miércoles, 29 de octubre de 2014

Pantaleón

Por José Mario Lombardo

Primavera: verdor primero

Navegábamos por el Paraná viejo. Nos habíamos metido por el norte, por donde años después pasaría el puente Rosario-Victoria. La vieja lancha ronroneaba río abajo por el centro de ese enorme canal que es un brazo del Paraná. A nuestro lado, pasaba la interminable línea de árboles que contornean el agua marrón: el espinillo dueño y señor, el sauce que siempre llora sobre el agua, el timbó noble y canoero, los yuyos bajos que pese a las sombras crecen crujientes cobijando secretas guaridas, algunos ceibos con la melena adornada de flores rojas; y, por debajo, las pequeñas playas de arena, de esa arena que alguna vez trajo el río, rellenó los bajos para hacer lagunas para finalmente terminar en isla. Isla de arena, isla de agua y arena, isla viajera, movediza, cambiante, producto de correntadas, crecientes, limos y vegetales andantes, de verdes camalotales anclados en esas orillas que nunca son las mismas. Isla viva. Isla floral. Isla de pájaros. Pájaros que nunca terminan de volar, que siempre cantan, que vuelan hacia allá y vuelven porque algo los llama. Pájaros del aire, pájaros del agua, pájaros de ignotas lagunas internas: pequeños pájaros que pican los helechos silvestres, grandes pájaros curiosos y planeadores que buscan comida, patos del agua que asoman su cabeza como si salieran del agua marrón a buscar la luz, pato sirirí, chincherito en la rama, torcaza caminadora, gorrión glotón, calandria de puro canto, cotorra chilladora, carpintero trabajador, hornero albañil del monte. Y más allá, en la isla arenosa, los bichos de la tierra que viven de la tierra: vizcacha arisca y cuevera, nutria puro brillo de agua, cuis sigiloso, comadreja predadora y usurpadora de guaridas ajenas, carpincho barroso. Sobre los camalotes, culebras viajeras que pelechan sus cueros cambiantes dejándolos como invisible ñandutí entre los yuyos. Culebras que despiertan después del invierno tal como todo despierta a su alrededor, mientras la lancha navega cansinamente por el canal que cobija a sus habitantes submarinos, esos que parecen hacerse realidad cuando caen en la red o el anzuelo del pescador: el dorado de escamas como lentejuelas, el patí, el bagre, la boga; el mandubí y el surubí de cueros lustrosos grises y atigrados, el enorme manguruyú que se esconde en la isla como un duende del agua, las palometas insaciables y las perezosas viejas del agua durmiendo su siesta perpetua a la sombra de la orilla. Croan las ranas saltarinas y los sapos anfibios, cantan las chicharras y los grillos porque presienten el calor. Zumban las abejas sobre las flores silvestres y los insectos sobrevuelan las aguas quietas que aparecen en los charcos orilleros o en las lagunas costeras. Todo se complementa: los predadores en algún momento serán presa del otro que necesita su sustento, los yuyos alimentan insectos, las arañas tejen sus telas cazadoras. Todo se retroalimenta. Todos se devoran para volver a crecer. La isla se come a sí misma para no extinguirse: muere y nace al mismo tiempo.
La lancha lentamente llegó a su destino. Estábamos en el “Charigüé, allí donde desemboca el arroyo “Las lechiguanas”. Pantaleón, al frente de su rancho, nos esperaba en la costa. Atamos la lancha a un árbol seco que hacía de amarradero y saltamos al viejo muelle de madera. Nos saludamos y nos dimos a la tarea de preparar la comida. Pusimos un carpincho bien adobado en el horno de barro, que ya estaba caliente y preparamos ensalada de lechuga y tomate. Fue una amable reunión entre amigos. Pantaleón, muy contento, aprovechó mientras se hacía la comida para contarnos y cantarnos sus cosas: Era Pantaleón, y él lo expresaba con cierto orgullo, uno de los últimos trovadores en condiciones de contar el origen y desarrollo de nuestra música popular en la zona. Nos contó anécdotas relacionadas con Gardel, con Gabino Ezeiza, con Ignacio Corsini y, mientras hablaba, adornaba sus relatos con sus versos cantados por cifra o por milonga, en tonos mayores, tal como cantan los cantores que improvisan. Sin embargo, él leía sus versos en un arrugado cuaderno que ni tapas tenía y nos confesó que muchas veces, con la creciente, su rancho se inundaba y, por eso, él perdía sus versos cuando sus cuadernos partían aguas abajo con la correntada; pero apenas bajaban las aguas, el volvía a escribir aquellos versos perdidos.
Pantaleón era delgado, de estatura mediana, tenía el cabello blanco y rasgos criollos. Tenía voz aflautada, manos muy hábiles para la guitarra y la risa fácil. Vestía camisa arremangada, un gastado pantalón de gabardina y viejas botas de goma. Tenía por aquel entonces (setiembre de 1979) unos 75 años y había vivido su juventud, siempre en la zona de Rosario. Por eso, recordaba su vida transcurrida en medio del desarrollo ferroviario alrededor del puerto, ese puerto largo larguísimo que era la salida de nuestra riqueza agrícola. Los trabajadores del puerto y del ferrocarril que se fueron afincando en los alrededores de calle Oroño, Güemes, Alvear, etcétera. Pichincha, los comisarios, el transporte en la ciudad que crecía. Los tranvías. Los mercados. El mercado central, el del Abasto. Después, con el paso de los años, lo fue cautivando el río y, por eso, un buen día decidió cruzar y se quedó a vivir en la isla que lo recibió como un hijo más.
Cuando el asado estuvo listo, pese a su sabor salvaje no dejamos ni rastros del carpincho, lo regamos con buen vino y terminamos disfrutando anécdotas y canciones de Pantaleón, que no quería que aquella reunión se acabara: nos ofreció la isla en su canto, la ciudad con sus anécdotas para luego, por fin, resignado, aceptar que la fiesta llegara a su fin.
 Nos despidió en la costa. Apoyado en un palo del muelle, con el brazo en alto, vimos como nuestro amigo se perdía en la bruma de la tarde mientras la lancha nos alejaba.
Regresábamos en la lenta lancha río arriba. Teníamos a la vista las dos costas del Paraná, en una, la ciudad, el puerto, las barrancas: lo urbano, y en la otra: la isla con ese verde que no se acaba nunca.
Cuando amarramos, el sol ya se escondía. Dibujaba la ciudad como una mancha a contraluz e iluminaba cada vez más débilmente la otra costa. La de la isla. La del verdor primero. La de la primavera.
Pantaleón falleció en 1983.

