sábado, 7 de septiembre de 2024

La estación de trenes de mi pueblo

Oscar Bedetti

 

Siendo un niño, de la mano de mi padre, y junto a mi hermana, él nos llevaba muchos sábados a la tardecita a esperar la llegada del enorme (y que me asustaba) tren que arribaba al pueblo Chañar Ladeado en el cual vivía, desde la ciudad de Rosario.

Frente a la estación, en una de las dos esquinas, se ubicaba un boliche típico de campo. El bar “La Avenida”, que así se leía en un cartel con la publicidad de vermut Cinzano. Lo regenteaba un cordobés, Agüero, de gran sonrisa, con un carácter especial. Boliche al que muchas veces me cruzaba para comprar alguna gaseosa, mientras esperaba la llegada del tren o, por qué, no caramelos blandos con sabor a frutilla.

Y así oteaba en el horizonte el diminuto punto negro que se iba agrandando a medida que la gran máquina se acercaba cada vez más.

Y allí seguramente me obligaba a ir al baño ubicado al final del largo andén, de puro curioso nomás, y me parece percibir aquel olor tan penetrante, y luego observar el cartel con el nombre del pueblo, y también ver el tanque proveedor, con una ancha y gastada manguera del agua salvadora para las negras y vaporizadas máquinas.

Y recorrer la sala de espera, con la venta de boletos para el siguiente pueblo, punto final del recorrido de la formación; como también jugar con el molinete de entrada que siempre, siempre, giraba de tan aceitado que lo mantenían.

Y, entonces, la mezcla del humo y el sonido del ruido de las pesadas ruedas de la locomotora y ese silbato tan particular. Y Renato, jefe de estación, que le entregaba un aro al pasar al maquinista. Y Catera, comisionista, con sus bolsos, sus mil paquetes que tiraba certeramente desde la primera ventanilla y que milagrosamente nada rompía.

La estación del ferrocarril era un calco fiel de miles de otros pueblos y parajes. Construcción inglesa de ladrillos a la vista, pisos de lajas enormes que brillaban por tantas pisadas que gastaran su esmalte y, más allá, pedregullos que conducían a baños letrinas con enorme olor de creolina echada a mansalva. Edificio alto, espacioso, con cierto confort a todo lo inglés de la época. Era el punto obligado de la gente que podía llegarse, ya que se ubicaba a dos lotes de la población.

Siempre recuerdo aquellos días sin tiempo y mis idas en bicicleta, hasta esa estación y las amadas vías. Con un bulevar, doble mano de tierra, poblado de árboles frondosos; y un sendero central, con curva incluida, en que la velocidad daba lugar a mis ansias de pequeño corredor. Pero siempre alguien estaba presente, amén de los pasajeros que, en cantidad, arribaban.

Y cada tanto viajaba con mi madre hasta la ciudad de Rosario y era entonces el placer infinito. Subir a aquellos espaciosos vagones, buscar el mejor asiento, contar las estaciones, sin preocuparme el polvo ni el humo de las negras máquinas. Y el regreso de un más que singular viaje, y los taxis (que los había), pugnando por llevarnos al pueblo (cuando mi padre no podía recogernos). Siempre recuerdo a aquellos taxistas que esperaban con fervor transportar algún pasajero y que se ofrecían para ello, sin olvidar aquel amigo Cholo Vinzia, del viejo auto negro, número uno en lo suyo. Y el recuerdo hacia la galera del otro Cholo, Rossa, en realidad la estanciera de aquel personaje que esperaba pasajeros que debían dirigirse a Cafferata, al sur de mi localidad. Él era de allí, una excelente persona a quien conocía bien ya que era cliente del taller de mi padre.

Al tren que venía desde el lado de Rosario lo divisábamos, aquel buen punto negro en el horizonte, casi desde la salida de Berabevú; en cambio, cuando lo hacía desde Río Cuarto, solo se lo observaba a pocos kilómetros donde hoy la vía cruza la ruta provincial.

La estación era un lugar social. Muchos se daban cita. Por las vías viajaban las emociones, las alegrías, pero también lágrimas, retornos y promesas de volver cuando el tren partía. Todo arribaba a la estación: la correspondencia, el comercio, la gente, las historias. El tren con gente era una fiesta con olores, fantasías y, sobre todo, sonidos.

Y aquellos trenes de humo con las pesadas y ruidosas y negras máquinas, y aquellos trenes más rápidos después de desaparecer las oscuras moles de humo. Primero aquellos silbatos disfónicos y más luego el sonido de esa bocina tan particular. Era la visión fugaz de ese otro mundo que existía más allá de los límites del pueblo. Y que tanto significaba para los que siempre amamos el ferrocarril.

