jueves, 27 de mayo de 2021

Primer día de clase: la seño Moni

 

Mónica Mancini

 

Marzo de 1977, día previo al comienzo de las clases.

Yo estaba en segundo año del Profesorado de Educación Especial, tenía una beba de un año y acababan de sacarme la muela del juicio.

Vivía a dos cuadras de la escuela “Nuestra Señora de Pompeya”, mi cuñada era docente de la misma. Ese año se creaba la división “C” y comenzaba un nuevo primer grado. En esa época, cuando se daba la creación de un cargo, era sabido que no era rentado; por lo tanto, tenías que trabajar más o menos un año escolar y luego te pagaban.

A última hora del domingo la docente que iba a asumir ese cargo se excusa, porque le habían ofrecido uno reemplazo que a ella le resultaba mejor.

El problema que se presentó era grave, al día siguiente cuarenta y cinco niñitos iban a asistir entusiasmados a su primer grado, había que conseguir a alguien, al menos para que los recibiera ese día.

El sacerdote y la directora agotaron los llamados a las posibles candidatas, la situación era compleja. Fue entonces cuando a mi cuñada se le ocurrió decir: “Mi cuñadita está estudiando, por ahí, nos hace el favor”.

Cuando se presentó en mi casa y me hizo la oferta, no lo dudé No tenía idea de lo que iba a pasar, pero no pensaba perderme la oportunidad de tener un grado para mi sola. Demás está decir que no había hecho ni siquiera una práctica, solo el primer año del profesorado, que era bastante básico. Tenía que resolver con quién dejaba mi beba y además tenía la cara hinchada. No tenía guardapolvo ni planificación, lo que me sobraba era inconciencia.

De chica siempre jugaba a la maestra, en el barrio había unos cuantos nenes a los que les llevaba uno o dos años y los obligaba a ser mis alumnos, los tenía cortitos y me hacían caso. Se ve que, en mi imaginario, pensaba que era algo parecido a esa experiencia.

Conseguí un guardapolvo, mi suegra se comprometió a cuidarme la nena, armé una carpetita con algunas actividades que se me ocurrieron y allá fui…

No puedo explicar la sensación que tuve, cuando entré a la escuela y las maestras me hablaban como si yo fuera una más, no tenía muy en claro qué iba a hacer. Sonó el timbre y me dijeron: “Andá a formarlos, les tenés que enseñar todo, porque vienen de lugares diferentes y algunos no conocen la escuela”. Entré en pánico, cuando una multitud de infantes se acercaba y demandaba atención, todos con las mamis, que iban a conocer el salón.

Nada era como había imaginado. Todo se agrandó, el espacio, la cantidad de niños, la cantidad de mamis. En esa época no se hablaba de ataque de pánico, pero creo que tuve uno.

Aun hoy no sé qué hada madrina se apoderó de mí, y me imbuyó de cordura y una apariencia que calmó las ansiedades de las madres que me hacían recomendaciones sobre sus niños, a los que yo no identificaba. Obviamente, era la primera vez que los veía, a ellos, al patio, al salón, a la directora…

Cuando me quedé sola con los chicos, repito, eran cuarenta y cinco, nos miramos y, desde el frente, sentí que tenía un ejército delante de mí. Eran tantos, con tantas expectativas, pero salió todo bien. Como ya era mamá, me sabía canciones y cuentos y pude salir del paso con éxito, siempre pensando que solo iba a estar allí ese primer día.

A las doce del mediodía, me sentía agotadísima, me iba despidiendo cuando el cura me dice: “Podés venir mañana, no conseguimos a nadie que quiera trabajar sin cobrar”.

La verdad es que sentí una secreta alegría, le había empezado a tomar el gustito a la docencia. ¡Y por supuesto, acepté!

No fue fácil organizarme, estaba cursando el profesorado de 18 a 23. Tenía una beba y una situación económica tambaleante, ya que estábamos construyendo una casa. Solo trabajaba mi marido y la verdad es que yo no podía darme el lujo de trabajar sin cobrar, pero lo hice.

Así, día a día y semana a semana, llegó el mes de julio y yo ya era la seño Moni de primero, muy posicionada en mi rol, había logrado mantenerme firme con un grupo muy heterogéneo de niños y familias.