Cine "Rose Marie"

Por Paquita Pascual

Fue un edificio más entre todos los que ya había construido. Entre Ríos 1253: diez plantas, semipisos de dos dormitorios, ambos al frente mirando al oeste.
Cuando le pregunté por qué le ponía ese nombre, me respondió: “Porque enfrente estaba el cine o ¿no te acuerdas?”. Pero yo sabía que había algo más.
En mis días de guardia, mientras esperaba a los clientes para mostrar las unidades, miraba con nostalgia el edificio de lo que hoy es el “Círculo Obrero” y se me agolpaban los recuerdos. Muchas veces alguna lagrimita humedeció mis mejillas. Veía a mi hermanito de tan sólo cuatro años jugando en las escaleras, mientras nosotras disfrutábamos de las tres películas que generalmente daban los domingos. “Violetas Imperiales” con Carmen Sevilla, Joselito, Lolita Torres, Rafael…Único nexo con la querida tierra que habíamos dejado.
En la clase de esta tarde donde se tocó el tema de la vorágine del tiempo que todo lo arrasa y todo lo… muere. Se evocó la desaparición de muchos cines que fueron deleite de nosotros niños y adolescentes Ambassador, América, Esmeralda, Sol de Mayo Radar, Gran Rex, Rose Marie… Y esto fue el disparador que me llevó, una vez más, a preguntarle a este recio empresario algo que siempre supe: “¿En quién pensabas cuando le pusiste el nombre Rose Marie al edificio de la calle Entre Ríos al 1200?”
Y esta vez su respuesta fue más amplia, no podría ser de otra manera; somos hijos de los mismos padres:
“Evoqué mi niñez y, sobre todo, a mamá que con tanto entusiasmo nos arriaba a todos al cine los domingos, previa preparación de bocadillos que saboreábamos en el intervalo. Eran tiempos de obediencia y aunque no me gustaban esas películas debía permanecer jugando en las escaleras y hacer tiempo hasta que ustedes salían”.
Esta pequeña historia me hace reflexionar. ¿Qué tan bueno es aferrarse a los recuerdos? Miramos impávidos como nos borran la vida, edificios históricos que otrora representaron nuestra esencia son abatidos por la pala demoledora de la modernidad, en muchos casos para hacer…nada.
Por suerte, la siniestra escavadora no puede extraer la memoria de aquellos sensibles que, como nosotros, gracias a Dios vivimos para contarle a nuestros nietos.

