Villa Tonia.
Villa Tonia querida de mi infancia. El rincón gestado, atesorado, amado por mis abuelos. Casa de familia surgida de la unión de esos hermanos y sus papás inmigrantes, quienes habían descubierto en esa provincia el solaz para la salud y la unión familiar. Antonio, Pedro, Matilde, Aurora y Delia movidos por sus mayores, a quienes ya no conocí, llevaron adelante este emprendimiento testigo de tantos maravillosos momentos pasados en familia. “El Chalé” como todos lo llamábamos estaba al pie de una sierra y tenía muchas habitaciones. Desde mis ocho a trece años me parecía inmenso…. Y lo era. La quinta con frutales, la huerta, el gran comedor, la cocina con horno a leña y la pileta formaron el marco que nos cobijó a mí y a mis primos gran parte de nuestra infancia.
Trabajaban los mayores a destajo, la generación que le seguía (la de mis padres) lo disfrutaba sobre todo y nosotros los niños éramos los protagonistas de cuanta aventura y travesura se suscitaba. Trepar a la higuera, refugiarnos bajo el tala a la hora de la siesta para probar los primeros cigarros hecho con chala y barba de choclo, robar de la parra los racimos cuando ya estaban pintones. El valor del disfrute de lo prohibido no tenía precio.
Algunos veranos los primos mayores organizaban una función de teatro. Nora y Ariel eran los encargados. En los ensayos, nosotros, los más chicos, siempre éramos relegados a papeles secundarios. Practicar, estudiar, ver dónde nos parábamos, cómo nos movíamos, en qué momento salíamos a escena, todo ello nos ocupaba tardes enteras. Y el día del estreno, ¡oh!, el día del estreno era el acontecimiento de la temporada. Se desplegaban sillas y reposeras frente al portón de entrada y allí sentados los mayores se desvivían en aplausos y vítores ante tan encumbrado elenco. Los saludos, las gracias y la satisfacción del éxito colmaban nuestros frágiles e impolutos corazones.
Las tardes de pileta y las carreras hundidos en las cámaras de camión negras, brillosas, rebozantes, aleteando por el primer puesto y gritando a más no poder, formaron parte de tantos otros momentos grabados a fuego entre las imágenes de niñez.
Llegaba la preadolescencia y los intereses empezaban a cambiar. Después de intensos día de agua y sol había que ponerse de punta en blanco y partir dos kilómetros a pie hasta el pueblo para tomar una Crush en el único bar al que acudían los más jóvenes. Mucha charla, muchas risas y miradas que anticipaban lo que vendría: ¡la tan temida adolescencia!
Y llegaron los doce, los trece, los catorce.Y así comenzamos a disgregarnos. Los intereses eran otros. Quedaba en cada ciudad natal un noviecito o noviecita que hacía suspirar y añorar cuando la distancia separaba. Los chicos nos hacíamos grandes y los grandes se hacían viejos. Los del medio, inmersos ya en preocupaciones no asumían el cuidado del chalé, su organización y mantenimiento como lo había hecho la generación fundadora.
Sucedió lo previsible e inevitable. Hubo resistencia, desacuerdos, idas y vueltas hasta que finalmente Villa Tonia se vendió.
¡Nos sentíamos corazones partidos que revoloteaban en un mar de recuerdos y no podían frenar el presente que se imponía! 
En cada uno de nosotros quedó un retazo de algún momento único que seguro vivimos como el mejor; y en todos, ese sabor dulce que guardamos entre los primeros inalterables recuerdos de vida, recuerdos de infancia.