lunes, 16 de junio de 2014

La plaza

Por Ana Inés Otaegui

Mientras escucho a Vicentico, me pongo a escribir, buscando ese momento, tan preciado y tan pequeño.
Ubicada en uno de los lugares más lindos de Rosario, abrazada por las calles Laprida, Pasaje Storni, Buenos Aires y Avenida Pellegrini. Un espacio bellísimo, con árboles añosos, que aún se mantienen de pie; algunos ayudados por esos tirantes y orquetas en los que cuidadosamente, apoyan sus pesadas ramas.
Testigos de tantas generaciones…
Mi mamá solía ir con sus amigas, por las tardes, a dar una vuelta; a su vez, mi abuela también lo hacía.
Cuando era pequeña, junto con mis hermanos, mis padres nos llevaban a la calesita ¡Qué hermosa! Llena de colores, caballitos de madera, chanchitos con su colita en forma de “e”, autitos rojos y amarillos. Las finas y firmes varillas doradas nos permitían sostenernos, para esperar ese gran momento: la sortija. ¡Qué emoción cuando el calesitero, hombre bajito, de bigote cortito nos decía con una voz monótona: “La entrada nena, la entrada nene”! Y nada más. Daba la orden y el carrusel comenzaba a girar, escuchando una música desafinada y a veces borrosa; pero para nosotros bellísima. Estábamos todos atentos, esperando ese momento, tratando de sacar la sortija, que ese hombrecito diminuto hacía danzar por el aire, dibujando rápidas siluetas. Todos los chicos estirábamos el brazo, lo más que se podíamos, para alcanzarla. Todos queríamos el premio, tan ansiado ¿cuál era?: Una vuelta gratis y eso nos provocaba una gran felicidad. Una vuelta gratis.
Y, allí, bajo la magnolia o a veces bajo ese enorme pino, sentado en un banquito pequeño de madera, se encontraba “el manicero”, con su cajoncito caliente, como si fuera un horno portátil, donde ofrecía manices; si ya sé que se dice maníes, pero todos los llamábamos manices. Sonaba lindo. Calentitos, con sus cáscaras rugosas, prolijamente acomodados en cucuruchos de papel de diario. Creo que se llamaba don Pedro. El aroma tostado, anunciaba su llegada. “A la cola”, decía amablemente y allí estábamos, todos ordenaditos esperando nuestro turno.
Ya en la adolescencia, la plaza nos acompañó en esa nueva etapa de la vida. Con nuestros amigos, tomando ricos helados de “La Uruguaya”, jugando a verdad y consecuencia, alrededor de la fuente. Fuente, que en ese entonces, no tenía agua, solo unas tibias luces a los costados. Los faroles se encendían y ya era hora de marcharnos.

Espero que, cuando tenga nietos, pueda llevarlos; porque, allí, está esperándome mi querida Plaza López.

El poyete y después

Por Carmen G.

