martes, 5 de julio de 2022

Regresar siempre trae nostalgia



Graciela Bazzana



Asiduamente regreso al pueblo donde nació mi mamá, a 50 kilómetros de Rosario. Allí, viven tíos y primos.

Camino, recorro el pueblo, sus calles, edificaciones, negocios. Todo me trae recuerdos de antaño cuando iba con mis padres.

La primera en visitar era la casa de la tía Rosa: alejada del pueblo, sobre calle de tierra, casita baja, sencilla, rodeada de un alambrado tapado en enredaderas.

Tenía un gran patio con un frondoso roble. Debajo de él, había una mesa de material en la cual todas las tardes se merendaba el clásico mate cocido en gigantescos tazones de loza acompañado con pan casero, manteca y riquísimo dulce hecho con frutas de la estación. ¡Lo más rico que he probado!

Luego seguimos por la casa de mi prima mayor, Norma, una referente de la familia. Vive en el centro del pueblo, calle pavimentada, una de las principales, por donde pasa el colectivo que conecta este pueblo con Rosario. Pueblo decimos, ya declarado ciudad hace unos años. Allí nos quedábamos a cenar y compartir noticias de la familia.

Desde allí nos dirigíamos hacia otra prima, Pocha, gran repostera ella, nos mostraba fotos de los trabajos hechos para los eventos del pueblo. Un cafecito de por medio, las últimas noticias y la visita debía terminar, ya entrada la noche.

Debíamos regresar a casa, dejando a otros parientes sin visitar, pero con la promesa de volver.

Actualmente, solo visito a mi prima Norma, ya que muchos no están.

Llego al pueblo y recuerdo algunos negocios, algunas familias, todo está prácticamente igual.

Me recibe en su casa mi prima, con el mate y algo para picar. Hablamos, luego de un rato vamos a la parte de atrás de la casa en la que tiene un pequeño vivero. Me muestra cada planta y cada flor mientras hablamos de “todo”.

Almorzamos, pasamos una tarde de infusiones con torta hecha por ella.

Compartimos muchos recuerdos de aquellos tiempos, en los que estaban todos, las mesas llenas, las sillas ocupadas, la cocina a full y la familia completa.

Hoy, me inunda una gran tristeza: llegar de visita y encontrar lo material, pero no los afectos.

Me alejo del pueblo hacia la gran ciudad dejando parte de mis afectos y recuerdos, añorando viejos tiempos en los que éramos felices y no lo sabíamos.

Al frío no se lo come el lobo

Diana Kallmann

Llegaron de Galicia, España, expulsados por la Guerra Civil, por el hambre o por ambas cosas. No sé exactamente cuándo ni por qué, mis recuerdos son borrosos, se remontan a mis cuatro o cinco años. Supongo que habrán pisado la Argentina entre 1930 y 1940. Se afincaron en Riglos (La Pampa), en un enorme terreno donde construyeron su casa y otra modesta que nos alquilaban. Tuvieron dos hijos. Cuando llegamos, en los años 50, ya no vivían en el pueblo, se habían ido a Buenos Aires, ya casados. Doña Encarnación y don David vivían solos en la casa grande y alquilaban también alguna habitación que les sobraba a trabajadores eventuales que llegaban al pueblo.

Don David cultivaba verduras en una quinta que en verano daba zapallitos, chauchas, choclos, albahaca, perejil, lechuga, tomates, frutales y todo lo que podía crecer en esas tierras siempre amenazadas por el viento y las heladas invernales. Don David vendía las verduras a la gente del pueblo, algo que a mamá le encantaba porque las cosechaba en el momento en que las pedíamos. Nos mandaba a la mañana a comprar con un papelito, dinero y una bolsa. Lo divertido era seguirlo a la quinta, un lugar prohibido para nosotras porque, pese a que estábamos a pocos pasos, a don David no le gustaba que anduviéramos por allí. Nos encantaba ver los almácigos a la luz brillante de la mañana. Lo seguíamos haciendo equilibrio entre una hilera y otra para no pisar los canteros, bajo la mirada siempre vigilante del viejo. Cuando regresábamos con la bolsa, mamá celebraba el aroma de las verduras recién cortadas y las desplegaba en una mesada del patio para lavarlas, entre baldes y coladores.

