viernes, 25 de octubre de 2019

¿Crees en los fenómenos paranormales?


Patricia Pérez

Cuando se trata de triunfos, especialmente si son de nuestros hijos, nos sentimos doblemente satisfechos.
Corría el año 1996, presidencia de Menem.
Mi hijo más chico participaba de un torneo de fútbol, cuyo premio mayor era una bicicleta a cada jugador.
En ese momento nos acompañaba el tío Ernesto, en realidad tío de mi suegra, mucho más joven que ella.
Nacido en Córdoba, estaba de visita y era su costumbre visitarnos en el verano. Se quedaba a pasar el día y, luego, se iba a Cañada de Gómez, donde paraba, ya que en Rosario no aguantaba la humedad de la ciudad.
Ernesto era una persona especial. Todos los días, luego de almorzar, caminaba unas cuantas cuadras para hacer la digestión y todos los miércoles ayunaba para desintoxicar el cuerpo. Solo bebía té e ingería algunas galletitas de agua.
Era una persona a la que yo tenía respeto, porque poseía cierta videncia y su mirada tan fuerte te hacía sentir timidez.
Fue entonces, en aquél verano en que él nos acompañaba, que el equipo de fútbol de los niños jugaba la final.
Quieras o no, ponerte nervioso es algo que no podés evitar; y más aún, si varios chicos están deseando esa bicicleta a la que algunos nunca pudieron acceder.
El partido obviamente era difícil. El adversario también había llegado a esa instancia por estar entre los mejores.
Transcurría el partido y no se definía.
Mi comentario fue: “¡Que no vayan a penales!”.
Ernesto que me escuchó, me dijo: “No van a ir a penales, van a ganar con un gol de Nacho”.
Incrédula lo miré y dije: “¡Ojalá!”.
Pasaron unos minutos y, cuando el partido se acababa, mi hijo Nacho hizo el gol y ganaron el partido; y, por supuesto, las bicicletas para el equipo.
Pasado este momento de júbilo, miré al anciano y le dije: “¡Acertaste tío!”.
Y él me respondió: “Solo lo pedí. Hay que provocar la energía”.
Eso me descolocó, porque me dio a entender que esos fenómenos los provocamos nosotros con el poder de la mente.
Aún pienso en ese momento y me causa cierta curiosidad.
¿Existen los fenómenos paranormales?
A vos, ¿qué te parece?

