“Memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido”, dice Borges. De eso trata “Contame una historia", un curso de la Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario. Cada martes, vamos reconstruyendo un tiempo que las jóvenes generaciones desconocen y merecen conocer, a partir de recuerdos, anécdotas, semblanzas. Ponemos en valor la experiencia de vida de los adultos mayores, como un aporte a la comprensión y a la convivencia. (Dr. José O. Dalonso)
domingo, 19 de junio de 2022
Adicción
Liliana Lijovitzky
Entre mis seis y diez años me desesperaba por salir a la vereda para jugar sola o con amigos y amigas.
Mi madre observó mi pasión por los juegos y optó por darme una ocupación: los mandados.
Aceptaba gustosa la “insoportable misión”, cuando imaginaba que no podría arremeter con mis entretenimientos preferidos.
Mi mamá me hacía una lista de carnes, verduras y víveres.
La verdulería, abierta a la calle, quedaba por Entre Ríos casi esquina Ayolas.
Don Pascual me conocía de memoria y sabía de mis mentiras. Cuando le pedía cuatro manzanas, cuatro tomates, dos limones, seis zanahorias, un poco de perejil, gritoneaba: “A ver, mostrarme el papel que te dio tu mamá”. Pero yo lo escondía.
“Lo perdí”, le decía. A mami le juraba que era lo único que le quedaba al verdulero.
Hacía lo mismo con el carnicero. En lugar de dos kilogramos de carne picada, pedía uno y medio; y lomo cortado para doce milanesas, me las ingeniaba igual, compraba para ocho.
Don Luis, el almacenero, detrás del mostrador y frente a la balanza de pesitas de bronce, me miraba con recelo. Mucho no podía inventar, porque ponía lo comprado en bolsas de papel marrón, las pesaba y anotaba todo en una libreta. ¡Insufrible ritual!
Mi objetivo no era quedarme con las monedas, era arrasar en la panadería de los Vitantonio y en el quiosco.
¡Los dulces fueron mi perdición!
Si mami me anotaba pan y facturas, hacía agregar tres o cuatro más de las que tenían dulce de leche y chocolate.
No recuerdo si se llamaban “pan de leche” ni tampoco si existían las tortitas negras o las bolas de fraile.
Una inmensa dicha era mi compra en el quiosco. Con los vueltos, elegía una pequeña variedad, fundamentalmente ¡las “Tita”!
Era lo más exquisito para mí, que no comía casi nada. Se turnaban para hacerme aviones, esperando que la nena “tragara “nutrientes.
Lo mío eran los milanesas con lechuga, ¡ah!, y las ranas que “cazaba” los días de lluvia y horneaba doña Amelia, mi vecina.
Las “Tita” tenían un significado, creo que tan importante como sacar la sortija de la calesita.
En la heladera Kelvinator las apilaba en la puerta (no sé porqué me gustaban frías) y las envolvía suponiendo que nadie las veía.
Deleite mayor no había y mis padres se alegraban, porque “la chiquita algo más comía”.
Llegó el día en que mi mamá, habiendo recibido quejas de los proveedores, tuvo que tomar la decisión de darme un reto inolvidable.
Estando en la planta alta de la casa, descubrió mi travesura y mientras bajaba volando por las escaleras, no tuvo mejor idea que tirarme con una escoba. Por suerte erró su puntería.
“Nunca más me mientas”, gritó mi madre. Lloriqueando me fui a refugiar en los brazos de Silveria, la chica que trabajaba en casa.
Jamás olvidé ese momento. Cumplía fielmente con los insumos indicados y le pedía dinero para las golosinas.
Pero mi adicción por los dulces nunca me abandonó.
Ahora, en la mesa de luz, me esperan ansiosos dos alfajores de chocolate y dulce de leche.
Creo que me hablan: “Apurate que comienza el programa de ‘Los ocho escalones’”.
¡Qué felicidad tener esas dulzuras a mi lado!
Estudiando y amando
Gloria De Bernardi
Yo estaba de novia con G.A., creo que en primer año de Medicina.
Iba caminando por avenida Francia y veo pasar un hombre hermoso en un auto convertible, el famoso MG 47, rojo en ese entonces.
Lo vi y quedé fascinada.
Pasaron varios meses.
Un día, fui a un concierto en El Círculo con mi novio y lo vi a él, varios asientos adelante, con otra mujer, linda, de pelo largo, rubión.
Me dio un ataque de celos. Ya lo había elegido.
Pasó por lo menos otro año más sin verlo. Yo acababa de terminar mi relación con G. e iba a la biblioteca de la Facultad de Medicina a estudiar. Allí tenía amigos y amigas con los que íbamos a al bar.
Me levanté justamente para ir al bar y Juan Carlos (el Gordo) me llama y me dice: “¿Quién te hizo la cirugía estética?”. Yo me paré junto a él, extendí mi hermoso pelo castaño seductoramente y tuve la certeza de que era mi hombre.
Me habían hecho cirugía estética en la nariz, que yo odiaba.
Volví a la pensión enloquecida de alegría.
Cuando les conté a la Kitty y a Delia lo que me había pasado, y la certeza de que tenía de que esas palabras habían sido como una declaración, ellas quedaron estupefactas, pero me creyeron, yo estaba tan segura…
A partir de ese momento, comencé a ir sola al bar, mis amigos no entendían nada, ellos iban, yo me quedaba, ellos se quedaban, yo iba.
Al bar “El tejedor”.
Creo que ya la segunda vez que hice esto el Gordo me siguió, me senté sola en una mesa, a la espera, y él se sentó conmigo, y charlando, ya en pleno plan de atraque, decidimos vernos esa misma noche en el bar de “Solares del Rosario”, barrio donde después vivimos.
Esa noche nos encontramos, hablamos muchísimo sobre nuestras ideas de la vida, yo ya estaba entregada y él también.
Era tal la emoción que me producía salir con él, que no me entraba bocado, se me cerraba el estómago.
Él se despidió de mí sin decirme cuando nos íbamos a ver de nuevo. Pero yo estaba segura de que lo iba a ver y de que iba a ser mi pareja.
A los pocos días, yo iba caminando por calle Mendoza (vivía en una pensión en calle Mendoza, esquina presidente Roca), y siento clarito que él me llama: “¡Gloria!”.