Doña Encarnación permanecía recluida en su cocina casi todo el día. De allí salían olores sabrosos y desconocidos para nosotras. Hacía papas fritas en grasa, algo que no se usaba en nuestra casa, y guiso de lentejas. Atraídas por el aroma, nosotras comenzábamos a revolotear por allí y ella nos convidaba sus delicias.

En verano hacía dulces y conservas para el invierno. Como era de esperar, sobraban las frutas y verduras. A diferencia de su marido, doña Encarnación era generosa y le gustaba darlas a quienes las apreciaban. Cuando el viejo hacía la siesta, ella abría la ventana que daba a nuestro patio y susurraba, “Doña Cata, doña Cata”, llamando a mamá para entregarle una fuente repleta de los frutos de la quinta. No aceptaba el agradecimiento de mamá, levantaba una mano y decía “hala, hala”, como indicando que no tenía nada que agradecer.

Años después me pregunté si don David habrá sido tan temible como lo imaginábamos nosotras. Serio, enjuto, un tanto hosco, hablaba poco y parecía que solo se comunicaba con las plantas. Sin embargo, a pesar de todos sus reparos en el verano nos dejaba bañarnos en el tanque australiano que estaba cerca de los cultivos, amparado por una higuera. Pasábamos largas horas allí con mi hermana y nuestra amiga Irma, divirtiéndonos y saltando como locas. Supongo que sabía que sacábamos higos de las ramas que daban al tanque, pero nunca nos dijo nada. Creo que cuando se cansaba de nuestros gritos abría el agua del molino, que salía helada, pero nosotras no nos achicábamos y seguíamos en el tanque hasta agotarnos.

Cuando salíamos, alrededor de las seis o siete de la tarde, mamá nos esperaba con una ensalada de tomates y aceitunas verdes que nos encantaba. Nunca más encontré el sabor de aquellos tomates de la quinta.

Doña Encarnación conversaba en la ventana con mi mamá, escuchaba sus voces, pero nunca presté atención a lo que decían. Creo que ella recordaba cosas de su España natal y se las contaba a mamá, que a su vez hablaría del campo donde se crió. El clima y las cosas cotidianas seguramente formaban parte de esas conversaciones. Mientras jugábamos, escuchábamos frases y palabras sueltas que no nos interesaban.

Una mañana de invierno, mamá conversaba con ella en la ventana, supongo que se quejaban del frío, de la helada que había caído y había blanqueado el patio, la quinta y todo lo que nos rodeaba. En casa estaba calentito, papá había acondicionado la estufa de querosén para evitar que diera olor, algo que sentíamos en muchas casas de nuestros amigos del pueblo y nos molestaba. El querosén era el combustible que más se usaba, para calefacción, para la cocina y también para una heladera que prendían en verano y nunca entendí por qué para fabricar frío se necesitaba esa llama.

Pese al frío, ellas estaban conversando en el patio y nosotras aprovechamos para salir un rato. Entre todas esas palabras, de pronto una frase resonó en mis oídos y me impresionó. Doña Encarnación decía: “Y, doña Cata, no nos podemos quejar, llegó el invierno, al frío no se lo come el lobo”. Qué quería decir con eso, porqué hablaba de lobos si nunca habíamos visto uno. Preocupada, le pregunté a mamá dónde había lobos. Me explicó que en España, donde había nacido doña Encarnación, en invierno hacía mucho frío y bajaban los lobos en busca de alimento. Ella se había criado en el campo y había pasado mucho frío. Desde entonces, cada vez que la miraba mientras sus manos se movían en la cocina, me venía a la mente la solitaria imagen de una niña caminando por la nieve, con un pañuelo negro en la cabeza y con mucha ropa. En verdad solo había visto la nieve en las ilustraciones de aquellos enormes libros de cuentos que mis padres compraban a un vendedor que visitaba Riglos todos los meses. Pero desde ese día, doña Encarnación se transformó en la protagonista de todos los cuentos con campos nevados.

