“Memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido”, dice Borges. De eso trata “Contame una historia", un curso de la Universidad Abierta para Adultos Mayores, de la Universidad Nacional de Rosario. Cada martes, vamos reconstruyendo un tiempo que las jóvenes generaciones desconocen y merecen conocer, a partir de recuerdos, anécdotas, semblanzas. Ponemos en valor la experiencia de vida de los adultos mayores, como un aporte a la comprensión y a la convivencia. (Dr. José O. Dalonso)
domingo, 19 de junio de 2022
Los pisos de pinotea
María Cristina Piñol
A veces siento que estos pisos me persiguen. Tan solo en nueve años de mi vida, durante mi adolescencia, mi dormitorio se alfombró de baldosas de granito.
Cuando nací, en la antigua casa de mis padres, había dos habitaciones con pisos de pinotea. En una dormían ellos y en la otra mi hermano y yo.
Imposible olvidar aquellos días en los que mi mamá los enceraba. La cera, creo recordar, venía en escamas y se diluía en algún solvente que ya no recuerdo, hasta quedar como la pasta que conocemos ahora. Para limpiar y encerar se usaba el llamado “cepillo pesado”, un aparato cuadrado de hierro fundido, con un largo mango del mismo material al que en su parte inferior se le ponía un cepillo de alambre para rasquetear, quitar la suciedad y la cera anterior. Luego, ese cepillo se quitaba y reemplazaba por una tela gruesa para pasar la cera y por último por un paño de lana para sacar brillo. Toda esta operación llevaba cuanto menos un día entero de trabajo por cada habitación. ¡Mujeres eran las de antes! decía mi abuela.
En la década del 60, durante la remodelación, ampliación y modernización de mi casa, mamá desistió, a la fuerza, del brillo de los pisos, pero no de de su intención de conservarlos para la nueva casa. Así fue como las dos originarias habitaciones mantuvieron sus paredes intactas y sus pisos de pinotea.
En los 70 me casé y papá adaptó la parte trasera de la casa, que ya no se utilizaba para el negocio, transformándola en un departamento precioso y totalmente independiente, con cocina, baño, gran living comedor, terraza y un dormitorio que era primigeniamente la habitación de mis padres en aquella primera casa y, por supuesto, tenía pisos de pinotea.
Por suerte, ya no había “cepillo pesado” y tampoco cera en escamas. La lustradora eléctrica y el brillo líquido para pisos llegaron para facilitarnos la vida.
A fines de 1979, compramos con mi marido un departamento de pasillo construido alrededor de los años 40, que también tenía dos habitaciones con pisos pinotea. Ya allí sí me tocó trabajar sobre ellos para quitarles los restos de polvillo y demás que quedó de la renovación y pintura del departamento. Les pasamos viruta a mano, limpieza con algo húmedo y cera.
A principios del 82, ya con tres hijos, uno recién nacido, volvimos a mudarnos a una casa grande, antigua y muy bella, con tres dormitorios los que, adivinen, ¡sí, también tienen pisos de pinotea!
¿Me persiguen o soy yo quien los busca? Definitivamente los busco y me encantan.
¿Qué madera es la pinotea?, es el tronco de un pino llamado tea, que solo se encuentra en el sur de los Estados Unidos desde donde se importaba en los años 1930 y 40, muy resistente, con vetas de colores rojizos y amarronados que son únicos y que resisten fuertemente el paso del tiempo. En aquel entonces también se los elegía porque eran signo de buen gusto y distinción.
Estos pisos se instalaban con “cámara de aire”, a fin de evitar que la humedad de los cimientos llegase a la madera. Debajo de las tablas montadas sobre un bastidor, que se apoya a su vez en pilotes de cemento, hay un espacio de unos 30 a 50 centímetros hasta el contra piso real, de modo que literalmente están “flotando”.
Hoy, sigo la tradición familiar de remodelar, actualizar y remozar “la casa”, creo que está en nuestros genes. Si bien estas antiguas estructuras son bastante rígidas en cuanto a su arquitectura, siempre encuentro la forma de hacer cosas nuevas, cambiar distribuciones, abrir ambientes o remodelar baños. Mi marido y mis hijos tiemblan cada vez que digo: “Se me ocurrió una idea”. No obstante, lo que nunca cambia son las aberturas y los pisos de pinotea, ambas cosas conservan la historia de la casa, le dan identidad, marcan su momento de gran esplendor, nos cuentan de aquellos tiempos donde “las cosas se hacían para que duren siempre”; y, además, se usaban los mejores materiales existentes y hasta me atrevería a decir con pasión.
