“Memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido”, dice Borges. De eso trata “Contame una historia", un curso de la Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario. Cada martes, vamos reconstruyendo un tiempo que las jóvenes generaciones desconocen y merecen conocer, a partir de recuerdos, anécdotas, semblanzas. Ponemos en valor la experiencia de vida de los adultos mayores, como un aporte a la comprensión y a la convivencia. (Dr. José O. Dalonso)
domingo, 19 de junio de 2022
Decisiones
Yo tenía 17 años, iba a la Escuela Comercial, que por cierto no me gustaba nada, y quería decidir la carrera que iba a seguir.
En primer lugar, estaba ser pianista; pero ahí mi papá me quitó las ganas, porque si quería ser pianista tenía que estudiar en Santa Fe y seguir viviendo con mis padres.
Yo tenía una gran necesidad de ser independiente, vivir sola. Por lo tanto, descarté el piano y estaba indecisa entre dos carreras: Psicología y Medicina, que se estudiaban en Rosario.
Primero me empecé a preparar para entrar en Psicología, porque al haber cursado un secundario comercial, tenía que rendir otras materias.
Ni hablar que a mi papá casi le dio un ataque cuando yo le dije mi decisión y, además, envalentonada por la edad, juré que, si no me autorizaban, me inscribía lo mismo y hacía la carrera trabajando.
Por supuesto, eso era imposible, comenzando por la edad que tenía en ese momento.
Mi mamá lo convenció al papi para que me dejara ir a estudiar a Rosario.
Mi papá habló a un socio de él, que vivía en Rosario con su señora e hijita, para que me alojara el primer año en su casa.
Cuando llegó el momento de ir a inscribirme a Psicología, fuimos a la Facultad de Humanidades, que en ese momento estaba vacía. Me pareció lo mismo que estudiar en un monasterio, así que le dije a mi papá: “Vamos a la Facultad de Medicina!”
Mi pobre padre, desconcertado, me llevó.
Cuando empezamos a caminar por los pasillos del Hospital Centenario, tan lleno de vida, guardapolvos blancos, enfermos, camillas, yo no tuve dudas de que quería ser médica.
Lamentablemente ya había comenzado hacía un mes el Premédico, que era una preparación que, si la rendías bien, te permitía entrar en Medicina.
Pero, aunque no pude entrar como regular al Premédico, me empeciné en quedarme en Rosario, estudiar Medicina y hacer el famoso Premédico libre, como fuera.
Y lo conseguí.
Me acomodé en la casa de la familia que describí, y comencé a ir a las clases, contando mi situación y me aceptaron.
Por supuesto ese año de Medicina lo perdí.
Pero no me importaba, ¡estaba cumpliendo mi deseo!
Bueno, era un deseo que descubrí un poco tarde, porque, como ven, yo primero que nada quería ser pianista. Estudiaba piano desde muy chica.
Y también tengo que reconocer que yo era terrible y, por lo tanto, mis padres no tuvieron que lidiar conmigo.
Con mi papá discutía permanentemente, sobre todo porque él era celoso, posesivo, no quería que tuviéramos novio. Imagínense, a esa edad eso era algo insoportable. Y, obvio que mi hermana y yo teníamos novios a escondidas.
Eran épocas en que los padres tenían la fantasía del único novio, con el que nos casáramos.
Bueno, esta historia la corto acá, porque después pasaron muchas cosas en mi vida, entre ellas el Rosariazo.
Dos pueblos, dos regresos
“Los regresos son imposibles” escribió recientemente en una nota colmada de nostalgia Noe Jitrik (1), en la que descubrí que nació en el mismo pueblo que yo, Rivera. Sus sensaciones se parecen a las mías cuando volví a Rivera, hace algunos años: nada quedaba de aquel pueblo y aquel campo que permanecían tan vívidos en mi retina. El campo era una quinta de fin de semana de un comerciante, con una entrada coqueta, sin rastros de aquella tranquera y la hilera de eucaliptos que acompañaban al sulky, cuando regresábamos del pueblo. Fui a espiar a la entrada, tratando de ver algún vestigio de “mi” campo, aquél de las recorridas con los perros hasta los alambrados lejanos. No quedaba nada, ni el galpón, ni la casa de adobe, ni el banco de herramientas con las piezas oxidadas de máquinas rurales, que para mi hermana y para mí eran un verdadero tesoro.
