domingo, 19 de junio de 2022

Los pisos de pinotea



María Cristina Piñol



A veces siento que estos pisos me persiguen. Tan solo en nueve años de mi vida, durante mi adolescencia, mi dormitorio se alfombró de baldosas de granito.

Cuando nací, en la antigua casa de mis padres, había dos habitaciones con pisos de pinotea. En una dormían ellos y en la otra mi hermano y yo.

Imposible olvidar aquellos días en los que mi mamá los enceraba. La cera, creo recordar, venía en escamas y se diluía en algún solvente que ya no recuerdo, hasta quedar como la pasta que conocemos ahora. Para limpiar y encerar se usaba el llamado “cepillo pesado”, un aparato cuadrado de hierro fundido, con un largo mango del mismo material al que en su parte inferior se le ponía un cepillo de alambre para rasquetear, quitar la suciedad y la cera anterior. Luego, ese cepillo se quitaba y reemplazaba por una tela gruesa para pasar la cera y por último por un paño de lana para sacar brillo. Toda esta operación llevaba cuanto menos un día entero de trabajo por cada habitación. ¡Mujeres eran las de antes! decía mi abuela.

En la década del 60, durante la remodelación, ampliación y modernización de mi casa, mamá desistió, a la fuerza, del brillo de los pisos, pero no de de su intención de conservarlos para la nueva casa. Así fue como las dos originarias habitaciones mantuvieron sus paredes intactas y sus pisos de pinotea.

En los 70 me casé y papá adaptó la parte trasera de la casa, que ya no se utilizaba para el negocio, transformándola en un departamento precioso y totalmente independiente, con cocina, baño, gran living comedor, terraza y un dormitorio que era primigeniamente la habitación de mis padres en aquella primera casa y, por supuesto, tenía pisos de pinotea.

Por suerte, ya no había “cepillo pesado” y tampoco cera en escamas. La lustradora eléctrica y el brillo líquido para pisos llegaron para facilitarnos la vida.

A fines de 1979, compramos con mi marido un departamento de pasillo construido alrededor de los años 40, que también tenía dos habitaciones con pisos pinotea. Ya allí sí me tocó trabajar sobre ellos para quitarles los restos de polvillo y demás que quedó de la renovación y pintura del departamento. Les pasamos viruta a mano, limpieza con algo húmedo y cera.

A principios del 82, ya con tres hijos, uno recién nacido, volvimos a mudarnos a una casa grande, antigua y muy bella, con tres dormitorios los que, adivinen, ¡sí, también tienen pisos de pinotea!

¿Me persiguen o soy yo quien los busca? Definitivamente los busco y me encantan.

¿Qué madera es la pinotea?, es el tronco de un pino llamado tea, que solo se encuentra en el sur de los Estados Unidos desde donde se importaba en los años 1930 y 40, muy resistente, con vetas de colores rojizos y amarronados que son únicos y que resisten fuertemente el paso del tiempo. En aquel entonces también se los elegía porque eran signo de buen gusto y distinción.

Estos pisos se instalaban con “cámara de aire”, a fin de evitar que la humedad de los cimientos llegase a la madera. Debajo de las tablas montadas sobre un bastidor, que se apoya a su vez en pilotes de cemento, hay un espacio de unos 30 a 50 centímetros hasta el contra piso real, de modo que literalmente están “flotando”.

Hoy, sigo la tradición familiar de remodelar, actualizar y remozar “la casa”, creo que está en nuestros genes. Si bien estas antiguas estructuras son bastante rígidas en cuanto a su arquitectura, siempre encuentro la forma de hacer cosas nuevas, cambiar distribuciones, abrir ambientes o remodelar baños. Mi marido y mis hijos tiemblan cada vez que digo: “Se me ocurrió una idea”. No obstante, lo que nunca cambia son las aberturas y los pisos de pinotea, ambas cosas conservan la historia de la casa, le dan identidad, marcan su momento de gran esplendor, nos cuentan de aquellos tiempos donde “las cosas se hacían para que duren siempre”; y, además, se usaban los mejores materiales existentes y hasta me atrevería a decir con pasión.

Y hay cosas que se heredan. Hace unos días cambié el sofá, llega mi nieto menor y me dice: “¿Y el sillón abuela?”. Le explico que en un par de días llega uno nuevo y él, con solo 10 años y llevándose las manos a la cabeza, me responde: “¡Ay no, ese sillón tenía tanta historia!”.

2 comentarios:

  1. Que relato tan lindo. Yo también viví en una casa en Alberdi con pisos de pinotea. Pero mi esposo los recubrió con alfombra. Te gustan y los elejís.

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  2. Soy Gloria De Bernardi la del comentario.

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