 

 

lunes, 4 de julio de 2022

"Paraíso florido"



Graciela Pereyra



Dieciocho tenía ella, él unos años más. De regreso de la Luna de Miel a Tucumán, arribaron a Ceres, esa ciudad pequeña santafesina en el límite con Santiago del Estero adonde él fue trasladado como ferroviario. Pensaron entonces “estamos de paso, nos quedaremos un tiempito y luego volveremos a nuestros pagos”. Un año después yo nacía, la primogénita de la feliz parejita, y tres años después mi único hermano. Y crecimos en la “Diosa del Cereal”, naturalizando todo lo que ocurría en nuestra feliz infancia. Teníamos poco, pero lo teníamos todo. ¿En qué calle vivíamos? No importaba. Nadie nombraba las calles, no era necesario. Si alguien nos preguntaba por algún lugar, le decíamos a tres cuadras de la plaza, de la diagonal a la izquierda, de los Rodríguez la casa que sigue, o queda del otro lado. Esta expresión tenía relevancia para los paseos, porque el ferrocarril atravesaba la ciudad dividiéndola en dos partes, transformándose en referencial, las salidas eran ir al “otro lado”.

Nosotros vivíamos en una casa pequeña con un gran patio que tenía un hermoso paraíso que daba una frondosa sombra y fue testigo de nuestros creativos juegos de la infancia. Ya de grande me enteré de que el nombre de nuestro barrio era justamente ese: “Paraíso Florido”. La gente era amable y simpática. Todo el mundo se saludaba, se charlaba en la vereda y algunas veces invitaban a ver televisión los que tenían el privilegio de tenerla.

Así es, que lejos de abuelos, tíos y otros familiares, los atentos y cordiales vecinos ocuparon un lugar importante en nuestras vidas. En especial, “doña Elena”, una señora alta de tez blanca, ojos azules y linda sonrisa. Ella fue un poco mamá de mi joven mamá. La que la auxilió cuando acongojada por el llanto le contó que se le había quemado su primera comida. La que le prestaba la tacita de azúcar o lo que le hiciera falta. La que con la charla amena mitigaba el dolor de las distancias y las ausencias de familiares que vivían lejos, de mi papá cuando su trabajo lo llevaba a otros lugares. Ella vivía dos casas de por medio de la nuestra, caminito que yo recorría con cierta frecuencia. Una puertita siempre abierta daba a un pequeño jardín a la entrada y un pasillo lateral me llevaba a su cocina. Detrás de una mesa grande, en una pequeña alacena guardaba siempre algo rico con lo que me sorprendía. Por entonces yo era una niña muy tímida. Así fue como una vez, al llegar a su casa, oí que tenía visitas, entonces empecé a caminar hacia atrás para no ser vista y silenciosamente para que ser escuchada. Lo que no había previsto era la presencia, a un costado, de un fuentón con agua al que caí produciendo un gran alboroto. Más allá de su sorpresa y atención, regresé mojada, avergonzada y sin dulces. No fue así otra vez en que Doña Elena sacó de su mágico mueble dos porciones de torta, una para mí y otra para que se la llevara a mi mamá que estaba enferma. De regreso a casa, comí felizmente mi parte y al llegar a la puerta de entrada estaba sentado un pequeño perrito del barrio. Con mi inocencia de niña, pensando que no quería dejarme pasar, con la mano extendida intenté desesperadamente negociar con él con un “tomá tota Lulú… tomá tota Lulú”, sacrificando así la porción de torta de mi mamá. En realidad, con el paso del tiempo, ya no distingo si este es un recuerdo genuino o selectivo de la memoria por la repetición en el tiempo de la graciosa anécdota. Pero sí es claro el recuerdo del cariño inmenso que la niña que fui llegó a sentir por quien, sin tener lazos de sangre, se ganó un lugar importante en mi memoria afectiva.

Tuve una infancia feliz, con libertad y alegría.

