miércoles, 16 de septiembre de 2015

Viaje a Europa en el 74 con OVECE

Haydeé Sessarego

Muchos se preguntarán qué quiere o quería decir OVECE. Les cuento que desde la década del 60 muchas de las facultades dependientes de la Universidad Nacional de Rosario, formaron organizaciones o grupos cuyo objetivo, para l@s alumn@s que así lo desearan, era aportar dinero desde el primer año de la carrera, para emprender el ¡ soñado viaje a Europa!
Nuestra organización llevaba esa sigla que quería decir: Organización Viaje de Estudios Ciencias Económicas (OVECE).
Los fondos se obtenían mediante rifas con premios muy importantes como departamentos, autos 0 km y electrodomésticos, que los mayores adultos, padres, familiares, ofrecían a sus amig@s y conocid@s, “mangueando “o molestando, sin piedad para que adquirieran la rifa. También se exhibían los autos 0 km y modelos únicos, en la peatonal Córdoba, frente al ya desaparecido, cine “Radar” y en donde los paseantes, algunas veces, acostumbraban a comprarlas.¡ Golazo para l@s que lográbamos vender de ese modo!
Me interesa detenerme aquí en las generalidades y/o particulares de esos viajes de egresados universitarios. Se contrataban vuelos chárter con varios contingentes de distintas facultades. Hasta Ezeiza partíamos en autos particulares familiares y, como era costumbre en esas épocas, nos acompañaban en la despedida la familia de cada uno, si como en mi caso y varios más, íbamos ya casada@s. Porque… ¡ni soñar que a una mujer, por más progres que fuesen los padres para los tiempos que corrían, permitían a sus hijas mujeres, viajar con sus novios, sin casarse antes! También partían en esa “compaña” amig@s entonando cantos colmados de buenos deseos junto a abrazos y besos con el infaltable “cuídense”. Viajar al exterior, ya fuese a Europa o los Estados Unidos, era visto como una epopeya que merecía toda esa movilización, agregada a previas y variadas despedidas, en este caso, en Rosario. Aerolíneas Argentinas nos transportó hasta Madrid, pero es de destacar que esos aviones eran, expresado con honestidad, avioncitos, modelo DC8, con capacidad, para solo 115 pasajer@s.
Vamos por “rubros”, “ítems” o “partes”. El primer paso era conseguir en la capital española un hotel barato, acorde a nuestros magros bolsillos. Siempre eran habitaciones con baños compartidos, muy cercanos a la Plaza Mayor. El siguiente e inmediato paso era, al día siguiente, alquilar un auto. Para l@s que viajábamos en pareja era compartido con otra con la que era de uso y costumbre, ¡no llevarse bien, ni congeniar! Estas situaciones fueron comunes también para los grupos mixtos o no, que alquilaban combis, todo esto con el fin de abaratar costos.¡ No fuimos la excepción! Concretado este rubro, se recorría Madrid y alrededores en el vehículo de marras (Seat 1600, igualito a nuestro Fiat 125 de antaño) y, además, caminar muy mucho las calles.
Desde esa ciudad se viajaba hacia Barcelona, que deslumbraba por su arquitectura y cosmopolitismo, muy diferentes en ese entonces a Madrid u otras ciudades españolas.
Siguiente y casi fundamental ítem: comprar en Andorra (libre de impuestos) carpas y enceres para campings. Nobleza obliga a contarles que fue, como era desde hacía mucho, una “sana” costumbre, sustraer algunos utensilios. ¡No, para nada se puede afirmar que los dueños de los negocios no se daban cuenta! Iba de la mano con la presencia de contingentes argentinos. Allí, comenzaba la travesía hacia la ciudad luz, capital de la cultura e intelectualidad y protagonista de aquél siempre recordado slogan: “La imaginación al poder”. Llegar a París, atravesando buena parte del suelo francés, era ¡ deslumbrante! Sin detenerme en las maravillas parisinas, agrego que desde la compra de carpas y enseres, casi todo el resto del viaje fue acampar en diferentes establecimientos destinados a esa actividad.