martes, 22 de octubre de 2019

La mentira


Gustavo Fernández

“Me siento empachado hijo…”.
Así, lo relató mi padre aquella tarde de diciembre del año 1981.
Manolo lo llamábamos nosotros en familia, inmigrante español de la guerra civil, único hijo y huraño por naturaleza, pero la persona más hermosa que conocí en mi vida, mi mejor amigo, como yo lo señalaba.
Estaba yo de vacaciones en Canals, mi pueblo, luego de un arduo año de facultad, cuando ese día me comentó aquello.
Vísperas de fiesta, reuniones de despedidas de año, tertulias muy comunes en los pueblos en esas fechas y, por ello, no tomé en cuenta con demasiada preocupación aquel comentario. Recuerdo haberle dicho que se cuidara un poco en las comidas y que todo pasaría.
No fue así, día a día veía que su semblante desmejoraba y comencé a preocuparme por su salud y decidimos que vendríamos a Rosario, ciudad donde yo estudiaba, a consultar con el médico gastroenterólogo que anteriormente había operado a mi madre de vías biliares.
Concertamos fecha con él por teléfono para la visita, que sería en siete días.
Transcurridos dos días, durante la madrugada, mi madre me despierta muy asustada, porque mi padre estaba en su cama desesperado de dolor, me levanté de inmediato y corrí a su lado, me miró con ojos de sufrimiento y pidió que llamara al doctor Estrella, quien era el clínico del pueblo.
Al llegar el médico, luego de una revisación rápida, le aplicó unos calmantes y me solicitó radiografías y análisis, que debería hacerse en nuestro hospital durante la mañana que ya despuntaba.
Lo acompañé hasta la puerta y allí, en voz baja, el doctor me comentó que no le gustaba nada el estado de Manolo; y qué sería importante luego de los resultados consultar un especialista, a lo cual le respondí que estaba planeado y que teníamos un turno solicitado para esa semana, a lo que me respondió que sería bueno, luego de evaluar los resultados y de ser posible, adelantar esa consulta.
Los resultados, aún con la precariedad de medios y equipamientos de nuestro hospital, confirmaron la sospecha del doctor, por lo que previa llamada telefónica a Rosario, partimos rápidamente hacia allí donde en el Sanatorio IMCE nos esperaba una cama para internación.
Hechos nuevamente todos los estudios, se confirmó que papá tenía un cáncer de colon y que debía ser operado de manera urgente, con un pronóstico de sobrevida que no podía predecirse por aquellos tiempos.
Este diagnóstico, que en privado nos relató el médico a mí y a mi hermano Gabriel, nos llenó de dolor y preocupación. ¿Debíamos o no contarle a Manolo la realidad?
¿Y a mi madre, quién cursaba un cuadro de depresión nerviosa producto de su menopausia y ausencia de sus hijos?
Luego de un largo silencio lleno de lágrimas y dolor, miré a mi hermano mayor y le dije: “Todo debe seguir igual, nada cambiará la historia si contamos la verdad de todo esto, dejemos que el tiempo pase y Dios dirá”.
Fue así como, juntos, diagramamos una gran mentira que fuese creíble y llevadera por el tiempo que fuera. No viene al caso contarles de qué manera relatamos el nuevo diagnóstico y los porqués de la cirugía, pero todo resultó bien.
La operación fue un éxito, pero sin cambiar el pronóstico de manera alguna. Entre Gabriel y yo, hora tras hora y día tras día, inventábamos historias y explicaciones para Manolo, mi madre, y toda persona de nuestro grupo familiar y amistades.
El tiempo fue pasando y en forma inexorable llegó la noticia de que había metástasis de su enfermedad y qué debíamos recurrir a quimioterapia. Sin dudarlo, lo hicimos. Para poder mantener nuestro secreto llegábamos al extremo de cambiar las cajas y prospectos de su medicina, de manera de no generar dudas o temores a mi madre y por supuesto a Manolo.
No obstante, los tiempos se acortaban y su salud se deterioraba visiblemente…
Pero la mentira cumplía su cometido, frente a los dolores o molestias, siempre estábamos cerca para conformarlos con nuestras falsas explicaciones. Fue así que un día el oncólogo que lo trataba en forma encubierta nos reunió a mi hermano y a mí, para anunciarnos qué probablemente quedaban muy pocos meses de vida y, de ser posible, que fuésemos de vacaciones los cuatro como anunciando el pronto final. Así lo hicimos, cargando sobre nuestros hombros la mentira y críticas del resto de la familia nos fuimos juntos unos días a La Falda.
Al regreso, ya mi padre estaba muy mal. Y fue así como una noche al acercarme a su cama, me miró fijamente y señalando su abdomen me preguntó: “¿Qué es lo que realmente me pasa hijo?
Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi corazón se rompía de dolor. Recuerdo que solo pude balbucear y, por primera vez, le dije que su enfermedad era muy grave y que su vida estaba en manos de Dios.
Volvió a mirarme con una mezcla de dolor y agradecimiento y preguntó: “¿Desde cuándo?”. “Desde la cirugía papi”, le contesté; y él dijo: “¿Tu madre lo sabe?”. Le respondí que no y me recosté a su lado como lo hacía de niño y no pude articular palabras. Él tomó mis manos entre las suyas en silencio y, como cuando niño, no paró de acariciarlas. Luego de unos minutos me dijo: “Gracias hijo por todo, por haber tenido que sobrellevar este tiempo esta pesada carga, vos y tu hermano, Dios a de querer que todo sea como tenga que ser, y te pido un último favor: no descuiden a su madre”.
Luego se quedó en silencio y con una paz qué nunca había percibido en otra persona.
A la semana se fue…
Te extraño, Manolo, y perdón por mentir.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Juglares