El pueblo, donde estaba la armería del tío Miguel, hermano de mi abuelo, era ahora una sucesión de casas más lindas, desde luego, pero muy diferentes de aquellas que recordaba. Faltaba la fiambrería de Scheffer, el amigo con quien mi padre compartió el viaje que los trajo desde Hamburgo hasta la Argentina. Allí, comprábamos fiambres rusos y alemanes, el negrísimo pan pumpernick, los pepinos agridulces y otras exquisiteces.
Algún rastro de la familia encontré en la sinagoga, donde una placa recordaba que los Smorodinsky integraron el grupo de pioneros judíos que fundó el pueblo. La familia de mi abuela, Cherny, también da testimonio de su paso por esas tierras, tan lejanas de su Ucrania natal. Sus lápidas en el cementerio judío, borrosas por el viento, como dice Noé, guardan a mis abuelos, mis bisabuelos, mis tíos, mi madre. Todos juntos en esa llanura, que me hizo evocar al barco que los trajo a esas pampas.
Otro regreso fue al pueblo donde viví desde que tenía un mes hasta los doce años, Miguel Riglos, en La Pampa. Fue diferente, un reencuentro con quienes habíamos compartido juegos y escuela. Reconocía sus nombres y trataba de descubrir sus caras infantiles detrás de las arrugas de hoy. Pero el pasado estaba allí, la renovación del pueblo y su cuidadoso trazado actual no impedía que aflorara ese espacio donde jugábamos a las guerritas con bolitas de paraíso, donde nos hamacábamos y hacíamos pruebas con el trapecio, imitando a los artistas de los circos que visitaban el pueblo y disparaban nuestra imaginación. La cancha del club donde jugábamos al básquet con nuestra amiga Irma, desconociendo absolutamente las reglas, pero con una pasión envidiable. De las pocas casas viejas que quedaban en el pueblo, una era la que habitamos nosotros y donde mi padre tuvo su carpintería primero y después su fábrica de herramientas agrícolas. Los amigos de entonces que reencontré recordaban a mi padre, “un hombre tan inteligente, que inventaba máquinas”.
Mi regreso coincidió con la celebración de los 100 años de la escuela número 91, me localizó un compañero a través de Facebook y me invitó. Así, encontré a ocho de mis antiguos compañeros de grado. Algunos habían permanecido desde entonces en el pueblo y otros llegaron para la ocasión. Me impresionó que la vieja estructura de la escuela -ese modelo que Eva Perón distribuyó a lo largo y ancho del país-, estuviera intacta, conservada hasta el más mínimo detalle. Todos los días cruzábamos con mi hermana y otros compañeros al “otro lado” (de las vías) donde estaba la escuela. Pasábamos por la iglesia y recuerdo que, imitando a los otros, me persignaba discretamente, quizá temiendo que dios no me tuviera en cuenta, aunque era –soy- de origen judío.
Tal vez ese encuentro, esas referencias humanas plagadas de recuerdos, son las que hacen la diferencia con respecto a Rivera.
Aquel Riglos polvoriento, separado por las vías bordeadas de pastos silvestres y tamariscos, donde hacíamos casitas en el túnel que forman las ramas, es otro, sin duda. Pero se puede reconocer “el de antes”. Ahora las vías están bordeadas por un hermoso y cuidado parque, los galpones han sido pintados, hay anchas y accesibles veredas, calles asfaltadas, negocios decorados con esmero. Pero aquí y allá una placa recuerda el primer almacén de ramos generales, un museo exhibe las cosas antiguas, muchas de ellas traídas por los vascos, italianos y españoles que poblaron esas tierras. Incluso un grueso libro que generosamente me regalaron, basado en una investigación de alumnos de la universidad de La Pampa, recopila la historia del pueblo. Los edificios prolijamente reciclados de los primeros negocios recuerdan a los fundadores, los que hicieron el pueblo con su esfuerzo. Es una comunidad viva, plantada sobre su pasado, alegre y memoriosa. Una comunidad pequeña, donde todos se conocen y comparten el curso de sus vidas, alegrías, tristezas y conflictos. Como alguien dijo, en Riglos la gente conoce hasta el nombre de sus mascotas.
