jueves, 7 de noviembre de 2024

San Nicolás

 Alejandra Furiasse

 

San Nicolás.

Somisa.

Mi niñez.

Papá trabajaba en Somisa, una empresa metalúrgica radicada en la ciudad de San Nicolás, a setenta kilómetros de la ciudad de Rosario.

Fue supervisor del área de planeamiento a partir de mil novecientos sesenta y dos y además de realizar esa tarea diaria con el esfuerzo del viaje en el colectivo Tirsa, que lo pasaba a buscar a seis cuadras de casa por la parada de colectivos de Perú y Avenida Mendoza, justo donde también había un tradicional puesto de diarios, tenía un trayecto de dos horas de ida y dos horas de vuelta más las ocho horas laborales. Muchos años compartidos en un principio con compañeros, que terminaron siendo amigos y extensivamente familias amigas.

Teníamos un Fiat mil quinientos colores crema y con él nos trasladábamos para las reuniones de los fines de semana a las que podíamos ir.

No era tan sencillo.

Mi familia de origen. Mi mamá Mary, mi papá Roberto y mis hermanas Carina y Melina, quienes nacieron después de casi todo el embarazo con reposo, ya que mamá estuvo siete veces embarazada y solo nacimos cuatro. Fabián falleció a los cincuenta y seis días aparentemente por mala praxis. Es un tema que intenté conversarlo con mamá en tres oportunidades y nunca pudimos terminarlo para saber realmente qué había sucedido.

Recuerdo la voz de mi papá diciendo, llegando a San Nicolás: “Ese es el hotel Colonial es muy lujoso y señalaba con la mano mientras el auto seguía su recorrido”.

Y mi mirada, cada vez que pasábamos por ahí, quedaba quizás fantaseando que nuestro Fiat mil quinientos podría algún día entrar por ese portón de rejas negras y alojarnos allí.

El tiempo pasó.

Eneros y febreros.

Septiembres y diciembres.

Vacaciones de veranos y de inviernos. Lecciones y exámenes.

Caminatas.

Y decisiones.

Y hoy estoy dentro de ese gran hotel Colonial, pisando este césped suave que me acaricia los pies, tomando unos matecitos bajo estos pinos enormes mientras escucho el bello sonido de los pájaros.

Unir el pasado con el presente y es ahí donde todo tiene un sentido más profundo.

No sabía que tenía guardado este deseo dentro de mí hasta el instante mismo en que estuve ahí y entonces pude verme niña y pequeña queriendo, deseando ser la mujer que soy, y estar donde estoy .

Instantes mágicos.

El afuera seguía prácticamente igual.

Los colores del atardecer en ese cielo abierto, apacible y pleno.

El canto de todos los pájaros.

Dentro mío sentí un torbellino de emociones, sin entender en forma inmediata se me humedecieron los ojos y cuando sentí una lágrima en mi rostro ahí si pude ver con otros ojos. Mis ojos de niña. Mis ojos de mujer.

Me pregunto: ¿cuántos sueños tendré guardados?

Y sonrío al pensarlo.

Cierro los ojos.

Y me digo: “A continuar camino para seguir descubriéndome”.

lunes, 4 de noviembre de 2024

Verano del 84

Raquel Arroyo

 

 

Verano del 84. Creo que eran los primeros días de marzo. Faltaba muy poco para que empiecen las clases y con mi hermana decidimos llevar a nuestros hijos a dar un paseo en tren, ya que nunca lo habían hecho. Necesitábamos que el viaje fuera corto, para que no se les hiciera muy cansador. Iríamos a San Nicolás, al balneario municipal. Nos habían dicho que había una pileta, playa y camping donde podríamos comer y pasar el día con los chicos; y a la tarde regresar en el tren.

 Nos levantamos bien temprano y preparamos los bolsos. No llevaríamos muchas cosas. Solo unas toallas y una muda de ropa interior para cada uno de los niños. Una bolsa enorme de facturas y las palitas y baldecitos para que jueguen en la arena de esa playa que nunca conocimos. La comida la íbamos a comprar allá, porque con el intenso calor que hacía no nos podíamos arriesgar a llevar nada que pudiera echarse a perder. La idea era hacer unas hamburguesas en los parrilleros del camping, al que nunca llegamos…

 Y así nos fuimos aquella mañana calurosa y húmeda hacia la Estación Rosario Norte, una hermana, dos sobrinas, dos hijas y dos hijos. Seis niños entre tres y nueve años. Dos madres jóvenes, dispuestas a pasar un fantástico día de camping. Los chicos llevaban sus mallitas de baño y arriba shortcito y musculosa. Algunos calzaban ojotas y otros sandalias de plástico tipo Skippy. Tenían una alegría tan grande como si fueran a ir a Disneyworld. La aventura no era solamente el destino, sino también el viaje. Creo que pensaban que íbamos a subir a algo así como un tren supersónico, de esos que veían en los dibujitos. Cuando por fin llegamos a la estación se encontraron con algo muy distinto de lo que imaginaban, pero ni siquiera se notó una mueca de desilusión en ninguno de los seis. Se acomodaron en sus asientos, cada uno con su bolsito y su sonrisa. Por suerte, el viaje iba a ser corto y no iban a perder el entusiasmo. Aunque el tren era “el lechero” no tardaríamos más de dos horas.