Los chicos jugábamos en las cuatro esquinas, a las escondidas, a la liebre, corríamos sin ninguna preocupación. Las chicas más tranquilas, a la maestra, a la mamá, a las payanas, a hacer tortas de barro con ladrillo molido como repostería, a hacer collares con flores de paraíso. Era común avisar que se iba a jugar a casa de una amiguita o que ella vendría a la nuestra; pero, eso sí, nunca a la hora de la siesta que ¡era sagrada! Todo el pueblo se aquietaba por un par de horas cuando el calor se adueñaba de las calles. Era una costumbre tan arraigada como festejar los carnavales con todo el vecindario. ¡Lluvia de baldes de patios vecinos! La sorpresa y la risa. Las carrozas tan creativas. Era todo tan familiar, la charla en sillones hamaca en la vereda, las bicicletas estacionadas afuera, las puertas sin llaves… mi barrio, mi querido pueblo de la infancia… era todo tan naturalmente familiar, que no se tenía conciencia de que podría ser distinto en otros lugares, en otros tiempos.

Así fue como la vida siguió transcurriendo y el “estamos de paso” quedó desdibujado en el tiempo. Pero aquellos niños que fuimos crecieron y la necesidad de ampliar horizontes llevó a mi padre a pedir traslado a Rosario con su familia, lo que se dio veintiún años después de llegar a esa ciudad cálida y tranquila. No fue fácil el traslado, la casa no se podía vender rápidamente lo que obligó a mi papá a quedarse en Ceres y a viajar; a mi hermano y mi mamá alquilar en Rosario; y a mí, que ya estudiaba en Rafaela, a viajar en búsqueda de mi familia, que circunstancialmente por primera vez estaba separada.

Rosario, hermosa ciudad que me deslumbró, pero también me asustó. En mis primeros viajes en tren, al llegar, recuerdo haber tomado en la estación un colectivo que pasaba por ese lugar. En mi pueblo no había. Estaba completo, lo que me obligó a viajar parada con mi gran valija. La falta de experiencia hizo que me sorprendiera el arranque y la inercia hizo que cayera sentada sobre la falda de la señora que estaba en el primer asiento. ¡Qué papelón! Al levantarme rápidamente sonreí pidiendo disculpas y me sorprendió la falta de respuesta de la señora que seriamente me miraba. Fue difícil adaptarme. No comprendía por qué la gente no se saludaba al cruzarse en la calle, yo lo seguía haciendo aún cuando me subía al colectivo y la gente me miraba de un modo extraño. No comprendía la prisa de tantas personas apuradas caminando por la peatonal. ¿Adónde irían? ¿Qué preocupaciones, historias de vida tendrían? Recuerdo haber sufrido dolor de cabeza durante casi un año por los ruidos y la multitud. Tampoco comprendía la indiferencia de la gente que pasaba rápido al lado de personas tiradas en la calle pidiendo.

Pasaron muchas décadas desde entonces. Y aunque cada tanto voy a mi pueblo natal, hoy amo a esta ciudad de adopción que me dio tanto. Parte de mi familia y muchos amigos nacieron aquí. Vivo en un edificio muy grande, que se transformó en mi propio barrio. Saludo, charlo y convivo. Hoy sí importan los nombres de las calles. Y aunque me costó ponerle llaves a la puerta y duele cada vez más la inseguridad, me acostumbré a los ruidos y a los hábitos de la ciudad. Más allá de toda etimología, hoy siento que el barrio son el alma y sentimientos que radican en uno y comparte con una pequeña sociedad en el lugar que se está y/o uno elige para transitar los días. Sin fronteras, en un pequeño pueblo o en una gran ciudad el barrio es un ámbito que ayuda al crecimiento personal desde la similitud, diferencia y el afecto.

domingo, 19 de junio de 2022

Los pisos de pinotea



María Cristina Piñol



A veces siento que estos pisos me persiguen. Tan solo en nueve años de mi vida, durante mi adolescencia, mi dormitorio se alfombró de baldosas de granito.

Cuando nací, en la antigua casa de mis padres, había dos habitaciones con pisos de pinotea. En una dormían ellos y en la otra mi hermano y yo.

Imposible olvidar aquellos días en los que mi mamá los enceraba. La cera, creo recordar, venía en escamas y se diluía en algún solvente que ya no recuerdo, hasta quedar como la pasta que conocemos ahora. Para limpiar y encerar se usaba el llamado “cepillo pesado”, un aparato cuadrado de hierro fundido, con un largo mango del mismo material al que en su parte inferior se le ponía un cepillo de alambre para rasquetear, quitar la suciedad y la cera anterior. Luego, ese cepillo se quitaba y reemplazaba por una tela gruesa para pasar la cera y por último por un paño de lana para sacar brillo. Toda esta operación llevaba cuanto menos un día entero de trabajo por cada habitación. ¡Mujeres eran las de antes! decía mi abuela.