Los trenes iban y venían. Río Cuarto, Rosario, Buenos Aires. Las cargas cubrían todos los caminos que partían hacia los diferentes puertos. Y qué lindo que era todo ello. Cuánto movimiento en aquellos inmensos galones en el terreno amplio que pertenecía al ferrocarril del poblado y, seguramente, donado muchas décadas atrás por aquellos señores pioneros de la pampa nuestra.

Y tantos lugares y pueblos que nacieron con las estaciones de trenes y se olvidaron a través de las mismas estaciones de trenes.

Y desde mis sueños nocturnos, a veces sentía en la lejanía aquellos ruidos de esos convoyes que cruzaban a cualquier hora en la vastedad de las sombras, cargueros en caminos de la distancia. Y en el sueño ellos eran los portadores de ilusiones a otras latitudes, otros puertos.

Yo no me olvido de aquella pequeña pero soberbia estación del ferrocarril de mi pueblo. Y aún está y por esas cosas de la vida, esta no la abandonó y los hombres la pintaron a nuevo y la llenaron de historia, mucho más de lo que fue. 

Es mi recuerdo en blanco y negro de su ilimitado glorioso pasado.

El vestido negro

Ada Serio

Los baúles de Nana, mi bisabuela, eran todo un misterio. Ella los cuidaba con muchísimo amor, quizás recuerdos tangibles de su tierra a la que nunca volvió a pisar. ¡Por supuesto no se nos ocurrió preguntarle algo sobre lo que ahí guardaba con tanto esmero! Lamentablemente, por aquel entonces, no preguntábamos nada. Ella contaba lo que quería, en un lenguaje que solo sus hijos y nietos entendían, una creación italo-argentina muy personal de la que solo recuerdo la frase “sttate cuietta” cuando tomándome de las faldas, con sus pequeñísimas manos, me sentaba de un solo movimiento ayudada por la fuerza de gravedad. No podía ver gente parada a su alrededor. ¿Sentiría como una falta de respeto que estuvieran a una altura superior a ella, como en la India? En una oportunidad nos contó que en su tierra Lago Negro-Potenza paseaba en carrozas. Olvidándome de su escaso vocabulario con mis cinco o seis años, me la imaginaba en suntuosas carrozas como la de los cuentos de Hadas.

Regresemos al misterio de los baúles, que siempre cerrados descansaban en un lado del oscuro dormitorio sin ventanas y con dos puertas enfrentadas, para su necesaria ventilación.  

Cuando después de su partida pudimos abrir esos baúles con mucho respeto y mayor curiosidad, fue asombroso, increíble, potenciador de un sinnúmero de interrogantes y lagrimones. Todavía descansaban a la espera de ser estrenados partes de su ajuar; desde sábanas de hilo con monogramas, blusas sin mangas que se ataban en la espalda hoy diríamos corpiños, calzones hasta las rodillas con puntillas totalmente abiertos y otras tantas cosas que habían sido confeccionadas en Italia para traer a esta bendecida tierra. Fue entonces cuando desde el fondo de uno de ellos muy bien guardado se dejó ver, como diciendo ¡aquí estoy! un pequeño y prolijo envoltorio que guardaba celosamente un vestido negro, como de seda creppe, mangas largas y cerrado por pequeñísimos botones, todo bordado en canutillos y perlitas negras ¡Increíble! Tan pequeño como su dueña. Llevaba ahí 88 años de su estreno, reluciente, impecable. Lucido sólo en un momento muy especial. Había sido su vestido de bodas.

Mi cabello y los peinados raros

 María Alejandra Furiase

 

 

Tenía alrededor de tres años en aquella foto, que algún fotógrafo me sacó en Rosario, corriendo con un peine en la mano, por la vereda ancha de la casa de mis abuelos paternos.

Sin colores esa fotografía, pero con mucha vida.

El empedrado en las calles.

Vestido rosa pastel tejido, zapatitos de charol, zoquetes blancos con puntillas. Casi lista para alguna salida familiar, solo me faltaba peinarme. Mi cabello se enredaba, y cada vez que mi mamá me quería peinar era mi deseo querer salir corriendo, cosa que a veces lograba hacer.

Mi cabello era castaño, fino, lacio y relativamente corto.