El frío y la lluvia de la primavera europea no estuvieron ausentes. No existían aquí los abrigos, indumentaria y mantas como para mitigarlo. Como nota individual y de un valor inconmensurable, fue conocernos en el camping de “Bois de Bolougne”, bajo llovizna fría, lavando los platos, con Susi y Hernán, que eran del grupo de Odontología y de los que tenemos el inmenso placer de ser amigos hasta hoy, viviendo ellos en Madrid desde 1975.
El armado de carpas en cada destino era una verdadera odisea. Suelos pedregosos, clavas que no entraban, cansancio, anocheceres que hacían más ingrata la tarea y que provocaban discusiones entre parejas, y/o compañeros de autos, etcétera. Cuando por la hora de la tarde o noche, nos ¡tocaba un hotel! significaba ¡un indescriptible placer!
Me parece interesante comentarles las características propias de algunos destinos de este viaje que duró tres meses y medio.
Luego de París cruzando en ferry el Canal de la Mancha, ¡Londres!, con su mano contraria a la de casi todo Occidente con algún conato de casi choque o pequeños roces altamente multados. Esa ciudad fue también admirada por todo joven, ya que protagonizó la movida cultural que impregnó especialmente la música y la moda: Beatles, Rolings Stones: twist y rok and roll; Tuiggy con su esmirriada figura que se impuso entre las “chicas” de los 70; más innumerables vanguardistas.
 La moda de la época presente en nosotros y en l@s jóvenes europeos: chicas con pantalones pata de elefante de tiro bajo, zuecos de corcho, cabellos largos y alisados a base de la famosa “toca”, infaltables minifaldas y ojos pintados bien marcados. Los chicos, de pantalones similares, jeans casi siempre para ambos sexos, camisas entalladas con cuellos largos, pelo largo también, barba y bigotes infaltables. ¡Todos parecían “Cristos”o “Che Guevaras”!.
Seguimos de viaje con los que nos parecieron más atractivos, entre las ciudades o países. Amsterdam ¡ sinónimo de la libertad individual que conserva hasta estos días! Ya se veían jóvenes fumando marihuana en los conocidos “porros”. Ni qué decir de Copenhague y Estocolmo, creíamos ver a medio mundo desnudos, haciendo el amor en la calle tal como exageraban otros grupos, que habían estado anteriormente en los países escandinavos. En las anteriormente enumeradas, vimos y concurrimos por primera vez a los llamados, “Sex Shops”, ¡toda una experiencia, impensable en la Argentina de los 74! En Conpenhague fuimos reprendid@s por otr@s acampantes El motivo: estar cocinando, charlando y riéndonos como parte un nutrido grupo después de las 21 horas, ¡toda una rareza!, para l@s daneses y ciudadan@s de países similares. Estocolmo nos recibió con 28 grados a mitades de mayo, amaneciendo a medianoche lo que nos obligaba a levantarnos y salir de las carpas entre las cinco y seis de la mañana acalorados por el sol. Las mujeres nos duchábamos en baños sin cortinas como no se acostumbraba, ni se acostumbra en Argentina.