En la década del 60, durante la remodelación, ampliación y modernización de mi casa, mamá desistió, a la fuerza, del brillo de los pisos, pero no de de su intención de conservarlos para la nueva casa. Así fue como las dos originarias habitaciones mantuvieron sus paredes intactas y sus pisos de pinotea.

En los 70 me casé y papá adaptó la parte trasera de la casa, que ya no se utilizaba para el negocio, transformándola en un departamento precioso y totalmente independiente, con cocina, baño, gran living comedor, terraza y un dormitorio que era primigeniamente la habitación de mis padres en aquella primera casa y, por supuesto, tenía pisos de pinotea.

Por suerte, ya no había “cepillo pesado” y tampoco cera en escamas. La lustradora eléctrica y el brillo líquido para pisos llegaron para facilitarnos la vida.

A fines de 1979, compramos con mi marido un departamento de pasillo construido alrededor de los años 40, que también tenía dos habitaciones con pisos pinotea. Ya allí sí me tocó trabajar sobre ellos para quitarles los restos de polvillo y demás que quedó de la renovación y pintura del departamento. Les pasamos viruta a mano, limpieza con algo húmedo y cera.

A principios del 82, ya con tres hijos, uno recién nacido, volvimos a mudarnos a una casa grande, antigua y muy bella, con tres dormitorios los que, adivinen, ¡sí, también tienen pisos de pinotea!

¿Me persiguen o soy yo quien los busca? Definitivamente los busco y me encantan.

¿Qué madera es la pinotea?, es el tronco de un pino llamado tea, que solo se encuentra en el sur de los Estados Unidos desde donde se importaba en los años 1930 y 40, muy resistente, con vetas de colores rojizos y amarronados que son únicos y que resisten fuertemente el paso del tiempo. En aquel entonces también se los elegía porque eran signo de buen gusto y distinción.

Estos pisos se instalaban con “cámara de aire”, a fin de evitar que la humedad de los cimientos llegase a la madera. Debajo de las tablas montadas sobre un bastidor, que se apoya a su vez en pilotes de cemento, hay un espacio de unos 30 a 50 centímetros hasta el contra piso real, de modo que literalmente están “flotando”.

Hoy, sigo la tradición familiar de remodelar, actualizar y remozar “la casa”, creo que está en nuestros genes. Si bien estas antiguas estructuras son bastante rígidas en cuanto a su arquitectura, siempre encuentro la forma de hacer cosas nuevas, cambiar distribuciones, abrir ambientes o remodelar baños. Mi marido y mis hijos tiemblan cada vez que digo: “Se me ocurrió una idea”. No obstante, lo que nunca cambia son las aberturas y los pisos de pinotea, ambas cosas conservan la historia de la casa, le dan identidad, marcan su momento de gran esplendor, nos cuentan de aquellos tiempos donde “las cosas se hacían para que duren siempre”; y, además, se usaban los mejores materiales existentes y hasta me atrevería a decir con pasión.

Y hay cosas que se heredan. Hace unos días cambié el sofá, llega mi nieto menor y me dice: “¿Y el sillón abuela?”. Le explico que en un par de días llega uno nuevo y él, con solo 10 años y llevándose las manos a la cabeza, me responde: “¡Ay no, ese sillón tenía tanta historia!”.

El barrio



Marisa Orlandi



El barrio en los años 70 era otro universo en Rosario, zona sur, a una cuadra del Hospital Español y otra de Avenida San Martin, zona de comercios y gran actividad económica, y casas donde vivían las familias de los mismos comerciantes. El hogar era el barrio y el barrio eran los vecinos y el sentido de comunidad, de pertenencia. Los chicos eran hijos de esos padres que trabajaban en esos negocios y se conocían entre todos y nos conocíamos y teníamos edades similares y nos dejaban juntarnos a jugar. Crecer en el barrio tenía ese sabor a simpleza, a algo servido en la palma de la mano, natural y seguro. Como la infancia.