Me doy vuelta, yo estaba casi en la esquina y él, cerca de la pensión. Nos acercamos, él juró que no me había llamado, pero yo lo escuché.
Quedamos en ir a un lugar bailable que se llamaba “El Cisne” o algo así, que quedaba en Fisherton.
Yo me puse mi vestido negro de lanilla minifalda sin mangas y el tapado de piel.
Él, un traje azul. Estaba hermoso.
Bailamos muy juntitos, pero no me dio ni un beso. Nada.
De a poco, empezamos a salir y un día, en un lugar bailable nocturno que quedaba en Alberdi, ahí sí, el romance eclosionó, muy apasionado.
El Gordo me explicó que quería ser muy prudente; porque, como había tenido muchas parejas ocasionales, quería estar seguro de que yo era la mujer, la que él había elegido.
A partir de ese momento, no nos separamos más.
Salíamos hasta tardísimo a la noche, nos hablábamos todo. Era invierno, yo volvía a la pensión aterida de frío, pero en estado mágico. No me podía dormir.
Conocí el río, por primera vez. Fui en el velero de su amigo el Negro, le decían el Indio. Hacía mucho frío dentro, pero el amor da el calor necesario y más que el necesario.
Otro día salimos en la lancha de madera de Cacho, un amigo de él, también estudiante de Medicina.
La isla y el río eran lugares solitarios, no existía la locura de ahora.
Empezamos a ir a su casa por la noche, entrábamos a escondidas.
El Gordo quería que yo me quedara a dormir, decía que al día siguiente la tía Luisa nos iba a cebar mate; pero a mí me daba vergüenza, así que me volvía a la pensión. Él me acompañaba, obviamente.
En ese entonces habíamos cambiado de pensión, vivíamos con la Kitty en bulevar Oroño.
Conoció a los papis, que quedaron encantados con él. Era tan educado, hermoso, trabajador y, sobre todo, me amaba tanto.
A los once meses de novios, decidimos casarnos. Mejor dicho, el Gordo quería casarse sí o sí. Yo tenía 22 años y él, 28. Quería formar una familia, tenía mucha ilusión.
Yo tenía miedo de formar un hogar siendo tan joven, pero no quería perderlo.
Él no se había recibido de médico todavía. Trabajaba en el Museo de Anatomía, fue uno de los fundadores, en la Asistencia Pública, como practicante de Guardia.
Trabajaba también en la UOM de Villa Constitución y en un psiquiátrico, como clínico; pero igual ganaba poco. Los médicos en Argentina estamos mal remunerados. Y los estudiantes, peor.
El Gordo tenía un gran amigo, Pocho, que hacía poco que se había recibido de médico. Era un seco, y se había ido a vivir con su mujer, Betty, a su pieza, en la casa de sus padres. Tuvieron un varoncito.
Entonces el Gordo decía: “Si Pocho y la Betty pueden vivir en una pieza y son felices, ¿por qué no podemos nosotros vivir en mi pieza?”.
Y así decidimos casarnos.
Mis viejos nos habían invitado a la Kitty y a mí a Buenos Aires, y allí les conté mis planes. Me acuerdo bien. Y ellos, que siempre fueron tan prudentes, no hicieron ninguna objeción.
Decidimos casarnos el 6 de setiembre de 1968.
Para ese entonces, la Kitty, yo, Marta y Alicia, compañeras mías y de la Kitty, vivíamos en un departamento de calle Entre Ríos y 3 de febrero.
Dos en cada habitación. El departamento estaba lleno permanentemente, porque las cuatro teníamos novio, más los compañeros que iban a estudiar.
Me acuerdo de una anécdota risueña.
El departamento estaba al final del pasillo, no me acuerdo si en el primer o segundo piso, y cuando el Gordo y yo íbamos hacia allí, él iba atrás mío, caminábamos como dos patos, y hacíamos “¡cua, cua,cua!”
¡Qué felices!
La fiesta de casamiento la pagaron mis padres y la hicimos en el mismo departamento. Estaba lleno de amigos y familiares, mis padres habían pagado un par de mozos para que sirvieran.
Había gente hasta en el palier.
Por supuesto, ¿qué hizo el ansioso del Gordo? Se quiso ir de la fiesta, que había sido un almuerzo y, quieras que no, nos fuimos antes que todos, de viaje a Córdoba en el Chevrolet de mi papá, que nos lo había prestado.
Hacía tanto calor que yo, que tenía los pies hecho polvo con mis zapatos nuevos, color rosa viejo, me fui descalza. Tenía un vestido hermoso minifalda rosa viejo y una cartera tejida que me había hecho una amiga de la Kitty.
Así empezó nuestra vida de estudiantes casados.
Otro día seguiré con esta historia.
Petición de socorro
Daniel O. Jobbel
Debo de haber hecho algunos viajes en la falda de mi madre entre los dos y los cuatro o cinco años. Digo esto porque mi madre trabajaba de costurera y nunca se sabía cuándo llegaría. La mente borrosa me juega una mala pasada y puedo recurrir al error, de tiempos, formas, pero esa foto en sepia en la que estoy junto a ella casi no miente.
No hubiera sido lógico que mi padre, un vulgar empleado y repartidor de Dinóbile, (una antigua gran librería de San Martín y Pellegrini), con un inmenso lápiz como cartelería en el Rosario que emergía sigiloso y productivo gracias a los granos del campo; llegara con una mochila llena de novedades, anécdotas, historias, que contar cuando era distribuidor de esa empresa, en esos viajes a La Capital y al interior desde Rosario, pasando por localidades, pueblos, ciudades de todo catálogo; y durante sus períodos anuales de licencia, cuando lo que le daba prestigio era lucirse con sus antiguos compañeros de trabajo hablando poco y fino, por lo menos apurando lo mejor que podía la dicción, porque era medio quedado y en algún bodegón al que asistía, entre cartas, copas y cómplices de silla, regalarles cuentos del viejo arrabal, relatos y personajes del “pago chico”; historias de mujeres; alguna “Gatúbela fatal”, a la cuál pagara su propina con un trago; incluso alguna compradora fácil que se le presentara en el mercado de San Telmo, en Buenos Aires o en algún almacén de pueblo. Sin embargo, eso nunca lo confesaría según mi abuela en la mesa con nosotros, creo que por amor a los suyos especialmente a mi madre. O simplemente porque nunca sucedió.