A medida que fui creciendo, ya en preescolar con cinco años, mi cabello también lo hacía, fue entonces cuando aparecieron las dos colitas, raya al medio tirantes, que jamás se desarmaban, invisibles para sujetar algún pirincho suelto, como decía mamá mientras me acomodaba el cabello y los moños de cinta de raso azul y siempre terminaba con un corte de tijera en diagonal, como dibujando una punta en cada extremo de los lazos, los días que teníamos Educación Física, y cintas de raso blanco para el resto de los días.

Con la adolescencia, recuerdo que me encantaba hacerme “la Toca”, que era un clásico método que se usaba en los años 70 y 80 para alisar el cabello. El procedimiento era, ya con el cabello limpio y seco, elegir del centro de la cabellera una cantidad reducida de cabello para enrollar en un rulero grande, el más grande de los comunes que mamá tenía en su neceser.

Para evitar los rulos, ella usaba los ruleros térmicos anaranjados opacos, que se ponían en agua a calentar; y, una vez que hervía, ya se podían colocar en la cabeza y se los sujetaba con un agarre color blanco de plástico rígido que se usaba a temperatura ambiente; y luego se lo fijaba con las pincitas, una de cada lado del rulero. Y luego, para finalizar, se giraba el cabello alrededor de la cabeza en el sentido de las agujas del reloj y se le iba colocando pincitas para que quede así y no se deslice. Si tenías red la usabas sobre la cabeza y era una forma de mantener asegurados los pirinchos.

Transcurridas varias horas, tenías que retirar todos los elementos con cuidado para que no se enganchen y te tire; y, después, peinar y, si así lo deseabas, te ponías fijador en spray Telnet de L’Oreal.

A los veinte me hice la permanente para no tener que atender tanto a mi cabello. No me sentí cómoda, así que me lo fui cortando hasta hacerla desaparecer, volviendo a la melena hasta los hombros, lacia, con flequillo.

Pude experimentar con varios colores: rubio, colorado, marrón chocolate, negro. Mientras tanto, me iba mirando cada vez más al espejo, más internamente, para descubrirme, para encontrarme, para dejar de correr con o sin peine, para verme verdaderamente y abrazarme, agradeciendo, entendiendo más los silencios, las miradas, mi mirada, mi silencio, mis palabras, mi voz, mis dudas y mis certezas, mis luces y mis sombras, mis tiempos, mis deseos, mis pasos, mi camino. Mis decisiones. Mi vida.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

La nonna inolvidable

 Juan N. García

 

La traducción al español de la nonna Gemma como “la abuela joya o gema” es perfecta y refleja lo que realmente fue.

Era lo más parecido a la autoridad y poder absoluto en una familia, concentrados en una sola persona. Si no convencía con la palabra o el diálogo, levantaba la voz o recurría a sus zuecos de madera. Estos eran su distintivo de personalidad, estampa y altura. También volaban como misiles teledirigidos a quienes osaban desoír sus órdenes o instrucciones en situaciones límites. Cuando impactaban en los díscolos de la familia, volvían la paz y el orden. Conscientes que habíamos traspasado las líneas de la tolerancia y la paciencia, lo aceptábamos. Quizás lo hacíamos a sabiendas, porque después, las caricias y los abrazos eran más fuertes.

Con el nonno Giovanni (Juan), que era la paz, la bondad y la honestidad personificadas, llegaron a Argentina en 1920 con su hija Rina. Pusieron un restaurante, “Parma” (su ciudad italiana de origen) en la esquina de Rioja y Suipacha, en el límite con Pichincha, famoso barrio de esa época en Rosario (la Chicago Argentina) por ser un nido de mafiosos y prostíbulos.

La nonna Gemma no solo mantenía el orden dentro del local, los zuecos también persuadían a los parroquianos revoltosos, sino que enfrentó a muchos malandras que recibían órdenes de Chicho Grande, Chicho Chico o Agata Galiffi, que los amenazaban permanentemente para aportar dinero y ser “protegidos”. También soportó las noches de insomnio con las “lloronas” en la puerta de su casa. Si abrían, los asaltaban. Alguna vez le tiraron un muerto en el “leñero” apoyado sobre el tapial de calle Suipacha. Ella combatió esa lacra hasta que secuestraron a sus dos hijas argentinas, una mi madre Leonilda y la otra mi tía Elsa.

 El nonno tuvo que mediar con mucha plata para rescatarlas. Eso colmó el vaso, las finanzas familiares y afectó su salud.

Cuando quedó viuda, décadas del 40 y 50, asumió el control total del hogar, se terminaron las extorsiones y decidió diversificar sus ingresos.