Empecé a familiarizarme con la documentación ministerial, sorprendiéndome con las llamadas bases curriculares, muy digitadas. Era época del Proceso y había que ser cuidadosa con los contenidos a tratar, como así también con los comentarios que se hacían con las madres.

Tenía alumnos con padres desaparecidos, otros presos y otros muy adictos a los militares.

Fue todo un desafío, pero recuerdo la felicidad que tenía cuando iba a la escuela, lo fascinada que estaba con mis alumnos, a los que aún hoy recuerdo muy bien. Cada día que la directora me llamaba, pensaba que me iba a decir que me tenía que ir. Era increíble que haya durado tantos meses.

Pero eso no sucedió nunca, por el contrario, en el mes de julio, entró una señora muy elegante al salón, se presentó como la supervisora y me pidió que siga con mi clase.

Ese día cuando me iba, el padre cura y la directora me llamaron y me dijeron que el cargo era mío, así nomás, ¡que me iba a quedar y que encima me iban a pagar!

Así fue como en el mes de noviembre cobré todos los sueldos atrasados juntos. Era tanto dinero que pude techar mi casa, comprar los sanitarios y los muebles de cocina.

Estuve treinta y cinco años en Nuestra Señora de Pompeya. La escuela creció, yo crecí con ella y llegó el día de la despedida, no sin dolor, pero con la enorme satisfacción de haber disfrutado cada día. Me fui feliz, llena de experiencias hermosas.

La prueba es que hoy, cuando paso por la escuela, todavía siento esa emoción que tuve aquel primer día de clase del setenta y siete.

El sueño del pibe

 Y cómo no voy a recordar. Eran mis comienzos. Ya promediaba la década del sesenta, con mis primeros veinte años, como así también mis primeros acordes. El pibe quería ser músico, subir a un escenario y que las chicas lo admiren. No era fácil, faltaba lo más imprescindible, conocimiento y práctica, pero por suerte sobraba coraje y entusiasmo.

En aquella época los escenarios solo eran los bailes y la música solo era bailable, para poder trabajar solo quedaba adaptarse. Así, hubo que acostumbrarse a tocar pasodobles, tangos y cumbias mezcladas en el repertorio. El ambiente estaba dividido entre los comerciales y los beat, estos últimos tocaban temas en inglés o lo último del rock nacional, mientras nosotros los comerciales hacíamos bailar a los espectadores. Fue una época linda, donde se trabajaba incluso en zonas como el norte de la provincia de Buenos Aires o en la vecina Entre Ríos.

Siempre que podíamos incluíamos algún tema de los de Liverpool o incluso de los Rolling. Algunos tenían letras en castellano, ya que muchos conjuntos nacionales las habían grabado, incluso Sandro cantó temas con versiones arregladas para él.

Era raro tras un tema italiano, francés o inglés muy conocido, tocar un chamamé, tarantela o cuanto ritmo quisieran bailar, aunque nuestro fuerte era el melódico. Para la juventud era el momento propicio para intimar dentro de la pista, si era posible ocultos dentro del grupo, aislados de las madres.

Costaba conseguir un contrato hasta que nos fueron conociendo. A medida que trabajábamos nos íbamos equipando para poder actuar en ambientes más grandes como eran las pistas de los bailes de carnaval con varios miles de personas, incluso los corsos de localidades donde se abarrotaban de varios pueblos de los alrededores y compartíamos cartel con artistas de renombre, incluso internacionales.

Fueron años de compartir la nube de polvo, que se elevaba de las pistas de tierra y el humo de la parrilla en escuelas perdidas en medio del campo donde con una carpa y con la ayuda de un generador se armaba la fiesta. Allí, nos recibían como artistas esperándonos con un asado.

Al final de la noche, había que desarmar rápido y guardar todo antes de que apagaran el generador, para volver a casa ya con el sol asomando en el horizonte.