Retornamos desde Escandinavia hasta Hamburgo y Munich en Alemania, ¡ seguíamos acampando! No tuvimos la mejor experiencia en ese país con sus habitantes tan resentid@s y malhumorad@s por su ominoso pasado y posterior derrota durante la Segunda Guerra Mundial, después de 30 años. Un pestañeo en la historia de la Humanidad, pero se respiraba aún ese clima en el aire, se intuía y lo demostraban. No podemos obviar su prolijidad y adelantos tecnológicos muy a la vista y acentuados porque fue la sede del Mundial de Fútbol de ese año.
Huimos rápidamente de Alemania hacia Austria. Viena, ¡ bellísima , híper prolija y súper conservadora! De allí hacia Innsbruk, en el Tirol en el que nos sentíamos parte del cuento infantil “Heidi”.
Suiza y varias de sus ciudades no le fueron a la zaga, nos cobijaron amigablemente. Pero, ¡por fin cruzando los Alpes!¡Italia!, casi una madre patria, tan nuestra, con sus aromas de la nona, el olorcito a tuco y estofado bien caseritos, los tallarines y las lasagnas , raviolis e infaltables pizzas. Comíamos, como en todo el viaje, cocinando con ollas y sartenes sobre las garrafitas de camping; y también en Italia nos devorábamos los que para tod@s eran los platos típicos desde nuestra más tierna infancia. Allí, convergían casi todos los sentidos: olfato, vista, tacto. Ya desde hacía un mes, aproximadamente, el clima nos acompañó soleando el verano.¡Qué no decir de sus bellísimas ciudades desde Milán, Venecia, Florencia, Roma, Nápoles, Sorrento o Capri, que quedó grabada indeleblemente en los románticos 60 en un tema del cantante francés: Hervé Vilard denominado “Capri c’est fini”.
Otro detalle a resaltar dentro de estas estadías fue que en vestuarios de ciudades como Amsterdam y algunos de la Costa Azul en el sur francés, si se tapaban los desagües de las duchas, entraba el encargado del camping, casi siempre un muchacho joven y sin siquiera mirarnos, hacía su tarea: el destape de cañerías con un secador y alambres. Nosotras quedábamos ¡atónitas! y no terminan aquí estas “raras costumbres europeas”. En Cannes los baños y vestuarios eran con puertas pero compartidos por ambos géneros. Hoy, creo no asombran a nadie. En Cannes y Saint Tropez vimos por vez primera a mujeres en toples, sin importar la contextura o edad.
Ah!, olvidaba un tópico muy importante en esta larga estadía: recibíamos cartas de nuestras familias y amig@s en embajadas o consulados previamente establecidos. ¡Cuánta emoción y hasta llantos provocaron esas letras escritas! Muchas veces venían acompañadas de revistas políticas propias de esa época y también encomiendas con cartones de cigarrillos rubios y negros, porque fumar no estaba mal visto, ni se sabía a ciencia cierta los estragos que produce en la salud.
Finalizaban los viajes en la costa sur de España visitando los vestigios moros en Andalucía, Córdoba y Granada; y, luego, ya como final, las playas plenas de mar y sol. Para el regreso, embarcábamos en Barcelona en un enorme crucero, el “Eugenio C”, en una travesía de doce días a puro disfrute antes de arribar nuevamente a la cotidianidad del país, que tenía poco de agradable ya en esos meses.
En el puerto de Buenos Aires volvían a agolparse familia y amig@s para recibir a los jóvenes viajeros, que desde que el capitán anunciaba el destino salíamos a cubierta desafiando el frío del hemisferio sur sobre finales de julio.
Los viajer@s que iban solo@s lo hacían por más de seis meses llegando a los países del Este, la propia Unión Soviética. Cruzaban también al norte de África, Túnez, Marruecos y Egipto. Desde allí, a Israel, volviendo a Europa hacia Grecia: Atenas y sus paradisíacas islas.