¿Imaginaría eso? Caía de maduro que sus relatos eran ingeniosos, casi inverosímiles, con finales confusos y con mucha timidez, así creo que solo era para tener algo por contar de sus viajes, y llamar la atención frente a sus allegados, según observó mi tío Juan.
Muchos años después, mi abuela me contó que, cuando me entregaban a sus cuidados y la “Revolución libertadora” estaba en su auge, esa abuela, maldecía en voz baja, no hablaba de política, pero poco le agradaba aquellos sucesos. Ella me sentaba en la habitación, cerca del patio con sus malvones, para que yo juegue un rato con algún juguete, sobre una manta extendida en el suelo, desde donde, de tarde en tarde, le llegaba mi voz: “Nona, nona”. “¿Qué quieres, hijo mío?”, preguntaba ella. Y yo chupándome el dedo gordo de la mano izquierda, llorisqueando lágrimas en los ojos, le decía: “Yo quiero caca...”. Cuando ella acudía a la petición de socorro era demasiado tarde. “Ya te has ensuciado encima”, decía mi abuela Dominga, riendo y preocupada.
De modo que, habiendo partido mi madre siempre a su trabajo de costurera, o con mi padre a sus viajes; todo ese esfuerzo para tener casa propia en la zona sur en el barrio Las Delicias; Dominga y yo éramos única compañía en aquella primavera de 1958, cuando contaba nada más que dos años y pico de vida. ¡Y que más feliz que una abuela con su nieto!; aunque mi desarrollo comunicativo no podría valer gran cosa y solo sería ensuciar pañales y gatear por el suelo.
Es de suponer, por tanto, que los escatológicos episodios que acabo de mencionar sucederían después, en aquellas idas a la laguna Mar Chiquita, Córdoba, para pasar períodos de vacaciones con mis abuelos y dejar embarrarse, secarse al sol, luego zambullirse en esa agua salitre para suplir el reuma que tenían y, además, cargarse con una pila de pañales para el nene, que quedaban colgados en la soga de la hostería a la vista de todos.
También quisiera entrever cuando mi madre, dejándome entregado a la abuela Dominga, iba de incógnito a matar la nostalgias con amigas de juventud, a quienes daría parte de sus propias experiencias de la civilización de entonces, incluyendo, si el orgullo no le trababan la lengua, de su esclavo trabajo y otras cuitas; además escuchando de los malos tratos frecuentes de muchos de los maridos de sus amigas, quienes habían perdido el norte en una borrachera, o con las eróticas alegrías de una sensual “Rita La Salvaje” en nuestra metrópolis. Supongo que por haber sido atónito y ni testigo de algunas de esas deplorables escenas domésticas jamás he levantado la mano contra ninguna mujer.
Ya de adolescente mi abuela y luego mi madre me hacían recordar aquel momento: “¿Te acordás de cuando te cambiaba los pañales, nenito?”.
Los setenta
Mónica Mancini
Los años setenta no son muy bien recordados. Cuando miramos para atrás, el pensamiento colectivo en general rememora los momentos más oscuros.
Pero cuando nos podemos despegar de esos acontecimientos que hoy nos afectan tanto, aparecen los detalles de nuestra vida particular. Vivíamos situaciones que nos hacían felices, nada de conciencia, nada de culpa.
Retrocediendo en el tiempo, rememoro casi todos momentos emocionantes, vividos con mucha pasión.
Recuerdo mi cumpleaños de quince en el 71, que se festejó en mi casa, repartiendo las mesas para los jóvenes, niños y adultos, entre la cocina, el garaje y el comedor. El avance tecnológico más impresionante era que podíamos sacar fotos a color, por supuesto, quien lo hacía era un profesional citado con anterioridad para la fecha indicada. Después, debíamos esperar un tiempo para poder ver las imágenes que quedaban inmortalizadas en el papel.
Entre los regalos había muchas cosas de oro: pulserita de identidad, dijes, medallón. Era muy común que nos obsequiaran el primer reloj, como símbolo de madurez.
Mi vestido era largo, color ciruela, rebeldía al vestido de princesa vaporoso y corte de pelo “Napoleón”, corto arriba y largo en la nuca. Las chicas casi todas con minishort, botas bucaneras y chaleco largo. Era la última moda. Los varones de traje, eso sí, todos con zapatos, nada de zapatillas.
La música sonaba en un Wincofon, donde circulaban los long plays. Estaban muy de moda los grupos nacionales, como Los gatos, Almendra, Pescado Rabioso, pero también escuchábamos los de afuera. Bailábamos “sueltos” y esperábamos los lentos para acercarnos un poco más.
Creo que lo único que permanece más o menos similar es la comida: sándwiches, pizza, empanaditas, minutas, gaseosas y alcohol solo para los adultos.
En esos tiempos teníamos gobierno de facto, no nos preocupaba mucho tener a los milicos en el poder. Era casi común, desde el 66 que venían pasándose la banda. De todas formas, nos interesábamos en la política y había grupos en la escuela, que hablaban de volver a la democracia. Comenzamos a escuchar Vox Dei y cantábamos sus canciones en las misas.
Los planes de salida eran al cine y, aunque ya habían cerrado algunos de los del barrio, la oferta era amplia y podíamos elegir entre unas cuantas propuestas. La otra opción era mirar la televisión. Ya contábamos con tres canales y había programas que comentábamos todos, como los de Narciso Ibáñez Menta, las novelas de Alberto Migré, los partidos de fútbol y las peleas de Monzón.
Para ir a bailar existían las matinées, los del Club Echesortu, “Sayonara” en Fisherton, los domingos a la noche Unión y Progreso y muchos más sofisticados, como “Rojo 7000”, “Mongo Aurelio” o “La manzana de Adán”.
Ya en esos años evitábamos la compañía de las madres, que hasta no hacía mucho se te instalaban en una mesa para controlarte.
La previa de la salida era estimulante. Estábamos en todos los detalles, el pelo, generalmente con “la toca”, se hacía con un rulero grande y todo el pelo alrededor, el objetivo era que te quedara lo más lacio posible. El maquillaje llevaba su tiempo, existía un rímel bastante espeso y el objetivo era alargar las pestañas, se contorneaban los ojos con delineador, no sé cómo, pero nos quedábamos muy conformes con el resultado. Claro que, si no pasabas una buena noche y lagrimeabas un poco, te transformabas en un personaje de película de terror.