Fue un regreso diferente, donde se conjugan los recuerdos sin colisionar con el tiempo presente.
(1) Se puede leer en https://www.pagina12.com.ar/418100-implosion-de-endorfinas?ampOptimize
Mi barrio
Alicia Colazo
De mi barrio recuerdo la vía a media cuadra de casa por la que pasaban las maquinas esas que largaban un humo negro. Por suerte, gracias a dios al tiempo las cambiaron por las eléctricas.
Las vías en comparación de la calle quedaban más debajo de la altura de la calle; por lo tanto, teníamos que bajar una escalera, caminar unos veinte metros cruzar la vía volver a caminar otros veinte metros y otra escalera . había que hacer ese camino para ir a calle bulevar Rondeau, teníamos que caminar cinco cuadras, si queríamos tomar un colectivo. Con mis hermanos, no íbamos a casa de mis vecinos, jugábamos en las veredas . con la bici o lo que teníamos para jugar. También recuerdo un vecino Pocho le decíamos, se la pasaba regando la calle por supuesto era de tierra, mantenía la cuadra limpia. Aunque más adelante pavimentaron, el seguía como baldeando el pavimento. Era muy gracioso hacia jugar a los chicos al futbol. Mi mamá siempre decía cuándo van a abrir esa calle, poner barreras, lo hicieron, pero cuando ya no vivíamos más.
Recuerdo los carnavales era entre los vecinos baldazos. los chicos nos escondíamos o si nos descubrían corríamos. Otro de los recuerdos lindos, las fogatas que hacíamos, era en la calle muy cerca de la vía, todos los vecinos de San Juan San Pedro . mis hermanos me agarraron una muñeca de yeso que teníamos con mi hermana. Fue una fiesta estábamos todos chicos y grandes.
La escuela nos quedaba a tres cuadras. Mi mama nos almidonaba los guardapolvos. A mí y a mi hermana. Que recuerdo tan lindos tengo inolvidables.
Gochuli y algo más
Liliana Lijovitzky
El barrio fue mi feliz refugio hasta los doce años.
Con mis hermanas, cinco y siete años mayores que yo, hicimos varias travesuras juntas: robarle higos a una vecina, naranjas a otra, etcétera.
Uno de esos días de verano, cuando mis padres dormían la siesta, a una de ellas se le ocurrió hacer un descubrimiento para comercializarlo luego.
En la cocina, con una olla de agua hirviendo y habiendo cortado en trocitos dos o tres panes de jabón, fabricamos lo que imaginamos: una detergente.
Felices por nuestra “obra maestra”, luego que entibió el agua y aún con algunos trocitos no derretidos, en el patio desparramamos con escobas ese mejunje jabonoso. Se inflaba en pompas indestructibles, pero el trabajo iba quedando una maravilla: ¡limpio como nunca!
Recuerdo que mi madre se levantó, y al ver el agua pegajosa en el piso, a los gritos, nos dijo: “¡Ahora mismo, sacan todo ese desastre!”.
Tomamos los secadores y empezamos a arrastrar esa especie de goma, pues al enfriarse, los pedazos no derretidos seguían y seguían enjabonando el piso.
Creo que estuvimos más de tres horas a los baldazos, tratando de retirar nuestro invento. Cuando conseguimos sacarlo, mis hermanas padecieron “alguna leve penitencia” y yo solo una reprimenda (beneficio por ser la más pequeña).
Nunca olvidamos el detergente Gochuli, palabra conformada con la primera sílaba de nuestros nombres e incomprensible para todos.
Y algo más.
En el barrio tuvimos el primer televisor en blanco y negro. Todos los amigos y vecinos venían a mirar televisión: el asombro era general ya que las imágenes parecían mágicas.