Soy "muy moderna"

Por Esther Cuperstein

Recuerdos que no se olvidan, la adolescencia, las modas y los descubrimientos...
Cada época marcó una nueva historia para relatar, recordar y divertirnos.
Anécdotas y momentos inolvidables.
Cuando éramos niños queríamos comportarnos como los mayores y, al pasar el tiempo, no nos interesaba. La vida es cambio y así hay que asumirla.
Cuando vimos llegar la tevé, era una magia, un lujo ya que el único medio masivo de comunicación era la radio.
Para escuchar música se prendía un gran combinado y se ponían discos.
Con el correr de los años, comenzó a escucharse “música moderna”. El tango y folklore eran cosas de viejos...
Comenzábamos a ver y escuchar temas modernos, algunos con letras muy simples y repetitivas de cantantes argentinos, acompañadas de ritmos muy especiales. Estaban los famosos “lentos o sueltos”, con coreografías y pasos muy divertidos.
Ya en la tele aparecieron programas donde enseñaban cómo moverse: “El Club del Clan”, “Sótano beet”. Desesperados, esperábamos para verlos.
Las revistas vendían posters con los distintos personajes y también con las canciones impresas para poder aprenderlas de memoria
Recuerdo la invitación a mi primer asalto. No entendía de qué se trataba. Una amiga un poco más grande lo organizo en la terraza de su casa. Cuando llegué me encontré con chicos y chicas, mesas con saladitos, gaseosa y música moderna. Todos los varones ya usaban pantalones largos. Solo uno vestía corto, lo que generó risas.
La costumbre de los asaltos se empezó a implementar para distintas reuniones sociales y cumpleaños. Las chicas esperábamos que nos sacaran a bailar, no queríamos planchar. Se danzaba una pieza y vuelta a sentarse a esperar. Hasta juegos muy picantes se solían armar: “la escoba”, “verdad y consecuencia”, “la botellita”, “la llave”
La ropa se modificaba comenzaban a salir los famosos vaqueros de marca, Levi’s, Lee y Wrangler. Los Farwest eran un quemo. Estaban los mini shorts, los chalecones de bremer, las botas largas charoladas.
 Los hombres, con pelo largo; y las mujeres renegábamos para tener el pelo lacio haciéndonos la famosa toca con un rulero y pinzas para que no se enrule el mismo.
Los tocadiscos empezaban a surgir. Había aparatos más pequeños, a pila o eléctricos muy originales. Estaban los nuevos casetes para grabar, que hasta hace unos años se utilizaban y eran de gran utilidad
Todo era novedad y asombro.
Ahora me pregunto: “¿Qué vendrá?”
Es que quiero seguir siendo moderna de verdad.

Homenaje a mi madre

Por Paquita Pascual

¡Qué difícil se me hace rescatar de mi atormentada niñez recuerdos felices! Pero sí, hubo un episodio en que mi nostálgica memoria invade de ternura mi alma.
En tiempos de guerra era muy difícil que a un niño se le compraran juguetes. Tampoco al niño se le hubiera ocurrido pedirlos; pero a mí me volvía loca un diábolo.
Ese dichoso juguete consistía en dos círculos de goma de distintos colores unidos por un aro de metal, una soguita muy fina y dos palitos.
Lo había visto en el recreo de mi escuela, donde unas niñas que no eran de mi grupo jugaban con el. Mi exagerada timidez me impedía pedirles que me lo prestaran. Así que mi pequeña figura se sentaba en un banquito y observaba como el taco era lanzado al espacio con un palito y con el otro lo rescataba.
Posiblemente lo había comentado en casa o la increíble intuición de mi madre lo percibió. Pero un día, al volver del colegio, mamá con esa ternura que tienen todas las madres me dijo: “Hazte la cama que no tuve tiempo de hacerla”.
No me extrañó el mandato, pues otras veces lo había hecho; pero cuál fue mi sorpresa cuando al levantar la almohada descubrí una caja rectangular. No quería abrirla, me temblaban las piernas. Sabía lo que había… Sí, allí estaba ese maravilloso juguete que tanto deseaba.
Hoy lo recuerdo y se me eriza la piel. ¿Cuantos días sin comer su pan habrá pasado mi madre? Eran épocas de racionamiento.
Ese maravilloso recuerdo me hace pensar que sin pan puedes vivir, pero no sin amor; y ¡yo fui criada con mucho amor!