Cuando llegaba el momento del boliche, todo era expectativa, aún se usaba el “cabeceo”, que había que saber entenderlo, ya que un error podía ser fatal, tanto para nosotras como para ellos.
Conocer a un chico y quedar para una próxima cita, tenía que ver con la memoria para recordar un número o acordar lugar y hora en ese momento. Cabe aclarar que no todos teníamos teléfono, hasta a veces se daba el de un vecino, se buscaba la manera de no perder el contacto. La verdad es que, si te querías encontrar de nuevo con alguien, seguramente lo lograbas.
Los pasatiempos eran escuchar música, casi siempre “en barra”, a veces en el “Winco” y también de programas en la radio dedicados a los jóvenes, donde podías pedir temas.
Otra distracción importante era la lectura. Ya habíamos pasado por las historietas y fotonovelas y accedíamos a literatura de moda. Recuerdo los libros de Sidney Sheldon, Guy des Cars, toda una época en la que nos los intercambiábamos y los leíamos a escondidas, a modo de gran transgresión.
Como expresé cuando comencé el relato, los setenta tienen una carga pesada; pero fue nuestra adolescencia y nuestra juventud, años irrepetibles, de tomar decisiones, de forjarnos nuestro destino.
Abrimos caminos para las generaciones que nos siguen, removimos prejuicios, y luchamos para ser escuchados, para contar nuestra historia.
Decisiones, elecciones y destino
María Cristina Piñol
Marzo de 1999, mi primer día de clases en la Facultad de Derecho. ¿Cómo llegué hasta aquí?
Lo primero que puedo decir es que es mucho más sencillo tomar decisiones y hacer elecciones a los cuarenta que a los diecisiete o dieciocho años.
A todos seguramente de niños nos hicieron esta preguntita: “¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?”. Y vos con ocho, nueve o diez años te imaginabas siendo astronauta o Sisí Emperatriz. Aunque no lo parezca esa pregunta no estaba tan mal, te hacía volar con la imaginación y sobre todas las cosas, significaba que podías elegir.
No menos común era la otra frase: “Cuando seas grande tenés que ser…”. Tremendo suena y más tremendo es, ya que no hay elección alguna, tu camino estaba determinado por otros.
Volviendo a mis elecciones, allá lejos en mi infancia a los 10 u 11 años tenía muy claro que quería ser actriz. Desde los 4 años iba a danzas y desde los 7 hasta los 12 también estudié Arte Escénico. El escenario era el espacio más feliz de mi vida. Dicen que quienes escuchan más temprano el llamado de la vocación son los artistas, sean músicos, actores, pintores, porque según la ciencia no es algo que se piensa, sino que se siente y aunque no son muchos los que escuchan este llamado aún menos le hacen caso. Creo que es cierto.
Pero, allí estaba la realidad que te saca del encantamiento, había que estudiar, la vida era larga, plagada de escollos, y la mejor herramienta que nuestros padres te podían brindar para sortearlos era el estudio. “El teatro y el colegio no van de la mano”, me decían y explicaban: “Sos una nena muy inteligente, elegí estudiar lo que te guste y en la escuela que quieras, seguro vas a triunfar”.
Acá voy a abrir un pequeño paréntesis cronológico, para explicar lo de “nena inteligente y triunfar”. Tuve la ¿fortuna? de ser la primera hija, nieta y sobrina de ambas familias, paterna y materna, privilegio que duró más de cinco años hasta que nació el segundo, aunque según dicen mi hermano y mis primos, ese reinado perduró por siempre. Así fue como durante mi primera infancia las cuatro tías solteras volcaban sus mimos, tiempo y expectativas en esa pequeña niña revoltosa. Todas estas chicas eran mujeres independientes, trabajaban y un par de ellas también eran deportistas. La más joven cuando yo nací tenía 22 años, las otras entre 28 y 33 y aún no se habían casado, ¿muy raro para la época no? En medio de ese entorno es fácil entrever que aquella niña fue súper estimulada: libros, cuentos, paseos, música, baile. Cada día eran una aventura.
Como todos esperaban, la escuela primaria la pasé “de taquito”, llegó sexto grado y fui abanderada. Primera tarea cumplida.
Elegí la escuela secundaria e ingresé, previo examen, al Superior de Comercio. La nena iba bien encaminada. Terminé en tiempo y forma sin problemas.
¿Era realmente inteligente? Mmm no lo sé, pero sí era muy estudiosa y no me gustaba fallar.
Quizás como consecuencia de este entorno cercano, a diferencia de muchas niñas de mi edad, el matrimonio y formar una familia no estaban entre mis metas, por el contrario, me imaginaba como una mujer libre, con una profesión, exitosa en mi trabajo y recorriendo el mundo. Mi heroína de la niñez era Josephine (Jo), la rebelde escritora de las hermanas March de la novela Mujercitas. Tampoco en mi casa me guiaban hacia esa meta familia-hijos.
Año 1970, revuelto el país y revueltos nosotros, los adolescentes que debíamos elegir carrera, organizar el viaje de estudios, la fiesta de graduación y, en el medio, vivir todas las cosas lindas y feas que conlleva esa edad.
Elegí estudiar Medicina. No fue una decisión por azar o por descarte, tenía motivos para considerar que era lo que realmente quería. Mi tío Enrique era médico pediatra. Fuimos muy compinches y él fomentaba mi faceta artística. Íbamos los dos al teatro, al cine, me compraba libros de poesías, clásicos de la literatura y hasta me llevaba al Hospital de Niños o al Centenario a la sala de pediatría a leerle cuentos o recitarles poesías a los chiquitos internados, Me encantaba hacerlo y, como si fuera poco, el tío también “me curaba”. Por otro lado, en la secundaria, creo que en tercer año, dábamos como materia autónoma Anatomía. El profesor, el doctor Gallo fue el docente soñado, exigente pero sumamente comprometido con los alumnos, y su didáctica sencilla y convincente me hizo amar la materia.