A la noche pasaban la novela de Narciso Ibañez Menta. Era de misterio y terror, de tal manera que Silveria, la chica que trabajaba cama adentro, me acompañaba al piso de arriba para que pudiera dormir. Esto era habitual, la casa era muy grande y yo, temerosa; pero ella siempre estaba a mi lado.
Mi hermana “del medio” cursaba el secundario. Era muy estudiosa y había aprendido el sistema solar planetario. En el patio había un pupitre, un pizarrón y macetas de yeso con caras de mujeres, adosadas a la pared, de las que colgaban vistosos helechos. Las macetas, y yo en el pupitre, éramos sus alumnas. Creo que con nueve años había aprendido de memoria aquella insoportable lección.
Muchas anécdotas se desprenden del barrio y de la casa. Serán motivo de próximas narraciones, pues sé que jamás las olvidaré.
El antojo
Daniel O. Jobbel
Todo se hace color sepia. La memoria casi desteñida, junta cosas, entrevera, dispersa, aturde; la persistencia de la memoria es como ese reloj de Dalí en ese cuadro, deforme, detenida en sus agujas, activa, no tan elocuente, pero si eficaz.
Como no tengo recuerdos de andar paseando por el parque Independencia con paquetes de “chocolatinas” en las manos, a las que para colmo tenía prohibido hincarle el diente; pero sí recuerdo las copas los de árboles de gruesos troncos descascarados, que todavía llenan de sombra las veredas con sus grandes hojas; mientras el silencio es soberano frente al cementerio El Salvador...
Barrio Parque en 1961 era un vecindario de casas de trabajadores que conservaba impecable su fisonomía original; junto a la estación de servicio Isaura, hoy desaparecida, en la esquina de Lagos y Godoy, almacenes de materiales, baratillos, la licorería y la marmolería Veneciano permanecía inalterable en ese paisaje, como las florerías de lado a la necropsia.
En otro momento la mayoría fueron casonas viejas, italianizadas, condenadas a desaparecer, casi derruidas por el tiempo, opacas, húmedas, con piezas de techo alto y unos pocos muebles baratos donde se amontonan, sin registro alguno, personas de toda edad y condición; historias de despojos, desocupación, enfermedades y riñas doméstica en el centro el patio. Además, existían las casas chorizo con habitaciones sin ventanas que dan al corredor de techo enchapado, una tras otra, con sus puertas con esas banderolas arriba para que entre apenas el aire. Eran conventillos que se resistían a fenecer a los ojos de todos funcionarios y vecinos; cuchitriles de bajo fondo; piringundines diría algún tango, donde se mezclan soledad humilde, voces gastadas, oficios de todo tipo, informal, y los olores se mezclan a cocina y baño. Al tiempo todo se iría transformando, aparecieron nuevas estructuras y nuevos vecinos. Sin embargo, entre todas ellas, seguía resistiendo la antigua casa de mis abuelos, en aquella esquina donde vivía. Un lugar sencillo, amable y bello para mi infancia.
Me fascinaba ir a ver los tranvías. Debimos de ir con mi tía directamente a la calle Ovidio Lagos para el lado de La Empresa Municipal Mixta de Transporte del Rosario (EMMTR) media cuadra por avenida Pellegrini; donde mi tía Marta me dejaba ver entrar y salir los tranvías y trolebuses de antaño, con el chirrido de las ruedas y esos chispazos eléctricos en sus lanzas contra los cables; y ella verse con ese noviecito de turno. No contaré detalles de su encuentro, pero puedo imaginar quizás no con lujo de detalles, sí, el episodio en la cocina, los mimos hechos a su sobrino único y preferido para no contar nada del suceso, y ese regalo hecho en la casa donde era empleada doméstica.
Aquellas masitas de chocolate, las había hecho su “patrona”, doña Clara, exclusivamente para mí. Antes de salir mastiqué unas cuantas que me dejaron en la boca ese sabor anticipado parecido al de un dulzor mágico que te daba a repetir, aunque la tía Marta fue clara y contundente: “No comas más, que te pueden hacer daño a la panza. Es la última vez que te lo digo”; y yo, niño bueno, como siempre, obedecí.