Vendió la llave del negocio, alquiló el local y en otro espacio aledaño, armó una sodería, con una máquina de llenado a cargo de la tía Rina, siempre soltera, según ella siempre señorita y quién la acompaño hasta sus últimos días.

A la terraza del restaurante, muy amplia, que tenía dos habitaciones y un baño, le decían el altillo. Lo alquiló a un sobrino italiano y a un japonés, ambos refugiados de la segunda guerra mundial.

El sobrino, Amílcar Cattani, terminó en el psiquiátrico de Suipacha y Santa Fe (Hospital de Alienados, hoy “Agudo Ávila”). Las pesadillas por la invasión de Abisinia (Etiopía) en 1935, ordenada por el Duce, lo trastornaron, quería volver a las batallas y no creía que se había firmado la paz. Diagnosticado como esquizofrénico paranoico, fue sometido a electroshocks semanales durante varios años, encontrando la paz solo en la morgue del nosocomio.

Del oriental recuerdo todo, especialmente su nombre: Taketaro Tamura.

Experto en bonsáis e ikebanas, transformó el lugar en una selva de miniaturas botánicas, ideal para mis soldaditos de plomo que siempre ganaban guerras inventadas.

Él se decía discípulo de Katsusaburo Miyamoto, famoso por salvar el Pino de San Lorenzo y momificar a su esposa. Nunca le creí, porque su vida no se parecía en nada a la del sabio. Le gustaban las fiestas, los bailes, visitar prostíbulos, emborracharse, jugar a todo, acaso para olvidar horrores pasados. Cuando contrajo sífilis, partió a Japón donde murió, quizás para reafirmar que Rosario, en esa época, era gran exportador de enfermedades venéreas.

La nonna un día dejó todo y la disfruté por mucho tiempo, no solo por estas historias que me contaba y las vividas. Cómo olvidar sus comidas, especialmente la polenta frita y los ñoquis caseros, las tardes en la Florida y los viajes en tranvía por toda la ciudad o las idas al Laguito con su Montañita y el zoológico, inolvidables. Siempre improvisaba salidas que sorprendían. Hasta las idas a los cementerios provocaban curiosidad y expectativa; previa búsqueda leyendo placas, siempre aparecía un familiar o conocido que tenía su anécdota. Eso sí en La Piedad la mayoría compartía nichos o tierra; en cambio, en El Salvador mausoleos o panteones; claro que en el final todos se igualaban.

Cuando ella dejó de existir, algo empezó a faltar y el tiempo la hizo inolvidable

Hasta acá, entre relatos y momentos propios, es un pequeño recuerdo de una época muy difícil, especialmente para todos los inmigrantes que soñaban con estar mejor.

Quizás, no sea tan diferente a la Rosario actual, fundamentalmente porque la inseguridad, los delitos, la trama del hampa o crimen organizado, que asola nuestra ciudad, tiene otras formas de atemorizar y otros fines económicos.

Ahora, su mercadería de cambio, la droga y sus derivaciones, solo los transformó en delincuentes de guantes blancos con sus bandas de manos sucias. 

El objetivo es el mismo.

Volver al folclore

María Cristina Piñol

 

Tarde de invierno de 1969 en Rosario y un grupo de amigos de 16 y 17 años, reunidos alrededor de una mesa. El mate, la pava, la yerba, algunas tortas fritas y bizcochitos Campeón para pasar el rato. Un par de guitarras, un bombo legüero y zambas, chacareras, coplas, cuecas, que iban y venían entre las cuerdas y las voces de los pibes que, no necesariamente afinadas, completaban esa escena bien criolla y auténtica.

El folclore era parte de nuestras vidas. Desde muy chicos en la escuela nos enseñaban a cantar las canciones de nuestras tierra, aquellas que nos contaban historias, nos mostraban nuestros diversos paisajes, nos incorporaban palabras que no sabíamos, porque en la ciudad no se decían, e instrumentos musicales poco usuales para nuestros ojos y oídos tan citadinos, como la quena, el arpa, el charango o el acordeón. Tras la música venían los bailes con hermosas coreografías y cada alumno vestía un traje típico; los gauchos con botas, chiripá, sombrero, camisa y pañuelo al cuello; las paisanas con amplias polleras que se meneaban al ritmo de una zamba y coloridas ropas de coyas para bailar un carnavalito. Era un orgullo participar y lucir esos trajes.