 Sofocamos algunas revueltas para poder solucionar los inconvenientes que surgían de la disputa por la ventanilla, y el viaje transcurría maravilloso. Hasta que...

 Pasó el guarda pidiendo los boletos. Se los entregamos.

¿Van hasta San Nicolás nomás, chicas?

Sí- contestamos a dúo mi hermana y yo.

Por si les interesa les digo que, si alguna vez quieren viajar a Buenos Aires por poca plata, pueden hablar conmigo- nos dijo al tiempo que nos guiñaba un ojo, con una complicidad a la que éramos totalmente ajenas.

No entiendo- le dije.

Claro, ustedes me tiran unos pesos y yo las llevo hasta Retiro sin pasaje. Después pueden volverse también por unos pocos pesos. Todo es cuestión de conversarlo y ponernos de acuerdo.

Nos picó el boleto y se fue... Con mi hermana nos miramos.

¿Nos está hablando de una coima? ¿De viajar sin pasaje?- dijo mi hermana.

Creo que sí- le respondí.

Faltaba poco para llegar a San Nicolás, y me estaba gustando la idea de ir hasta Retiro.

No está tan mal la idea- pensé en voz alta.

¿Qué idea?- dijo mi hermana, mientras se secaba las manos que le transpiraban y era la señal indiscutible de que estaba entrando en pánico.

¿Querés que sigamos hasta Retiro?- le dije.

Es una locura. ¿Y si pasa el inspector? ¿Y si nos bajan del tren con todos los chicos?- decía mi hermana nerviosa, pero con un dejo de convencimiento.

 El tren aminoró la marcha hasta detenerse. “¡San Nicolás!”, se oyó el grito que no sé si venía del andén o del vagón contiguo. Mi hermana amagó levantarse y los chicos la imitaron.

“Esperá –le dije-– pensemos...”.

 Mientras el tren estaba parado nos pusimos de acuerdo, contamos la plata que teníamos para ofrecerle al guarda y entramos definitivamente en el mundo de la corrupción. Ya éramos parte de un cohecho, que quizás haya sido una de las razones de la pérdida que significaba al estado los Ferrocarriles Argentinos, y que luego terminara con su desaparición definitiva e irreversible. Todo por nosotras. Por mi hermana y por mí...

 La campana de la estación anunciaba la partida, el tren seguiría su derrotero y, arriba de él, dos jóvenes madres y seis niños inocentes ya eran parte del déficit de los ferrocarriles y quizás los artífices primigenios de la desaparición del sistema ferroviario. Igualmente, les contamos entusiasmadas a los chicos que íbamos a Buenos Aires. La alegría era inmensa.

 Ya nos habíamos relajado y estábamos disfrutando el viaje. Creo que estaríamos a la altura de San Pedro cuando vemos entrar en el vagón al guarda corrupto.

¿Qué hacen acá? ¿No bajaron en San Nicolás? – nos preguntó espantado.

No, decidimos aceptar su propuesta y seguir hasta Retiro- le dije con la mejor de mis sonrisas.

El guarda se agarró la cabeza y dijo: “¡No! ¡Hoy no! Hoy yo no vuelvo en este tren. Ahora me tienen que dar el dinero para seguir hasta Retiro y después para volver espero que tengan plata para comprar los pasajes. Yo les tiré la propuesta, pero no para hoy, sino para otra oportunidad. Esto se habla, se organiza... ¿Cuánto tienen para darme?"

Estábamos a punto de llorar. Mi hermana contó la plata y le dijo...

Y acá tengo que hacer un alto en el relato porque no puedo decir cuanto dinero era. No tengo la menor idea. Creería que eran australes, pero no sé cuantos. No puedo transpolar el dinero de aquellos tiempos al día de hoy. Continúo... Mi hermana le dio los billetes y el guarda los metió en el bolsillo superior de su chaqueta azul grisácea.

Señor, no tenemos para los pasajes de vuelta- le dijo mi hermana, mientras se secaba el sudor de las manos con una toalla que había sacado del bolso.

Déjenme ver qué puedo hacer- y se fue.

Los chicos cantaban, contaban chistes y se reían, ajenos a todo. Los más chiquitos se hicieron una siesta acostados en los duros asientos de madera.

El guarda no volvía y estábamos entrando en un estado de desesperación. No sacábamos la vista de la puerta del vagón. Hasta que por fin regresó y dijo: “Vamos a hacer una cosa. ¿Pueden juntar X pesos? Si es así yo hablo con el vendedor de Coca-Cola, que sí va a volver en este tren a Rosario y él las va a poner en contacto con el guarda que va a quedar en mi lugar”.

 Mi hermana abrió la billetera, que tenía todo nuestro capital, y le dijo que sí, que podía juntar ese dinero. Yo confié en ella. El guarda le dijo que conserve esa plata para la vuelta; y que él nos pondría en contacto con el vendedor ambulante (“el cocacolero”, como le empezamos a llamar nosotras). Y nos dio las indicaciones: “El tren llega a las 15 horas a Retiro y sale de vuelta para Rosario a las 17. A esa hora ustedes tienen que estar en la estación y ponerse en contacto con el vendedor de Coca Cola, él las contactará con el guarda. Recuerden estar a esa hora y con la plata. Son unas inconscientes", explicó, mientras se iba sacudiendo la cabeza.