Y hay cosas que se heredan. Hace unos días cambié el sofá, llega mi nieto menor y me dice: “¿Y el sillón abuela?”. Le explico que en un par de días llega uno nuevo y él, con solo 10 años y llevándose las manos a la cabeza, me responde: “¡Ay no, ese sillón tenía tanta historia!”.
El barrio
Marisa Orlandi
El barrio en los años 70 era otro universo en Rosario, zona sur, a una cuadra del Hospital Español y otra de Avenida San Martin, zona de comercios y gran actividad económica, y casas donde vivían las familias de los mismos comerciantes. El hogar era el barrio y el barrio eran los vecinos y el sentido de comunidad, de pertenencia. Los chicos eran hijos de esos padres que trabajaban en esos negocios y se conocían entre todos y nos conocíamos y teníamos edades similares y nos dejaban juntarnos a jugar. Crecer en el barrio tenía ese sabor a simpleza, a algo servido en la palma de la mano, natural y seguro. Como la infancia.
Y luego, el tiempo. De un año a otro, de un día a otro, de un momento a otro, la pubertad. Y la realidad distorsionada como en un espejo curvo, y ya nadie sabía dónde ubicarse, qué pasaba con el cuerpo, si los juegos infantiles eran válidos, se escuchan comentarios irrisorios de adultos que no se entendían, las miradas pesaban, la ropa parecía inapropiada, el constante sentido del ridículo.
En el grupo de chicos del barrio teníamos casi todos la misma edad, con pocos años de diferencia.
Estaba, siempre estuvo, ese chico de ojos azules que todo el mundo en el barrio sabía que nos gustábamos, pero nunca se animó a decirme nada. Crecimos juntos. Era un año mayor que yo. Una tardecita festejó su cumpleaños numero 12 con una reunión en el patio de su casa, con todos los chicos y las chicas del barrio invitados. Los más grandes pusieron música y él, como era el cumpleañero, bailó con todas las chicas una canción.
Yo nunca había bailado con un chico antes. No era algo que siquiera estuviese en mis pensamientos. Para mí, era la primera vez que veía bailar en pareja. Lentos, en aquellos tiempos en que se bailaba música lenta. Recuerdo con claridad el momento en que extendió su mano hacia mí y pensé que era mi turno. No sabía lo que estaba haciendo y con total naturalidad lo tomé con ambos brazos por la cintura. Bailamos una canción completa. Él nunca dijo una sola palabra. Era un muchacho sencillo, respetuoso y bastante tímido. Mientras bailábamos, veía a las chicas más grandes reír y hacer comentarios entre ellas y hacerme señas a mí: no tenía idea de qué pasaba. Terminada la canción y mi primera experiencia en la vida de bailar con un chico, regresé a mi lugar. Y las chicas me explicaron el supuesto papelón que había hecho. No saber tiene un peso particular, nadie me explicó, pensé. Caí en la cuenta como un rayo que llevaba puesto mi hermoso vestido blanco con florcitas y bolados, vestido de niña. Fue el momento en que lo entendí. Amaba ese vestido como todo lo que representaba y abruptamente había sido puesto en cuestión. Me encontré en la encrucijada, la de esa edad de la historia, donde hay que tomar decisiones y siempre algo se pierde para que algo nuevo arribe. No me pesó haber hecho el ridículo, no era relevante. Era el vestido, lo inexorable de su destino y lo desconocido, aun por descubrir. Y por supuesto, el chico de ojos azules, con quien bailé por primera vez.
Censista
Hugo Longhi
La ley marca que los censos se deben hacer una vez cada década y, por lo general, en años “redondos”; es decir, aquellos terminados en cero.
No siempre esto es posible de cumplir, pero ese octubre de 1980 parecía que sí. Todo iba bien encaminado y yo me aprestaba a vivir mi segundo censo como simple encuestado.
Faltando más o menos una semana para la fecha indicada, los organizadores del evento se dieron cuenta de que les faltaba gente para ir a recorrer hogares y recoger los datos pertinentes. Con la desprolijidad que caracterizaba a los gobiernos militares, decidieron de apuro y arrebatadamente. Incorporarían personas como fuese y apuntaron a ciertas empresas, entre ellas, adonde yo trabajaba.
Y la compañía no se iba a negar a colaborar con el gobierno. Rápidamente se dispuso a recolectar voluntarios. Por aquel entonces, ser censista era una carga pública y no rentada.