Imbuidos de esta cultura, que nos hablaba de la diversidad de las personas y las costumbres de nuestro país, llegamos a la adolescencia. En las radios, en programas de televisión y en todas las disquerías, sonaban Los Chalachaleros, Los Fronterizos, Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune, Jaime Dávalos, Los Trovadores del Norte (tan rosarinos como nosotros) y comenzaban a asomar Mercedes Sosa, Víctor Heredia, César Isela y tantos, tantos otros que nos acompañaron por el camino.

Promediaba el año 1971 y la vida me hizo un gran regalo, aquel amigo que al tiempo se convirtió en hermano y hoy a más de 50 años de ese momento sigo agradeciendo que aún sea parte fundamental en nuestras vidas. Un pibe salteño de una ciudad pequeña llamada Tartagal, pegadita casi a la frontera con Bolivia y al Chaco salteño. Con él y su familia el folclore se volvió un arco iris, lo conocimos desde adentro, desde las vísceras, en los modos, en las tonadas, en las costumbres, en los sabores y en las palabras. Al año, también se mudaron sus padres a Rosario y se fueron sucediendo los domingos de asados, empanadas con papas, carne cortada a cuchillo, tamales y vino patero.

Don Juan José, su papá, había sido maestro de escuela casi toda su vida allá en el norte. Participaba siempre en nuestras reuniones, nos hablaba de su tierra y de su gente y contaba decenas de espeluznantes anécdotas con pumas, gatos monteses y yaguaretés; nos relataba atardeceres mágicos y también hablaba de las muchas carencias que padecían. Después de los almuerzos comenzaba la guitarreada y fue en uno de esos días que de repente escuchamos, algo lejano, un sonido de percusión lento, acompasado, cada vez más fuerte y de la nada una voz gruesa y vibrante cantando la copla “Soy de Salta y hago falta”, al ritmo de los golpes en “la caja” que alzaba sobre su mano Don Juan José. Aún se me eriza la piel al recordarlo.

Por todo esto que viví y sentí hoy me pregunto: ¿Qué pasó? ¿En qué momento y por qué perdimos el folclore en las grandes ciudades? ¿Cuándo se borró de la escuela primaria la cultura de nuestras raíces? ¿Por qué los medios masivos de comunicación dejaron de propagar nuestra música nativa?

Lo mismo pasó con el tango, que también es folclore, y hoy casi ni se escucha salvo en programas de radio retro y no aparecen nuevos cantores.

Esto ocurre solo en las grandes ciudades como Rosario, Santa Fe, Buenos Aires, en algunas localidades de la larguísima costa atlántica y en otras de nuestro bellísimo sur, porque apenas te corrés un poquito hacia el interior encontramos cientos de recitales, festivales, fiestas camperas y todo ese rico encanto nativo de nuestra tierra adentro.

En mi ciudad suelen verse invitaciones a recitales o fiestas folklóricas, no con mucha asiduidad y con muy poca difusión. Quienes concurren deben ser de nuestra edad o a lo sumo de la generación de nuestros hijos. Los más jóvenes no se interesan, porque simplemente no conocen, nadie les enseño lo que significa y lamentablemente lo ven como “cosas de viejos”.

El resto de Sur y Centro América continúan orgullosos de sus raíces y el folclore nativo de cada lugar tan heterogéneo como el crisol de razas que conforma sus pueblos, continúa siendo muy relevante, lo podemos ver en una infinidad de fiestas alegóricas y aún hoy cruzando sus fronteras con cantantes y compositores que ruedan por el mundo mostrando sus costumbres, tonadas; y llenando estadios con públicos ávidos de escuchar y cantar sus ritmos. Eso también pasaba, aunque hace ya varios años, con grandes exponentes de nuestro folclore, que recorrían el mundo entero llevando y mostrando nuestras raíces.

Chile ofrece uno de los más importantes festivales de música de todo el mundo, Viña del Mar, y fue allí este año, donde un grupo folclórico argentino llamado “AHYRE” se llevó dos “Gaviotas de Plata”, el primer premio a la “Mejor canción” y a la “Mejor interpretación”, y tres de sus integrantes fueron hace tiempo fundadores de los Huayras. 

¿Por qué perdimos el folclore en las ciudades y dejaron de difundirlo en las escuelas y en los medios de comunicación? Seguramente son preguntas que deben tener varias respuestas que ignoro, pero creo que ninguna debe ser lo suficientemente válida como para sepultar este espacio fundamental de nuestra cultura.