En abril de 1971, comencé a cursar el primer año de la carrera y los tres tomos de “Anatomía”, de Rouviere, se convirtieron en una extensión de mi cuerpo. Era el inicio de una década turbulenta, de días complicados, organizaciones como el ERP y Montoneros conformaban el terrorismo “civil” enfrentando al terrorismo de Estado, y ambas márgenes afectaban toda nuestra vida. Cada semana se decretaba una “toma de la facultad”, se cerraban las puertas, nadie podía entrar ni salir, se levantaban las clases, se posponían exámenes. Era un verdadero caos. La mayoría de los que ingresamos en 1971 recursamos en el 72 que también fue un año caótico, la “Masacre de Trelew”, estudiantes desaparecidos, en fin, todo lo que ya conocemos y que hoy vemos con la lupa esmerilada del tiempo, pero para quienes lo vivimos con apenas 18 o 19 años fue un motor para cambios de proyectos. Se hacía difícil imaginar y construir un futuro nadando en el lodo.
Y fue el momento en que aquella nena inteligente y exitosa dio el “batacazo”, dejé la facultad y fui a trabajar en el negocio familiar. Fue una decepción para muchos y un alivio para mí.
En medio de esos cambios, me aguardaba lo menos pensado, me enamoré y me di cuenta de que era amor verdadero cuando comencé a imaginarme, por primera vez, casada y con una gran familia.
Tenía 20 años y quería encarar otra carrera sin dejar de trabajar. Vi la oportunidad en la UTN que tenía cursado vespertino y ofrecía el título de Analista de Sistemas, novedoso y vanguardista que aseguraba un futuro promisorio. En esos momentos una computadora IBM ocupaba el espacio de una habitación de 4 x 4. Corría el año 1973, si los anteriores habían sido complicados ni que hablar de este. El ingreso a las facultades ya era irrestricto, no obstante, debíamos hacer un curso previo y presencial. Y vuelta la burra al trigo: teníamos un cuadernillo donde supuestamente se nos explicaba los lineamientos de la carrea, las incumbencias y salidas laborales. Lo cierto es que si bien, parte de ese cuadernillo refería a esos propósitos, otra parte estaba totalmente vinculado a la política y la ideología imperante en ese momento. Si el 72 en las facultades, para estudiar, fue complicado, el 73 fue terrorífico. Cualquier día en medio de una tranquila clase irrumpía algún grupo civil armado y nos sacaban de la facultad y a la semana siguiente otro grupo, también armado del “otro lado” ya sea Ejército o Policía irrumpía en la clase en busca de los anteriores. Salíamos a las 23, la calle estaba desierta y el miedo se hacía sentir. Segundo desistimiento.
Más allá que este macroentorno condicionaba la vida de todos, ni la medicina ni el análisis de sistemas eran para mí.
En octubre de 1975 nos casamos. Mi vida dio un giro de 180 grados y de a poco fui aprendiendo el “oficio” de ser mamá. No hay universidad que te capacite para esto, la única forma de aprender un oficio es haciéndolo.
Y volví a estudiar. Cursé cuatro veces la primaria y otras tantas la secundaria, no ya como alumna, pero si como docente en cada grado y en cada año de la escolaridad de cada uno de mis hijos.
Los chicos crecieron y fui redescubriendo mi tiempo, mis sueños juveniles, reencontrándome con aquella niña que nunca me había abandonado y solo estaba esperando el momento justo para avisarme que aún estaba allí tan fresca y decidida como siempre.
Así llegué aquel marzo de 1999 a la Facultad de Derecho, recordando casi textualmente las palabras del psicólogo que nos hizo la devolución del test vocacional en 1970: “Señorita Piñol (así era el trato, de usted y señorita), sus habilidades sin dudas están dirigidas hacia una carrera humanística, manifestó su deseo de estudiar Medicina y está acorde a su test; pero sinceramente, si no se hubiese inclinado por una carrera en particular, debo decirle que usted, sería la abogada perfecta”.
Soy abogada, pero por suerte no soy ni pretendo ser perfecta, hace tiempo comprendí que la perfección era la expectativa de los otros y no la mía.
Hoy a la distancia y con una vida de por medio, puedo atreverme a hacer algunas reflexiones:
¿Es la abogacía mi pasión? Digo sin dudarlo que el Derecho me apasiona, pero lamentablemente la profesión discurre por otros carriles.
¿Hubo en mi vida alguna elección vinculada con la perspectiva de género? No, ni de mi parte ni de parte de mis padres.
¿Hubo alguna imposición de mis padres para la elección de una carrera? Definitivamente no, siempre pude elegir. Si cometí errores en algunas elecciones, fueron solo mis yerros.
¿Siento que coartaron mi vocación al disuadirme de no seguir con el teatro? Aunque siempre me resultó un poco incomprensible que me fomentaran de pequeña esa inclinación para luego decidir que estudiar y hacer teatro al mismo tiempo era imposible, con el tiempo comprendí la dicotomía. Hoy, sé que esos años de cercanía con el arte me proporcionaron muchísimas herramientas que he usado en incontables situaciones y, además, si realmente hubiese querido continuar podría haberlo hecho en cualquier otra etapa de mi vida. La elección también fue mía. De todos modos, los abogados tenemos algo de actores y, aún con la ley entre las manos, sabemos que cada cliente es un ser diferente y para defender sus derechos debemos “interpretar el rol de cada uno de ellos” ante quienes corresponda.
¿Existe el destino como un hecho inexorable? No lo creo, y me quedo con Cortázar, “Nos estábamos buscando sin saber que íbamos a encontrarnos”, y con su correlato en el dicho popular que reafirma a Cortázar: “El que busca siempre encuentra”.
“Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.” Sartre parece ensañarse con ponernos a filosofar. ¿Qué es lo realmente importante en nuestra vida, lo que “hicieron de nosotros” o lo “que nosotros hacemos con eso”? Creo que esta es la entraña de la frase, lo que “hicieron” es de los otros y ya pasó, lo que “hacemos con eso” solo nos pertenece a cada uno de nosotros. El futuro es una página en blanco, que nos toca escribir; y comprenderlo es tan mágico, que nos hace verdaderamente libres.
Los comerciantes de mi barrio
Graciela Bazzana
Recuerdo con nostalgia algunos de los comercios de mi barrio, ya desaparecidos como, por ejemplo, “Textil Todo Once” (atendido por sus dueños, un matrimonio muy especial). Llegabas y salían al encuentro ofreciendo todo tipo de prendas.
