martes, 8 de noviembre de 2016

Las siestas del verano

Noemí Vizzica

Todos sabemos que dormir la siesta trae beneficios a nuestro cuerpo y mente; pero para nuestra madre, además de estas ventajas, era obligatoria.
Cuando mi hermano y yo éramos niños asistíamos a escuelas de turno mañana, por lo tanto aceptábamos un poco las siestas invernales, pero acostarse a descansar en el verano, era “un suplicio”.
En los rigurosos días de verano, después del almuerzo, mamá comenzaba con el ritual de extender en el suelo una sábana doble o una loneta, cercana a la puerta de la habitación para que corriera un poco de aire, si lo había, ya que esta se encontraba al lado del patio. Ella hacía lo mismo en el dormitorio contiguo pero auxiliada por el ventilador.
Ambos hacíamos esfuerzos por dormir, pero el deseo de ir a jugar era más fuerte. Cuando intentábamos levantarnos sigilosamente, los gritos de mamá se hacían sentir y debíamos regresar inmediatamente a acostarnos.
Después de un tiempo, decidimos de común acuerdo, aceptar sus órdenes, nos hacíamos los dormidos y, con una mirada pícara y algún gesto, esperábamos que mamá se durmiera profundamente. Un leve ronquido nos daba la certeza de que eso había ocurrido.
 Tratando de no hacer ruido, descalzos y en punta de pie, salíamos de la habitación. Mi hermano se dirigía al fondo a trepar en los árboles y yo al altillo a jugar a la maestra o con las muñecas.
Pasó el tiempo. Cuando comencé a estudiar y trabajar, comprendí la necesidad de la siesta, pero las múltiples obligaciones ya no me permitían realizarla. 
Ahora en la etapa de la jubilación, sin exigencias, ya no es una obligación –como en nuestra infancia– ni una necesidad –como en la época del trabajo–, pero para mí se ha transformado en un plácido momento y cuando algún llamado telefónico inoportuno, interrumpe mi sueño, siento que me parezco más a mi madre, para la cual la siesta era “sagrada”.

Sentimientos

Noemí Peralta

Con los años aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas. La vida me ha enseñado.
Son pequeñas, pero grandiosas a la vez. El canto de una calandria bien en lo alto de un árbol; colibríes libando el néctar de mis flores rojas en forma de campanitas o los azahares perfumados del limonero, o bañándose bajo el agua de la manguera en forma de lluvia, cuando por las tardes riego las plantas.
El gozo de plantar una semilla y ver cómo brota con el tiempo y se transforma en una plántula, que quizás se transforme en árbol.
Ver llenarse de flores amarillas al lapacho de mi jardín, que nació solo por obra de alguna semilla que trajo el viento quién sabe desde dónde.
Observar el juego de los niños, sus caritas alegres y sus risas.
Los perritos del barrio, que todos me conocen y acaricio por turno a medida que vienen a mi encuentro. Sus corridas y juegos.
Amo toda la naturaleza con todos sus elementos.
Por otro lado, soy una persona simple. No me interesa sobresalir en nada, soy feliz así. Solo quiero sentirme satisfecha con lo realizado hasta ahora y con el cariño de mi familia y afectos.
El pasado ya fue, no puedo modificarlo y el mañana aún no llegó y vivo el presente con esperanza.