Sana, sana

Susana Dal Pastro

 

Toda familia cuenta con su mano santa que trata amorosamente males físicos, emocionales y espirituales. Y en caso de peligro de vida de algún recién nacido, si no hay sacerdote dispuesto a bautizar, esa firme mano santa impartirá el sacramento rociando con agua de la canilla al enfermito. ¡Y sucederá el milagro!

Mi bisabuela materna, experta en varias dolencias, curaba dolores de cabeza, mal de ojo, nervios, insolación, tiraba el cuerito y aplicaba ventosas.

Cualquier dolor provocado por algún golpe de travesuras, mi abuela, discípula destacada de su mamá, me aplicaba una rodaja fresquita de tomate para desinflamar la hinchazón. Si me picaba algún insecto, entonces aplicaba barro sobre el puntito rojo. El alivio más grande que sentí fue cuando una urticaria me tiñó de rojo fuego casi todo el cuerpo ya lastimado de tanto rascarme. Decidida, la abuela partió un limón en dos, me acostó sobre sus rodillas boca abajo y comenzó a acariciarme la espalda con esa jugosa y perfumada medicina. ¡Un bálsamo tu método!

Mi mamá, digna heredera de la experiencia familiar, me hacía cruces con su alianza cada vez que un orzuelo me afectaba un ojo. Después, me lo cubría con un algodón humedecido en té tibio y me aliviaba un montón.

Cuando iba al campo, mi otra abuela (la nona) prevenía mi anemia despertándome muy temprano con un pocillo de café calentito al que le echaba una gota de ferroquina; el desayuno completo venía después cuando ya estábamos todos levantados. No dejaba pasar la oportunidad de contarnos, emocionada, la ayuda inmensa que había recibido de una de sus cuñadas en tiempos muy difíciles y agobiantes; el esposo, mi nono, estaba grave; su tercer hijo, el tío que no conocí, también y su niño menor, parecía estar en sus últimos momentos. La nona recibió la visita de la cuñada quien tenía una hija chiquita. Decidida le dijo a la nona que se llevaba con ella al bebé; lo atendería y cuando, muriera, lo traería de vuelta. Esta increíble tía comenzó a amamantar al sobrino alternando el alimento con una yema y agüita de cebada, así decía la nona. El bebé sobrevivió esa noche, la siguiente y la siguiente y, con los años, se convirtió en mi papá.

Una tarde inesperada una señora italiana, de paso por Rosario, vino a casa y se presentó como la nena que había compartido su alimento materno con mi papá. Quería conocernos y entregarnos recuerdos de los familiares que habían quedado en el pueblo natal. Fue una gran sorpresa para nosotros. Era linda, elegante, simpática. Cuando se despidió, nos abrazó con la promesa de volver. Nunca más la vimos. Nunca la olvidamos. 

Qué efectiva es la medicina casera; vocación pura. Cura todos los males. Sana, sana por fuera. Sana, sana por dentro. 

lunes, 2 de septiembre de 2024

Mi amigo Daniel

Raquel Arroyo

                                              

Lo más parecido que tuve a un hermano fue mi amigo Daniel. Vivía a dos casas de la mía. Me gustaba su compañía, porque me gustaban los juegos de varones. Las figuritas, las bolitas, los barriletes, el karting. Para mí, eso era más interesante que jugar a la maestra o a la mamá. Mi amigo Daniel fue el hermano que quise tener. Daniel, el pibe rubio, de dientes desparejos. El pibe sin madre. El único pibe sin madre que yo conocía. Porque los chicos no pueden no tener madre. ¿Quién los arropa por las noches si no tienen madre?

Mi amigo Daniel tenía un papá y una hermana mucho mayor que ya andaba sola por la vida. Al padre parecía que lo hubiesen sacado de un cuento agreste; analfabeto, hosco, brutal en el trato con su hijo. Yo nunca había visto a alguien así. Alto, muy alto. Vestido con bombachas, faja y boina vasca. Las alpargatas parecían desarmarse en sus pies. Era como si lo hubiesen sacado del campo y trasplantado a la ciudad. Hablaba poco, pero cuando hablaba, su voz grave parecía atravesar las paredes. Sus palabras eran órdenes. Jamás lo escuché mantener un diálogo con su hijo. De su boca solo salía un “vaya a barrer el patio” o un “póngale maíz a las gallinas”. Lo trataba de “usted”, como queriendo mantener la distancia...