Me dieron ganas de decirle: “Y usted es un corrupto”. Pero recordé que estábamos en sus manos y lejos de casa. Y con seis niños…

Seguimos viaje, los chicos estaban cansados. Comieron la bolsa enorme de facturas, pero igual tenían hambre. Estaban transpirados, y sucios por la tierra que entraba por las ventanillas. Los dos primitos de tres años querían dormir, el de seis preguntaba cuando llegábamos, las dos primas de ocho se peleaban y la más grande, de nueve años, creo que sospechaba que eso era una locura. Llegamos a Retiro, y a la mejor manera de Paloma Suárez (aquel entrañable personaje de la tele), miramos para arriba, los ocho, agarrados de las manos, fascinados por el imponente techo de la estación y temerosos por la marea de gente que parecía que nos arrastraba. Lamentamos no haber llevado una soga para mantener a los chicos a salvo. Tuvimos miedo de perder alguno. Fuimos al baño a lavar sus caras y manos para que estuvieran más presentables. Miramos la hora: las 15.20. Buscamos un teléfono público para hablar con nuestra madre y contarles que estábamos en Retiro. Mi mamá no lo podía creer, nos retó. “Son unas inconscientes”, nos dijo. Cortamos enseguida, porque los cospeles eran caros. Nos sentamos en un banco y, mientras mi hermana hacía los cálculos de la plata que teníamos, yo controlaba a los chicos. Ella sacó la cuenta, separó la parte del guarda. Y con lo que sobraba calculamos que podíamos comprar algunas facturas, gaseosas y llevarlos a dar unas vueltas a los juegos del Italpark. Creíamos que estaba cerca. Y allá fuimos.

 El dinero y el tiempo solo alcanzaron para una vuelta a cada uno en un juego. Los chiquitos lloraban. Habrán pensado que si eso era Disneyworld no estaba tan bueno... Corrimos a comprar unas facturas y volvimos a la estación. Faltaba poco para las cinco...

 Llegamos corriendo, con los chicos prácticamente a la rastra. Teníamos que llegar al tren, pero... No contamos con algo. Necesitábamos los pasajes que no teníamos para pasar el molinete. Y ahí estábamos, con nuestros hijos, paradas ante un molinete aterrador, esperando que un vendedor ambulante nos buscara y nos encontrara, sin conocernos en una estación atiborrada de gente, en horario pico, en la ciudad más grande del país... Y el milagro ocurrió, y un joven bajito y morocho, con una chaquetilla blanca y sucia vino a nuestro encuentro. Creo que nos encontró gracias a las referencias del guarda: “dos inconscientes con seis menores” le habrá dicho. Nos hizo saltar el molinete. Los chiquitos pasaban por abajo. Las nenas más grandes y nosotras por arriba.

“¡Corran que ya sale!”, gritaba el cocacolero. Y nosotras, con los más chiquitos en brazos y los otros agarrados de nuestra ropa, lo seguíamos, como buscando al vellocino de oro. Subimos al tren. Los más chiquitos estaban divertidos. Los más grandes dudaban...

 El tren estaba colmado de gente, conseguimos dos asientos, y ahí acomodamos a algunos de los chicos. Otros se sentaron en el suelo, a la par de esas personas con caras fastidiadas, que salían de sus trabajos y a la que todavía le quedaba un largo trecho para llegar a sus casas. A medida que el tren paraba en las estaciones, se iba bajando gente, y el aire se hacía más respirable. Cada tanto se abría la puerta del vagón y aparecía el cocacolero, con una especie de cajón que colgaba con una correa de su cuello. Ese cajón tenía divisiones y en cada una había una botellita de Coca. Cada vez que pasaba nos decía que ya iba a pasar el guarda para hablar con nosotras. Y nos vendía una Coca. Al cocacolero le gustaba mi hermana, le hablaba sólo a ella y a mí me ignoraba. Y le cobraba más barata la botellita. Viendo el poco dinero que nos quedaba asumimos la táctica de que comprara siempre ella.

 Los chicos se durmieron. Eran casi las diez de la noche, cuando apareció el cocacolero, seguido por el guarda. Nos señaló y el hombre alto de la chaqueta azul grisácea me hizo una seña con la cabeza en un inequívoco gesto de que lo tenía que seguir. Mi hermana me pasó el dinero que tenía reservado y lo seguí al hombre alto hasta el fuelle donde se unen los vagones. Me sentía una actriz de “Contacto en Francia” o una espía tramando con un contraespía, vaya a saber qué asunto. El ruido monótono y constante de los durmientes no me permitía escuchar lo que me estaba diciendo.

¿Sabés cuánto me tenés que dar?- gritó irritado.

Sí, señor- le dije mientras le extendía el rollito de billetes húmedos del sudor de las manos de mi hermana.

 Sin contarlo, lo puso en el bolsillo superior de su chaqueta. Me miró con su cara de bulldog y me hizo seña de que regrese. No me animé ni a darle las gracias. Cuando me di vuelta escuché que decía: “Qué inconsciente”. Era la tercera vez en el día que me lo decían... Al llegar a nuestro asiento vi que el vendedor seguía hablando con mi hermana y, conociéndola como la conozco, sé que no habrá escuchado una sola palabra de lo que le dijo. Su mente estaría pensando en mi misión en la pasarela del tren.