Tía Petty y regalos originales

Noemí Peralta

Su apodo se debía a que era bajita, con unos kilos de más. Tenía una nariz aguileña como mi abuela materna, y unos ojos celestes igual a ella.
Con mi tío Carlos, su marido, vivían siempre en la naturaleza, la cual amaban; por lo general, en campos con animales y mucha vegetación.
Durante mi niñez y adolescencia fueron muchos los lugares a los cuales se mudaron, y siempre lejos de Rosario, en otras provincias.
Vivieron en Chaco, Formosa, Miramar, Buenos Aires en el Delta; pero siempre en el campo.
Les gustaba criar animales como gansos, patos, gallinas, pavos, vacas y algunos más que no recuerdo.
También tenían algunos caballos para recorrer montados todo el campo.
De vez en cuando, venían a visitarnos a Rosario y los recibíamos con mucha alegría.
Mi tío tenía muchísimos relatos de sus vidas en el campo, que supongo que adornaría bien cuando nos contaba a nosotros sus sobrinos.
Muchas veces me escribía contándome de los animalitos de la zona, como cuando estuvieron cerca de un bosque en el norte y veía a los monitos ir a descansar por la noche y levantarse al alba, haciendo tanto alboroto como los pajaritos.
Relataba muy bien y tenía una caligrafía hermosa. Algunas veces, para que yo viera cómo eran las mariposas que allí había, me enviaba algunas de muy vistosos colores.
A mi tía le gustaba regalarnos distintos animalitos y eso a mi madre la desesperaba.
Cierta vez nos trajo tres conejitos blancos, cada uno marcado en una oreja, para que no peleáramos por ellos y pudiéramos distinguirlos.
El de mi hermana era muy tranquilo y ella lo usaba como si fuera una muñeca, le ponía vestiditos y jugaba a la mamá.
El mío no era muy tranquilo, pero dejaba que lo tuviera en brazos y lo acariciara.
En cambio el de mi hermano era muy arisco y fue el primero que se escapó, cavando bajo el alambrado que daba al terreno baldío.
Cuando nos comunicó por carta que nos enviaba una ovejita color rosada (que había teñido), saltábamos de contentos.
Cuando llegó el tren en el cual nos la enviaba, nos dijeron que se había muerto en el camino. Grande fue nuestro pesar.
En otra oportunidad nos trajo un coatí, que se comportaba como un monito, era muy cariñoso y podíamos tenerlo upa. Lo queríamos mucho, pero debía estar atado a un árbol, al cual se subía a veces, porque nuestro temor era que se escapara.
Cierto día, cuando aún vivíamos en calle Rioja y Alvear, donde no teníamos ningún terreno, nos envió un camaleón dentro de un frasco de vidrio con tapa, el cual había perforado para que el animalito respirara.
La cosa fue terrible. Cuando mi madre se disponía a abrir el paquete y al ver semejante bicho, pegó un grito y del susto tiró el frasco, el cual se rompió y el pobre animalito salió disparado por todos lados. Corrimos al dormitorio y nos subimos a las camas, mientras la chica que ayudaba a mi madre lo corría con una escoba en alto. No recuerdo como terminó la historia, aunque supongo que fue con la muerte del pobre bicho.
Quería enviarnos un monito tití, pero mi madre se opuso rotundamente, así que nos quedamos con las ganas de tener uno.
Luego, en una de sus visitas nos trajo un cuero de víbora de dos metros, un cascabel de los que pierden estas víboras cuando cambian la piel, y un caparazón de carpincho, menos mal que esta vez no eran animalitos vivos.
Adoraba a esta tía y tío. Ella te abrazaba con un abrazo de oso cada vez que venía.
Ahora a la distancia, me hacen sonreír estos recuerdos y es gracias a ella que amo a todos los animales.

Antonia

Noemí Peralta

Un ser muy especial compartió mi vida apenas nací, el 28 de Junio de 1941.
Se llamaba Antonia; con el tiempo fue “la gorda Antonia”, apodo que se impuso en mi familia por el cariño que sentíamos todos hacia ella y porque era una mujer voluminosa, pero al mismo tiempo muy activa.
Comenzó a ayudar a mi madre desde que nací.
En esa época ella había tenido también una bebé y, como mi madre no podía amamantarme, era ella quién lo hacía, pues tenía leche suficiente para alimentar a su hija y a mí.
Así, pasó a ser mi mamá de leche, como se decía en ese entonces. Y su hijita mi hermana de leche.
Tuvimos una relación muy estrecha basada en el cariño con ambas, hasta que fui adolescente.
Cuando cumplí mis quince años, allí estaba ella ayudándole a mi mamá, aunque ya no se sentía muy bien de salud y compartiendo la fiesta que se realizó en el jardín de nuestra casa en Alberdi, ella y sus dos hijas.
Pasaron algunos años y, cuando me casé, allí también estaba ella presente demostrándome su cariño.
Sé que a algunos bebés, cuyas madres no los pueden amamantar, buscaban alimentarlos con leche de otras mujeres, pero en ese caso la extraían de sus pechos y ponían en mamaderas, pero no fue en mi caso, pues yo fui alimentada directamente de sus pechos generosos. Claro que yo no recuerdo esos momentos, pero mi madre me contaba.
Guardo un recuerdo cariñoso para quién fue mi mamá de leche y su hija, a mi hermana de leche, con quién pasé gratos momentos en mi adolescencia.
Recuerdos que nunca se olvidan y surgen a mí por alguna circunstancia, la que me hace muy feliz.