La tardecita de ese sábado llegó con los últimos rayos de luz y, como en aquel tiempo, solo había una radio a válvulas usada para oír los radioteatros; las mujeres de la casa se juntaban alrededor de ella con mi tía que siempre nos visitaba. No teníamos televisor por lo caro que era. ¡Así las cosas!
El ladrido de algún perro avisaba la llegada de la noche. Todavía nos acostábamos a la hora de las gallinas, como decía mi abuela. Muy pronto mi madre me mandó a la cama. Quizás para escuchar tranquila la radio. Mis abuelos en su dormitorio pequeño, con paredes de ladrillos, techo alto abovedados y piso de pinotea gastados. Mis padres dormían en un cuarto más grande, en su cama de matrimonio, y el mío era un pequeño diván o, mejor dicho, un catre, en la parte lateral, separado por un biombo al comedor que daba a la esquina de Godoy y Richieri. Al otro lado, sobre una silla junto a la pared, se había quedado el deseado paquete de “chocolatinas” pegadito todo a un rincón.
Cuando mi madre y mi padre me acostaron, primero él, como era habitual a la derecha de la cama, después ella, que se quedaba zurciendo alguna media, pantalón o solera, yo tenía los ojos cerrados fingiendo que dormía. Se apagó la luz, entraron ellos en el sueño, pero yo no conseguía dormirme. Avanzaba la noche, con la habitación a oscuras, me levanté despacio y pasito a paso fui por la bolsa de papel con las masitas caseras y, luego, con tres zancadas furtivas, regresé a la cama y me sentí satisfecho, estaba dulce como ese niño de seis añitos; y me metí entre las sábanas, feliz, masticando las “chocolatinas” con dulce de leche, hasta que fui resbalando hacia la inconsciencia del sueño.
De golpe, al abrir los ojos, vi debajo de mi pecho lo que quedaba del ágape nocturno. Era una pasta marrón de chocolate, pegajosa y blanda, la cosa más sucia y repugnante que a mis ojos había visto hasta entonces. Asustado, con el piyama manchado, angustiado de pena por haber desperdiciado ese rico trofeo, pero también de frustración; quizás fue por eso que mis padres no me castigaron, pero sí me amenazaron con una reprimenda. “Ahora, sacás todo eso y se lo das a la abuela para que la pobre limpie, luego hablamos mocoso", dijo mi madre ofuscada. Verdaderamente, el infortunio, ya estaba servido. Había cedido a la tentación de la gula y la gula me castigaba sin piedra ni palo, solo con una reprimenda por venir.
* Avenida Godoy, hoy Presidente Perón.
Mi barrio y los vecinos. ¿Con ojos de niña?
María Cristina Piñol
Elijo rememorarlos con los ojos del alma, porque estos nunca envejecen ni guardan los recuerdos como un simple álbum de fotografías reflejando solo un momento. Son ojos que los atesoran completos sumándoles a las imágenes las palabras, los aromas, las caricias, el frío y el calor, lo dulce y lo amargo, lo bueno y lo malo.
Así, con esos ojos de mirada vasta y clara veo a Doña Clementa, parada firme en el umbral de su puerta, muy atenta a todo lo que ocurre y la escucho saludando calurosamente a una vecina: “¡Buen día Doña Concepción! ¿Viene de la verdulería?”. (Es muy obvio porque la señora trae una bolsa llena de papas, lechuga y tomates). Y, casi sin dejarla responder arremete con la frase mágica: “¿Se enteró de lo que le pasó al Sr. de la esquina?”. Y comienzan, entonces, una larga conversación sobre un hecho que contiene partes de verdad y otras no tanto. Los vecinos la llaman cariñosamente “El Repórter Esso”, como el nombre de un noticiero de radio y televisión patrocinado por la petrolera que, según se dice, propaga las más jugosas noticias de último momento.