 Ya no había más plata. Por suerte los chicos se durmieron, así no tendrían sed ni hambre. Por fin llegamos a Rosario. En la estación nuestro padre estaba esperándonos, como siempre. Llegamos a casa y nuestra madre, como siempre, nos recibió con su comida abundante y amorosa, que los chicos devoraron a la vez que contaban su inolvidable experiencia, hablando los seis al mismo tiempo. Estaban cansados y felices de la aventura que habían vivido con estas dos inconscientes. Y que nunca olvidaron.[1]

 

 

 

 

 



[1] Hoy, cuarenta años después, mientras escribo esto me pregunto si estuvimos mal en lo que hicimos y siento un poco de culpa. Por eso le mando un mensaje a mi hija mayor, a la de nueve años de aquellos tiempos y le pregunto qué recuerda de aquel viaje. Y su respuesta es que estuvo alucinante, que recuerda al vendedor que gustaba de su tía y las milanesas de su abuela cuando llegamos. Estoy más tranquila. No necesito terapia, al menos por este tema.

  

El zaguán

María Cristina Piñol


Desde lo arquitectónico, el zaguán es un espacio situado detrás de la puerta principal de una casa y a través del cual se accede por otra puerta llamada “cancel” al interior de la misma. Es típico de la arquitectura española y heredada de los árabes que habitaron Andalucía. Las paredes solían estar cubiertas de mayólicas o de algún otro revestimiento azulejado que formaba figuras, algunas de jarrones con flores, otras con guardas y los pisos de mosaicos de granito dispuestos en damero. En Rosario tenemos muchas casas que aún lo conservan; pero, claro, el mundo no es el mismo y las costumbres y las sociedades cambiaron.

En otros tiempos, la puerta principal de la casa, la que daba a la calle, era muy alta y de doble hoja, de madera tallada o bien de hierro forjado y vidriada. Por la mañana temprano, cuando los habitantes de la casa salían a trabajar, la puerta principal se abría de par en par dejando libre el acceso al zaguán y recién se la cerraba por la noche. ¿Impensado en la actualidad no? Si bien su principal función era la de “recibidor” de quienes venían de visita, lo cierto es que sus paredes albergaban algunas historias.

Era muy común, por ejemplo, dejar los sifones y botellas de leche vacías y el sodero y el lechero las retiraban y ponían a cambio las llenas. También el diariero dejaba diarios y revistas, o el cartero la correspondencia y sin necesidad de que nadie de la casa saliese a atenderlos; es más, hasta ponían el dinero de la compra debajo de los envases y los proveedores hacían lo propio con el vuelto.

Por las tardes, cuando los vecinos salían a la vereda, si aún había sol, el primer sitio donde se sentaban era en el zaguán hasta que atardeciera.

Fueron los lugares preferidos por nosotros, los niños, para jugar a las escondidas, o para ocultar las “figuritas difíciles” del álbum que no queríamos que nadie supiera que las teníamos; a veces, las nenas guardábamos por un rato las muñecas cuando decidíamos dejarlas para jugar por ejemplo “al patrón de la vereda “o a la “rayuela” y los nenes hacían lo mismo con las pelotas, las bolitas o las pistolas.

Las dueñas y amas de los zaguanes, sin ninguna duda, eran las “señoras” de la cuadra. Ellas cada tanto y a ciertas horas se “plantaban” paraditas en el umbral, a veces con una escoba entre las manos, solo para disimular, con aire un tanto distraído, mirando presuntamente a la nada, pero sin perder detalle de quien salía de una casa, o de quien entraba, en que horario, quienes corrían los visillos de las ventanas, o quienes cerraban las persianas, en concreto, recopilando datos para después comentar con la vecina que hacía exactamente lo mismo que ella pero en otros momentos y sacar entre ambas sus propias conclusiones. Y, sí, eran las almas del barrio, cazadoras de noticias, autoras de libretos orales de grandes novelas, creadoras de romances y detectives de infidelidades. ¡Los programas de “chismes” actuales no les llegan ni a los tobillos a aquellas señoras!

También fueron protagonistas de momentos tristes. Hasta fines de los 60 los velatorios se hacían en las casas, y los zaguanes se vestían de luto, con algunos crespones negros, coronas y el “importante” tarjetero, algo así como una lámpara de pie de bronce o de metal plateado y labrado, que en la parte superior tenía una especie de bandeja donde cada concurrente dejaba una tarjeta con su nombre para que se recuerde que había concurrido. Esas tarjetas eran cuidadosamente guardadas.

Los zaguanes eran también el refugio obligado de algunos romances aún no “oficializados”, cuando la jovencita de la casa tenía “permiso” para que la visite ese chico “que le arrastraba el ala” o que era “su filito”, lo que hoy llamaríamos “el amigo cariñoso” o “el amigo con derecho a roce”. Esos “amigos” solo tenían acceso al zaguán, hasta ahí podían llegar y, seguramente, eran “vigilados” de algún modo desde el interior de la casa. Una vez aceptado el romance por la familia, pasaban a “la sala” que era lo que hoy llamamos living, a la que se accedía por una puerta lateral que estaba en el mismo zaguán. Pero… jamás se los dejaba solos, siempre se sentaba con los novios un hermano o hermana menor o alguna sobrina, como fue mi caso, que fui la mayor de las nietas y siendo todas mis tías solteras aún, los abuelos me mandaban indefectiblemente a charlar a la sala con los noviecitos.