Atravesábamos la puerta de alambre y madera pegada al poyete, dos escalones más arriba que el patio y allí, justo allí, comenzaba el “fondo” de mi casa.
Parras pródigas en sombra y uvas. La chinche, la moscatel… Una vereda de ladrillos hacia la izquierda bordeaba el baño y la cocina. A la derecha, en línea recta hacia la pared del vecino, otra veredita, paralela al poyete, te llevaba a la frescura de la pileta donde se lavaba la ropa.
Para esa época, merodeando los años 50, se conmemoraba el “Centenario de la muerte del Gral. Don José de San Martín” y creo que en Rosario se había realizado un “Congreso Eucarístico” y la mayoría de las casas lucían en sus puertas, como una escarapela, una insignia que los distinguía como participantes de ese evento y como católicos. Esto afuera. Adentro, en mi casa, también ocurrían cosas que produjeron cambios en nuestras vidas.
Uno de mis tíos, hermano de mamá, Juan Manuel, contrajo tuberculosis. A tal punto fue grave su enfermedad que, por un lapso de dos años, más o menos, estuvo internado en el Hospital de Cosquín, en Córdoba. Mi tía Magdalena, su mujer, consiguió un trabajo por intermedio de Eva Perón, “Evita” en mi casa, y esa actividad no le permitía hacerse cargo de sus hijos como debía. Por lo tanto, “los chicos”, como les decíamos, fueron traídos a casa por mi abuela. Para entonces, ya vivía con nosotros mi tío Miguel con su familia, que había sido exiliado de la casa de su suegra por su carácter intempestivo y, por supuesto, recibido en casa por la Yta, su madre, actitud ésta que nos costó caro; pero por ahora es harina de otro costal.
Yo, la única niña y la más pequeña de los cuatro primos. Un año más arriba Miguelito, uno más arriba de él, “el Chiche” (José Antonio); y, casi dos más arriba de éste, “el Cachi” (Juan Carlos). “¡Qué cuarteto!”, diría mi abuela.
La calle no existía. Solo para ir a la escuela. A la vuelta, para nosotros, todo sucedía en el fondo. Cuando trasponías los dos escalones era como entrar en la galera de un mago. Miraba al oeste y, pasando los gallineros y el horno de barro, el fondo no tenía límites.
En mis oídos aún resuenan nuestras voces, nuestros gritos, nuestros susurros cómplices. El tintinear de la rueda de metal con que mis primos jugaban competencias llevándola con un alambre, con una especie de horquilla en la punta para sostenerla y permitirle rodar y que a mí no me prestaban jamás; pero que, a pesar de los coscorrones que yo sabía que coronarían mi travesura, se las robaba y la escondía.
¡No había mentirosa más grande que yo! Ahora, creo que era pura imaginación y fantasía. Pero ellos, mis primos, se creían todas mis historias, como por ejemplo la de contarles que esperaba la noche bien entrada para fugarme de la habitación, entrar al fondo, todo a oscuras y, ayudada por las leñas que mi abuelo apilaba contra el tapial lindante a un terreno baldío, donde solo había un gran galpón abandonado hacía ya mucho tiempo, treparme a ellas y saltar al otro lado, para luego, sigilosamente, entrar al galpón y salir corriendo espantada al enfrentarme con los fantasmas y los espíritus que allí habitaban. ¡A veces hasta yo me creía mis historias!
La casita de leñas, las tortitas hechas con masa, que la Yta nos daba y que nosotros “mejorábamos” con los huevos que robábamos del gallinero y cocinábamos en latitas, entre las cenizas calentitas que se juntaban en el fogón.
¡Ah! Y la “gata clueca”; pero eso me lo reservo para la próxima historia.