Y luego, el tiempo. De un año a otro, de un día a otro, de un momento a otro, la pubertad. Y la realidad distorsionada como en un espejo curvo, y ya nadie sabía dónde ubicarse, qué pasaba con el cuerpo, si los juegos infantiles eran válidos, se escuchan comentarios irrisorios de adultos que no se entendían, las miradas pesaban, la ropa parecía inapropiada, el constante sentido del ridículo.

En el grupo de chicos del barrio teníamos casi todos la misma edad, con pocos años de diferencia.

Estaba, siempre estuvo, ese chico de ojos azules que todo el mundo en el barrio sabía que nos gustábamos, pero nunca se animó a decirme nada. Crecimos juntos. Era un año mayor que yo. Una tardecita festejó su cumpleaños numero 12 con una reunión en el patio de su casa, con todos los chicos y las chicas del barrio invitados. Los más grandes pusieron música y él, como era el cumpleañero, bailó con todas las chicas una canción.

Yo nunca había bailado con un chico antes. No era algo que siquiera estuviese en mis pensamientos. Para mí, era la primera vez que veía bailar en pareja. Lentos, en aquellos tiempos en que se bailaba música lenta. Recuerdo con claridad el momento en que extendió su mano hacia mí y pensé que era mi turno. No sabía lo que estaba haciendo y con total naturalidad lo tomé con ambos brazos por la cintura. Bailamos una canción completa. Él nunca dijo una sola palabra. Era un muchacho sencillo, respetuoso y bastante tímido. Mientras bailábamos, veía a las chicas más grandes reír y hacer comentarios entre ellas y hacerme señas a mí: no tenía idea de qué pasaba. Terminada la canción y mi primera experiencia en la vida de bailar con un chico, regresé a mi lugar. Y las chicas me explicaron el supuesto papelón que había hecho. No saber tiene un peso particular, nadie me explicó, pensé. Caí en la cuenta como un rayo que llevaba puesto mi hermoso vestido blanco con florcitas y bolados, vestido de niña. Fue el momento en que lo entendí. Amaba ese vestido como todo lo que representaba y abruptamente había sido puesto en cuestión. Me encontré en la encrucijada, la de esa edad de la historia, donde hay que tomar decisiones y siempre algo se pierde para que algo nuevo arribe. No me pesó haber hecho el ridículo, no era relevante. Era el vestido, lo inexorable de su destino y lo desconocido, aun por descubrir. Y por supuesto, el chico de ojos azules, con quien bailé por primera vez.

Censista



Hugo Longhi



La ley marca que los censos se deben hacer una vez cada década y, por lo general, en años “redondos”; es decir, aquellos terminados en cero.

No siempre esto es posible de cumplir, pero ese octubre de 1980 parecía que sí. Todo iba bien encaminado y yo me aprestaba a vivir mi segundo censo como simple encuestado.

Faltando más o menos una semana para la fecha indicada, los organizadores del evento se dieron cuenta de que les faltaba gente para ir a recorrer hogares y recoger los datos pertinentes. Con la desprolijidad que caracterizaba a los gobiernos militares, decidieron de apuro y arrebatadamente. Incorporarían personas como fuese y apuntaron a ciertas empresas, entre ellas, adonde yo trabajaba.

Y la compañía no se iba a negar a colaborar con el gobierno. Rápidamente se dispuso a recolectar voluntarios. Por aquel entonces, ser censista era una carga pública y no rentada.

Apuntaron a los más jóvenes. El argumento fue que éramos los más hábiles para desarrollar esa tarea. Obvio que la realidad era que al ser los más novatos fuimos más dóciles para ser manejados.

Y seguro que ya adivinaron: la barita mágica me tocó. Vaya alegría. De quedarme tranquilamente en casa esperando, me tocaría recorrer algún barrio dudoso y ejercer una tarea desconocida.

Fue así como el gerente técnico me hizo llamar y con palabras muy de ocasión me comunicó que había tenido el orgullo de ser designado como censista-encuestador. Todo un título. Era la primera vez que pisaba esa insigne oficina y me retiré deseando que fuera la última.