Emilia Inés Fabrega

Transcurría el año 1970 y estaba cursando el cuarto año de la escuela secundaria. La hermana Beatriz desarrollaba, como siempre lo hacía, de manera amena su clase de Literatura. Entre romance y romance, hizo alusión a la figura del juglar definiéndolo, en mi versión resumida, como aquel artista que recorría poblados ofreciendo su arte, que podían ser canciones o bailes.
Es muy probable que a alguna de mis compañeras haya logrado transportarla hasta algún paisaje lejano con un pintoresco personaje atrapado en el medioevo.
A mí, me acercó a mi realidad, a una persona perteneciente a mi vida y a mis afectos, mi abuelo paterno, del quien heredó su nombre mi padre y posteriormente derivó en el mío.
Recuerdo verlo salir de mi casa muy temprano generalmente con su saco marrón y su sombrero de fieltro. Recorría toda la calle hacia el oeste hasta llegar al almacén de ramos generales. En esa esquina se concentraban todas las actividades de su vida social.
Allí se recibían las jugadas de quinielas. Para tal fin, él confeccionaba una lista con números que generalmente correspondían a algún sueño de la noche anterior donde se depositaban todas las expectativas de lograr algún acierto.
En ese mismo lugar compraba una ración de galletas “Rosarinas” algo parecido a las que actualmente llaman galletas “María”, más común entre nosotros como “Vocación”.
Ya en la vereda daba riendas sueltas a su arte coplero. Siempre se reunía a su alrededor un grupo de gente que seguramente disfrutaba de ese improvisado y sencillo espectáculo.
La hermana Beatriz continuó con su exposición comentándonos que la temática de los cantares de los juglares era variada. Generalmente pertenecían a relatos de hechos reales. Así, podían ser temas alegres, de amores, de pasiones o tristes, de dramas o tragedias.
El repertorio de mi abuelo fue completo.
Nos contaba a mis hermanos y a mí (juego de cartas mediantes) de sus coplas alegres en su Andalucía natal, cuando siendo muy jóvenes medían sus energías en competencias que consistían en bailar sus danzas típicas hasta que quedara un vencedor. Podrían pasar días enteros.
Entre mis vivencias, recuerdo su canto de alegría luego de soplar sus noventa velitas esparcidas en una torta de varios pisos y acompañado por el cariño y respeto de mucha gente.
También recordaba sus canciones de dolor. Dolor de volver derrotado de una guerra, para la cual había sido reclutado y enviado sin demasiadas explicaciones, para luchar contra un pueblo cubano que se había levantado en armas. Un pueblo ilusionado con lograr su independencia, de recuperar su soberanía y su identidad.
Y las de las pérdidas irreparables…
Nunca faltaron las coplas esperanzadas. Como aquellas que acompañaron en su decisión de buscar paz y bienestar para él y su familia en nuevos horizontes.
Y las de siempre. Las que honraron la vida. Las mismas que compartió con quienes así lo quisieron, durante tantos días. 
El último, volvió a casa con sus noventa y tres años a cuestas; cargando toda su vida sobre su pronunciada delgadez, habiendo depositado sus últimos sueños y derramado generosamente sus últimos cantares… como un juglar.