Mamá

Por María Rosa Fraerman

Estás ahí, silenciosa y explosiva, atenta, algunas veces distante, como recordando tiempos, esos en que solo vos tomabas las decisiones.
Siempre fui la nena, tu nena, nunca me llamaste por mi nombre. Pobrecita la nena. Que caprichosa es la nena ¡La nena más buena! y hoy, decís que soy la nena más loca.
Me sobreprotegiste tanto que no me dejabas crecer: “No laves los platos, el Pul Oil te va a arruinar la manos. Dejá, los lavo yo, vos anda a jugar”. Nunca me pegaste ni un chirlo y eso que me lo merecía, por contestadora y callejera.
Jamás escuché una queja tuya, aceptaste con humildad la realidad que te toco vivir.
Mamá, ¿te acordás cuando a fines de de década de los cincuenta íbamos a comprar hielo para la heladera al Frigorífico La Florida? Yo quería que me llevaras a upa y tú caminabas más de cinco cuadras dándome el gusto, eran mis primeros caprichitos.
Cómo disfrutaba de las noches de verano tarde en la madrugada en la puerta de casa, espantando los mosquitos con una rama de paraíso hasta que me quedaba dormida, acurrucando mi cabeza en tu hombro.
El ventilador mucho no lo podíamos usar, decías que me iba a resfriar: “Mejor te apantallás con este cartón”.
Cuántas noches de invierno te despertaste para taparme, las veces que me llevabas el desayuno a la cama, me decías: “Dormí un poquito mas que es temprano”; aunque eran las diez de la mañana.
“¡Bajá de esa bicicleta que te vas a caer!”
“No vayas al rio, ¿a ver si te ahogas…?”
“Abrígate que te vas a resfriar”.
“Toma la leche que vas a tener hambre”.
“No estudies tanto, te vas a cansar…”
Mamá déjame crecer me vas a asfixiar.
Ya pasaron casi 60 años y seguís protegiéndome igual que cuando era una niña.
Hoy, con tus noventa y dos años, es un milagro, cuando cada mañana al despertar me decís:
Buen día nena.

Buen día mamá.

martes, 28 de octubre de 2014

Mami... mamita... mamá

Carmen G.