Uno, dos, tres (*)

José Mario Lombardo

I
Como todas las mañanas, su mujer le alcanzó el mate.
Sentado frente a la ventana, parecía mirar cada vez más lejos mientras tarareaba una canción que se repetía y se repetía como un trino.
Sus dedos, que traqueteaban sobre la mesa el mismo ritmo monótono, muy de vez en cuando pellizcaban una galleta que de seca se desintegraba en mil pedazos.
La mirada cada vez más lejos.
Ella, cual tibia ofrenda, le acercó el segundo mate: Una vez había traído un hijo entre sus brazos para que Juan lo acunara.
No era entonces monótona la canción de Juan. Como lentas bagualas las canciones de cuna, como alegres ritmos cuyanos los juegos, como sabias milongas del sur sus consejos.
Y las manos habían modelado la arcilla.
Pero llegó el tiempo en que a la arcilla modelada le crecieron alas. El hijo reclamó el cielo para volar y se fue con todas las ganas a buscar la vida (como alguna vez Juan).
Juan sintió que un trocito de galleta le endulzaba la boca.


II
Juan es ahora una estatua tensa y atenta que espera.
Espera el silencio y el silencio viene.
Pero recién con el canto del primer pájaro y cuando el sol comienza a salir todo naranja, él le clava la pala a la tierra gorda y húmeda de rocío.
Después (como de costumbre), saca las tres semillas de la tabaquera y las acomoda cuidadosamente en el nido de la tierra.
Termina cuando el sol ya es un gran disco naranja. Cuando el canto de los pájaros es la canción de la vida nueva.
Todos los años, Juan y las tres semillas repiten la ceremonia de la siembra.
Juan camina lentamente hacia la casa. El olor del tabaco lo incita a recordar. Una lágrima, que parece rocío, le moja la boca y él, presuroso, guarda la tabaquera en el bolsillo.
Los recuerdos, como el tabaco, van irremediablemente a su lado.

III
Cuando Don Estrella, el almacenero, le ofreció por primera vez las semillas, le indicó cuidadosamente la forma de sembrarlas. Y la hora. Y el día. Y la tierra gorda. Y el rocío necesario.
El, por mantenerlas frescas, las guardó en la tabaquera.
Después, partió en su bicicleta feliz portador de las tres semillas palpitando la vida.
Al entrar en la casa la encontró sentada sosteniendo el papel como una carga.
Leyó con desconsuelo. Atinó a buscar un apoyo y susurró: “perdón”, vaya a saber por qué. Después, salió al patio y miró el cielo que se le teñía de negro: “No, no es verdad. Yo sé que no es verdad…” Y entrando nuevamente gritó desesperado: “Cuando germinen él vendrá. ¡El vendrá!”.
No podía ser. No era verdad. El hijo habría de volver.
Tenía las tres semillas y la tierra gorda y húmeda de rocío: “Cuando germinen, él vendrá”.
En la madrugada del día siguiente, abrió la boca de la tierra y las tres semillas partieron con el hijo a buscar el centro del tiempo.
Y cada año repitió la ceremonia con la esperanza clavada en un tierno tallo y una flor que abriese para revelar el nacimiento de la nueva vida que le devolviera la vida del hijo.
Pero tallo y flor se negaban a anunciar la buena nueva.
Se hizo templo. Se volvió cada vez más roca.
Y así fue como la canción se transformó en monótono trino.
Ella, acaso para no morir, aprendió a descifrar el mensaje en la canción.
Hoy, con el último atardecer, seguramente podrá observarlo como de costumbre hamacándose levemente al compás y mirando fijamente la tierra.
La monotonía del canto, le acercará una vez más el angustiado grito de Juan tentando el camino de la esperanza.
De la desconsolada esperanza.
                                                                           “PEPE”