Finalmente, lo verdaderamente jugoso de estas aAventuras” es pasar por el corazón los momentos únicos, distintos, inolvidables de quiénes los protagonizamos. Sí, “Nosotros los de entonces”, como el nombre de la memorable obra teatral escrita y dirigida por Chiqui González, allá por el 84.

Prontuarios mafiosos

Juan José Mocciaro

Canal 5 había realizado un concurso de preguntas y respuestas sobre Rosario. En su segunda edición, que nunca llegó a realizarse, llamó a inscribirse para tomar una evaluación y de ahí poder concursar.
 Me anoté y la evaluación se realizó en el Museo de Bellas Artes “Juan B. Castagnino”, entre más de 100 inscriptos, a mi lado se sentó un señor que me interrogaba y me dijo: “¿Sabes mucho de Rosario?”. Le contesté: “No sé si mucho, pero me siento capaz de pasar este examen y luego veremos”.
Salimos juntos del museo y se presenta: “Mi nombre es Juan C. Yapur”. Me invitó a tomar un café y me empezó hablar de la mafia en la ciudad y le comenté que yo también era un estudioso del tema. Cuando terminamos de intercambiar lo que sabíamos cada uno del tema me dice: “te voy hacer un regalo” Y me cuenta que una noche pasaba por calle Santa Fe frente a la Jefatura de Policía y estaban en un contenedor tirando un montón de carpetas, se acercó y preguntó: “¿ Puedo curiosear?”. Le dijeron que sí, porque eran todas cosas viejas y buscando ve una carpeta con el título “Mafia” y en ella se encontraban los prontuarios de: Juan Galiffi, alias” Don Chicho Grande”, donde consta de nacionalidad italiano, 42 años, casado, trigueño, ojos pardos, estatura un metro sesenta y cinco, comerciante, sabe leer, domicilio Balcarce 833 y donde figura que ingresó a la Jefatura el 17 de noviembre 1934 y a los dos días ingresa al Penal.
En el diario del preso figura que el 10 de abril de 1935 en el oficio nº 415, el doctor Alberto Baldrich ordena su inmediata libertad por haber sido sobreseído definitivamente en la causa, siendo de inmediato trasladado a la Jefatura de Policía por existir en su contra decreto de deportación del país.
También estaban los prontuarios de los hermanos Amato (Antonio y Vicente) de gran actuación dentro de la mafia rosarina, los hermanos Bue, Juan y Esteban Curaba, José Cuffaro que en octubre de 1923 cae preso por extorsión y homicidio, como jefe de una banda y acusado del asalto al tren nº 20 de FCCA, así y todo queda en libertad en marzo de 1925.
El asalto al tren nº 20 tuvo gran repercusión en la ciudad. La mafia buscaba otros rubros, Pedro Alessi había trabajado durante cinco años como guarda del FCCA, fue declarado cesante por economía y se hizo fotógrafo ambulante, como ex guarda estaba al tanto de las recaudaciones de las boleterías de las estaciones que se llevaban a Buenos Aires y le ofreció el plan a Cuffaro.
Todo se planificó en un almacén de calle Moreno y 3 de Febrero, el tren venía de Tucumán hacia Buenos Aires, algunos de ellos subieron en la Estación Rosario Central y se ubicaron cerca del furgón que transportaba el dinero, antes de llegar a la Estación de Coronel Aguirre redujeron a los guardias y tiraron las cajas fuertes a un descampado, en sulky los esperaba Cuffaro y Curaba, donde solo pudieron rescatar una sola y una bolsa (que al abrirla contenía estampillas) y ante la llegada de la Policía no tuvieron tiempo de rescatar más cajas fuertes y el botín fue bastante magro. (1)
En un concierto mirando el programa leí que el primer violín del Quinteto Municipal de cuerdas se llamaba Leandro Curaba, cuando terminó la función me acerqué y lo consulté sobre Juan Curaba de la mafia y me contestó: “Era mi abuelo”. Y le regalé una copia del prontuario que la aceptó con mucho gusto.


(1) Fuente de Osvaldo Aguirre, periodista de La Capital y autor de varios libros sobre la Mafia en la Argentina y con él me entrevisté para que me dedique su libro y también le entregué copias de esta documentación en agradecimiento a su trabajo sobre este tema.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Gusto, disgusto, carta, felicidad, amor

Teresita Giuliano

Nunca me gustaron las labores manuales como coser, bordar o tejer.
Mi mamá y mi abuela, muy prácticas, prolijas y hábiles en esos menesteres, solían decirme: “A vos no te gusta la aguja”.
Cuando tenía catorce años, mi mamá me envió de una chica que enseñaba Corte y Confección en su casa, con la esperanza de que aprendiera a coser.                                   
Éramos varias las aprendices y recuerdo que entre intentos por enhebrar las agujas y dar algunas puntadas, cada vez que alguna se pinchaba un dedo, recitábamos “gusto, disgusto, carta, felicidad, amor”. Palabras que correspondían a los dedos de la mano: pulgar: gusto, índice: disgusto, mayor: carta, anular: felicidad, meñique: amor.
Lo más común era pincharse el dedo índice, lo que provocaba doble disgusto, el del pinchazo y el de pensar cuál sería el motivo de la desazón anunciada.
Por supuesto que para acceder a la felicidad y al amor, había que ser muy torpe con la aguja o tener realmente la suerte de que se desviara al anular o al meñique y sentirse triunfal por el logro.
Pincharse el dedo mayor, que significaba la esperanza de recibir una carta (de algún supuesto amor), era sumergirse en un alborozo de alegría.
Además de ese jueguito, no aprendí mucho más, ya que a los quince días, con una tela mal cortada que pretendía ser una pollera, decidí que la costura no era para mí y abandoné, ante la resignación de mi madre.
Aún hoy, cuando me veo obligada a enhebrar una aguja para pegar un botón, siempre recuerdo esa letanía de la suerte y la repito para mis adentros: “Gusto, disgusto, carta, felicidad, amor”. 