Por aquel entonces yo contaba con juveniles 22 años, cumplidos apenas días antes, y vivía en Granadero Baigorria. Ni el argumento de que todo me quedaría lejos importó. Yo era uno de los apuntados y no habría tachaduras ni enmiendas.

Recuerdo que esa tarde volví a casa al anochecer y casi ni quise saludar a mis padres, tal mi pésimo humor. Mi mamá, que me conocía demasiado, me dejó correr. Pronto se me pasaría, pensó. Pero la bronca no iba a ir tan rápido. Apenas les conté la buena nueva comprendieron. Enseguida, intentaron levantarme el ánimo diciendo cosas como que no era nada tan grave, que iba a ser rápido, que seguro me iban a auxiliar. En fin, nada servía. Para mí, era como un castigo. Ineludible, para colmo. E injusto.

Debido al escaso tiempo solo pude concurrir a dos jornadas de entrenamiento en las que una docente, de muy pocas pulgas, nos dio las instrucciones básicas. Con los compañeros que corrieron la misma suerte que yo, nos mirábamos sin entender demasiado, pero esa especie de maestra-sargento no lucía con mucho ánimo de responder preguntas, así que acordamos que lo que no entendíamos lo haríamos como sea.

En ese entrenamiento, nos enteramos de que el barrio a visitar sería Acindar. Bueno, creo que era Acindar, pasando 27 de febrero hacia el sur yo soy un desastre. Digamos que era esa zona de Ovidio Lagos y Jorge Cura, donde hay muchas calles en diagonales.

Los días previos fueron de mucha lluvia por lo que las calles lucían anegadas y hasta embarradas en algunos casos. Por suerte, ese miércoles 22 de octubre hizo buen clima, fresco pero sin chaparrones y fue una excepción, porque las precipitaciones continuaron en las jornadas siguientes.

Salí super temprano de casa. Portaba una credencial que me habilitaba a viajar gratis en colectivo ese día. Llegué a eso de las ocho de la mañana a un punto que estaba convenido. Allí, la maestra-sargento nos entregaría las planillas, lápices, goma de borrar y una cantidad equis de calcomanías que deberíamos pegar en la puerta del domicilio censado como elemento probatorio. ¿Se acuerdan del logo del lapicito? Decía “Yo participé”.

Me tocó una media manzana y, tratando de no perderme en esa jauría de diagonales novedosas para mí, comencé mi labor. Me paré frente a la primera puerta, respiré hondo y toqué timbre. Tardaron algo en abrirme por lo temprano pero la pareja, un matrimonio de edad mediana, me atendió bien. Respondieron con prontitud y justeza a mis consultas y hasta me ofrecieron un café. Eso me dio confianza. A la segunda puerta ya tuve menos miedo.

Y fue así como llegando poco más allá del mediodía ya estaba concluyendo. Pasó un poco de todo. Desde familias que ya tenían la mesa lista para almorzar y tuve que apoyar mis planillas en un florero, chicos que querían la calcomanía para tenerla de recuerdo, una señora separada que me hablaba pestes de su ex, hasta un señor que se enojó feo y me amenazó porque no quería que le censara un terreno baldío. Decía que yo era de la DGI -hoy Afip- y que le iban a cobrar impuestos. Resolví darle la razón para que se fuera con sus amenazas a otra parte; pero luego, ya lejos del peligro, al terreno lo incluí como correspondía. Estaba decidido a cumplir mi misión al pie de la letra.

Solo me quedaba volver al puesto base y entregar la papelería a la sargento que, por primera vez, me dedicó una sonrisa de agradecimiento. Fui de los primeros en terminar y por suerte no me dieron más hogares que censar. Me retiré caminando hacia Ovidio Lagos. La compañía donde trabajaba había designado a un compañero para abastecernos de un sándwich y una gaseosa a modo de premio por colaborar con la patria.

El resto fue exhibir una vez más mi credencial para que el chofer no corte boleto y llegar a Baigorria a eso de las quince, donde mi mamá, ansiosa, me esperaba para llenarme de preguntas. A diferencia de aquella noche, mi talante era tranquilo y hasta de buen humor. Al fin y al cabo, ser censista no había sido tan difícil y hasta alcanzaría para guardar anécdotas como las que humildemente traté de reflejar aquí.

