domingo, 19 de junio de 2022

Adicción



Liliana Lijovitzky



Entre mis seis y diez años me desesperaba por salir a la vereda para jugar sola o con amigos y amigas.

Mi madre observó mi pasión por los juegos y optó por darme una ocupación: los mandados.

Aceptaba gustosa la “insoportable misión”, cuando imaginaba que no podría arremeter con mis entretenimientos preferidos.

Mi mamá me hacía una lista de carnes, verduras y víveres.

La verdulería, abierta a la calle, quedaba por Entre Ríos casi esquina Ayolas.

Don Pascual me conocía de memoria y sabía de mis mentiras. Cuando le pedía cuatro manzanas, cuatro tomates, dos limones, seis zanahorias, un poco de perejil, gritoneaba: “A ver, mostrarme el papel que te dio tu mamá”. Pero yo lo escondía.

“Lo perdí”, le decía. A mami le juraba que era lo único que le quedaba al verdulero.

Hacía lo mismo con el carnicero. En lugar de dos kilogramos de carne picada, pedía uno y medio; y lomo cortado para doce milanesas, me las ingeniaba igual, compraba para ocho.

Don Luis, el almacenero, detrás del mostrador y frente a la balanza de pesitas de bronce, me miraba con recelo. Mucho no podía inventar, porque ponía lo comprado en bolsas de papel marrón, las pesaba y anotaba todo en una libreta. ¡Insufrible ritual!

Mi objetivo no era quedarme con las monedas, era arrasar en la panadería de los Vitantonio y en el quiosco.

¡Los dulces fueron mi perdición!

Si mami me anotaba pan y facturas, hacía agregar tres o cuatro más de las que tenían dulce de leche y chocolate.

No recuerdo si se llamaban “pan de leche” ni tampoco si existían las tortitas negras o las bolas de fraile.

Una inmensa dicha era mi compra en el quiosco. Con los vueltos, elegía una pequeña variedad, fundamentalmente ¡las “Tita”!

Era lo más exquisito para mí, que no comía casi nada. Se turnaban para hacerme aviones, esperando que la nena “tragara “nutrientes.

Lo mío eran los milanesas con lechuga, ¡ah!, y las ranas que “cazaba” los días de lluvia y horneaba doña Amelia, mi vecina.

Las “Tita” tenían un significado, creo que tan importante como sacar la sortija de la calesita.

En la heladera Kelvinator las apilaba en la puerta (no sé porqué me gustaban frías) y las envolvía suponiendo que nadie las veía.

Deleite mayor no había y mis padres se alegraban, porque “la chiquita algo más comía”.

Llegó el día en que mi mamá, habiendo recibido quejas de los proveedores, tuvo que tomar la decisión de darme un reto inolvidable.

Estando en la planta alta de la casa, descubrió mi travesura y mientras bajaba volando por las escaleras, no tuvo mejor idea que tirarme con una escoba. Por suerte erró su puntería.

“Nunca más me mientas”, gritó mi madre. Lloriqueando me fui a refugiar en los brazos de Silveria, la chica que trabajaba en casa.

Jamás olvidé ese momento. Cumplía fielmente con los insumos indicados y le pedía dinero para las golosinas.

Pero mi adicción por los dulces nunca me abandonó.

Ahora, en la mesa de luz, me esperan ansiosos dos alfajores de chocolate y dulce de leche.

Creo que me hablan: “Apurate que comienza el programa de ‘Los ocho escalones’”.

¡Qué felicidad tener esas dulzuras a mi lado!

1 comentario:

  1. Gloria De Bernardi21 de junio de 2022, 8:03

    No las veo como mentiras, son travesuras de niños. Mis hijas deben haber desgastado el asfalto cruzando al kiosco de la Peti.

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