Luego, todo fue cambiando y los grupos fueron quedando relegados. La música tropical fue ganando terreno y esos grupos acapararon los lugares bailables. Luego de deambular por muchos rejuntados para tocar en lugares muy diferentes que iban desde discotecas a tugurios, fue hora de colgar el instrumento y volver a ser un ignoto exmúsico y atesorar recuerdos de veinticinco años de una aventura que hoy puedo contarle a mis nietas, con unas pocas fotografías en blanco y negro que se arrumban en un cajón.

Ha pasado mucha agua bajo el puente. Bueno, al menos eso me dice el espejo.

Mirarse al espejo (el fotógrafo del parque)

Daniel Jobbel

 

Un día alguien me dijo: “Al pasado hay que bajarle la persiana y vivir el ahora”. A todos nos agobia de vez en cuando el presente, nos sentimos prisioneros sin dirección, sin brújula en estos días; nos rendimos, nos debatimos entre mil opciones, cien mil deseos y trescientos pensamientos a la vez...

No hay historia muda. Por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la memoria humana se niega a callarse la boca. El tiempo que fue sigue latiendo, vivo, aunque se lo niegue o no se lo sepa.

Veo el pasado por el agujero de una cerradura. Viví cerquita de un gran parque con un suntuoso rosedal; de un lado un gran cementerio, El Salvador, y dos grandes avenidas cerca en una bella ciudad. Cuando era un pibito jugando a la guerra sin saber lo que era un conflicto bélico hasta Malvinas; recuerdo correr en karting con rulemanes; ir a las hamacas frente al club rojinegro. A esa calesita en El Palomar del parque Independencia en los años sesenta; o esas vueltas en el trencito, mezquinas, placenteras, pero vueltas al fin. ¿Y quién no se sacó unas fotos con el fotógrafo don Carlos con palomas comiendo en las manos? A eso quiero llegar.

Quienes vivíamos cerca, en el barrio, ¡quién no conocía al famoso fotógrafo!

Llegado de Italia, contaba mi abuelo, que jugaba a las bochas en Newell’s, entabló una amistad con Filippo, que se instaló con su equipo el mismo año de la inauguración del parque, en la esquina de Oroño y Pellegrini, donde funcionó originalmente el zoológico, para mudarse unos años después a la Montañita, luego de que los presos de “la redonda”, la cárcel de encausados, hicieran el Laguito.

Rasqueteando la memoria como si tuviera en mis manos una espátula, sacando capa tras capa de gastada pintura en una pared, hoy visualizo lo que mi abuelo sabía contar de aquel conocido fotógrafo y de don Carlos, que siguió el oficio de Filippo, su antecesor, y tenía sus secretos, quizás una vieja escuela y anécdota para cautivar a los visitantes de El Palomar.

Según se dice, había una paloma que cuando llegaba el fotógrafo con la máquina lo reconocía –contaba el nono–, porque el tipo traía maíz en los bolsillos. Le ponía la mano y se subía. A veces, le ponía un maíz en la boca y les decía a los chicos: “Ahora me va a dar un beso en la boca”. Asomaba el grano y la paloma se lo sacaba de la boca y los pibes se asombraban. Allí, la instantánea imagen quedaba guardada para quienes los miraban.

Don Carlos, nieto de Filippo, fue quién hizo mi primera foto como un retrato único, hoy en sepia. Y mi “nono” como le decía yo; orgulloso de ese gran evento...

¿Ese imborrable apetito de pibe travieso, curioso que fuimos, quién nos lo saca de la memoria? Pregunto. Cómo esa anécdota de don Carlos y Filippo.

Ahora, la realidad muchas veces es para volverse loco. Recuerdo lo que decía mi abuelo zapatero: "Lo que es hoy son los pasos de ayer”; pero no olviden lectores que, sea cual sea, si tienes una realidad y un presente, tienes un hilo pasado para agarrar y dejar que fluya al viento de un futuro mediato...

La memoria falla, distorsiona; sin embargo, poco olvida, y me vuelve a las empanadas de la abuela, aquel fotógrafo, el mate, el trompo; el juego de la botellita; los deberes en un cuaderno Rivadavia; un “Estanciero” en días de lluvia, esa payana, una buena mesa de truco y buen vino, o esa pelota Pulpito a rayas en ese picado interminable, el metegol. ¿Cómo olvidarme del metegol de hierro en La Nueva Aurora, el club de barrio? O de aquel barrilete en un rabo de nube, de las materias que te llevaste del secundario, los oficios, los empleos, compañeros, amigos del café; la universidad o esos viejos amores pasajeros y ese apoyo de familia. De ese pasado aprendimos.

