jueves, 11 de octubre de 2018

¡Todo cambia!


Liliana Galli

A comienzos de 2017 retornamos a nuestras raíces,
Asumimos cambios, nada sigue igual, nos seguimos moviendo, experimentando, ha sido un año muy rico, con vivencias multicolores, enriquecedoras y siempre me sorprendo con cada paso que doy.
Mi vida desde niña ha sido en casas hasta este año, siempre con vecinos increíbles, con quienes logramos entablar amistades muy profundas, como si fueran familia. Pasan los años y seguimos en contacto.
Ahora, por primera vez, estoy viviendo en un edificio. ¡Toda una novedad! Son apartamentos monoambientes y de un dormitorio, donde predomina gente joven, fundamentalmente estudiantes. Los únicos viejitos somos nosotros. ¡Y estamos en una época que existen los WhatsApps! Por lo tanto, no puede faltar el WhatsApp del edificio. Este tiene sus ventajas y desventajas. Por suerte, no existe ningún tipo de reenvíos y solo se tratan temas referentes a la convivencia dentro del mismo.
Los temas tratados son muy variados: “Hoy encontramos pupú de perro dentro del ascensor, de acuerdo al estudio fotográfico del mismo, nos hace llegar a la conclusión se trata de un perrito pequeño”. El tema termina siendo detectivesco. Hay que saber quién es el dueño Por supuesto, nadie es y siempre sale el más pendejo a limpiarlo
Así siguen los días con distintos temas. Tales como: “Encontramos un moco o un chicle o una escupida, pegado en el espejo del ascensor”, “dejaron la puerta del frente abierta”, “se trancó la de Blindex”. En fin, los mensajes tienen casi siempre la misma tónica.
A pesar de esta temática aparece la contrapartida y la solidaridad se hace presente. “¿Quién necesita un colchón? lo voy a regalar”, “¿a quién le sirve un televisor, unas cornetas, un teclado? los regalo”. “Necesito una pinza”, “¿quién tiene un destornillador, un inflador de bicicleta, una sierra?”. “¿Alguien conoce quien instale aires?”. “¿Qué servicio de internet funciona mejor?”. “¿Cómo hago para instalar un lavarropas?”. “¿Quién tiene un cargador de celu, ¡el mío lo deje en lo de mi viejo!”.
“¿Quién tiene una balancita para pesar una torta?”. “¿Alguien puede ayudarme a subir una cuna?”. “Invité a almorzar a mi novio y solo tengo un cuchillo, ¿quién me presta uno por un ratito? “¿Tengo visitas y solo cuatro sillas, alguien tiene un par de banquitos que me preste por hoy. A las 10 pm?”. “¿Quién puede socorrerme?”, “invité amigos a comer pastas y se me olvido comprar el pan”. “Estoy antojada de torta de chocolate y me faltan tres huevos, ¿quién me presta, hasta que abran el súper, por fa?”. “¿Quién sabe pasar a la computadora una información de un pent drive?” “¿Quién me puede buscar una leche del bebé que dejé en el ascensor y llevársela a mi hermana?”. O a las 23, “¿quién tiene un pisa papa?”. Por supuesto, siempre aparece la mano solidaria, alguien sale a ayudar al necesitado. ¡Parece la vecindad del Chavo!
En una oportunidad, alguien notifica: “Por favor, si prenden el ventilador del ascensor, apáguenlo!”. Y, allí, surge toda una conversación. “¿Para qué lo prendieron?” Pues olía feo y salta otra, con voz asustada y pregunta: “¿A qué olía? No estoy en mi casa y me asusto”. Le responden: “¡Olía a peo!”. Ah, bueno; y, así, siguieron un buen rato con ese tema, parte en chiste parte en serio.
Más tarde el del sexto piso lanza la siguiente pregunta: “¿Quién vive en el 7 D?” No responde nadie y el del sexto acota: “¡Se me voló la cortina y me quedo enganchadísima!. Creo si trato desde el 8 puedo solucionarlo!”.