Y así los recuerdo, como protagonistas mudos de secretos guardados, de chismes, de besos robados, de pasos cansados, de risas de niños, de escondites mágicos. Todo rincón, por simple e imperceptible que nos parezca, guarda pequeñas y grandes historias. 

martes, 29 de octubre de 2024

Lluvia

 Susana Dal Pastro

 

“Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado”.

J. L. Borges

 

Al fin la tan esperada lluvia. Hoy es un 12 de octubre muy particular. No podemos vernos como habíamos programado. Surgen los mensajes en celular. El “encuentro” comienza, como siempre, con los chismes y las confesiones.

Perdón. Interrumpo la charla por un ratito, porque me avisa una vecina que su gato está en mi terraza; últimamente el blanquito me visita muy seguido, pero anoche cometió una travesura grande: no volvió a dormir y la dueña estaba desesperada. Entre las dos lo llamamos y lo rescatamos del techo, asustado y mojado. La vecina lo abraza y lo reta con tanto cariño que emociona. Trato de explicarle que el gato no se portó mal; solo quiere hacer vida de gato y las escapadas nocturnas son parte de su existencia. Abrazados se van los dos. Hasta la próxima, pienso.

Mi amiga Ale nos cuenta que ayer visitó una exposición de autos clásicos en Buenos Aires y muestra una foto. “En alguno de esos autos todos hemos viajado apretados y contentos alguna vez”, nos dice sonriente. “¿Se acuerdan del asiento delantero? Era entero y, a veces, hasta cuatro podíamos acomodarnos sin molestar al conductor, aún con bolsos, abrigos, equipo de mate”.

 El comentario me lleva a una página de la memoria: el cero kilómetro.

Ya habíamos saldado las deudas de la casa propia y ante la tan esperada noticia de que, al fin, seríamos padres, surgió la idea del auto propio. Qué mejor regalo para los tres.

En el 128 blanco fuimos a todos los controles del obstetra y aquel 17 de diciembre sería el último como gestantes. El médico me encontró muy bien y, como cada mes después del control, celebramos con pizza y cerveza negra en una de las famosas pizzerías de la zona. Ese día también estaba mi mamá ya que más tarde nos esperaba el Concierto de Navidad en el Perpetuo Socorro.

La iglesia estaba colmada de gente. Qué lindo tener cerca a Cristián Hernández Larguía, el Pro Música, la orquesta y Norma Scarafía, que muchos años después sería la querida y siempre recordada profesora de piano de nuestro hijo menor.

Empezó la música y empezaron los síntomas. No pudimos quedarnos más. A la madrugada volvimos al policlínico. El médico me saludó sonriente. “Te estaba esperando. Ya sabía que ibas a volver”, me dijo. Y nació mi hija querida.

El 128 se lucía transportando el moisés azul. Llegamos a la puerta de casa y muchos se acercaron a conocer a la nueva vecina, que ahora dormía plácidamente en mis brazos.

Tiempo después mi esposo quiso hacerle un regalo al auto: un volante nuevo que nos guió varios años y que guardo hasta hoy. Lo colgamos de una pared de la casa a modo de remembranza artística de una etapa tan especial y feliz.

 

 

Primer viaje de mochilero

 Juan N. García

 

Terminada la secundaria, año 1968, con tres de mis mejores amigos/compañeros, Reny, Oscar y Mario, decidimos hacer un viaje de mochileros. Para nosotros era toda una aventura, dado que veníamos de una escuela, Dante Alighieri, con un entorno demasiado ordenado y esquemático, para nuestro gusto. Fueron años de una férrea disciplina, que a medida que nos acercamos a quinto año fue aflojando, pero dejó huellas. Tuvimos el primer acto de rebeldía y fue familiar, viajar solos, hacia Córdoba, antes de ese fin de año y recibir 1969 donde estuviéramos. Hubo que conceder estar en Navidad, de lo contrario creo que nos echaban de cada casa. Aun así, los únicos conformes fuimos nosotros.

Fue planeado durante meses. Como Reny había ido varias veces de vacaciones, pusimos como objetivo, la hostería “Santa María”, de los Barletta, en Mina Clavero, parientes de nuestros vecinos, dueños del bar “El Indio”, en diagonal al bar “El Cacique” de Córdoba y Ovidio Lagos y a veinte metros del Cine “Gardel”, ahora transformado en “Bar temático”, Distrito Sie7e. Todas estas relaciones y el compromiso de comunicarnos permanentemente, lograron torcer la negativa inicial.

Horas de preparativos. Todo fue artesanal, las mochilas y las fundas de dormir, de lonas y telas, hechas por las madres, tías o abuelas comprensivas. La carpa, para cuatro, prestada por un acaudalado familiar de Reny. Durante ese lapso tratamos de juntar la mayor cantidad de vituallas, todo tipo de conservas en latas, leche condensada (que no necesitaba refrigeración), etcétera. Y menos mal, en ocasiones fueron nuestros únicos alimentos.