Habría que hacer reflexionar a los que pretenden bajarle la persiana al pasado y decirles: “Somos lo que fuimos, lo que sentimos y lo que deseamos que sea.”. Pronto, ellos, pasajeros del presente imperfecto, cuando lleguen a nuestra edad se verán en el mismo espejo.

Claro, se sabe. En el Independencia quizás no esté más el fotógrafo, ni muchas otras cosas, pero quedó su esencia, su aureola, llamémosla así, su mística, su historia mínima y sensible. 

jueves, 24 de septiembre de 2020

El frasco de dulce

 José Mario Lombardo

 

Es bueno, en estos tiempos tan difíciles, percibir que, a pesar de las circunstancias, continúa activo el deseo de relatar, de escribir, de recordar.

Lo inesperado que nos reserva el solo hecho de vivir, una vez más se ha manifestado. Aparecieron de repente circunstancias que primero fueron lejanos sucesos en otros países, pero que con la velocidad del rayo nos cayeron encima.

Ahora bien, se me ocurre que esto siempre es así.

Aunque la mayoría de las veces no llegamos a percibirlo, el instante que viene siempre nos presentará situaciones no previstas. La mayoría serán pequeñas señales que acostumbramos adoptar como hechos cotidianos y otras, episodios de cierto interés, o acaso también de suma importancia en nuestra vida, que luego, incorporados a nuestro pasado, se constituyen en sucesos dignos de recordar.

Así uno recuerda.

Estos días, no hay duda que serán recordados, rememorados, analizados. Y seguro que lo tendrán merecido, son sucesos muy pesados, muy duros.

Pero es interesante también que nos preguntemos por los otros, por aquellos que nos ocurren de ordinario en el instante que viene y que, por ser hechos cotidianos, quizás no los recordemos o como se suele decir: “han de caer en el olvido”.

Ese tipo de sucesos, esos hechos cotidianos son precisamente los que trata de rescatar, aquel que acostumbra describir esas pequeñas señales que dejó el “instante que viene”.

Recuerdo el ejemplo del profesor mostrando un frasco de dulce vacío que el llenaba con pelotitas de ping-pong. Entonces, cuando el frasco quedaba colmatado, recurría a las bolitas de vidrio que nos había secuestrado en el bolsillo y que llenaban los vacios que las pelotitas no podían llenar. Luego tomaba unas finas piedritas que había traído de la vereda y otra vez, aquel frasco permitía la entrada de ese material más fino. Después recurría a arena. Después a una fina arcilla y por fin, nos preguntaba si considerábamos que el frasco estaba completo. Nosotros convencidos considerábamos que sí, que ya el frasco no admitía otro elemento.

Así nos demostraba como se colmaba la existencia donde los grandes, los medianos y los pequeños hechos tejían la trama que conformaban nuestro diario vivir.

Ya estaba. Habíamos completado la jornada. No quedaba nada por hacer. Podíamos sentirnos satisfechos. Ya sabíamos que cada jornada, siempre llegaría a su fin con el frasco totalmente lleno.

Pero cuando ya nos sentíamos convencidos de que aquel ejemplo nos había enseñado todo. Cuando sonaba el timbre anunciando el final de la clase, él con un ademán, nos pedía un segundo más, tomaba una jarra de agua y procedía cuidadosamente a verter el líquido en el interior del frasco sin derramar una gota.

La verdad que después, no abundaba en palabras ni sentencias. Simplemente, nos dejaba pensando.