Ushuaia

Por Ana María Miquel

Ushuaia es sorprendente por su belleza. Ver esos bosques, el mar, las construcciones, los lagos, nos dejan sin habla y sintiéndonos orgullosos de ser argentinos.
En los finales de enero de 2004, andábamos con mi marido de recorrida por esa naturaleza pintada por Dios con su mejor paleta. Una mañana, después de desayunar en la hostería en que nos alojábamos, fuimos al puerto, donde están nucleadas una serie de casillas prefabricadas que tienen a la gente encargada de distribuir a los turistas en los distintos barquitos, catamaranes, combis o colectivos, según la excursión que quieran realizar.
Nosotros ya habíamos contratado el día anterior la excursión por el Canal de Beagle, que incluía la visita a la Isla de los Lobos, de los Pájaros y el Faro Eclaireurs. Correspondía este tours a la Empresa Patagonia.
Era un barquito tipo chinchorro, donde íbamos trece pasajeros, el timonel y un guía de turismo. Partimos felices y contentos. La mayoría del pasaje se ubicó en la parte de atrás, al aire libre, y mi marido y yo lo hicimos en la cabina.
Cuando el cielo comenzó a nublarse y soplar una suave brisa, los de afuera empezaron a entrar y, así, nos fuimos conociendo; y yo observando a cada personaje. No sé si es normal o si es mala educación observar a la gente y hacerse interiormente una descripción de cada uno. Yo no dejo de hacerlo donde esté e inclusive me gusta armarles las historias de vida. Es muy probable que eso me lo den los años, porque por lo general acierto en mis preconceptos.
La cuestión que los primeros en entrar a la cabina, fueron un matrimonio de suizos-franceses muy agradables y educados. Ella tenía la sonrisa de la Mona Lisa en el rostro, ya que no entendía absolutamente nada de español; pero apareció una estudiante del profesorado de francés y se puso a conversar con ella. La pareja de la profesora de francés era un petiso, pelado y gordito con cara de bebé, que comenzaba a tener raras decoloraciones en su rostro. Pasaba del amarillo patito al verdoso tipo caca de bebé, mientras miraba para todos lados con ojos de súplica. Para mí, interiormente estaba diciendo: “¡Ayúdenme, el barco me marea!”
Mi marido es el hombre más serio y antisociable que se puedan imaginar. No por mal educado sino porque su personalidad es así. No le interesa conversar hasta con las piedras como a mí. Pero no sé si fue el desayuno, el lugar, el paisaje o qué, pero estaba realmente desconocido. Fue entonces que se le dio por ponerse a charlar con dos porteñas que andaban, pienso, con ganas de enfiestarse. Una llevaba el nombre de un libro de Jorge Amado y a la otra la llamaremos Victoria. A Victoria le gustaba el guía de turismo.
Del timonel solo veía su amplia espalda con un buzo azul, cabello negro ondulado y entrecano, además de las manos apoyadas en el timón. También había un yanqui, hombre mayor, con su hija adolescente. Este hombre tenía un problema de columna y no se podía sentar ni en las butacas ni en la mesita ratona. Estaba siempre parado, afuera, adentro o en la puerta.
El resto del pasaje eran personas grises. Sin pena ni gloria. Y en esta excursión, no hubo representantes de la raza amarilla.
Todo iba muy bien, hasta que la brisa se transformó en un fuerte vientecillo que salpicaba con el mar a los que todavía estaban afuera y, poco a poco, estábamos todos juntitos en la cabina. El cielo iba poniéndose de un color gris plomo y el mar dejó de ser azul para tomar una coloración negruzca.
Llegamos a un muellecito de una de las Islas Bridges y el guía nos invitó a bajar para hacer una caminata, mientras el timonel se comunicaba con el puerto de Ushuaia. Así lo hicimos y, como niños ordenados de una escuela, comenzamos a caminar detrás del guía, quien ya nos había informado que no podíamos llevarnos ni caracoles ni piedritas ni ningún recuerdo y que solo debíamos caminar detrás de él.
Fue así como nos paramos frente a una hondonada de unos 60 o 70 centímetros cubierta de pastos y a escasos metros de la escasa playa cubierta de piedritas, no de arena. Ezequiel, el guía, nos explicó que esos pozos se llamaban “concheras” y que eran los refugios de los indios. Bien digo: de los indios. Ya que las indias se cubrían el cuerpo desnudo con grasa de lobos marinos y se tiraban al mar a bucear en busca de moluscos para alimentarse. La grasa les servía como protección contra el frío y también por el olor, como carnada para los peces.
Mientras tanto, los indios estaban en los botes. Eran canoeros lo cual, con el correr del tiempo les fue deformando el cuerpo, ya que eran de piernas cortas y de prominente tórax.
Volvamos a las “concheras”. Allí, colocaban pieles que los cubrían de las inclemencias del tiempo y todas las conchas que sacaban de los moluscos las iban tirando alrededor del toldo, para que también sirvieran de protección contra el frío. Cuando el lugar estaba muy lleno de desperdicios, construían otra “conchera”.
Los comentarios que hubo al respecto entre las porteñas y mi marido fueron interminables y jocosos. Apareció en la conversación la vida social, cultural y doméstica de los indios. Solo ellos tres se reían a mares. Mi marido era un hombre desconocido, estaba impregnado de su veta teatral, histriónica o artística: chispeante, relajado, simpático, servicial, sociable, atento, distendido. Era increíble verlo en ese estado. Mientras tanto, el guía nos siguió hablando y mostrando la flora y la fauna del lugar. Vimos un cóndor. Yo nunca había visto uno, más que en las láminas de la escuela.
En una de esas, alguien del grupo se dio cuenta de que el timonel nos llamaba desde el muellecito con los brazos extendidos hacia el cielo. El pobre yanqui, que se arrodillaba con mucha dificultad frente a cada yuyo, plantita, florcita o matorral para sacar una fotografía bien de cerca y con una poderosa cámara, se quedó con cara triste cuando partimos.
Subimos nuevamente al chinchorro y ya todos estábamos en la cabina, porque el viento afuera era muy fuerte. El timonel nos informó que debíamos regresar a Ushuaia, porque parecía que el viento no va a parar.
Nos sentamos en la cabina todos muy pegaditos. El yanqui seguía parado en la puerta, la pareja de la estudiante de francés atrás del timonel. Mi marido al lado de la puerta y las porteñas en la mesa ratona. El resto, por cualquier lado; es decir, en asientos de los costados debajo de los cuales estaban los salvavidas. Cada uno seguía en su charla, mientras que el guía se puso a cebar mate, servir té o café con galletitas de oferta y licor casero Tía María.
Yo seguía pendiente de todo lo que ocurría a mi alrededor y encomendándole mi alma al Señor. Las manos del timonel tenían los nudillos blancos, marcados sobre el timón. La radio estaba encendida y comenzaron a pasar el pronóstico del tiempo… nada bueno. De golpe, salió una voz que decía:
“Segurité… Segurité… a todas las embarcaciones… se debe regresar al puerto… el puerto se cierra a las 11 y 45”.
El timonel comenzó a tomar las olas de costado para evitar que golpearan sobre el chinchorro; pero igual lo cubrían y nos metía el agua por la puerta. De pronto alguien gritó: “Se voló un asiento”. Me di vuelta para mirar por la escotilla y vi una colchoneta blanca que flotaba en el mar, sobre las enormes olas que iban rompiendo detrás de nosotros.
El compañero de la estudiante de francés estaba ya de color agrisado y la frente perlada de sudor. El vómito en la boca. Cuando le digo a mi marido que le cambie el lugar y lo deje venir al lado de la puerta para que pueda respirar, se levantan los dos al mismo tiempo y también las porteñas que estaban sentadas en la mesita. El timonel no sabía lo que sucedía a sus espaldas, pero empezó a gritar: “Sientensé”.”Siéntensé”. Mi marido aterrizó en la mesita junto a las porteñas y el gordito cayó a mi lado. El agua seguía entrando y había un desperfecto en la radio, por el cual no se podían comunicar con el puerto. Cuando miro nuevamente hacia atrás, veo un catamarán gigante que avanzaba hacia el puerto y producía gigantes olas.
Mientras tanto mi marido se reía con las porteñas, de tal manera que reían y lloraban al mismo tiempo. Estaban comparando el trasero del guía con el de mi marido. Yo iba quietita y seria “como perro en canoa”, pensando en cómo salir de esa. Y tenía visualizados los salvavidas y había informado a todo el mundo que no sabía nadar; a lo mejor alguno, se compadecía y me daba una mano en caso de catástrofe. A la suiza-francesa no se le borraba la sonrisa de la cara y yo pensaba: “¿De qué se reirá esta boluda?”.
Ushuaia quedaba a mi derecha y el chinchorro se alejaba cada vez más sobre la izquierda. Me imaginé que eso debía suceder al derrapar las olas y según el sentido del viento. En un momento dado, volvió la calma. Todos aplaudimos al timonel y respiramos aliviados. El guía nos informó que en la casilla del puerto se nos devolvería el dinero del viaje o lo pasarían para otro día. Como quisiera cada uno. Yo le dije a mi marido:

“Que te devuelvan el dinero y lo gastamos en comida”. Llegamos a tierra firme.

Los 50

Por Luis Molina

Los años cincuenta fueron de niñez, la mía.
Pienso y vuelven aquellos recuerdos: las calles de empedrado, la avenida Francia con su plazoleta central, las palmeras, los bancos de piedra. Era la reunión obligada de la purretada de entonces, el picadito en medio de la avenida, los colectivos de larga distancia que a su lado pasaban.
¡Cuántas pelotas perdimos bajo sus ruedas!
La calle era nuestro mundo, dado que no había peligro y podíamos jugar tranquilos; pero había interrupciones: la leche, la tarea, los mandados.
Éramos todos amigos, siempre estábamos en la casa de alguno y nuestros rivales eran los de la otra cuadra.
Del otro lado de la vía, la canchita, la llamábamos “La canchita de Racing” (nunca supe por qué), donde no siempre podíamos jugar. Por ser tan chicos, debíamos dejar el lugar a los mayores e irnos con nuestra pelota de goma a otro sitio.
Era un momento triste de nuestro país, el año exacto no lo recuerdo, pero si la circunstancia. Era una sublevación del Ejército, donde se enfrentaban dos facciones: Azules y Colorados.
En aquella ocasión se encontraban acantonados en nuestra cancha un grupo importante de soldados, pertenecientes a los Azules. Mi escasa edad no me permitía entender lo que pasaba. Era diferente a nuestros juegos de guerra. Apareció un avión y bombardeó a las tropas que eran de su misma facción, con un resultado que me ocultaron. Vivía a solo escasos cincuenta metros del lugar, pero nunca olvidé la zozobra de los vecinos. Eran pibes de tan sólo dieciocho años.
Por allí, en aquel entonces circulaban los trenes que unían Buenos Aires con el resto del país por la línea del Mitre. Me veo aún sentado en los barrilones (Nombre que tenían las protecciones metálicas que cerraban las calles sin cruce de vías) para ver pasar el tren presidencial. Primero, la máquina piloto, que circulaba por protección unos minutos antes; para luego hacerlo el tren desde donde Perón y Evita arrojaban juguetes. Veía esas pelotas, muñecas y otros que los niños se apresuraban a recoger, mientras yo debía permanecer quieto en mi lugar. Nunca entendí por qué padres de orientación radical no permitían a su hijo ser un chico más. No entendía de política. Tampoco por qué unos años después me enseñaran religión y doctrina peronista en la escuela.
Mil novecientos cincuenta y cinco me marcó, no por la política sino por que en ese mes de julio mi padre se fue para siempre y comenzó una nueva etapa.

