domingo, 19 de junio de 2022

Los setenta



Mónica Mancini



Los años setenta no son muy bien recordados. Cuando miramos para atrás, el pensamiento colectivo en general rememora los momentos más oscuros.

Pero cuando nos podemos despegar de esos acontecimientos que hoy nos afectan tanto, aparecen los detalles de nuestra vida particular. Vivíamos situaciones que nos hacían felices, nada de conciencia, nada de culpa.

Retrocediendo en el tiempo, rememoro casi todos momentos emocionantes, vividos con mucha pasión.

Recuerdo mi cumpleaños de quince en el 71, que se festejó en mi casa, repartiendo las mesas para los jóvenes, niños y adultos, entre la cocina, el garaje y el comedor. El avance tecnológico más impresionante era que podíamos sacar fotos a color, por supuesto, quien lo hacía era un profesional citado con anterioridad para la fecha indicada. Después, debíamos esperar un tiempo para poder ver las imágenes que quedaban inmortalizadas en el papel.

Entre los regalos había muchas cosas de oro: pulserita de identidad, dijes, medallón. Era muy común que nos obsequiaran el primer reloj, como símbolo de madurez.

Mi vestido era largo, color ciruela, rebeldía al vestido de princesa vaporoso y corte de pelo “Napoleón”, corto arriba y largo en la nuca. Las chicas casi todas con minishort, botas bucaneras y chaleco largo. Era la última moda. Los varones de traje, eso sí, todos con zapatos, nada de zapatillas.

La música sonaba en un Wincofon, donde circulaban los long plays. Estaban muy de moda los grupos nacionales, como Los gatos, Almendra, Pescado Rabioso, pero también escuchábamos los de afuera. Bailábamos “sueltos” y esperábamos los lentos para acercarnos un poco más.

Creo que lo único que permanece más o menos similar es la comida: sándwiches, pizza, empanaditas, minutas, gaseosas y alcohol solo para los adultos.

En esos tiempos teníamos gobierno de facto, no nos preocupaba mucho tener a los milicos en el poder. Era casi común, desde el 66 que venían pasándose la banda. De todas formas, nos interesábamos en la política y había grupos en la escuela, que hablaban de volver a la democracia. Comenzamos a escuchar Vox Dei y cantábamos sus canciones en las misas.

Los planes de salida eran al cine y, aunque ya habían cerrado algunos de los del barrio, la oferta era amplia y podíamos elegir entre unas cuantas propuestas. La otra opción era mirar la televisión. Ya contábamos con tres canales y había programas que comentábamos todos, como los de Narciso Ibáñez Menta, las novelas de Alberto Migré, los partidos de fútbol y las peleas de Monzón.

Para ir a bailar existían las matinées, los del Club Echesortu, “Sayonara” en Fisherton, los domingos a la noche Unión y Progreso y muchos más sofisticados, como “Rojo 7000”, “Mongo Aurelio” o “La manzana de Adán”.

Ya en esos años evitábamos la compañía de las madres, que hasta no hacía mucho se te instalaban en una mesa para controlarte.

La previa de la salida era estimulante. Estábamos en todos los detalles, el pelo, generalmente con “la toca”, se hacía con un rulero grande y todo el pelo alrededor, el objetivo era que te quedara lo más lacio posible. El maquillaje llevaba su tiempo, existía un rímel bastante espeso y el objetivo era alargar las pestañas, se contorneaban los ojos con delineador, no sé cómo, pero nos quedábamos muy conformes con el resultado. Claro que, si no pasabas una buena noche y lagrimeabas un poco, te transformabas en un personaje de película de terror.

Cuando llegaba el momento del boliche, todo era expectativa, aún se usaba el “cabeceo”, que había que saber entenderlo, ya que un error podía ser fatal, tanto para nosotras como para ellos.

Conocer a un chico y quedar para una próxima cita, tenía que ver con la memoria para recordar un número o acordar lugar y hora en ese momento. Cabe aclarar que no todos teníamos teléfono, hasta a veces se daba el de un vecino, se buscaba la manera de no perder el contacto. La verdad es que, si te querías encontrar de nuevo con alguien, seguramente lo lograbas.

Los pasatiempos eran escuchar música, casi siempre “en barra”, a veces en el “Winco” y también de programas en la radio dedicados a los jóvenes, donde podías pedir temas.

Otra distracción importante era la lectura. Ya habíamos pasado por las historietas y fotonovelas y accedíamos a literatura de moda. Recuerdo los libros de Sidney Sheldon, Guy des Cars, toda una época en la que nos los intercambiábamos y los leíamos a escondidas, a modo de gran transgresión.

Como expresé cuando comencé el relato, los setenta tienen una carga pesada; pero fue nuestra adolescencia y nuestra juventud, años irrepetibles, de tomar decisiones, de forjarnos nuestro destino.

Abrimos caminos para las generaciones que nos siguen, removimos prejuicios, y luchamos para ser escuchados, para contar nuestra historia.

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