La casa de mi amigo Daniel era muy grande, bien hecha, con materiales nobles. Ellos no tenían un mal pasar. Don Francisco trabajaba en una fábrica. Pero vivían como si fueran pobres de toda pobreza. Mal vestidos, mal comidos. Don Francisco nunca había tomado un colectivo, ni conocía el centro de la ciudad. Creo que lo único que se comía en esa casa era puchero. Puchero, pan y mate cocido. Esa era toda la variedad de alimentos. A Daniel le gustaba venir a mi casa para comer masitas, frutas o golosinas. Aceptaba todo y comía despacito, como si disfrutara de cada bocado. En verano nos sentábamos en el patio, debajo de la parra y comíamos ciruelas mientras jugábamos a la payana. Le gustaba comer lentamente las ciruelas y ganarme descaradamente el juego. Hasta que sentía ese silbido que lo aterraba. Dejaba la ciruela mordida y salía corriendo. Ese silbido... Esa era la forma en la que su padre lo llamaba. Así es como se llama a un perro. Nunca lo llamó por su nombre.

Mi amigo Daniel era un año mayor que yo, pero estaba un grado más abajo. Él tenía la costumbre de repetir grados. Íbamos juntos caminando a la escuela. De su guardapolvo ya no quedaban ni vestigios de la blancura que alguna vez había tenido. Pero su pelo rubio estaba siempre impecable, con la raya al costado y engominado.

No era fácil ayudarlo con las tareas, pero aun así yo lo intentaba. Él siempre prefería jugar, a lo que fuera. Sin juguetes. Nunca tuvo juguetes. Excepto aquel camioncito que le regalaron mis padres y que extrañamente desapareció a los pocos días. Fabricaba juguetes con lo que encontraba por ahí. Y a mí eso era lo que más me gustaba. Cuando don Francisco estaba de buen humor o, mejor dicho, de no tan mal humor, podíamos jugar en su casa. Mientras dormía la siesta, mi amigo y yo invadíamos el galpón que estaba al fondo de la casa. El ogro dormía y nosotros fabricábamos juguetes al mejor estilo de los ayudantes de Santa. El galpón era un lugar muy sucio y desordenado, pero a la vez era un espacio mágico. Herramientas de todo tipo; restos de chapones y maderas; tornillos, arandelas, clavos. Yo aportaba el diseño y las ideas y hacía el trabajo más liviano, mientras mi amigo, más fuerte y rudo, cortaba chapas y maderas. Hasta que escuchábamos que don Francisco se había levantado y ese era el momento de suspender la magia. Escondíamos nuestro proyecto en algún rinconcito del galpón y nos íbamos corriendo al gallinero, disimulando la incursión que habíamos hecho.

Cuando don Francisco salía de la casa nos veía a nosotros dos dándoles de comer a las gallinas y juntando huevos en una canasta. Mientras tanto, atado en el sitio más lejano del patio de tierra, estaba Capitán, un perro pointer condenado a vivir con una cadena al cuello. Una lata de dulce de batata con restos de comida maloliente y un balde con agua sucia lo acompañaban. El perro me miraba con ojos sufridos, lloraba; parecía que me pedía caricias. Yo era la única que lo acariciaba, a escondidas de don Francisco. Una vez me descubrió mimándolo y el grito que pegó desde la puerta de la cocina me estremeció a tal punto, que sentí que me orinaba. Yo pude controlarme, pero el Capitán no... Salí corriendo a mi casa, con el tiempo justo llegué al baño y nunca le conté a mi madre lo que había pasado.

Cada vez que podía, le daba un poquito de cariño al Capitán, asegurándome previamente que el ogro no me veía. Según él no había que acariciarlo, porque eso lo hacía un perro consentido que después no serviría para la caza de liebres y perdices, que era su cruel pasatiempo.

La casa de mi amigo Daniel olía mal. Era un olor a querosene mezclado con los vapores del puchero. Todo olía mal. Mi amigo olía mal. También su padre, y el perro, y el galpón... Yo olía mal cuando volvía a mi casa; me lo decía mi madre cuando me hacía ir directamente a la ducha.

Mi amigo nunca hablaba de la ausencia de su madre ni del maltrato de su padre. Él estaba acostumbrado a esa vida. Creo que no registraba sus carencias. Disfrutaba mucho de las comidas en mi casa y de las excursiones de pesca con mi papá y conmigo. Le gustaba también ir a cazar ranas al charco de atrás de la vía. Pero cuando lo llevábamos al parque de diversiones, mi amigo Daniel entraba en una realidad paralela, un universo que iba más allá de lo que él conocía e imaginaba. Yo lo veía mirar para arriba constantemente. No sé si miraba el cielo buscando a su madre, tratando de que ella viera que era feliz. Daniel nunca lloraba, ni se lamentaba.