Pero eso es otra historia…

martes, 10 de junio de 2014

Mi primer amor

Por Luis Alberto Zandri

La conocí cuando tenía 5 años y ella 6. Lidia era su nombre. Desde allí en adelante nos hicimos amigos íntimos hasta mis 16 años, cuando pasamos a ser novios.
Ella siempre decía que no quería un novio que fuera menor y también manifestaba que nunca se iba a casar.
Por lo tanto, yo como amigo y además un año menor que ella no me asignaba ninguna chance de éxito de convertirme en su novio. Cuando ella tenía 17 años ya había tenido dos o tres “filitos”, como decíamos en esa época. Así que, como temía perderla, me decidí a declararme y, para no fracasar, como me tenía màs confianza, lo hice por escrito.
Lo que sigue lo escribí en 1964 cuando tenìa 20 años:

“Hace mucho tiempo que de vos estoy enamorado,
para mí eras el amor imposible,
pero una vez más quedó comprobado
que todo se logra, hasta lo increíble.

Para anunciarte mi amor,
mucho me hubo costado,
feliz estoy de haberlo hecho
por habértelo declarado.

Cuando se entra en un baile,
dicen que hay que bailar,
y aunque el asunto esté que arde
¡Sabérselas arreglar!

Así es que tuvo que suceder,
se presentó la ocasión,
mi honor no quiso ceder
y lo hice por composición.

Me respondiste que debía esperar,
te contesté ‘como quieras’,
¡Esa bendita espera me tenía como loco!
y tenía mucho miedo de que mi amor no admitieras.

El lapso de silencio poco tiempo duró
y pronto vino el ‘¡sí!’ de aceptación,
una súbita alegría me cubrió,
me moría, si resultaba una negación.

Comenzó nuestro noviazgo
con muchas indecisiones,
era de amor el primer hallazgo
que encontraron nuestros corazones.

Uno de nuestros primeros paseos,
por el parque Independencia realizamos,
luego de mucho caminar y varios rodeos,
por primera vez nos besamos.

¡El primer beso de amor me diste!
esa tarde... estabas adorable,
Es verdad lo que dicen,
el primer beso es ¡inolvidable!

Existía una gran amistad entre los dos,
cuando nuestro idilio comenzó a alborear,
a aquella, la reemplazó el amor,
amistad y amor, juntos han de continuar.

Mucho tenemos que agradecer,
por habernos conocido de antes,
de ese modo nos pudimos querer
sin tener obstáculos contrariantes.

Recuerdo más tarde, nuestros primeros besos,
no me cansaba, ni me canso, de mirarte,
estábamos los dos tiesos,
no sabía cómo hacer, para abrazarte.

¡Qué sublimes momentos aquellos!
Cuántas ansiedades brotaban,
y ahora, que nuestro romance es tan bello,
recuerdo a aquellos adolescentes que en el parque
por primera vez se besaban.

Y nosotros, que somos ellos,
podemos exclamar sin temor,
¡Gracias!
Hemos hallado el amor”.