Mi barrilete

Graciela Cucurella

—¡Papá papá! ¡Quiero un barrilete!
—Bueno, pero… tenemos que ir a buscar las cañas. Hay que ir caminando hasta el terraplén.
—¡Sí, sí!- decía yo con alegría.

Una tarde, después de una siesta, caminamos bastante hacia un terraplén donde había muchas cañas.
Mi papá también aprovechaba para traer algunas cañas para hacer las tomateras de su huerta. Las elegía con mucha paciencia y las más fuertes eran para mi barrilete.
Cuando volvíamos a casa con las cañas a cuesta, nos gustaba conversar mucho. Él me contaba cómo iba a ser y como lo íbamos a armar. A mí me fascinaba hablar con él, porque sabía hacer de todo, siempre se daba maña para todo.
Llegamos a casa y le conté a mi mamá que iba a hacer un barrilete. A ella no le hacía mucha gracia, siempre me decía que yo era una nena y eso de hacer barriletes era cosa de varones. A mí mucho no me importaba, yo quería mi barrilete.
Después de descansar un rato, de tomar la leche con tostadas y dulce casero que hacía mi mamá, comenzaban los preparativos para hacer el barrilete.
Mi papá ponía al fuego un jarrito con agua y harina para hacer el engrudo, luego cortaba las cañas para que fueran parejas y las unía con un hilo. Algunas veces no teníamos dinero para comprar papel de barrilete y lo hacíamos con papel de diario y con muchos flecos. Después le poníamos los tiros que debían estar parejos para poder remontarlo y con tiras de telas le hacíamos la cola. La teníamos que hacer exacta porque si era corta coleaba y no subía. Lo que siempre quise saber es para qué se le ponía una Gillette en la cola, algunos chicos decían que era para cortarle el hilo a los otros barriletes, pero eso nunca lo vi.
Al día siguiente, después de que se secaba bien, salíamos al patio, que era muy grande, y lo remontaba con la ayuda de mi papá. Era tanta la alegría, que disfrutaba mucho de ver como se elevaba cada vez más. Soltaba el hilo y más arriba se iba. ¡Qué hermosa sensación! Y en mi mente de niña, pensaba que llegaría al cielo.
Después, quise una hamaca y, como siempre que pedía algo, mi papá me complacía y me armó una.
En el patio de mi casa había un árbol grande y frondoso, con ramas gruesas y firmes. El árbol era un paraíso muy especial para mí, él era mi amigo y hablaba con él siempre que podía. Todavía recuerdo su nombre, yo lo había bautizado “Anzú-Anzú”. Amaba a ese árbol, porque teníamos largas conversaciones imaginarias con él.
En una de sus ramas, mi papá me armó una hamaca que era igual a las de la plaza. A la tarde, después de hacer la tarea, pasaba horas hamacándome y siempre que lo hacía tenía la misma sensación: me parecía que si me hamacaba bien alto, con mis pies iba a tocar el cielo.
¡Qué felicidad! ¡Qué hermosa infancia!
Agradezco todos los días el haber tenido un padre como vos.
Él se llamaba Vicente, era alto, muy elegante, con muchas canas, ojos celestes, silencioso, inteligente, recto y honrado.
A mi hermana y a mí nos enseñó de todo. ¿De qué manera? Con el ejemplo, con respeto, con educación, nos dio de todo, todo lo que estuviera a su alcance, y por sobre todas las cosas nos dio muchísimo amor.
Te extraño y te amo con todo mi corazón.