Otro negocio que recuerdo era "Capobianco iluminación” (lámparas; veladores; arañas) de fabricación propia, con su dueño al frente y siempre muy amable, el cual brindaba todo tipo de soluciones.
Otros negocios son “disquería Bigotes", joyería "Marcovich", "Butti musical” (con sus discos de la época), kiosco de diarios y revistas “Don Lucio”, joyería y relojería “No me olvides” y tantos más.
Otro capítulo aparte se llevan los vendedores ambulantes como una camioneta verde oscura, que repartía vinos en damajuana “Galán"; y en un camioncito con forma de tanque, también verde oscuro, repartían kerosene “Don Ordiales".
Estaba el peluquero "Miguelito”, que iba a domicilio en moto y en 10 minutos te dejaba "pipí cucú"; y también el lechero, con sus tarros en una jardinera, que pasaba todas las mañanas y las mujeres se acercaban con una jarra o una botella a comprar el indispensable alimento.
Antes del amanecer, pasaba el diariero dejando bajo la puerta un ejemplar.
Todas las tardes de verano se sentía la típica musiquita del heladero “Laponia”.
Y, así pasaron, muchos comerciantes. Pero me quedó grabado en la memoria una tienda muy variada en la esquina de calle Córdoba y Larrea, que se llamaba "Casabal" y era atendida por sus dueños: don Juan Balbi y su esposa doña Rosa. Don Balbi, como todos lo llamaban, esperaba a los clientes en la puerta del negocio, los acompañaba hacia el interior, donde estaba doña Rosa, siempre con una sonrisa y tejiendo al crochet, y no te dejaba ir sin venderte algo. Así, mientras la clienta miraba la mercadería sobre un mostrador vidriado, sin que te des cuenta te saltaba en la mano tremenda tarántula y la clienta entraba en pánico, mientras él disfrutaba y no paraba de reír. Otras veces, era un sapo todo arrugado y feo o una larga víbora gruesa y áspera que salía del mostrador.
Siempre tenía un as bajo la manga. Eran estrategias que unidas al buen carácter (era un excelente humorista) le ayudaban a tener buenas ventas.
Tuvo el negocio muchísimos años hasta que él y su señora se jubilaron. Vivieron en el barrio un tiempo más y, luego, se mudaron a un pueblo cercano. Desde ese momento nunca más supimos de ellos, pero su recuerdo perdura en la memoria de los que éramos sus clientes y amigos.
Había una vez… recuerdos de infancia
Estela Simón
No digo adiós. Ustedes se irán.
Yo permaneceré, reinventando el recuerdo de lo que han sido.
No digo adiós, aquí me quedo para contarlo todo.
Liliana Bodoc
Blanco y negro, blanco y negro, las baldosas en damero vestían el patio de mi casa. En los espacios que las puertas otorgaban permisos, se alojaban los enormes macetones rojiblancos de tres patas y, contra la medianera que daba al pasillo, estaba recostado el piletón de cemento y azulejos blancos.
Hacia él se abrían cinco puertas, la de entrada, la del baño, amplísimo en comparación con la cocina pequeña y oscura, y las de hojas dobles que enmarcaban las dos habitaciones, la que ocupábamos mis padres, mi hermano y yo y la de Marcelina y Francisco, mis abuelos maternos. Eran piezas con techos altísimos que a mí me parecían enormes. En la de mis padres estaba el juego de dormitorio: cama matrimonial, mesitas de luz, cómoda, ropero y del otro lado de la cortina divisoria, el combinado y, a cada lado de la mesa del comedor, nuestras camitas. En la de mis abuelos el juego de dormitorio era de un estilo más antiguo: la cama con un trabajado respaldar y pie en bronce, mesitas de luz altas y con tapas de mármol rosado; y estaba el aparador, donde también habitaba la radio y la mesa de madera más rústica en la que la abuela amasaba los ravioles domingueros.
Así, recuerdo la casa donde nací, que todavía sigue en pie en pleno barrio San Cristóbal a pasitos del Congreso. En la fachada había dos largos ventanales con barrotes de hierro y una generosa entrada con escalones de mármol blanco que a medida que se iba estrechando se prolongaba en un largo pasillo al que daban las puertas de seis o siete departamentos similares al nuestro. En el primero vivía la encargada, Doña Asunta, con una de sus hijas y dos nietas.
La casa estaba en una cuadra de viviendas muy semejantes en diseño y estructura, de veredas anchas que permitían al mismo tiempo jugar al pisa pisuela, a la mancha venenosa, a las estatuas, las visitas y también a las carreras de autitos, que circulaban por viboreantes carreteras de tiza. En esa misma cuadra, y tan solo a dos casas de la mía, vivía Pocholo amigo y compinche de mi hermano. Me gustaba, pero a mis ojos lo que tenía de fascinante era que en su casa fabricaban muñecas peponas, con voluminosos cuerpos de tela y sobreritos angelicales enmarcando sus caritas rubicundas.
Era una época de largas tardes de películas en el cine Perla, donde programaban dos o tres con números en vivo en los intervalos, especie de recreos escolares que ocasionalmente amenizaban cantantes o magos. Mis preferidas eran las protagonizadas por El Llanero Solitario con su caballo Plata y definitivamente Sarita Montiel se había convertido en mi actriz favorita cuando en La Violetera cantaba:
Como aves precursoras de primavera
En Madrid aparecen las violeteras
Que pregonando parecen golondrinas
Que van piando, que van piando
Llévelo usted señorito que no vale más que un real
Cómpreme usted este ramito
Cómpreme usted este ramito
Pa’ lucirlo en el ojal…
Era la década del 50 en la que el tranvía era un medio de transporte habitual para ir a la escuela y al club San Lorenzo en vacaciones veraniegas Íbamos con Juan, quien por ser el hermano mayor –y único-, estaba predestinado a llevarme a todos esos lugares; pero que, en cuanto podía y sin que me diera cuenta, desaparecía mágicamente y no volvía a aparecer hasta la hora del regreso.