Salimos el 28 de diciembre de 1968, todos dudaron y pensaron que era una broma por la fecha, pero la resolución ya no tenía retorno. Un tío mío, nos llevó con su Lincoln Continental (yo siempre pensé que era de una mortuoria) hasta Córdoba y avenida Provincias Unidas, donde todavía pasaban los camiones para salir a Ruta 9. De allí a lo desconocido.

Nos “levantaron” camiones distintos, la consigna era siempre de a dos, en esa época no había celulares, así que pusimos como lugar de encuentro, el camping ACA (Automóvil Club Argentino) de Villa Carlos Paz; y los que llegaban primero esperaban a los otros el tiempo necesario. El mismo 28 nos instalamos y disfrutamos los placeres de la Villa. El 30 lo pasamos en una residencia franciscana sobre ruta 14 y el 31 partimos de mañana, siempre separados, hacia Icho Cruz. Mario y yo llegamos primero, a la nochecita. Nos ubicamos en una galería de un chalet cerrado, dispuestos a brindar con sopa. Al rato cayeron Reny y Oscar, que nos ubicaron por alguien que vio sus mochilas y recordó las nuestras. Con sidra recibimos el Año Nuevo. Dormimos en la galería de esa casa y al otro día nos dividimos otra vez para ir a Mina Clavero. Tras caminar varias horas, paró un viejo camión de guerra, motor adentro, frente chato y agregados raros, tenía poco lugar, así que: cargó a Mario, el más chico de edad y físico con todas las mochilas y lo llevó a la hostería de los Barletta. El vehículo tenía pintado “O.P.N.I”, con un médico y sus dos hijos recorriendo Córdoba, nos contaron que significaba Objeto Pelotudo NO identificado, razonable por sus formas. Los tres que quedamos, cansados de caminar, tomamos un colectivo, gran decisión. Desde Copina, lugar donde estábamos pidiendo agua en un convento, cruzando la Pampa de Achala, hasta Mina Clavero, era todo ripio. Todavía estaríamos caminando.

Primeros días de enero, llegamos a la hostería. Los Barletta, avisados desde Rosario, nos recibieron muy bien, informaron el arribo y destinaron una parte de su camping para instalar nuestra carpa. Lo hicimos cerca de la pileta natural que tenían con un desvío del Río Mina Clavero, a cuatro kilómetros de la ciudad. Para abaratar costos, le propusimos a los dueños que nos vendieran los excedentes de comida del restaurante, aceptaron y con una campanita nos avisaban cuándo retirarla. Fueron veinte días soñados. Salvo dos episodios que podían haber frustrado el viaje.

El primero fue superado por la audacia de resolver sin pensar. Mario se clavó algo en la planta del pie y comenzó a enrojecer la zona; como estaba la creencia que si la línea roja llegaba al corazón se moría, saqué el botiquín de primeros auxilios y mientras Reny y Oscar lo tenían, tomé la tijerita de uñas y extraje un vidrio con punta. Gritaba, le dimos un trapo para morder, ginebra y se calmó, estuvo tres días sin salir de la carpa y nosotros sin entrar. No había desodorante de ambientes, dormimos afuera. Pero volvió a caminar.

El segundo, más traumático, nos enseñó que algo o alguien estaba de nuestro lado, una mañana, dos días antes de retornar a Rosario, despertamos por un ruido extraño para nosotros. Al asomarnos, desde la carpa, vimos que la corriente del río había salido de su cauce, estaba a un metro y seguía creciendo. Solo levantamos las mochilas y lo que pudimos, nos ayudaron algunos huéspedes. Perdimos la carpa y algunas bolsas de dormir. Fue perturbador, adelantamos el regreso en ómnibus. Contar el episodio en cada familia, justificó a quienes se oponían con la remanidas frases: yo se los dije o yo les advertí de los peligros.

Hicimos todo y de todo, hasta planeamos otra aventura para fin de año, gracias a que insisto, en esta, alguien o algo decidió que teníamos que seguir viviendo.

La decisión estaba tomada y la concretamos, el segundo viaje como mochileros fue más largo y más intenso, pero eso es otra historia.

jueves, 24 de octubre de 2024

Octubre de 1972. La Cordillera y mi fe en los humanos

María Cristina Piñol

 

Nací en el seno de una familia cristiana y profesante. Un tío abuelo sacerdote, una tía que trabajaba como parte integrante de la Acción Católica Argentina, una mamá que todas la noches rezaba el Rosario, un papá educado en la Escuela “San José” y monaguillo en la iglesia de la cual su tío era párroco, y yo que cursé toda la escolaridad primaria en la Escuela “Misericordia” de mi barrio, un anexo del Colegio “Nuestra Señora de la Misericordia” de bulevar Oroño, que se diferenciaba de esta por ser gratuita y a la que le llamaban despectivamente “La Misericordia de los pobres”. Ya con esa calificación despectiva y terrenal debieron comenzar mis trastabilleos con esa fe.

No reniego de la educación recibida en aquel colegio; al contrario, pienso que fue excelente, tanto en lo curricular como en la enseñanza de valores, pero la “fe” en ese Dios no se enseña ni se aprende, solo se puede sentir o no.

13 de octubre de 1972, las pantallas de todos los televisores daban una noticia al mismo tiempo: “Un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya se encontraba perdido en la cordillera de los Andes con más de cuarenta personas a bordo, de las cuales la mayoría eran chicos que pertenecían a un club de rugby de Montevideo”.