Apuntaron a los más jóvenes. El argumento fue que éramos los más hábiles para desarrollar esa tarea. Obvio que la realidad era que al ser los más novatos fuimos más dóciles para ser manejados.
Y seguro que ya adivinaron: la barita mágica me tocó. Vaya alegría. De quedarme tranquilamente en casa esperando, me tocaría recorrer algún barrio dudoso y ejercer una tarea desconocida.
Fue así como el gerente técnico me hizo llamar y con palabras muy de ocasión me comunicó que había tenido el orgullo de ser designado como censista-encuestador. Todo un título. Era la primera vez que pisaba esa insigne oficina y me retiré deseando que fuera la última.
Por aquel entonces yo contaba con juveniles 22 años, cumplidos apenas días antes, y vivía en Granadero Baigorria. Ni el argumento de que todo me quedaría lejos importó. Yo era uno de los apuntados y no habría tachaduras ni enmiendas.
Recuerdo que esa tarde volví a casa al anochecer y casi ni quise saludar a mis padres, tal mi pésimo humor. Mi mamá, que me conocía demasiado, me dejó correr. Pronto se me pasaría, pensó. Pero la bronca no iba a ir tan rápido. Apenas les conté la buena nueva comprendieron. Enseguida, intentaron levantarme el ánimo diciendo cosas como que no era nada tan grave, que iba a ser rápido, que seguro me iban a auxiliar. En fin, nada servía. Para mí, era como un castigo. Ineludible, para colmo. E injusto.
Debido al escaso tiempo solo pude concurrir a dos jornadas de entrenamiento en las que una docente, de muy pocas pulgas, nos dio las instrucciones básicas. Con los compañeros que corrieron la misma suerte que yo, nos mirábamos sin entender demasiado, pero esa especie de maestra-sargento no lucía con mucho ánimo de responder preguntas, así que acordamos que lo que no entendíamos lo haríamos como sea.
En ese entrenamiento, nos enteramos de que el barrio a visitar sería Acindar. Bueno, creo que era Acindar, pasando 27 de febrero hacia el sur yo soy un desastre. Digamos que era esa zona de Ovidio Lagos y Jorge Cura, donde hay muchas calles en diagonales.
Los días previos fueron de mucha lluvia por lo que las calles lucían anegadas y hasta embarradas en algunos casos. Por suerte, ese miércoles 22 de octubre hizo buen clima, fresco pero sin chaparrones y fue una excepción, porque las precipitaciones continuaron en las jornadas siguientes.
Salí super temprano de casa. Portaba una credencial que me habilitaba a viajar gratis en colectivo ese día. Llegué a eso de las ocho de la mañana a un punto que estaba convenido. Allí, la maestra-sargento nos entregaría las planillas, lápices, goma de borrar y una cantidad equis de calcomanías que deberíamos pegar en la puerta del domicilio censado como elemento probatorio. ¿Se acuerdan del logo del lapicito? Decía “Yo participé”.
Me tocó una media manzana y, tratando de no perderme en esa jauría de diagonales novedosas para mí, comencé mi labor. Me paré frente a la primera puerta, respiré hondo y toqué timbre. Tardaron algo en abrirme por lo temprano pero la pareja, un matrimonio de edad mediana, me atendió bien. Respondieron con prontitud y justeza a mis consultas y hasta me ofrecieron un café. Eso me dio confianza. A la segunda puerta ya tuve menos miedo.
Y fue así como llegando poco más allá del mediodía ya estaba concluyendo. Pasó un poco de todo. Desde familias que ya tenían la mesa lista para almorzar y tuve que apoyar mis planillas en un florero, chicos que querían la calcomanía para tenerla de recuerdo, una señora separada que me hablaba pestes de su ex, hasta un señor que se enojó feo y me amenazó porque no quería que le censara un terreno baldío. Decía que yo era de la DGI -hoy Afip- y que le iban a cobrar impuestos. Resolví darle la razón para que se fuera con sus amenazas a otra parte; pero luego, ya lejos del peligro, al terreno lo incluí como correspondía. Estaba decidido a cumplir mi misión al pie de la letra.
Solo me quedaba volver al puesto base y entregar la papelería a la sargento que, por primera vez, me dedicó una sonrisa de agradecimiento. Fui de los primeros en terminar y por suerte no me dieron más hogares que censar. Me retiré caminando hacia Ovidio Lagos. La compañía donde trabajaba había designado a un compañero para abastecernos de un sándwich y una gaseosa a modo de premio por colaborar con la patria.