(*) Este relato lo envié allá por 1985  a “Certamen de cuento Breve” de Carlos Pereiro. Editor, firmándolo con el seudónimo “PEPE”. Y fue elegido para  su edición en compañía de otros relatos, en un libro que nunca pude conseguir. Hoy, que ya son ciento veintiuno los nietos recuperados, presiento que Juan logró por fin ver los tallos en flor. 

martes, 1 de noviembre de 2016

El apagón

Alicia Del Valle

Esa guerra que no fue, pero que nos tuvo preocupados, allá por el 1978, fue el conflicto por el canal de Beagle, en el sur, tan lejos para los que vivimos en el centro del país.
El problema había comenzado por la posesión de las islas e islotes, ubicado en el llamado “martillo”, un polígono definido en el arbitraje de 1971 en la zona del canal.
Allí, se hallan ubicadas las islas Picton, Lenox y Nueva, Gratil, Augusto, Snipe, Becasses, Gable e islotes adyacentes.
Me atrevo a opinar que Chile siempre buscó una salida o paso al Atlántico. Fueron años de arbitrajes, laudos, resoluciones y desacuerdos que estuvimos a punto de declarar la guerra a Chile.
La “Operación Soberanía” se puso en marcha con despliegue militar del gobierno de facto (juntas militares) y el apagón fue un ejercicio que afectó a la población civil.
Mi juventud de ese entonces y, confieso, mi indiferencia al hecho en sí enojaba mucho a mi padre.
En esa época otros eran mis intereses, que estaban relacionados con resolver asuntos financieros que afectaban a mi familia y me acongojaban. Eran malas rachas que nos perseguían.
La cuestión fue tan enojosa con nuestro vecino país que aquí comenzaron a preparar a los ciudadanos por si se desataba lo que nadie quería.
Se fijó un apagón en todo el país a hora y día determinado para preparar a la población en caso de bombardeo. El mismo requirió de una estructura logística, cuyos últimos eslabones fueron los coordinadores de zona y los jefes o vigías de manzanas, que recorrían el lugar asignado controlando que hubiera luces.
Dos o tres días antes del simulacro, hablo vía telefónica con mi hermano para pedirle que lleve a su casa a mi papá, ya que eran vecinos, con el argumento de que era grande y podía tropezar y caerse durante el apagón. A mi casa no iba a venir, no era el día que le correspondía y él no hacía concesiones.
Del otro lado de la línea telefónica mi hermano me solicita que si estaba parada me sentara y lo escuchara atentamente: “Papito es jefe de manzana y está buscando un brazalete de la Cruz Roja de tu hija para llevarlo al revés. Es lo que necesita para usarlo esa noche”.
Quedé sin palabras y acordé que me trasladaría con mi familia a su casa para acompañarnos en ese problema, que lo era, para nosotros. Sacarle esa idea era imposible, lo conocíamos.
Mi enojo era con un primo, que como empleado estatal lo designaron coordinador de zonas y tenía que seleccionar a ciudadanos para jefes de manzanas.
Ante mi reclamo por reclutar gente mayor, sin experiencia me confiesa que ningún joven quería hacerlo y solo se ofrecían los “viejos”, no podía hacer nada y el simulacro había que hacerlo.
Comprendí su situación, en mi condición de docente yo también había padecido esa responsabilidad, convocando gente para los censos ante la deserción de los asignados.
Mi papá se tomó muy en serio su tarea y anduvo dando indicaciones, haciendo advertencias a todo el mundo, sobre todo a una amiga, que no quería adherirse al apagón y le aseguraba que una luz iba a encender.
Tuvimos que calmarlo con mi hermano y hacerle entender que éramos vecinos de toda la vida y que un ejercicio de esa naturaleza no iba a destruir ninguna amistad.
Usamos el mismo tono amenazante que él y se calmó bastante.
Era un chico con un juguete nuevo. Creo que era el único argentino jugando a la guerra. Después, comprobamos que no.
Llegó el día, alistamos al jefe, lo saturamos de recomendaciones, le informamos que íbamos a estar en la terraza y que, ante cualquier inconveniente, avisara con la linterna que llevaba. Él sonrió y se fue.
El tiempo no ayudó, fue una noche clara, tan clara, que se veía todo, la mayoría de nuestros vecinos hicieron lo mismo, una hora tomando mate, creo que de 22 a 23.
Hubiéramos sido un blanco perfecto.
Nuestra tarea fue cuidar a nuestro padre y ser testigos de la inconsciencia de algunos jóvenes bromistas que tiraron agua y cohetes cuando pasaba el vigía de manzana con el solo propósito de molestar y divertirse. Por suerte, en la nuestra, mi papá no tuvo oportunidad de pelear. Fueron más civilizados.
Mi padre vivió con orgullo esa tarea y cada tanto contaba alguna anécdota graciosa de esa ocasión.