Cuando Hiroshima ardió en una bola de fuego, alguien, en algún lugar estaba cosechando trigo. Cuando desaparecieron la Torres Gemelas yo iba en auto por la autopista Rosario, Córdoba. Cuando Explotó el edificio en Calle Salta, habíamos ido a la Facultad de Ciencias Económicas a buscar unos documentos. Cuando Argentina hacía el gol contra Holanda en el mundial del 78, alguien enterraba libros en el patio de su casa. El 2 de abril del 82, preparábamos a los chicos para ir a la escuela. En la mañana del temblor de Caucete, el lechero nos había dejado las botellas de leche en la puerta. El Sputnik estaba en órbita y pasaba sobre nuestras cabezas mientras íbamos al cine el día jueves porque daban “dos argentinas”…

Vamos poco a poco completando el contenido del frasco. Eso sí, siempre teniendo la precaución de mantener un orden que se desplace desde lo más voluminoso hacia lo casi impalpable pues esa es la manera de lograr que todo quepa. Porque también aparecerán pequeñas partículas como el sabor de una fruta, el partido del domingo, las reuniones de cumpleaños, los amigos del colegio, los viajes de placer, las comidas con amigos y tantas otras cosas mínimas, pero muy importantes que no deben quedar afuera.

Y, así, de acuerdo a las instrucciones del profesor, habremos de completar con mucho esmero nuestro frasco de dulce.

Ahora, seguro que nos vamos a preguntar para cuando el toque final: para cuando el agua.

Bueno, el agua mantengámosla a nuestro alcance y al final, cuando suene el timbre y antes de salir de clase, procedamos a volcarla cuidadosamente en el frasco sin derramar gota alguna.

Ese habrá de ser nuestro relato sobre el “instante que viene”. 

¿De rabonas? ¡Qué me van a hablar!

Daniel O. Jobbel

 

¿Quién no se hizo una chupina? ¡Que tire la primera piedra! Sería una de las pocas, pero tiene una gran anécdota. Siempre había un día melancólico para justificar la rabona, esas faltas sin aviso en el secundario. Una travesura de mocoso, lo sé. Billar y reunión para un faso. Decidir qué y adónde. Cualquier discurso venía como anillo al dedo. Mujeres, café, y fútbol.

La suerte de la huida hacia el famoso cine “Sol de Mayo” ya estaba echada. Allí, una de vaqueros: “Por un puñado de dólares”, con Clint Eastwood; Lee Van Cleef; Gian Maria Volonté. ¡Imperdible! Y dos películas iban a hacer que la tertulia fuera cómplice y placentera. Las matinés empezaban a las 13.30 y culminaban antes de las 19, tiempo que nos daba una excusa al llegar a casa: quizás era la famosa séptima hora que se había adelantado o el retraso del colectivo.

En la radio empezaba a sonar “Rasguñas las piedras”, de Sui Generis, un dúo nuevo liderado por un chico de lentes y bigote bicolor, ese de apellido García.

Mientras el país iba por una reconstrucción democrática más... Claro, otra época dura. Había sueños de libertad, de cambio, de nueva era. Hablo de mediados del setenta tres, “la primavera camporista”, el ciclo de la ilusión al desencanto.

El café, el diario y el boleto del bondi valían unos pocos mangos. El “Sol de Mayo” era un cine barato, reo donde podías fumar, atornillarte en la butaca de madera hosca y dura, gritar cualquier cosa y hasta comerte un familiar de mortadela y queso con un moscato en la cantina, justito a un costado.

Los atorrantes del “Sol...” no nos cansamos de recordar aquellos mágicos días de lluvia, con olor a calle mojada, ideales para la chupina, comer maníes, aceitunas, lupines; y, a la salida, inventar una poesía contra el vidrio de un bar para alguna mocosa que pasara por la vereda.

Ese cine nos podía. El “Sol…” era especial, un ámbito casi exclusivo de hombres. Su público era heterogéneo: pobres, acomodados, haraganes y otros mocosos estudiantes como nosotros, oficinistas, bebedores, levantadores de juego y sobre todo laburantes de todo oficio.

Si hasta se podía asistir correctamente vestido o en pantalón, chancletas y camiseta sin mangas, como yo he visto. ¡La vieja y querendona camiseta interlock, esa con la que nuestros viejos salían a la puerta de calle a tomar unos mates en días de furioso calor! ¿Se acuerda, lector?