Dos sueños entrelazados

Por Norma Pagani

Crecí escuchando las anécdotas de mi padre sobre su servicio militar en Las Lajas, donde era carnicero, y sus ocasionales visitas al cuartel de Pino Hachado, el paso fronterizo Argentina-Chile. Lo que en 1948 fue, por su edad y lugar, el infierno, se convirtió con los años en el paraíso mejor vivido.
Falleció en 2004 sin haber regresado. Años después, se nos ocurrió ir a visitar en auto las termas de Copahue . ¡Qué sorpresa la mía al descubrir que la ruta pasaba por Las Lajas! Salimos con la idea de pernoctar en esa localidad, tan importante en mi niñez a través de sus relatos. Llegamos a la entrada y lo primero que hice fue sacar la foto de “Bienvenidos a Las Lajas”. Ya mis ojos recibieron las primeras lágrimas, que fueron interrumpidas por el gendarme que se acercó a comprobar el porqué de la parada. Le explicamos y seguimos.
Era la tardecita de un enero calurosa, aun en ese lugar. Habíamos recorrido más de mil kilómetros, buscamos hospedaje y salimos a cenar.
Elegimos un comedor frente la plaza. No me cansaba de mirarla. Imaginaba a mi padre paseando por la misma, con su cigarrillo en la boca, que tanto daño le hizo a través de los años, con las manos en los bolsillos, con poco dinero para saciar su sed en verano o calentar sus frías manos en el riguroso invierno del sur de nuestro país. Mirando las mismas estrellas y montañas que veía yo o escribiendo una carta para su novia, mi madre, o sus padres y amigos del pueblo u otros cuarteles vecinos.
Pensé en el largo viaje en tren de dos o tres días, una vez al año, que lo llevaba de Cañada Seca –nuestro pueblo– a Retiro, de allí a Zapala, donde terminaba el ramal, y subir a los camiones del Regimiento para llegar a destino. Cuántos recuerdos, cuánta nostalgia y pena por no haberlo traído o incentivado a regresar.
Al día siguiente continuamos el viaje. De pronto, aparece, a orillas de la ruta, el cuartel. El lugar que conocí sin verlo.
Pedí permiso y entré. Acompañados por una oficial recorrimos sus calles, sus cambios y la carnicería. Poco pude ver. Mis ojos húmedos apenas me lo permitían, pero mi corazón escuchaba, los sonidos, los olores, los ruidos de la sierra manual, los nombres de los cabos y oficiales, los capotes y borceguíes.
 Cada tanto las explicaciones de la guía me traían de regreso a la realidad.
Seguimos, disfrutamos de las termas, cruzamos el hermoso río Agrio, visitamos su cascada y al regresar vimos un cartel con una flecha que marcaba Pino Hachado. “Vamos” –le dije a mi esposo– puede ser la única oportunidad de conocer ese lugar. Seguramente hoy es una ciudad importante y turística”.
Seguimos por una ruta pintoresca entre montañas coloridas con verdes araucarias descansando del peso de la nieve en esta temporada cálida, hasta encontrarnos con un cartel “Zona militar”. Paramos, para tomar fotos y mirar todo con asombro. Eran las montañas y el refugio donde venía mi papá. El lugar, tan peligroso para él, donde las mulas se desbarrancaban, seguramente por una roca desprendida. Me parecía escuchar a mi mama, diciéndole: “Me acuerdo cuando le enviabas cartas a tu primo Fito, a Junín de los Andes, que no volverías vivo de ese lugar, por el frío y la altura”.
Lo imaginé, hombre de a caballo y llanura, en esos parajes escarpados, cruzando el Agrio helado. Sin dinero, con hambre y frío, quizás sin entender porque estaba en ese lugar.
Miraba a mi alrededor, viendo un camino ancho y seguro, que le hubiera permitido disfrutar de los paisajes nevados, las verdes araucarias que seguramente ya estarían cuando él las vio, con otros ojos y edad. Tomar sus amargos debajo de la más frondosa o hacer un asadito a la orilla de algún arroyo cantarín o, por qué no, refrescando la bebida en la cascada del Agrio, tan hermosa y poco promocionada. Me pregunté: “¿La habrá conocido?, los colores rojizos del hierro, impactarían en él?”
Seguimos buscando la ciudad. Al no encontrarla, me acerqué a un gendarme para que nos guiara. Me respondió: “Señora, Pino Hachado, no es ciudad ni pueblo. Es un paso fronterizo. Hoy y ayer, en ese lugar solo se cuida a la Patria. Si desea seguir disfrutando de estos paisajes, lléguese a Villa Pehuenia. Son cincuenta kilómetros de ripio y belleza”. Hacía allí partimos. Tenía razón.
Regrese a mi pueblo. Visité el cementerio con la foto de “Bienvenido a Las Lajas” y una inscripción mía decía: “Papi, te cumplí el sueño”.