El resto fue exhibir una vez más mi credencial para que el chofer no corte boleto y llegar a Baigorria a eso de las quince, donde mi mamá, ansiosa, me esperaba para llenarme de preguntas. A diferencia de aquella noche, mi talante era tranquilo y hasta de buen humor. Al fin y al cabo, ser censista no había sido tan difícil y hasta alcanzaría para guardar anécdotas como las que humildemente traté de reflejar aquí.
Los proveedores del barrio. Los habituales
Héctor B. Carrozzo
En esta búsqueda de recuerdos en mi “hard disk” me vienen a la memoria aquellos vendedores ambulantes que por los años 50 y 60 pululaban por las calles de la ciudad. Muchos de estas actividades han desaparecido, ya que fueron absorbidas por los grandes complejos comerciales; otros se han reciclado, cambiando para sobrevivir.
Me acuerdo de algunos como el peluquero, el lechero, el hielero, el “ruso” que vendía telas, el afilador, el pescador, el verdulero, los norteños, etcétera. Algunos eran habituales y otros circulaban de manera esporádica.
Empecemos por los habituales, aquellos que proveían en forma cotidiana.
Don Narciso era nuestro lechero habitual que, con su jardinera, que era tirada por un matungo mañero y más viejo que Matusalén, recorría diariamente el barrio con sus tarros cargados con el preciado elemento. El matungo era tan conocedor del barrio que ya sabía las paradas obligadas de los clientes y se detenía y arrancaba solo con el silbido de Don Narciso. Y allí venía don Narciso y con su medidor de volumen, una jarra de un litro (o más o menos), y medía la cantidad solicitada. A veces cuando algún vecino se quedaba corto con el pedido había que ir a la casa de Don Narciso para conseguir más, una especie de “take away”. Era muy interesante entrar esquivando las deposiciones de los caballos, ya que estos convivían en el depósito de los tarros de leche. ¡Ni hablar del olor! ¡Ni pensar que podrían haber caído en la leche!
El hielero nos proveía de las barras de hielo trozadas en cuartos, que eran necesarias para la conservación de los alimentos y eran imprescindibles; ya que la mayoría de los vecinos no teníamos heladeras eléctricas. Estas eran unos gabinetes cúbicos, que tenían una puerta en la parte superior que era el lugar para el hielo, “el congelador” y dos puertas en el frente. El hielero se movilizaba en una jardinera y, ya más avanzado los años 60, en un camioncito carrozado para proteger la mercadería del sol, y que estaba además cubierta por una capa de bolsas de arpillera húmedas. Este comerciante pasaba tres veces por semana y los trozos de hielo había que “envolverlos” el papel de diario para que duraran más. Después, el lujo, vinieron las heladeras eléctricas: aquellas memorables Siam, Villber y otras.
Otro de los oficios que han pasado casi a la historia, aunque sobreviven en otra versión es el cartero. Recorría las cuadras que les tenían asignadas distribuyendo la correspondencia. Ya se acercaba y antes de entregar las mismas le avisaba al destinatario: “Buen día doña Marta, carta de la mami desde Córdoba”.
Creo que Don Cabrera (si no me equivoco, ese era su nombre) sabía la historia de todo el barrio y después que se jubiló siguió recorriendo el barrio saludando a sus amigos.
El verdulero era otro de los habituales. En un carro que era generalmente impulsado por la fuerza humana, ofrecía todo tipo de verduras, frutas y afines. Pasaba un par de días a la semana ofreciendo las verduras y frutas de estación. En el verano se exhibían bajo el sol radiante y con el calorón que hacía, estaban remaduras. Tenían una balanza de platillo que pesaba “al paso” y lo que menos hacía era dar el peso exacto.
En las tardes de verano se solía oír: “Laponia, helados. ¡Heladero!”. Y con la misma corneta que hoy aún se usa. En una bicicleta carrozada pasaba el heladero. Recuerdo que algunos se preparaban en el momento, dos obleas y en el centro un trozo de helado. Un sándwich de helado. Hoy sobrevive en una versión más moderna.
Algunos de estos fueron reemplazados por efecto de la vida moderna, más preocupada por el estado sanitario, aunque otros cambiaron por la concentración de las actividades en grandes emprendimientos.
Recuerdos, recuerdos, recuerdos.
(1) Se trata de una nueva versión de un texto ya publicado, y es parte de una propuesta hecha por los coordinadores del curso de revisión y posible reescritura de relatos.