Domingo por la mañana, pasa el diariero repartiendo La Capital al grito de: “¡Diario, diariero!”. Los hombres de la cuadra salen a recibirlo y algunos se quedan en la puerta leyendo los titulares y ojeándolo apenas lo suficiente para que surja entre ellos una charla sobre algún hecho trascendente publicado, o sobre el partido que se jugará por la tarde o de las carreras de autos. Don Costa tiene el mate en la mano y, ahí nomás, de parados, se arma un encuentro entre mate y mate que ya es tradición de estas mañanas soleadas, relajadas y sin tiempos.
También ese día se lavan y arreglan los autos. Mi papá, Nicola y Don Armando se abocan a estas tareas y es común que entre ellos se intercambien herramientas, conocimientos, y quizás alguno ponga manos expertas en el motor de los coches de los otros.
Doña Pancha, señora regordeta y muy alta se dedica este día a arreglar el jardín del frente de su casa, y cuando termina la tarea, reparte entre las vecinas ramitos de rosas y margaritas que va armando mientras las corta.
Por algunas ventanas comienzan a filtrarse aromas deliciosos de salsas y de tortas. Todos sabemos desde que cocina proviene cada uno. En cuanto se asoma Doña Eloísa, alguien le pregunta, -¿Qué tal quedó hoy la torta? ¿La hizo con la receta de Doña Petrona que me comentó el otro día? El olorcito a salsa se cuela desde la casa de mi amiga Betty, su papá es el experto en boloñesa con vino tinto, inconfundible, seguro voy a recordarlo por siempre.
Como ya saben, vivo en una cortada en el Barrio de Pichincha. Todas son casas unifamiliares, solo hay un par de pasillos con dos departamentos cada uno, y eso contribuye a que nos conozcamos todos y no solo “de vista”. Sabemos, por ejemplo, donde y de qué trabaja cada vecino.
Mi amiga Cristina vive justo enfrente de mi casa. En la planta baja habitan sus abuelos, Don Juan, que es sordo y usa un audífono y Doña Concepción, una gallega menudita que es la imagen de la “abuelita de los cuentos” pero con un genio terrible. En la planta alta vive ella, mi amiga, con sus padres, Doña Margarita y Ricardo. El papá es guarda en el tranvía y su mamá trabaja desde su casa para Caille y Vola, la gran imprenta rosarina situada en Moreno y Weelwhright. Su trabajo consiste en armar y pegar las cajas que le envían.
Esta es mi segunda casa en el barrio. Hay tantas cosas para ver y hacer que me paso horas en ella. Su abuelo tiene en la terraza un palomar, cría y adiestra palomas mensajeras. Es todo un tema el cuidado, la limpieza y el alimento. Comen maíz pisado y, de tanto en tanto, dependiendo el humor del abuelo, nos permite arrojarles los granos a las palomas. Don Juan participa en torneos y tiene muchísimos trofeos que exhibe con orgullo en una vitrina de su living. Me fascina ver como les pone los anillos en las patitas. También en el jardín trasero tienen gallinas ponedoras. Pero “la magia” está en el garaje devenido en espacio de trabajo. Allí, se pliegan, pegan y embalan sobre una gran mesa las cajas que manda la imprenta y todo se hace manualmente. Entre algunas de esas cajas están las de “Píldoras Radicura” que son las más pequeñas y mi amiga y yo las podemos armar, otras de Aros de pistón Perfect Circle y las enormes, coloridas y brillantes cajas de presentes navideños. Durante las horas de trabajo la compañía para todos es la radio, donde se va intercalando música con noticias, aunque lo más importante son las radionovelas. A esa hora, tomamos la chocolatada con galletitas “Lincoln” o “Manón” y en el más absoluto silencio seguimos las voces de la radio.
Otra de mis casas favoritas es la de mi amiga Estela. Su mamá y su papá trabajan todo el día, y ella y su hermana quedan al cuidado de su abuelo, Don Antonio, que nos atiende y mima a las tres como reinas. Un día nos hace jugos con las naranjas que corta de su jardín, otro chocolate caliente y en primavera, cuando su planta de moras da los frutos, nos prepara unos licuados espectaculares y mermeladas exquisitas.