Vivíamos emocionantes tardes escuchando en la radio, junto a mi abuela, las aventuras de Tarzán el rey de la selva, Poncho Negro o Sandokán el Tigre de la Malasia, personajes que hacían volar mi imaginación al acompañarlos en sus fantásticas aventuras. En cambio, con mis padres escuchaba música en el tocadiscos del combinado. Ellos tenían una variada colección de discos de vinilo y los que impregnaron de sensualidad el registro de mi memoria y mi corazón fueron un par de tangos interpretados por Julio Sosa, “Fumando espero”, “A media luz” y la canción francesa “Bajo el cielo de París” en la melodiosa voz de Edith Piaf.
También por aquel entonces, a los siete u ocho años, mamá me regaló un libro de tapas rosadas, “Las aventuras de Nadasabe y sus amigos”, que me impactó. Me acuerdo algunas sensaciones: sorpresa, ternura, calidez, frescura, encantamiento me atravesaban mientras y yo me sumergía en las peripecias que vivían sus diminutos personajes en la ciudad de Las Flores. Chiquitines y chiquitinas con nombres que me aproximaban a algo que los caracterizaba: Nadasabe, Sabelotodo, Pildorita, Tornillito, Quién sabe, Por si acaso, Ojos azules.
Recuerdo qué tamaña impresión se tradujo en reproducir esa pequeña ciudad y sus habitantes, en el patio de casa. Utilizaba todo tipo de materiales: plastilinas de colores, broches... Los macetones de tres patas hacían las veces de junglas salvajes y allí los hice protagonizar mil historias.
Mi mundo era mi casa y el patio con baldosas en damero, donde jugando todo era posible. También hubo un tiempo de pena y tristeza como cuando murió el abuelo Francisco. El velatorio se hizo en casa y desde entonces se quedó alojado en mi nariz el penetrante aroma de las coronas florales. A partir de ese momento y para que estuviera acompañada, pasé a dormir con mi abuela en su cama matrimonial. Me acostumbré tanto a su compañía, que en posteriores mudanzas seguimos durmiendo juntas, aunque en camas separadas, hasta el día que me casé.
Con la abuela Marcelina disfruté de salidas especiales, un día me llevó a merendar a la confitería “El Molino”, que me dejó asombrada con su refinado estilo Art Nouveau y otra tarde nos divertimos en el teatro con las boberías de Carlitos Balá en “Canuto Cañete conscripto del siete”.
Mi abuela poseía unas cuantas habilidades. Cocinaba rico, aunque muchas veces las comidas estuvieran sujetas a las preferencias de los varones “cabeza de familia”; me entretenía relatándome historias interesantes sobre su infancia; diseñaba y cosía los vestidos para mis muñecas y un par de veces se atrevió con mis disfraces de carnaval. Me enamoré del traje de florista con capelina y canasta repleta de flores, que al año siguiente volvió a transformar en uno de gitana con chalequito y pañuelo rojo bordado con estrellas y lunas de metal dorado que caían sobre mi frente.
Abuela Marcelina, a la que en realidad todas sus hermanas le decían Marcela y a la que yo que a pesar de tanta intimidad siempre traté de usted, era entrerriana, había nacido en un campo en Gualeguay, donde su padre era puestero. Tenía pocos años cuando su mamá murió, meses después del último parto, quedando en esa casa muchos niños que atender y muchas bocas que alimentar; tantas necesidades sumadas a una madrastra muy rigurosa y la llegada de más hijos, hicieron que decidieran enviar a Marcelina hacia Buenos Aires para trabajar como mucama y cocinera en casas de familias acomodadas, como los Ojea y los Urquiza.
Por aquellos años esas familias acostumbraban a llevar pavos, lechones y corderos a las panaderías para ser cocinados en sus grandes hornos. Mi abuela, encargada de la cocina visitaba asiduamente la panadería donde trabajaba Francisco, mi abuelo, un gallego que llegó a estas tierras junto a su hermano Juan, dos adolescentes que huían de la miseria y la milicia. Fue en ese intercambio gastronómico, en ese ir y venir de la panadería a la casa y de la casa a la panadería, que mis abuelos se conocieron y se enamoraron… envueltos en el aroma tentador del pan recién horneado.
Francisco había tenido que solicitar el permiso de los patrones donde trabajaba Marcelina para verla y salir a pasear juntos en sus días de franco. Finalmente, un 12 de agosto de 1922 se casaron y fueron a vivir a una pieza del conventillo situado en Independencia y Pichincha… en el mismo barrio de San Cristóbal, donde yo nací. Todavía conservo retazos de recuerdos sobre la vida en el conventillo del que tanto mamá como la abuela me contaban, pero será tema para otros relatos.
No digo adiós, aquí me quedo para contarlo todo.
Liliana Bodoc
Blanco y negro, blanco y negro, las baldosas en damero vestían el patio de mi casa. En los espacios que las puertas otorgaban permisos, se alojaban los enormes macetones rojiblancos de tres patas y, contra la medianera que daba al pasillo, estaba recostado el piletón de cemento y azulejos blancos.
Hacia él se abrían cinco puertas, la de entrada, la del baño, amplísimo en comparación con la cocina pequeña y oscura, y las de hojas dobles que enmarcaban las dos habitaciones, la que ocupábamos mis padres, mi hermano y yo y la de Marcelina y Francisco, mis abuelos maternos. Eran piezas con techos altísimos que a mí me parecían enormes. En la de mis padres estaba el juego de dormitorio: cama matrimonial, mesitas de luz, cómoda, ropero y del otro lado de la cortina divisoria, el combinado y, a cada lado de la mesa del comedor, nuestras camitas. En la de mis abuelos el juego de dormitorio era de un estilo más antiguo: la cama con un trabajado respaldar y pie en bronce, mesitas de luz altas y con tapas de mármol rosado; y estaba el aparador, donde también habitaba la radio y la mesa de madera más rústica en la que la abuela amasaba los ravioles domingueros.
Así, recuerdo la casa donde nací, que todavía sigue en pie en pleno barrio San Cristóbal a pasitos del Congreso. En la fachada había dos largos ventanales con barrotes de hierro y una generosa entrada con escalones de mármol blanco que a medida que se iba estrechando se prolongaba en un largo pasillo al que daban las puertas de seis o siete departamentos similares al nuestro. En el primero vivía la encargada, Doña Asunta, con una de sus hijas y dos nietas.