Aquel accidente

Nora Rotger

Era el año 1975, veníamos de pasar un fin de semana en Buenos Aires y volvíamos en tren, ya que como familia de ferroviarios teníamos pases gratis. Eran la 19.30, aproximadamente, ya anochecía, habíamos partido de Retiro a las 18,30. Yo venía estudiando porque al otro día debía rendir un parcial en la facultad y mi mamá dormitaba a mi lado.
De pronto, el tren se detuvo, en el medio de la nada, pensé en algún desperfecto mecánico, pero después supimos que fue un error de señalización, un error humano.
Nada llamaba la atención, el tren era un medio de transporte seguro, eso creía, hasta que luego de un rato sentí un golpe espantoso, un ruido estremecedor, gritos, llantos, quejidos, todo era un caos. ¿Qué había pasado? En primer momento, pensé en una bomba, en esa época no eran raros los atentados con bombas, y ahí me quedé, ¿Cuánto tiempo? No sé, solo sé que todo era oscuridad, no me podía mover, estaba atrapada por hierros retorcidos.
Empecé a buscar a mi derecha, donde estaba mi mamá, pero no la encontraba. La empecé a llamar y ella me respondió; luego, otra vez el silencio y la oscuridad.
Estábamos ente Zárate y Campana, los bomberos y las ambulancias tardaron en llegar, no sé cuántas horas. Después, sentí una luz potente sobre mí y un bombero que me decía que me iban a sacar, empiezan a cortar los hierros y las chispas volaban a mi alrededor. Luego, ese fatídico tanque que derrama un líquido caliente sobre mi, una mezcla de agua y algún combustible que quema gran parte de mi cuerpo.
Me sacan, me dejan a un costado de la vía, sobre una camilla improvisada con una puerta de un vagón, esperando a la ambulancia para que me traslade.
Llego a un sanatorio de Campana, sola, sin saber que había pasado con mi mamá, me hacen las primeras curaciones y otra vez la oscuridad y el silencio.
Ya al otro día llegaron algunos familiares, una tía y mi papá. Pasan los días, me llevan Buenos Aires al Instituto del Quemado; luego, a una clínica particular y allí pasan una, dos, tres semanas. Estuve internada durante dos meses, lejos de mi familia y de mis amigos. Luego, fue volver y empezar otra historia, era como comenzar de nuevo.
El accidente dejó muchas cicatrices en mi cuerpo y en mi alma.
Las cicatrices del cuerpo a los 19 años importaban mucho, tanto que no me permitían salir, que me vieran. Pasé casi tres años cubierta con un pañuelo en el cuello que disimulaba y tapaba mis heridas, no usaba mangas cortas ni traje de baño. Nada de eso existió para mí por muchos años.
Entré en una profunda depresión, no quería salir ni que nadie me viera.
A pesar de las terapias y los esfuerzos de mi familia, no lograban sacarme, nada me entusiasmaba y hasta ese noviecito que tenía también se alejó.
Hasta que un día me llega una tarjeta de participación de casamiento. Se casaba Patricia, mi amiga, y tenía que ir a verla, debía hacer el esfuerzo.
Fue mi primera salida, fue el empujón que necesitaba; y su abrazo fue la fuerza que me hizo sentir que ya era hora de volver.
Retomé la facultad, me recibí, me casé, encontré otro novio, que me quiso con cicatrices incluidas y que por cuarenta años siguió acariciando. 
A Patri, no la vi por muchos tiempo. Hace tres nos reencontramos y hace pocos meses reviví nuevamente ese abrazo. Otra vez yo con un problema de salud, internada luego de una cirugía y ella, al lado de mi cama, dándome la mano, como ayer, como siempre.