 Tan solo dos años antes, con mis padres habíamos viajado a Mendoza en vacaciones de invierno. Recuerdo la excursión al Puente del Inca y a las canchas de esquí. Más allá de la belleza de aquel paisaje, se me grabaron las cadenas en las ruedas del colectivo, los precipicios profundos y el pánico de mi mamá. Tenía muy presente aún aquella inmensidad nevada, la imponencia del Aconcagua, el frío intensísimo, la nieve y el desierto blanco, infinitamente helado… infinitamente blanco…

En 1972 ya tenía cierta experiencia con la muerte. Un año antes habían fallecido mis dos abuelos, los velatorios se hicieron en sus casas, misas de cuerpo presente en la iglesia; en fin, lo que hacía toda familia católica. También estudiaba Medicina y en la cátedra de Anatomía solíamos trabajar con brazos, pies o cuerpos enteros de personas fallecidas, intentando con un bisturí encontrar tal o cual vena, nervio, arteria, diferenciar huesos; en suma, todo lo que se hacía en el primer año de la carrera.

Cada vez más, la vida real y terrenal me alejaba más y más de aquellas creencias “divinas” en las que me había educado.

Pasaban los días y las noticias eran siempre desalentadoras. Supimos de la búsqueda de los padres de los desaparecidos, quienes por todos los medios intentaron hacer lo imposible por encontrarlos. Conocimos las vidas, las familias y las caras de los chicos.

No todos lo vivimos de igual manera, para mí fue devastador.

 Eran jóvenes de apenas unos pocos años más que yo, también estudiantes, deportistas, tenían amigos, novias, sueños, metas... Iban a jugar un partido de rugby, a divertirse, a conocer, a reír…

 ¿Y aquel Dios que me mostraron? ¿Y la cruda inmensidad de la Codillera?

A los días, se informa que cuestiones climáticas y la madre naturaleza, indicaban con certeza que era imposible que hubiese sobrevivientes. Deciden dar por finalizada la búsqueda. Se aguardaría a la primavera y el consiguiente deshielo para tratar de encontrar solo los cuerpos.

Para muchos de nosotros cayó el telón. Fin.

De tanto en tanto se escuchaba que los padres de algunos de aquellos chicos continuaban esa búsqueda, no se resignaban. Para algunos de ellos era la fe su motor; para otros, era el amor; y también para muchos, que solo lo miraban por tevé, era algo que esos padres podían hacer porque, en su mayoría, eran gente adinerada a quienes llamaban “cajetillas de Carrasco”. Incomprensible.

El 22 de diciembre, dos meses y días después de la tragedia, aparecieron caminando desfallecientes en territorio chileno dos de aquellos chicos. A la semana pudieron rescatar a los otros catorce, que quedaron aguardando en los restos del avión.

La noticia corrió rápidamente. Vimos las imágenes de aquellos muchachos, esmirriados, ojerosos, quemados por el sol y la nieve, caminando muy lentamente; pero inmensamente felices y pidiendo a gritos que fueran a rescatar a sus amigos.

 La alegría duró poco. Las miserias humanas comenzaron a florecer.

Para quienes abrazan las religiones sin cuestionamientos, cualquiera sea, esos chicos habían cometido pecados que “Dios” jamás podría perdonar y, a la vez, por más contradictorio que parezca lo llamaban “milagro”.

Los medios, en su ánimo de vender llenaban las pantallas con comentarios de “canibalismo”. ¡Una crueldad imperdonable! La gente, en gran parte, se horrorizó, juzgó y condenó en nombre de aquel Dios.

Hasta que, según cuenta un sobreviviente, Pablo VI, Papa de la Iglesia católica de entonces, envió un telegrama donde decía: “Dios había puesto al hombre en la Tierra para vivir, no para morir, y que, de no haber ingerido esa carne, se podría haber considerado como un suicidio”, hecho que también el cristianismo considera pecado.

 Y el tiempo pasó y la historia quedó en la memoria de todos. Dos años después se editó el libro “Viven”, escrito por un autor inglés que fue la base para la película homónima guionada y dirigida por un estadounidense. Leí el libro, vi la película y cerré la historia.

Hace un par de meses, se revivieron aquellos momentos en otra nueva película, esta vez basada en el libro de Vierci, escritor uruguayo quien fue compañero de escuela tanto de los sobrevivientes como de quienes fallecieron y lo llamó “La sociedad de la nieve”.

 El título me cautivó. Siempre pensé que ellos allá habían formado una “sociedad”, donde cada uno cumplía un rol para el bien de todos.

No obstante, me resistía a mirarla, mis recuerdos de aquella otra que había visto con poco más de 23 o 24 años eran muy fuertes, muy tristes, muy cercanos, no quería volver a vivirlos. Pero también me dije que hoy no soy la misma persona que hace cuarenta y pico de años, que esta vez fue escrita por un uruguayo, filmada por un español, hablada en nuestro idioma, y con actores uruguayos y argentinos. El sentimiento era otro y la cercanía también.

Y, sí, volví a sufrir, a emocionarme y a lagrimear, aunque ya no por la crudeza de esa realidad sino por la inmensa empatía, amor y entereza que los humanos somos capaces de demostrar ante la más cruda adversidad.