También pensé que se había cumplido el mío.

domingo, 8 de junio de 2014

Padre

Por Carmen G.

Gran padre, te miro, pero no te veo;
te siento, pero no te tengo.
¡Ay… si! Es tu fortaleza la que no se fue con tu
 cansado cuerpo. Ella está acá, conmigo,
 querido abuelo!

¡Qué difícil me resulta! Su sencillez, su niñez sacrificada, su humildad, su generosidad, a veces su indiferencia, su amor, su tremendo dolor. Tan sencillo y, a la vez, tan polifacético.
Nació en la primavera de 1911. En la familia ya estaba, con apenas un año, mi tía Celina. Después, llegaron cuatro hermanos más, con la mala suerte de que con el último mi abuela se fuera de esta vida. Mi tía contaba trece y él solo doce.
Mi abuelo se aferró al trabajo, eran muchas bocas que alimentar. Jamás trajo otra mujer a la casa razón; por lo que la tía Celina y Salvador (mi papá) tuvieron que acomodar sus horarios para no abandonar la escuela y poder colaborar con la crianza de sus hermanos menores.
Cuando los más chicos pudieron defenderse solos, comenzó su vida de trabajo. Hizo cuanto le ofrecieron, no importaba qué, siempre que fuera honesto. El objetivo era aliviar en algo el esfuerzo de mi abuelo. De a poco, se fue arrimando al que lo acompañó hasta el final de su camino: mi padre era “pintor de autos” y ¡qué pintor de autos! Aprendió su oficio y se destacó al punto de que los clientes de los talleres en que trabajó (hasta tener el suyo propio, con mi hermano) solicitaban al dueño que el trabajo se los hiciera “el Salva”.
No sé cómo la conoció y ya nadie queda para contármelo, pero sí sé que se amaron infinitamente. María Julia, mi madre, tenía sus padres y seis hermanos. En la casa pasó a ser “el Flaco”, el “hermano mayor” de sus cuñados, y un hijo más para mis abuelos, a quienes acompañó por el resto de sus vidas.
Generoso hasta el punto de sacar de sus bolsillos el dinero, que en casa no sobraba, para socorrer a sus hermanos que, conociéndolo, se aprovechaban de él, y esto le valía un serio disgusto con mi madre.
—Salva, usted sabe, tendría que pintar el triciclo del nene…,  
—Salva, a mi juego de jardín le está haciendo falta una manito de pintura! A estos requerimientos y otros muchos por el estilo, mi padre siempre respondía lo mismo: “Traémelo que apenas pueda, te lo hago”. Jamás cobró un peso por esas changuitas, que según él solo le llevaban un tiempito y le hacía un favor al vecino.
Así siguió su vida. Él era feliz y nosotros también.
Cuando yo tenía doce años y Norberto, mi hermanito, solo siete, se oscureció todo. Mamá cayó enferma. Luchó con todas sus fuerzas, pero no pudo con su enfermedad y a los cuarenta y cuatro años se fue de nuestra vida. ¡El no pudo con su tremendo dolor! Desapareció de casa. Como su padre, se aferró al trabajo, partía muy temprano y cuando regresaba ya dormíamos. Los domingos eran para el cementerio. Transitamos largo tiempo sin su presencia. Mis abuelos, mis queridos abuelos se hicieron cargo.
Esa indiferencia nos lastimó mucho. Norberto abandonó la escuela secundaria y yo seguí estudiando, alentada desde mi interior por la voz de mi madre.
Se fue rehaciendo de a poco, pero sentía culpa por ese abandono. Yo ya trabajaba, pero mi hermano no encontraba su camino. Se aferró a él en el afán de ayudarlo. Lo logró. Yo pasé a ser la fuerte de la familia, la que tenía todo resuelto y no necesitaba nada de nadie. Nunca nada más lejos de mi realidad, pero tuve que asumir ese rol.
Fueron pasando los años. Mi hermano y yo nos casamos, le dimos cinco nietos. Cuando comenzaron sus nanas, que no fueron muchas ¿quién corría? Por supuesto, yo con alguna de mis hijas. En una de esas corridas, mientras esperábamos la ambulancia y le cebábamos unos matecitos con mi hija Ileana, murmuró con un dejo de sonrisa: “Ya les estoy dando demasiado trabajo”.
No nos gustó esa frase, sonaba a cansancio y a despedida.