Imposible olvidar los sábados, de tarde, la famosa línea “Efe”, de Las Delicias (ahora 135) llena de gente, o el colectivo 78, ese blanco con tiras negras (hoy 147). El segundo venía por 27 de febrero, doblaba por Corrientes y al llegar a Pellegrini el chofer anunciaba a los gritos: “¡Sol de mayooo...!”. Todos apresurados bajaban y, así, el fulano casi se quedaba solo, con muy pocos pasajeros.

Los pibes, que íbamos al colegio cerca de allí, ese de calle Entre Ríos y La Paz, nos acostumbramos a la infantería, o sea de a pie las pocas cuadras para hacer el aguante, cafecito por medio, hasta reunirnos todos en el “Saigo” y rajábamos luego para allá, a la facultad de los héroes de la cinemateca.

Un día, previo a la primavera, y de reclamos gremiales y actos políticos como los hubo en esos tiempos, me acuerdo, planeamos una chupina a lo grande, el quinto año del “Comercial Belgrano”, una tarde de lluvia. ¡Todos al cine! Una mentira piadosa... Entre vueltas, algunos que sí, otros que no, otros pocos a otra cosa, los demás adentro. Pero, siempre hay un “pero”. Alguien había soplado, algún buchón y la ingeniería disciplinada se cayó como un castillo de naipes. Llegamos al “Sol de Mayo” una pequeña minoría, cercana a la quincena.

Algo falló; aquel moreno, astuto veterano nos fue a buscar; el queridísimo jefe de preceptores, ¡ese! Digo esto, porque se hacía querer a su modo. Era un gran tipo. Pero ese día la pifió. Fiel a su costumbre con su “Perramus”, casi hasta la botamanga, entró con dos discípulos, en un parate de la película, aunque siempre, aclaro, los films se cortaban, encendieron las luces y gritó: “Todos los del ‘Belgrano’, al colegio inmediatamente, si no serán suspendidos”.

¡Imagínese usted lector! El desparramo, el griterío, los murmullos. Muchos huimos como ratas por tirante. Salieron algunos pocos con el führer de entrecasa, insultos mediante y silbidos de los desconocidos de siempre. Del primer piso del cine llovían generosamente todo tipo de cosas, bolsas con cáscara de maníes, lupines, carozos, puchos encendidos y fluidos varios.

Ya, corte por medio, no escapamos por Pellegrini y alrededores. Antes, creo que vimos parte de un western, con el bueno de Alan Ladd y el malo de Jack Palance; nos perdimos la premier de Clint Eastwood, era bronca y risa a la vez, pero no importaba.

Luego, entre chismes, juramentos, carcajadas, puchos y de quién habría sido el delator; quedaron anécdotas, etcétera, etcétera. ¡Ah! De las suspensiones, hubo reuniones, retos bochornosos, pero nunca se supo nada. Lo que ¡sí!, todos contentos por la huida, la burla y la desventura.

  

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El Croting

 

Marta Inés

 

La llegada del verano anunciaba el tiempo de veredas pobladas de vecinos en el barrio y flexibilizaban un poco los horarios de entrada a casa en la noche y se disfrutaba tanto. Pero lo mejor de la llegada del calor eran los fines de semana consagrados al río.

Temprano en la mañana ayudaba en las tareas de la casa y, luego del almuerzo, apuraba en el lavado de platos para estar desocupada temprano. La cita era en la esquina de mi casa para emprender el camino al río bajo el sol terrible de la siesta. Había que recorrer las tres cuadras hasta el Parque Alem y luego cruzarlo bajo la generosa sombra del arbolado. El lugar elegido era el Croting, elegante nombre con el que el ingenio popular, o vaya a saber quién, denominaba a la playa de una arenera al norte del acuario.

El rito era siempre el mismo. Elegir lugar, tirar en la arena unas mantas a modo de marcar terreno ocupado y meternos al agua marrón nadando hasta la boya y volver a la playa. Con algún bolso o toalla marcábamos la línea imaginaria que suponíamos la red para jugar al vóley, partido que definiría quien pagaba los bizcochos que serían la merienda. Abundaban las risas y las bromas y la felicidad de estar juntos y jugando.