Mi amiga Nora

Patricia Pérez

 Y la vida volvió a reunirnos
Teníamos trece, catorce, quince.
Nos sentábamos una al lado de la otra.
Nos mirábamos con esa mirada cómplice en un examen o cuando la profe tenía el batido hecho en su cabeza y nos tentábamos de risa.
Compartimos hermosos momentos en que la vida es todo canción y no nos preocupábamos por nada.
Nora fue mi compañera durante toda la secundaria, éramos compinches y terminamos esa etapa de la vida prometiendo seguir visitándonos.
Pero cada una siguió su camino, estudiando carreras muy distintas.
Pasaron dos o tres años, creo que fue en el año 1975, y aún recuerdo la cara de mi papá tratando de decirme la triste noticia: “Patry, tu amiga Nora estaba en el accidente del tren en Campana, hay heridos y fallecidos”.
Yo no podía escuchar algo peor, mi día se oscureció y de pronto fue todo de noche.
Fueron momentos de confusión, que luego por suerte se aclararon.
Nora y su mamá estaban vivas. Tenían algunos problemas, pero por suerte saldrían adelante.
“Ellas son fuertes”, me decía mi papá.
Pasaron algunos meses y mi amiga estaba recluida. No podía verla.
Llegó mi casamiento, y al salir de la iglesia, estaba ella, Nora, con su pañuelito al cuello tapando su dolor, producido por el tren.
Rompí en llanto y agradecí infinitamente su gesto, porque sabía que le costaba salir.
Toda mi vida conté ese momento a mis allegados, porque en ese abrazo nos dijimos muchas cosas, sin palabras.
La vida de casada, los hijos, hicieron que no nos viéramos más.
Atrás quedó la adolescencia y pasaron muchos años, cerca de cuarenta.
Un día, en una presentación de un libro, tres compañeras de aquella promoción nos propusimos hacer una reunión de reencuentro.
Gracias al Face y WhatsApp logramos hacer el tan ansiado encuentro y allí nos abrazamos nuevamente con Nora.
De eso ya hace casi tres años; y, después, el grupo se reúne periódicamente.
Pasaron tantos años y nos dimos cuenta de que esa preferencia de estar juntas permanece.
Este año las aulas nos volvieron a juntar.
Con más de todo, más hijos, más canas, más kilos, ahora compartimos el curso “Contame una historia” de Adultos Mayores.
Pronto haremos nuestro segundo viaje de egresadas recordando anécdotas del anterior. 
Y la vida volvió a unirnos, a mi amiga Nora y a mí.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Lucía


Mónica Mancini

A pesar de transitar por diversos ámbitos, con buenas relaciones y múltiples intereses, quizás por los cambios de provincia o por las particularidades de mi familia, no lograba encontrar a “la amiga”, aquella con quien compartir los secretos más osados, los momentos más felices. Nunca hasta entonces había tenido la oportunidad de gozar de una amistad plena, total. Había abandonado la niñez, la adolescencia y, si bien tenía muchas amistades, no lograba intimar con nadie hasta que apareció Lucía.
Jamás escuché la expresión “amistad a primera vista”, pero en verdad eso fue lo que sentí cuando la conocí. Ella apareció en mi trabajo aparentando mucha inseguridad, dispuesta a pagar el famoso derecho de piso, se manejaba con extrema prudencia y hablaba menos de lo necesario. Inmediatamente, después de nuestra primera charla decidí protegerla, darle un espacio en ese lugar. Ella sabía cómo hacerlo, porque había recorrido el mismo camino sorteando con éxito numerosos obstáculos.
Con el tiempo descubrimos que nos sentíamos muy bien trabajando, que disfrutábamos al hacer proyectos especiales, creativos. Juntas éramos mucho más que dos como dice el poeta. En breve incorporamos a nuestras familias y además del trabajo compartíamos salidas, festejos y hasta unas inolvidables vacaciones en las sierras.
Nuestras hijas y nuestros maridos también estrecharon lazos y compartían gustosos las iniciativas que emprendíamos acompañándonos en concretar diversas propuestas.
Yo quedé embarazada de mi segunda hija y a los tres meses Lucía dio con alegría la noticia de su nueva maternidad. Compartimos algo más. Armamos juntas los ajuares de nuestros bebés, íbamos al obstetra y comentábamos todas las particularidades que nuestra situación común nos provocaba.
Nació mi beba y ese verano me fui de vacaciones.
Lucía tuvo el bebé el día antes de que yo regresara. Cuando llegué de las sierras me enteré del nacimiento y tuve una extraña sensación, algo urgía dentro de mí que me obligaba a correr al lugar donde mi amiga estaba internada. Obedeciendo a mi intuición, sin siquiera abrir los bolsos y dejando a mi pequeña beba, recorrí con premura las calles que me separaban del sanatorio. Me dirigí sin dudarlo y sin perder tiempo a la habitación que me habían indicado y grande fue mi sorpresa cuando encontré a mi amiga sola, solísima en una habitación grande, blanca y fría. El bebé estaba en la cunita a su lado tan solo como ella… Sospechando que algo no estaba bien, me acerqué a la cama y consternada vi el rostro de mi amiga, inundado de alegría, de paz. Al interrogarla solo se sonreía y decía que la deje soñar… su cara y sus labios eran del mismo color lívidos ambos, al tocarla percibí que estaba helada y casi rígida, espantada levanté las sábanas y observé que un gran charco de sangre rondaba su cuerpo como atrapándola en un destino fatal.
Los hechos posteriores se sucedieron como cuando se observa una película con imágenes aceleradas. Correr, gritar, buscar ayuda. La presencia de los médicos no se hizo esperar, actuaban con rostros preocupados, profesionales, calmándome ya que no podía contener el llanto al presenciar como Lucía se iba, se alejaba.
Me hice cargo del bebé que ya reclamaba su alimento, yo podía amamantarlo, mientras Lucía luchaba por su vida. Se hicieron interminables los minutos que duró la intervención. Cuando los profesionales terminaron su trabajo, la trajeron a la habitación semidespierta, ella aún no era consciente de lo que había vivido. Inmediatamente le hicieron varias transfusiones de sangre y de a poco se fue recuperando.
Ese hecho nos unió aún más. Nuestras vidas se enlazaron de un modo definitivo. Fue entonces cuando encontré la respuesta a esa pulsión que me había sorprendido al tener el primer encuentro con mi amiga. Nuestros destinos debían unirse indefectiblemente, la vida debía seguir su curso.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Nieve única