Por circunstancias de la vida mi madre, hija de dos andaluces natos, nació en Brasil. Mis queridos abuelos, dejando atrás la crisis de fin del siglo XIX en España, pensaron en cambiar de continente y, como la mayoría, apuntaron hacia América y anclaron en los cafetales. Tres hijos más les nacieron allí, todos varones, entre ellos María Julia, mi mamá, que era la menor.
Pasados algunos años, las cosas parecían pintar un poco mejor en Argentina y hacia aquí vinieron y se instalaron por el resto de sus vidas.
Su bello rostro ovalado, enmarcado por una cabellera lacia, negra y muy brillante, a la que ella ondulaba con unas planchitas, porque era la moda de esa época, contrastando con su piel blanca y fina, la frente despejada dejando ver sus grandes ojos oscuros, una nariz pequeña y, como epílogo de su cara, una boca dibujada, roja que dejaba ver una sonrisa de perla blancas y muy parejas. De mediana estatura, “rellenita”, ocurrente y alegre. Así, veía yo a mi madre ¡bella!, tan bella como la fotografía que justo ahora está frente a mí, donde se la ve feliz, con sus primeros y únicos 25 años.
Siempre me inquietó la idea de casi no tener recuerdos de mi infancia a su lado. Tal vez, porque vivíamos con la Ita y sus hermanos varones, solteros todavía, le daban mucho trabajo y mi madre siempre trató de ayudarla para aliviarle esta situación. Tal vez, porque a los cuatro añitos yo ya estaba escolarizada y se dio la llegada de Norberto, mi hermanito. Tal vez, nunca me convencieron mucho las razones que encontraba. Lo cierto es que casi no recuerdo sus mimos, sus caricias, juegos compartidos, alguna nana cantada para mí. Siempre, en esta búsqueda, la figura de mi padre sale al paso. En los inviernos de gripe o anginas o de sarampión, él era quien me acompañaba al regreso de su trabajo, siempre con libritos de cuentos de regalo, el regalo de sus lecturas, pinturitas, cuentos para colorear. Ella era la que me brindaba los cuidados: el odioso té con limón y aspirinas adentro o el jugo de naranja con los mismos atributos. Durante años, jamás pude disfrutar de un rico té y o un buen jugo de naranjas, porque ese recuerdo no me lo permitía. Alguna vez estuvo internada, por “los nervios” me dijeron y ahí quedó todo.
Cuando nos mudamos de barrio “toda la familia”, yo comenzaba mi secundaria. Aquí si la recuerdo ocupada y preocupada porque yo estudiara, como me decía “por lo menos terminá la secundaria”. Ella había estudiado en el Colegio “La Santa Unión” un curso de manualidades. Recuerdo las amorosas cortinas con visillos, todas al crochet, toallas, manteles, colchas interminables, blancas, con hilo macramé, hechas por sus manos. Conservo una, muy bella, que no puedo usar, porque uno de sus extremos comenzó a desarmarse y nunca encontré a alguien que pudiera repararla. Y no que el hilo… y el punto…
Una tarde de verano, mientras se bañaba, descubrió algo en su axila izquierda. Una hora más tarde estábamos en su médico, pero la premura no sirvió de nada. Primero una pequeña cirugía, después otra muy importante e invasiva. El lapso: dos años y entonces todo estaría bien. Pero antes de ese tiempo comenzó el final. Ella 43 y yo con l4 para l5. Tal vez no podía entenderlo, no sé. Si sé, ahora, a lo lejos, que me negaba a aceptarlo, a pesar de ver sus retrocesos que cada vez me asustaban más y el único escudo de defensa que encontré fue atacarla, desde esa adolescencia aterrada y enfurecida, diciéndole que no creía en su enfermedad.
 Pasó, a pesar de mi empecinada resistencia, pasó.
 No pude acompañarla. No quise ver esa realidad. Llegué, detrás de todos hasta la puerta de mi casa, ese 7 de junio, un bello día de otoño que perdurará por siempre en mis retinas. El tibio sol del atardecer se sentó en el umbral a mi lado y, cuando se perdieron de vista, pensé en un viaje.
Si todo esto era apenas por un tiempo.

 En una noche clara y estrellada, ya en la primavera de ese año, yo dormía en mi habitación. De pronto, siento que a mis espaldas, alguien me arrebata la manta que me cubría y un frío intenso me recorre y sobresalta, al tiempo que escucho una voz casi celestial, la voz de un hombre que con dulzura y mucha convicción dice: “Todos tenemos un ángel guardián que nos protege y acompaña”. En ese instante siento que alguien, amorosamente me cobija, giro la cabeza pensando en uno de mis abuelos, pero no fue así. Al lado de mi cama, la silueta de mamá, mami, mamita, con los brazos como recogidos en el pecho, sin rostro, blanca, luminosa estaba allí, a mi lado. ¡Tremendo susto!, manoteé la luz y grité. Vinieron mis abuelos y ya no la volví a ver.
 De estos sucesos pasaron más de 50 años. Al tiempo, cuando los abuelos se fueron, revisando historias, me encontré con esta foto de ella, que tiene la particularidad de que aunque la cambie de lugar, cuando la miro siempre encuentro su mirada, acompañada de su sonrisa, viéndome. Yo tuve que vivir sin la presencia de mi madre, pero hasta ahora, hasta este mismo instante, siento su compañía.

Destierro (*)

Por Paquita Pascual
                  
Tú eres lo que me queda
desde que abrí a la luz
sin comprenderte

Yo dormía en tus brazos
envuelta en aromas de verbena
yo jugaba segura con tu nieve
y en el verano en tu columpio
me hamacaba.

Yo vivía feliz en mi inocencia
en tus alas invisibles me acunaba
con un soplo glacial me conducías.

Y luego el horror, el espanto
el estruendo triste salpico de sangre
mi carne joven.

Caminé por la guerra de tu mano
pero ni el odio ni la barbarie
dejarán que no te quiera

¡Oh madre! ¡Oh compañera!
Vivirás conmigo en el destierro
Pero jamás olvidarte pueda.
           

(*) Escrito en homenaje al “Día de la República”, que se celebra el 14 de abril.