Cuando dábamos por finalizado el partido juntábamos en un atado los bolsos que quedaban al cuidado de dos vecinas, que disfrutaban sentadas al sol toda la tarde, y nos íbamos caminando por la playa con destino a La Florida. Era hermosa la travesía, aunque a veces pegáramos la vuelta sin llegar a la meta. Cruzábamos las playas de los clubes costeros y otras partes más agrestes sin problemas.

En aquellos años el río sí era de todos.

La última vez que realicé la caminata fue en 1971. Por cuestiones familiares me fui de Rosario y por otras cuestiones viví lejos del país varios años. Volví a Rosario en 1984 y quise hacer el recorrido de la mano de mis hijos, contarles de mis juegos de adolescente en el mismo sitio. No pude. Ya no era el Croting, era el Camping del Sindicato Municipal y debí pagar la entrada. Las playas ya no eran públicas, durante la dictadura se las habían entregado a los clubes y emprendimientos privados.

Noches de verano en mi pueblo



Jorge San Martín



“Lindas en verano

son las noches templadas,

se amanece amigo

cantando vidalas.”

Así empieza la “Chacarera del recuerdo”, de los hermanos Ábalos. Seguramente se inspiraron en las noches de verano en mi pueblo.

Las noches de verano en mi pueblo no eran noches cualesquiera, aunque no amaneciéramos cantando vidalas como sigue diciendo la chacarera, tenían condimentos especiales, muy especiales.

Debo decir que durante mi primera infancia las calles del pueblo eran ... de tierra, anchas, con ese olor tan particular que dejaba el camión regador en las tardecitas para aplacar la nube de polvo que amenazaba con apropiarse de la cuadra.

Me apuraba a cenar para correr a la esquina a juntarme con los demás chicos. Allí, empezaba la “magia”, pero magia de veras, no de esas magias que hacen desaparecer monedas y aparecerlas detrás de alguna oreja. Era la magia de aparecernos cada noche e inventar mágicas aventuras que solo un juego de niños puede lograr.

No corríamos peligro, en esa época no había peligros por correr; además estábamos custodiados. Todos los vecinos del barrio salían, después de cenar, a la vereda para “tomar fresco” antes de ir a dormir, casi todos sentados en sus sillones hamaca de madera con asiento y respaldo de lona, algunos hasta tomando mates. Y nosotros, allí, pequeños magos sin varita transformando la noche, reinventado viejos juegos que cada noche volvían a ser nuevos: la escondida, la rayuela, las bolitas. No se podía ser más feliz. En ocasiones teníamos algún desafío a la pelota con los del otro barrio, que eran los pibes de la otra cuadra, que no jugaban con nosotros, abajo del mismo foco. En esos tiempos, no había luminarias, como ahora, solo un foco en cada esquina colgado de un cable que cruzaba en diagonal la bocacalle.

Por cierto, éramos muy estrictos con el reglamento tácito de pertenencia, nadie tenía en ese grupo menos de siete ni más de once años; los más chiquitos miraban sentados desde la puerta de sus casas a lado de papá y mamá, seguramente esperando ansiosos cumplir los siete para pertenecer; y los más grandes se reunían sentados en el cordón de la vereda frente a la casa del negro Pedro a charlar de “cosas”, junto con las chicas que también pertenecían al grupo. Desde la perspectiva de mis ocho años, no entendía el porqué de esa “mezcla”; cuando tuve once y formé parte de los grandes lo entendí, y vaya que era una excelente decisión… pero esa es otra historia.

¡Jugar a las escondidas de noche era apasionante!, pero cuando se armaba un picadito ¡era la final del Mundial! Cada juego tenía su atractivo particular, los diez o doce niños que les dábamos vida hacíamos eso posible.

Todo marchaba de maravillas hasta que escuchaba la fatídica frase:

—¡Jorgeee…! ¡Vamos, adentro!

—Un ratito más, ¿puedo?

—No.

Listo, se acababa la magia, a dormir sin protestar, porque corría el riesgo de perderme la noche de mañana en la esquina.

Aún hoy, en ocasiones, suelo evocar esos momentos, se me aparecen imágenes, caritas de nenes, muchas risas y también mucha nostalgia.

“Cuando me pongo a hurguetear

los tiempos pasados,

a veces quisiera

de nuevo ser chango”.