Gracias a Dios todo quedó en preparativos, ya que con los años y la intervención de la Iglesia como mediadora se logró la ansiada paz.

viernes, 21 de octubre de 2016

Aquel 2 de abril

José Mario Lombardo

En el año 1963, el Ejército, la Marina y la Aeronáutica andaban lidiando con algunas diferencias de opinión que, al final, terminarían mal.
Estaban por un lado los “Azules”, integrados por casi todo el Ejército, que (según ellos) eran un poco más democráticos; y por el otro lado, la Marina y la Aeronáutica, con alguna pequeña fracción del Ejército se hacían llamar “Colorados” y estos (según sus manifestaciones) no eran para nada democráticos.
Los “Azules” se alineaban tras las ideas del general Onganía, mientras que, las filas “Coloradas”, seguían al almirante Rojas, (de vasta experiencia) y a un general retirado del Ejército de dos apellidos: Toranzo Montero, con sus buenos antecedentes guerreros.
El 2 de marzo de 1963 llegamos a nuestro destino de colimbas: el Batallón de Comunicaciones Comando con asiento en City Bell, un lugar muy cercano a la ciudad de La Plata. Allí, con mis compañeros de milicia, participaríamos de una situación inesperada, pues aquellas diferencias entre “Azules” y “Colorados” se dirimieron en el campo del honor, exponiendo no ya las humanidades de los directos interesados, sino las nuestras, que éramos ni más ni menos que aquellos ciudadanos de la “clase 42”, que recién habíamos llegado “a cumplir con nuestro deber”.
Fue un mes después de nuestro arribo: en la mañana del 2 de abril, reunida toda la compañía en la cuadra del cuartel, nos hicieron vestir con ropa de fajina, borceguíes, bolsa de rancho, casco y nos entregaron el fusil y un cargador con municiones.
Salimos de la cuadra en formación, al trote y hacia los fondos del cuartel. Allí, había un bosque de eucaliptus donde diariamente realizábamos nuestro período de instrucción. Por el camino, pudimos ver como algunos aviones sobrevolaban el lugar a muy baja altura, mientras se notaban confusos movimientos por todo el batallón.
No todo estaba en su lugar. Aquella no era la rutina de todos los días.
Bajo los árboles, observando extraños movimientos y sin saber que ocurría realmente, pasamos el resto de la mañana mirando las inquietantes evoluciones de ese avión que pasaba rozando los eucaliptus.
Terminamos de almorzar un guiso de arroz que era casi una sopa y, luego de enjuagar los cubiertos en un arroyo que teníamos cerca, nos quedamos adormecidos al pié de los grandes árboles.
De pronto, la improvisada siesta se interrumpió: un ruido como a tela que se desgarra seguido de una especie de golpe sordo que parecía el impacto de un gran pisón sobre el suelo, fue como una orden para que se desatara el temporal.
Un subteniente de nuestra compañía, apareció a la carrera pistola en mano, saltando el tronco de un árbol caído. El avión pasó más rasante que nunca sobre nuestras cabezas. Se escuchó un tableteo de ametralladoras. Y nuestro subteniente dio la orden: ¡Todos a City Bell!
Fue una desbandada total. Corríamos como nos habían enseñado, un tanto agachados y en sig-sag y nos escudábamos en los árboles, buscando apresuradamente el alambrado que nos separaba del pueblo.