Así son mis vecinos y sus casas de “puertas abiertas” y esto dicho en modo literal, ya que en su mayoría tienen zaguanes cuyas puertas se abren por la mañana y se cierran por las noches y hasta la cancel queda sin llave.
Están todos presentes y dispuestos a colaborar, ya sea para darte por ejemplo, una taza de azúcar, prestarte una herramienta, arremangarse y dar una mano para algún arreglo en tu casa, cuidar de cualquiera de los hijos de los otros, correr en busca de un médico o hasta facilitarte un medicamento. Claro que también nos pueden ir a buscar a la escuela si hace falta. Entre todos nos cuidan a los niños cuando jugamos en la calle y, más de una vez, nos curan alguna herida producto de una travesura mientras avisan a nuestros papás.
También es bastante común que varios nos ayuden en las tareas escolares, siempre hay algún papá o mamá que es más ducho que otros en Matemática, Lengua o Geografía, o en alguna manualidad, sea bordado o carpintería; y ahí están para darnos una “clase”, entre ellos también mis padres que siempre tienen algún alumnito en casa.
También pasan cosas tristes, a veces alguno muere y los velatorios se hacen en las casas que se colman de gente y de mucho dolor. Cuando eso sucede la cuadra queda vacía y muda en respeto hacia los que sufrieron la pérdida. Los niños no podemos salir a hacer “de las nuestras” a la vereda, los adultos acompañan siempre a los deudos y, por supuesto, si en ese hogar hay niños y no tienen con quien dejarlos son acogidos, reconfortados y cuidados por los vecinos.
Quizás, quienes no hayan tenido la suerte de criarse y crecer en un entorno como este que les cuento no comprendan, tengan dudas y no valoren este vínculo especial, sano, limpio y solidario entre vecinos.
Cierro ya mis ojos del alma y con los otros miro el hoy.
Nada es igual, ni aún en “mi cortada”, a pesar de que varios de los que vivimos somos nacidos y criados en ella.
Las casas unifamiliares de a poco van siendo reemplazadas por edificios dentro del ejido urbano, y se triplica así la población en cada barrio y al mismo tiempo se deshumanizan las relaciones vecinales. Un consorcio puede albergar a 50 o 60 personas en 10 departamentos, si hablamos de uno pequeño, pero a su vez esas personas, esos vecinos tienen su vida atada a un reglamento de copropiedad que rige todos sus pasos. Muchos de ellos solo se cruzan en un ascensor y con un simple “buenos días” tienen cumplida la relación con su vecino. Los caños, desagües, muros y espacios comunes suelen ser motivos de grandes disputas en tormentosas asambleas; las denuncias de ruidos molestos, de basuras, de expensas y todo lo relacionado con la seguridad son temas que lejos de unir en comunidad aumentan los puntos de conflicto y desunen aún más. La desconfianza y la despersonalización sin dudas minan las relaciones.
Invito a mirar el pasado y a nuestros recuerdos con los ojos del alma. No tiñamos el ayer con los miedos o prejuicios del hoy, es inútil.
Que no seamos hoy lo que éramos ayer, solamente nos muestra que hemos cambiado; más no le quita a nuestro pasado ni valor ni respeto.
Mi barrio
Marisa M. Orlandi
Mi barrio es el
lugar de la infancia en la memoria, donde recibí tanto y tanto vi partir. El
barrio es la cuadra de la casa de mi abuela, sus gigantes y añosos árboles con
sus raíces sobresaliendo entre las baldosas y el cemento de la calle como
queriendo acercarse, los adoquines de la calle, las casas de los vecinos,
antiguas todas con sus fachadas que hablaban de historias de otros tiempos. La
casa de mi abuela, donde crecí. El hogar. Todo es textura, colores, aromas,
murmullo de voces familiares, pequeños, ínfimos detalles. Con los ojos cerrados
muevo las yemas de mis dedos rozándolas, lo siento todo tan claro y profundo.
Todo está intacto allí, perenne, eterno, inscripto en mi piel. Soy mi barrio.