Estos chicos sobrevivieron, pero no “de milagro” sino por algunas causas que complementaron a aquellos valores humanos.

Todos eran cultos e inteligentes, y sumaban los distintos saberes de cada uno en función de salvarse todos. Tenían conocimientos de medicina, electricidad, física, química, electrónica, geografía, derecho, historia y nutrición. Fueron capaces, en su mayoría, de comprender que aún estaban vivos y querían volver con sus familias. Podían calcular las raciones de algún alimento que les permitiera continuar, las horas que ese alimento alcanzaría y cuantos días de vida le quedaban a quienes estaban con la salud más comprometida. Conocían las debilidades y las habilidades de cada uno y delegaban las tareas según esas condiciones. Confiaban todos en todos. También el hecho de ser jugadores de rugby, deporte prácticamente amateur en el que se fomenta el juego de equipo, donde no hay estrellas definidas, donde cada jugador representa su rol en función del todo, creo que fue determinante. Cada uno sabía las destrezas del otro, las fortalezas de cada cual, así como también sus flaquezas; y actuaron en consecuencia, y tanto se conocían y valoraban que lograron traer con ellos la voz de los que no pudieron volver. No fue ningún milagro.

 La fe en seres superiores inmanentes e invisibles no es la que mueve montañas.

El hombre no siempre es lobo del hombre a pesar de Hobbes.

Errar es humano y perdonar es más humano aún.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 18 de septiembre de 2024

La bici voladora

 Mónica Mancini

 

La bici apareció en mi patio el 6 de enero, roja, brillante; en su manubrio le colgaban cintitas de colores y tenía el caño inclinado, el indicado para las mujeres. Tenía un nombre “Panchita”. ¡Cómo me latía el corazón cuando la reconocí como de mi propiedad! Era un sueño poder tener una, ya que no confiaba mucho en que los pseudos reyes cumplieran mi pedido.

No sabía andar en bicicleta. Con consejo de mi papá, me subía y pedaleaba rapidísimo hasta que me caía. Las calles de tierra me recibían amablemente y, a los pocos días, mis rodillas y mis codos daban cuentas de las torpezas cometidas, pero también de la adquisición de las habilidades necesarias para conducirla.

Fue un antes y un después, la bici me puso alas, la recomendación de “esquina a esquina” duró solo hasta la primera semana. Pronto vinieron las vueltas manzanas y sin demora emprender la aventura de andar por las pavimentadas, terminantemente prohibidas. Pero qué placer era pedalear parada por las calles lisitas. Se sentía el viento y de verdad volaba.

Yo no era la única que había recibido ese magnánimo obsequio, mis amigas de la cuadra también fueron tenidas en cuentas por los monarcas de enero. Así fue como nos juntábamos y… a pedalear, a descubrir baldíos, plazas, casas misteriosas, vecinos que eternamente estaban sentados en las puertas de sus casas, como si fueran una escena estática del paisaje.

Esas vacaciones fueron fabulosas, el mundo del barrio se abría ante nuestros ojos y cada vez nos animábamos un poquito más, hasta que alguien nos veía pasando los límites y ahí se incautaba el vehículo.

La bici llego con los albores de la adolescencia, en el barrio también había barritas de chicos que bicicleteaban y junto con la emoción del vuelo, el corazón comenzó a alterarse con unos sentimientos hasta entonces desconocidos. Había muchos chicos que nos seguían, nos regalaban caramelos y nos tiraban flores cuando nos cruzábamos. Fieles a los consejos de las más grandes, debíamos ignorarlos y “hacernos rogar”. Pero todo tiene un límite, pronto empezamos a sentirnos atraídas por algunos de ellos, la selección fue casi inmediata y coincidente.

Así fue como apareció mi primer amor adolescente, en bici. Nos encontrábamos y todo consistía en pedalear juntos, a la par; él, intrépido, iba rapidísimo y, como yo no podía seguirlo, me tomaba de la mano y ¡eso sí que era volar!

Se hace difícil describir las fuertes emociones que te sacuden en esa etapa de la vida, todo es intenso, los encuentros y los desencuentros, vividos con pasión, todo está lleno de colores y de música, era el tiempo de Vox Dei, de Sui Generis, de muchos grupos locales, cuyas canciones nos venían bien para asociarlas con lo que íbamos sintiendo.

Qué fácil era enamorarse y sufrir por amor, que felicidad cuando todo estaba bien y tomaditos de la mano caminábamos hacia la plaza, o corríamos el colectivo.

 Con solo trece años tenía un novio que me esperaba a la salida de la escuela, con una flor de regalo, que me invitaba un helado, que me dejaba caminar siempre del lado de la pared para cuidarme… cómo no te ibas a enamorar.

Claro que crecimos, estudiamos, nos recibimos, nos casamos y fuimos padres. Después ya no anduvimos en bici y el vuelo se interrumpió, pero qué hermosa estela que dejó en el tiempo ese encuentro bicicletero. Primero, dos hijas, luego cuatro nietos y quien sabe cómo seguirá la descendencia de estos que hoy aún no desplegaron sus alas.

Es así como la “Panchita” fue la intermediaria entre mi primer vuelo en libertad y el otro, el que te atrapa el corazón.