Los proveedores del barrio. Los habituales



Héctor B. Carrozzo



En esta búsqueda de recuerdos en mi “hard disk” me vienen a la memoria aquellos vendedores ambulantes que por los años 50 y 60 pululaban por las calles de la ciudad. Muchos de estas actividades han desaparecido, ya que fueron absorbidas por los grandes complejos comerciales; otros se han reciclado, cambiando para sobrevivir.

Me acuerdo de algunos como el peluquero, el lechero, el hielero, el “ruso” que vendía telas, el afilador, el pescador, el verdulero, los norteños, etcétera. Algunos eran habituales y otros circulaban de manera esporádica.

Empecemos por los habituales, aquellos que proveían en forma cotidiana.

Don Narciso era nuestro lechero habitual que, con su jardinera, que era tirada por un matungo mañero y más viejo que Matusalén, recorría diariamente el barrio con sus tarros cargados con el preciado elemento. El matungo era tan conocedor del barrio que ya sabía las paradas obligadas de los clientes y se detenía y arrancaba solo con el silbido de Don Narciso. Y allí venía don Narciso y con su medidor de volumen, una jarra de un litro (o más o menos), y medía la cantidad solicitada. A veces cuando algún vecino se quedaba corto con el pedido había que ir a la casa de Don Narciso para conseguir más, una especie de “take away”. Era muy interesante entrar esquivando las deposiciones de los caballos, ya que estos convivían en el depósito de los tarros de leche. ¡Ni hablar del olor! ¡Ni pensar que podrían haber caído en la leche!

El hielero nos proveía de las barras de hielo trozadas en cuartos, que eran necesarias para la conservación de los alimentos y eran imprescindibles; ya que la mayoría de los vecinos no teníamos heladeras eléctricas. Estas eran unos gabinetes cúbicos, que tenían una puerta en la parte superior que era el lugar para el hielo, “el congelador” y dos puertas en el frente. El hielero se movilizaba en una jardinera y, ya más avanzado los años 60, en un camioncito carrozado para proteger la mercadería del sol, y que estaba además cubierta por una capa de bolsas de arpillera húmedas. Este comerciante pasaba tres veces por semana y los trozos de hielo había que “envolverlos” el papel de diario para que duraran más. Después, el lujo, vinieron las heladeras eléctricas: aquellas memorables Siam, Villber y otras.

Otro de los oficios que han pasado casi a la historia, aunque sobreviven en otra versión es el cartero. Recorría las cuadras que les tenían asignadas distribuyendo la correspondencia. Ya se acercaba y antes de entregar las mismas le avisaba al destinatario: “Buen día doña Marta, carta de la mami desde Córdoba”.

Creo que Don Cabrera (si no me equivoco, ese era su nombre) sabía la historia de todo el barrio y después que se jubiló siguió recorriendo el barrio saludando a sus amigos.

El verdulero era otro de los habituales. En un carro que era generalmente impulsado por la fuerza humana, ofrecía todo tipo de verduras, frutas y afines. Pasaba un par de días a la semana ofreciendo las verduras y frutas de estación. En el verano se exhibían bajo el sol radiante y con el calorón que hacía, estaban remaduras. Tenían una balanza de platillo que pesaba “al paso” y lo que menos hacía era dar el peso exacto.

En las tardes de verano se solía oír: “Laponia, helados. ¡Heladero!”. Y con la misma corneta que hoy aún se usa. En una bicicleta carrozada pasaba el heladero. Recuerdo que algunos se preparaban en el momento, dos obleas y en el centro un trozo de helado. Un sándwich de helado. Hoy sobrevive en una versión más moderna.

Algunos de estos fueron reemplazados por efecto de la vida moderna, más preocupada por el estado sanitario, aunque otros cambiaron por la concentración de las actividades en grandes emprendimientos.

Recuerdos, recuerdos, recuerdos.




(1) Se trata de una nueva versión de un texto ya publicado, y es parte de una propuesta hecha por los coordinadores del curso de revisión y posible reescritura de relatos.