La muñeca de porcelana

Teresita Giuliano

A todos los niños que ingresaríamos ese año a primer grado inferior de la escuela primaria, nos citaron para tomarnos un test, cuyo resultado utilizarían las maestras para realizar un diagnóstico de la capacidad comprensiva e intelectual de los alumnos.
En una de las pruebas, la docente nos leyó un cuento acerca de una niña que tenía una muñeca de trapo.
Luego nos invitaba a pasar al frente y nos pedía que lo contemos con nuestras palabras.
Cuando llegó mi turno, tuve la picardía de ir leyendo de reojo el cuento que estaba en el libro abierto sobre el escritorio.
Pero me salió mal.
El cuento original hablaba de una muñeca de “porcelana”, palabra que la maestra había cambiado por “trapo”, pensando tal vez que iba a ser más identificable con nuestra experiencia.
Así que cuando leí “muñeca de porcelana”, la señorita me interpeló: “¿Cómo de porcelana? ¡Yo dije que la muñeca era de trapo!”.
Tuve que confesar la trampa: “Lo leí en el libro, señorita”.
 —¿Tenés este libro en tu casa?- preguntó, pensando que lo podía saber de memoria.
—No, yo sé leer.
Buscó otros libros que también leí. Me llevó cual fenómeno de feria ante las otras maestras y la directora y leí cuanto pusieron ante mis ojos.
 Llamaron a mi mamá y le dijeron: “Señora, esta niña por sus condiciones no va a hacer el primer inferior, ¡la pondremos directamente en el superior!”.
Y allí fui, a reunirme con un grupo de niños que ya habían cursado un año. Y yo, que sí sabía leer y escribir porque lo había aprendido jugando, apenas conocía los números y no sabía sumar ni restar ni resolver problemas matemáticos.
Me quedaba en los recreos dentro del aula practicando con alguna compañerita que la maestra designaba, mientras escuchaba con tristeza los cantos de rondas y juegos que me estaban vedados.

Pagué los errores de un sistema educativo que privilegiaba el resultado: padecí y odié matemáticas todos mis años de estudiante.

Pepe

José Lombardo

Mi madre siempre me decía que no tenía que andar por ahí con personas mayores. La verdad es que nunca tuve esa costumbre, pero con Pepe era diferente y ella nunca opuso reparos a pesar de que siempre andábamos con él de aquí para allá y que las cosas que podía hacer con Pepe no eran de las que se hacen con chicos de la misma edad.
A Pepe le gustaban “los remates”. Los remates en el pueblo se hacían los días domingo por la mañana. Cerca de las diez, se escuchaban unas bombas de estruendo que anunciaban el comienzo y allá nos íbamos. En aquellos años cercanos a 1950 se acostumbraba a rematar en un corralón gran cantidad de elementos usados: roperos, faroles, victrolas, discos, frascos, puertas, camas, juegos de living, cortinas de madera, mesas, aperos, herramientas y todo aquello que a uno se le pueda ocurrir. En el corralón donde se realizaba el remate ordenaban todo por “lotes” prolijamente numerados de manera que uno sabía más o menos cuando podrían llegar a rematar el elemento de su interés. El rematador arriba de un banquito y atrás de un escritorio elevado recibía las ofertas y con un martillo daba fe de la operación realizada golpeando sobre una pequeña libreta que tenía en su mano. Y Pepe era un comprador serial. Una vez se compró como diez frascos de dulce de tomate. Los frascos serían de unos 2 kilogramos y eran realmente muy llamativos pues estaban conformados exteriormente como un cilindro regular pero de paredes acanaladas, con una boca tan ancha como el frasco y con tapas de chapa. Otra vez se compró un fonógrafo que era más antiguo aún que las conocidas victrolas marca “Víctor” que tenían la imagen del perrito escuchando la bocina en la tapa.
Era muy común, que a mediodía apareciese con los hijos del vecino y ante la tierna mirada de mi madre, corrían las sillas y la mesa del corredor contra la pared para disputar ardorosos partidos con una pelota de goma: Pepe y yo, contra los vecinos.
A Pepe le gustaba sembrar papas. Me llevaba un domingo tempranito a un terreno que estaba al lado de la casa de su madre y allí, asada en mano, preparábamos los surcos y para el mediodía ya teníamos la pequeña huerta preparada para la siembra. En general, para recoger la cosecha yo me negaba terminantemente.
Íbamos juntos a la cancha, pues éramos hinchas del mismo equipo. Me llevaba a las carreras de sulkys en las afueras del pueblo. Juntos solíamos juntar higos en la quinta de una tía suya y muchas veces me enseñó como hacía el licor de mandarinas y cómo se curaban las aceitunas.
En la mesa grande de mi casa, donde mi madre daba clases de costura, con Pepe armábamos los modelos de aeromodelismo que llevábamos a volar a un campito cercano. Cuando nos poníamos a trabajar no podíamos parar y a veces eran las cuatro de la mañana y allí estábamos a la luz de un velador pegando y cortando trozos de madera valsa o forrando con papel japonés algún fuselaje. 
No creo necesario continuar, todos a esta altura se habrán dado cuenta que Pepe era mi padre, un tipo de padre que no insistía en desgranar consejos a través de la palabra. Opino que sus modos y sus formas fueron su manera de decir el mensaje de vida que necesitaba transmitir: sabía que las cosas usadas guardan sus secretos, por eso las adquiría en los remates, quería a sus allegados y era capaz de jugar con ellos a la salida del trabajo, sembraba en la tierra que quería y de donde no se fue nunca, compartía con nosotros sus secretos a voces y mostraba con orgullo sus papas, sus aceitunas y sus licores y finalmente, si algo le faltaba, sobre la mesa de la costura, nos enseñó a preparar las alas para poder volar.