Mientras corríamos, sentíamos el silbido de las balas. De pronto, otra vez volvió a repetirse aquel sonido de un gran pisón impactando sobre la tierra: había caído una bomba en la caballeriza.
El alambrado que limitaba el cuartel era un viejo cerco de siete hilos que estaba bastante flojo, de manera que logramos saltarlo sin inconvenientes. Más allá, podríamos guarecernos por el interior de las manzanas, entre los patios de las viviendas, los gallineros. Todo por hacernos invisibles a ese avión que se dirigía sabiamente hacia el enemigo que se escondía. Ese avión que siempre nos apuntaba. Que siempre nos amenazaba. Que semejaba un temible péndulo flotando sobre nuestras cabezas.
Y mientras tanto, se escuchaba el sonido de aquella tormenta inesperada. El temor a lo invisible. Los disparos. Era un caos.
El disparo y el posterior silbido del proyectil no son para nada agradables. No se ve nada: se escucha. No se sabe si va dirigido hacia este o aquél. Quien lo dispara posiblemente sabe su destino, quien lo recibe no sabe nada. Pero: ¿A quién dispararle?, y ellos ¿Hacia dónde apuntaban?
Y no sabíamos nada de nada. Algunos fuimos guarecidos en casas vecinas. A otros, que fueron capturados, se les retiró el percutor del fusil y fueron agrupados en la plaza, mientras algunos caminaron por la ruta rumbo hacia Buenos Aires o La Plata.
Toda la tarde se escuchó el seco ruido de los disparos en la ciudad de City Bell.
Cuando caía la tarde volvió la calma y entonces pudimos regresar al cuartel. Caminamos lentamente en fila india, mientras otros soldados como nosotros, formaban una especie de guardia de honor en ambas veredas. No podíamos distinguir entre los nuestros y los “otros”. En realidad, todo parecía lo mismo.
La toma del cuartel la llevó a cabo la infantería de marina y por la noche ya se habían retirado. En el cuartel quedamos unos pocos. A la mayoría se les dio una licencia de unos diez días.
Al día siguiente pudimos ver los resultados de aquella insensatez: edificios averiados, el pozo de la bomba en la caballeriza, algún carro blindado abandonado y una bomba que no explotó y quedó varios meses clavada en el borde de la plaza de armas, frente al comedor.
No nos enteramos si hubo heridos en City Bell. Después, con el tiempo, supimos de los muertos y heridos en Magdalena en aquel triste episodio del 2 de abril de 1963. Según algunos datos aportados por el diario “Clarín” hubo un total de 24 muertos y 87 heridos y solo en Magdalena, donde se desarrollaron las acciones más violentas, se registraron nueve soldados muertos y 22 heridos.
Ahora, pasado el tiempo, ya sabemos el resto de la historia: Aquella sublevación “colorada” del 2 de abril, había pretendido derrocar al presidente Guido y remplazarlo por el general Benjamín Menéndez, movimiento que fue abortado por las tropas “azules” que en su mayoría pertenecían al Ejército.
En octubre del 63, fue electo presidente el doctor Arturo Illia. 
Y tres años después, el general Onganía, “el democrático”, “el azul”, se metió en la Casa de Gobierno, echó al presidente porque se sentía el dueño de la verdad y, de paso, en una noche aciaga de aquel 66 entró en la Universidad para desalojar violentamente a quienes se atrevieron a poner en duda, que fuesen los bastones largos los dueños de la razón.