Hace unos días un muchacho puso: “Necesito por dos minutos a un hombre del edificio”. ¿Para qué un hombre? Bueno. Se develó el misterio: tenía dos sillas apiladas en la entrada del edificio y necesitaba ayuda para llevarlas al carro que lo tenía en la esquina. Allí mismo salió el Chapulín Colorado, alias el Rubencito, mi maridito, y le dio una mano.
Otro día surge una pregunta insólita: “¿Quién me puede prestar un baño un momentito?”. “¿Qué?. Tengo obreros trabajando en el mío.
Es interesante descubrir a través de WhatsApp la personalidad de los distintos integrantes del edificio. La verdad es fascinante, están los colgados, los que se enguerrinchan fácil, los que se creen conquistan el mundo y piensan liderar al grupo, los antiparabólicos, los tildados y finalmente los desocupados; y, de acuerdo a las distintas horas, encuentran un tema al que le dan vueltas y vueltas. Al fin, terminan apareciendo ciento veinte mensajes diciendo lo mismo de distintas maneras, porque la cuestión es opinar. Parece como si fuera un ovillo enroscado que no logra desenredarse, es como una maraña de opiniones vacías e inconclusas, y llega un punto que ni siquiera entienden lo que quiso decir el otro, y salen con una patada.
Allí, aparecen los que llegaron cansados y descargan con discusiones tontas, para luego terminar diciendo que “somos un grupo genial”. “¡Jejeje, nos queremos mucho!”. “¡Somos una gran familia!”. Jejeje, definitivamente es una nueva experiencia de convivencia. Seguimos aprendiendo,,,,,
Reconozco que en algunas oportunidades las discusiones se tornan tan intensas y sin sentido, lo que provoca salir corriendo. Muchos pueden pensar: “Apaga el celular. “. Mas tengo familia y amigos fuera, y es mi forma de estar conectados.
Por suerte aprendí una manera diferente de hacer callar al whatsapps del edificio, no se trata de ponerlo en silencio, ni apagarlo. Simplemente, cuando la situación se pone espesa, decido, usar el micrófono de manera contundente. ¡Lo puse a prueba un par de veces y funciono! Se cambió la tónica general.
Tengo días observando existen algunos personajes que son el detonante, el disparador de un ida y vuelta de no parar. Cuando esto sucede, comienzo a sentir dentro de mí una cosquilleo que va creciendo, las burbujas van juntando presión y ellas me hablan y me dicen: “¡Liliana, quédate quieta!, no hables, simplemente observa, detalla cómo se desarrollan los acontecimientos”. Mas, sin embargo, estas burbujas se vuelven locas… siguen su curso hacia arriba cada vez con mayor fuerza…me siento como si fuera una pava a punto de ebullición y la tapa comienza a brincar queriendo desbordarse. ¡Y es precisamente allí!, en ese instante, donde mi dedo se apodera del micrófono del WhatsApp, pidiendo disculpas, con tono diplomático, golpeadito, moderado, pero contundente zumbo cuatro cosas y, zazzzzz, se produce el silencio total, nadie más se anima a responder... ni opinar. ¡Bingo! Se estaba desvirtuando el sentido del grupo y la gente decidía retirarse, hacía falta ponerle el cascabel al gato y evitar un desmembramiento grupal. La verdad es que bien usado es práctico y se logran muchas soluciones.
A medida nos vamos conociendo, se va transformando también la tónica del grupo, sabemos con quién podemos contar para determinadas cosas y nos comunicamos de manera personal para los tópicos específicos. De esa manera descongestionamos el whatsapp grupal. Es cómico, a quien más recurren cuando necesitan algo, es a esta viejita loca que los pone en vereda cuando se apodera de un micrófono.

2 comentarios:

  1. El modernismo te ha copado y te luces con un relato actual y risueño.
    Muy bueno Liliana.

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