Los higos se roban

Teresita Giuliano

Una vez escuché al genial Alejandro Dolina decir esta frase: “Los higos no se compran, doña, ¡los higos se roban!”.
Claro, eso era antes. Antes, cuando los árboles frutales abundaban en los patios, en las huertas, en los campos, en los baldíos y hasta en las veredas.
Antes.
Ligados a todos mi recuerdos de infancia. La higuera en el patio de la abuela, con sus frutos recogidos a mansalva; un ciruelo considerado precioso por sus ciruelas amarillas, dulces como la miel, pero que solo daba unas seis por año… ¡Sí, seis!, cuidadas como un tesoro hasta que maduraban y luego compartidas entre los afortunados, que siempre nos quedábamos con ganas de más.
Antes.
Cuando las granadas caían y reventaban en el suelo, en esa explosión de color y sabor que atraía a las abejas… (¿Dónde hay árboles de granada ahora?).
Los naranjos y mandarinos rebosantes a través de los tejidos de los patios, al alcance de todos. Ese olor prohibido a mandarina verde es inolvidable. “¡Les va a hacer mal, no las coman verdes”, nos decían, pero ¿cómo resistirse?
Antes.
Cuando en las veredas formaban fila las moreras blancas y negras y nos trepábamos a juntar las moras y a comerlas allí mismo, sin lavarlas, tiñéndonos las manos, la cara y la ropa, sabiendo que luego venía la reprimenda, pero ¿quién nos quita lo bailado?
Y los coquitos de las palmeras, que esos sí los teníamos que juntar del suelo y pedir permiso para ingresar a la casa donde estaban. Había una familia que vivía frente a la escuela primaria y en la época de los coquitos, hacíamos cola para entrar. Buena gente, ¡qué paciencia!
Antes.
Cuando en la temporada de los cornalines (eran como una manzanitas del tamaño de una aceituna, crocantes y dulces), nos recorríamos el pueblo ante la data cierta de que en los patios de algunos vecinos ya se hallaban maduros y listos para comer.
Nunca más los comí. ¿Aún existen los árboles de cornalines?
Y los quinotos, con su cáscara tan dulce y su corazón tan agrio. También los llamábamos “concuá”. Yo solamente les comía la cáscara.
Antes.
Cuando saltábamos la tapia del vecino, que haciendo la vista gorda nos permitía llenarnos los bolsillos de nueces y nos regalaba las ciruelas caídas.
Y en un extremo de audacia, robarle tunas al nopal, entre sus espinas defensivas, solo para probar su sabor.
Se me hace agua la boca, como antes… Y se me endulza el alma con el recuerdo, ahora.

Nota: Gracias a mis amigos y conocidos de la infancia que me ayudaron a descubrir que:
. Los cornalines son los frutos de una planta llamada mistol.
. Estas plantas aún existen en algunos patios de los vecinos de Tortugas.
. Los quinotos también se llaman kumcuat (de allí la deformación “concuá”) y fortunella.
. Tenemos los mismos recuerdos