Disfrutábamos de cada salida, de cada tarde compartida. Pasamos horas eternas haciendo barriletes, con papel de diario y un engrudo oloroso. Mi padre nos llevaba al campito de al lado de las vías a remontarlos, pero generalmente eran un fracaso.

“Está empachado”, decretaba papá.

Y solucionaba el problema haciéndonos él mismo dos nuevos barriletes. Que subían maravillosamente. Y otra vez mi amigo se quedaba fascinado mirando al cielo y otra vez yo pensaba que estaba buscando la mirada de su madre.

Pero después de la felicidad venía la realidad. Volver a la casa, volver al maltrato, volver a la privación, a la penuria, al desamor. Pero mi amigo seguía soportando estoicamente todas sus necesidades. Sin quejas, sin lágrimas, sin lamentos. Hasta aquella noche...

Aquella noche de invierno mientras cenábamos al calor de la estufa, sentimos que golpeaban la puerta desesperadamente. Mi madre abrió y ahí estaba mi amigo Daniel. Con una toalla impregnada en sangre apretada sobre su frente. Estaba pálido, frío, a punto de desmayarse. Mi padre con mucho cuidado le sacó la toalla empapada de la cara y vio un tajo que tenía sobre la ceja de donde brotaba sangre como de un manantial. Lo lavó para ver bien la herida y decidió que nada podía hacer él. Había que llevarlo con urgencia al hospital, necesitaba una sutura. Mis padres le dijeron que había que avisar a don Francisco. Y Daniel lloró, imploró que no lo llamen. Pensamos que había hecho alguna picardía, que se había caído del limonero del fondo, adonde le gustaba treparse. Pero no... Todas mis sospechas se hicieron realidad en una sola frase: “Mi papá me pegó”.

Sin más preguntas, lo llevamos al hospital. Abrigado con un pullover de mi padre, yo le sostenía la toalla limpia que le había dado mi madre, pero rápidamente se volvía roja.

Sentados los dos en el asiento trasero rumbo al hospital, mi amigo me confesó en voz muy baja que la quebradura del brazo que había tenido hacía unos meses no era por caer del limonero. Tampoco había sido un resbalón lo que le produjo aquel corte en el labio. Todos eran golpes de su padre. Lo admiré por su valentía. Y se lo dije.

Al llegar al hospital nos pidió que no digamos nada que su papá lo había lastimado. Tenía miedo que lo llevaran preso. Tenía miedo de perder a su padre, así como un día había perdido a su madre.

Después de unos cuantos puntos de sutura, algunas inyecciones y de pasar por la farmacia a comprar los medicamentos y una bolsa enorme de caramelos de goma rosados, volvimos a casa. Esa noche le armamos un catre en el comedor y Daniel durmió con nosotros. Su padre ni siquiera sabía adonde había ido cuando salió corriendo de su casa; y tampoco le importó.

Al día siguiente mi papá fue a hablar con don Francisco. No sé qué le dijo. Pero mi amigo se quedó varios días en mi casa. Comía rico, se bañaba todos los días, tomaba su medicación, hacía las tareas. Era feliz.

Pero un día dijo que debía volver a su casa. Lo recuerdo sentado frente a mi padre, prometiéndole que ante el menor maltrato iba a volver con nosotros. Yo los miraba y me di cuenta que mi amigo había crecido en estos días. Estaba más maduro, más serio. Su mirada había perdido esa ternura y alegría que lo caracterizaba.

No fui más a jugar a su casa, pero él sí venía a la mía. Todas las tardes tomábamos la leche con vainillas y hacíamos la tarea. Después se iba a su casa. Creo que aquella noche que vino con su cara ensangrentada, mi amigo creció, se hizo grande. Aquella noche reconoció por fin que era un niño maltratado, que su padre no lo amaba y hasta creo, conociéndolo, que debe haber culpado a su madre por haber muerto.

Mi amigo Daniel y yo crecimos, nos hicimos adolescentes. Tuvimos novios, nos casamos, tuvimos hijos. Fue muy buen padre. Y aunque el derrotero de la vida nos llevó por caminos diferentes siempre seguimos en contacto.

Mi amigo Daniel fue lo más parecido a un hermano que pude tener en la vida.

Mi amigo Daniel, el pibe sin madre, el pibe maltratado.

Mi amigo Daniel murió hace unos años. Lamento no haberle dicho nunca que para mí fue el hermano que no tuve. De haberlo sabido, quizás se hubiese sentido menos solo.