Me veo niña en la
cocina de mi abuela, enorme, donde todo lo que era importante ocurría siempre.
Mi abuela, con su delantal y el sonido que hacía con sus pies al caminar, sus
manos, sus hermosas manos ancianas. El corazón del hogar donde todo se cocinaba,
confluía y cobraba sentido. Y había tanto cariño en los vapores que salían de
sus cacerolas, como en su constante presencia.
Escucho mis pasos
resonando en los pisos de pinotea de la casa. Las habitaciones estaban construidas
una al lado de la otra, comunicadas entre sí por una puerta y a la vez otra
puerta con postigos que daba a una galería en común. Los techos altísimos ¡qué
frío en invierno! Al frente de la casa, en el ingreso, el jardín de mi abuela
con sus plantas siempre con flores, que ella misma cuidaba, sus rosales
bellísimos, las azaleas, los malvones. El jardín era mágico, era la puerta de
entrada a mi mundo fantástico de la infancia. A veces, mi abuela me llevaba con
ella por las noches a buscar si había hormigas, descubrir el caminito y colocar
un polvo que llevaba para que no se coman sus plantas. Me explicaba que si
estaban apuradas era porque iba a llover. Siempre que veo un camino de hormigas
pienso en ello y es la forma en que mi abuela se quedó conmigo.
La galería
atravesaba la casa de punta a punta, y fue escenario de juegos con muñecas,
triciclos, patines, patinetas, rayuelas, cumpleaños, correr tanto, reír tanto.
Por la tarde daba el sol y en su almohadón dormía la siesta el perrito de la
familia. Me gustaba acariciarlo y sentir su cuerpito caliente. Adoraba a ese perrito,
pero él tenía un solo amor, mi abuela. Ella hacía como que no le importaba; sin
embargo, todas las tardes se sentaba a ver la novela con el perro durmiendo en
su regazo. Y yo sabía que eso estaba bien, verlos juntos tenía sentido. Aunque
nunca dejé de reclamar mi parte del amor, por supuesto.
Mi tío era mecánico,
como había sido mi abuelo, y en una parte de la casa tenía su taller. La casa
estaba siempre abierta, con gente que entraba y salía con sus coches, gente del
barrio. La casa estaba viva.
Mis padres tenían
una farmacia a dos cuadras de allí. Me dejaban salir a jugar a la puerta con mi
hermana, y luego, cuando crecí un poquito más, a juntarnos con los chicos del
barrio de la misma edad. En carnaval organizábamos batallas de baldes y bombitas
de agua. El jardín de la casa de mi abuela era el centro de operaciones: allí
las nenas preparábamos los ataques y los varones, afuera, los contraataques. Estaba
ese chico de ojos azules que todo el mundo en el barrio sabía que nos
gustábamos, pero nunca se animó a decirme nada. Hay una alegría y un vértigo
que son la infancia.
La casa de la
abuela es el centro del universo, el ombligo del sueño, el espacio al que
vuelvo en mis recuerdos porque es necesario. ¿Cómo puede un lugar albergar
tanto recuerdo hermoso y tanta tristeza a la vez, como universos paralelos?
Quizás para preservar lo uno de lo arrasador de lo otro. Quién sabe.
En el jardín de la abuela, una tarde enterramos con mi familia al perrito de mi infancia; y puse una pequeña cruz de madera en el lugar, a pesar de las monjas, que decían que los animales no tenían alma. Unos años antes trajeron a mi papá del hospital para que pase sus últimos días en su casa. Yo había enfermado y no se me permitió verlo. Tiempo después, en su propia habitación, se fue mi abuela, rapidito de un suspiro, en los brazos de mi madre. Unos años más tarde, se iría mi tío, con sus ojos oscuros y tiernos, y su enorme corazón de león.
Contar una historia sobre mi barrio es eso: lo uno y lo otro juntos, de otra manera sería falacia, verdad a medias y ¿quién quiere eso? Cuando lo nombro está todo allí y están todos, de nuevo, cada vez. La magia se renueva. El amor está intacto, al alcance de la mano. Un regalo, siempre.