La casa estaba en una cuadra de viviendas muy semejantes en diseño y estructura, de veredas anchas que permitían al mismo tiempo jugar al pisa pisuela, a la mancha venenosa, a las estatuas, las visitas y también a las carreras de autitos, que circulaban por viboreantes carreteras de tiza. En esa misma cuadra, y tan solo a dos casas de la mía, vivía Pocholo amigo y compinche de mi hermano. Me gustaba, pero a mis ojos lo que tenía de fascinante era que en su casa fabricaban muñecas peponas, con voluminosos cuerpos de tela y sobreritos angelicales enmarcando sus caritas rubicundas.
Era una época de largas tardes de películas en el cine Perla, donde programaban dos o tres con números en vivo en los intervalos, especie de recreos escolares que ocasionalmente amenizaban cantantes o magos. Mis preferidas eran las protagonizadas por El Llanero Solitario con su caballo Plata y definitivamente Sarita Montiel se había convertido en mi actriz favorita cuando en La Violetera cantaba:
Como aves precursoras de primavera
En Madrid aparecen las violeteras
Que pregonando parecen golondrinas
Que van piando, que van piando
Llévelo usted señorito que no vale más que un real
Cómpreme usted este ramito
Cómpreme usted este ramito
Pa’ lucirlo en el ojal…
Era la década del 50 en la que el tranvía era un medio de transporte habitual para ir a la escuela y al club San Lorenzo en vacaciones veraniegas Íbamos con Juan, quien por ser el hermano mayor –y único-, estaba predestinado a llevarme a todos esos lugares; pero que, en cuanto podía y sin que me diera cuenta, desaparecía mágicamente y no volvía a aparecer hasta la hora del regreso.
Vivíamos emocionantes tardes escuchando en la radio, junto a mi abuela, las aventuras de Tarzán el rey de la selva, Poncho Negro o Sandokán el Tigre de la Malasia, personajes que hacían volar mi imaginación al acompañarlos en sus fantásticas aventuras. En cambio, con mis padres escuchaba música en el tocadiscos del combinado. Ellos tenían una variada colección de discos de vinilo y los que impregnaron de sensualidad el registro de mi memoria y mi corazón fueron un par de tangos interpretados por Julio Sosa, “Fumando espero”, “A media luz” y la canción francesa “Bajo el cielo de París” en la melodiosa voz de Edith Piaf.
También por aquel entonces, a los siete u ocho años, mamá me regaló un libro de tapas rosadas, “Las aventuras de Nadasabe y sus amigos”, que me impactó. Me acuerdo algunas sensaciones: sorpresa, ternura, calidez, frescura, encantamiento me atravesaban mientras y yo me sumergía en las peripecias que vivían sus diminutos personajes en la ciudad de Las Flores. Chiquitines y chiquitinas con nombres que me aproximaban a algo que los caracterizaba: Nadasabe, Sabelotodo, Pildorita, Tornillito, Quién sabe, Por si acaso, Ojos azules.
Recuerdo qué tamaña impresión se tradujo en reproducir esa pequeña ciudad y sus habitantes, en el patio de casa. Utilizaba todo tipo de materiales: plastilinas de colores, broches... Los macetones de tres patas hacían las veces de junglas salvajes y allí los hice protagonizar mil historias.
Mi mundo era mi casa y el patio con baldosas en damero, donde jugando todo era posible. También hubo un tiempo de pena y tristeza como cuando murió el abuelo Francisco. El velatorio se hizo en casa y desde entonces se quedó alojado en mi nariz el penetrante aroma de las coronas florales. A partir de ese momento y para que estuviera acompañada, pasé a dormir con mi abuela en su cama matrimonial. Me acostumbré tanto a su compañía, que en posteriores mudanzas seguimos durmiendo juntas, aunque en camas separadas, hasta el día que me casé.
Con la abuela Marcelina disfruté de salidas especiales, un día me llevó a merendar a la confitería “El Molino”, que me dejó asombrada con su refinado estilo Art Nouveau y otra tarde nos divertimos en el teatro con las boberías de Carlitos Balá en “Canuto Cañete conscripto del siete”.
Mi abuela poseía unas cuantas habilidades. Cocinaba rico, aunque muchas veces las comidas estuvieran sujetas a las preferencias de los varones “cabeza de familia”; me entretenía relatándome historias interesantes sobre su infancia; diseñaba y cosía los vestidos para mis muñecas y un par de veces se atrevió con mis disfraces de carnaval. Me enamoré del traje de florista con capelina y canasta repleta de flores, que al año siguiente volvió a transformar en uno de gitana con chalequito y pañuelo rojo bordado con estrellas y lunas de metal dorado que caían sobre mi frente.
Abuela Marcelina, a la que en realidad todas sus hermanas le decían Marcela y a la que yo que a pesar de tanta intimidad siempre traté de usted, era entrerriana, había nacido en un campo en Gualeguay, donde su padre era puestero. Tenía pocos años cuando su mamá murió, meses después del último parto, quedando en esa casa muchos niños que atender y muchas bocas que alimentar; tantas necesidades sumadas a una madrastra muy rigurosa y la llegada de más hijos, hicieron que decidieran enviar a Marcelina hacia Buenos Aires para trabajar como mucama y cocinera en casas de familias acomodadas, como los Ojea y los Urquiza.
Por aquellos años esas familias acostumbraban a llevar pavos, lechones y corderos a las panaderías para ser cocinados en sus grandes hornos. Mi abuela, encargada de la cocina visitaba asiduamente la panadería donde trabajaba Francisco, mi abuelo, un gallego que llegó a estas tierras junto a su hermano Juan, dos adolescentes que huían de la miseria y la milicia. Fue en ese intercambio gastronómico, en ese ir y venir de la panadería a la casa y de la casa a la panadería, que mis abuelos se conocieron y se enamoraron… envueltos en el aroma tentador del pan recién horneado.
Francisco había tenido que solicitar el permiso de los patrones donde trabajaba Marcelina para verla y salir a pasear juntos en sus días de franco. Finalmente, un 12 de agosto de 1922 se casaron y fueron a vivir a una pieza del conventillo situado en Independencia y Pichincha… en el mismo barrio de San Cristóbal, donde yo nací. Todavía conservo retazos de recuerdos sobre la vida en el conventillo del que tanto mamá como la abuela me contaban, pero será tema para otros relatos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)