Hugo Longhi

Vacaciones. Palabra dura, que se suaviza ante nuestros oídos por su significado.
Aquel lunes 16 de julio de 1973 yo comenzaba mis vacaciones de invierno en la escuela secundaria. Creo que amaneció nublado y frío. Digo creo, porque ese día me regalé el placer de dormir hasta bastante entrada la mañana.
Yo vivía en un barrio de esos en que la gente aún conservaba la naturalidad y el lenguaje aprendido lejos de las academias. Y, cada vez que sucedía algo fuera de lo normal, se reunían para comentarlo asombrada y enérgicamente.
Desde la cama me pareció escuchar un diálogo de ese tipo entre mi mamá y una vecina. “¿Vio?, está nevando”, dijo esta última. Eso me hizo levantar con sobresalto para asomarme y ver por la ventana que daba a la calle algo similar al “agua-nieve”, una especie de lluvia más espesa que, con el correr de los minutos se fue transformando lisa y llanamente en nieve.
Omití destacar que el escenario era Rosario, ciudad donde nunca había sucedido este fenómeno atmosférico y por lo tanto causó gran revuelo. Imagínense para un chico de quince años, como tenía entonces.
Era cerca del mediodía y todo el barrio había salido a la calle a dejarse abrazar por ese elemento que fluía del cielo, vaya a saberse por qué. Pero eso qué importaba, lo hermoso y único era la nieve que podíamos ver, tocar y un poco más tarde acumular como para intentar armar alguna figura.
Lástima no haber tenido una cámara de fotos preparada con rollo para inmortalizar el momento que se extendió por casi una hora. Los celulares y las selfies llegarían demasiadas décadas después.
Quedó pues solo el recuerdo imborrable en mis retinas y mi memoria. Tal vez, la crónica periodística en el diario de la ciudad o alguna borrosa filmación televisiva que sobrevivió. Nada más que eso.
Pero la emoción y la alegría de haber sido protagonista del hecho insólito no me lo quita nadie. Más adelante volvería a chapotear por la nieve en Bariloche, en el ritual viaje de egresados y, vaya casualidad, ese 9 de Julio que me encontró azarosamente en Buenos Aires cuando los porteños disfrutaron de algo similar a nuestro Julio de 1973.
La naturaleza, egoísta, nunca más nos regaló otro día así a los rosarinos. Lo esperamos cada vez que se anuncia una ola polar, pero no. Bueno, yo tuve ese regalito inesperado. Fue un comienzo de vacaciones distinto, que fue obligado comentario entre mis compañeros al regresar a clase dos semanas después.
Y de puro curioso los consulto. ¿Qué hicieron ese día?