Adicción
Liliana Lijovitzky
Entre mis seis y diez años me desesperaba por salir a la vereda para jugar sola o con amigos y amigas.
Mi madre observó mi pasión por los juegos y optó por darme una ocupación: los mandados.
Aceptaba gustosa la “insoportable misión”, cuando imaginaba que no podría arremeter con mis entretenimientos preferidos.
Mi mamá me hacía una lista de carnes, verduras y víveres.
La verdulería, abierta a la calle, quedaba por Entre Ríos casi esquina Ayolas.
Don Pascual me conocía de memoria y sabía de mis mentiras. Cuando le pedía cuatro manzanas, cuatro tomates, dos limones, seis zanahorias, un poco de perejil, gritoneaba: “A ver, mostrarme el papel que te dio tu mamá”. Pero yo lo escondía.
“Lo perdí”, le decía. A mami le juraba que era lo único que le quedaba al verdulero.
Hacía lo mismo con el carnicero. En lugar de dos kilogramos de carne picada, pedía uno y medio; y lomo cortado para doce milanesas, me las ingeniaba igual, compraba para ocho.
Don Luis, el almacenero, detrás del mostrador y frente a la balanza de pesitas de bronce, me miraba con recelo. Mucho no podía inventar, porque ponía lo comprado en bolsas de papel marrón, las pesaba y anotaba todo en una libreta. ¡Insufrible ritual!
Mi objetivo no era quedarme con las monedas, era arrasar en la panadería de los Vitantonio y en el quiosco.
¡Los dulces fueron mi perdición!
Si mami me anotaba pan y facturas, hacía agregar tres o cuatro más de las que tenían dulce de leche y chocolate.
No recuerdo si se llamaban “pan de leche” ni tampoco si existían las tortitas negras o las bolas de fraile.
Una inmensa dicha era mi compra en el quiosco. Con los vueltos, elegía una pequeña variedad, fundamentalmente ¡las “Tita”!
Era lo más exquisito para mí, que no comía casi nada. Se turnaban para hacerme aviones, esperando que la nena “tragara “nutrientes.
Lo mío eran los milanesas con lechuga, ¡ah!, y las ranas que “cazaba” los días de lluvia y horneaba doña Amelia, mi vecina.
Las “Tita” tenían un significado, creo que tan importante como sacar la sortija de la calesita.
En la heladera Kelvinator las apilaba en la puerta (no sé porqué me gustaban frías) y las envolvía suponiendo que nadie las veía.
Deleite mayor no había y mis padres se alegraban, porque “la chiquita algo más comía”.
Llegó el día en que mi mamá, habiendo recibido quejas de los proveedores, tuvo que tomar la decisión de darme un reto inolvidable.
Estando en la planta alta de la casa, descubrió mi travesura y mientras bajaba volando por las escaleras, no tuvo mejor idea que tirarme con una escoba. Por suerte erró su puntería.
“Nunca más me mientas”, gritó mi madre. Lloriqueando me fui a refugiar en los brazos de Silveria, la chica que trabajaba en casa.
Jamás olvidé ese momento. Cumplía fielmente con los insumos indicados y le pedía dinero para las golosinas.
Pero mi adicción por los dulces nunca me abandonó.
Ahora, en la mesa de luz, me esperan ansiosos dos alfajores de chocolate y dulce de leche.
Creo que me hablan: “Apurate que comienza el programa de ‘Los ocho escalones’”.
¡Qué felicidad tener esas dulzuras a mi lado!
Estudiando y amando
Gloria De Bernardi
Yo estaba de novia con G.A., creo que en primer año de Medicina.
Iba caminando por avenida Francia y veo pasar un hombre hermoso en un auto convertible, el famoso MG 47, rojo en ese entonces.
Lo vi y quedé fascinada.
Pasaron varios meses.
Un día, fui a un concierto en El Círculo con mi novio y lo vi a él, varios asientos adelante, con otra mujer, linda, de pelo largo, rubión.
Me dio un ataque de celos. Ya lo había elegido.
Pasó por lo menos otro año más sin verlo. Yo acababa de terminar mi relación con G. e iba a la biblioteca de la Facultad de Medicina a estudiar. Allí tenía amigos y amigas con los que íbamos a al bar.
Me levanté justamente para ir al bar y Juan Carlos (el Gordo) me llama y me dice: “¿Quién te hizo la cirugía estética?”. Yo me paré junto a él, extendí mi hermoso pelo castaño seductoramente y tuve la certeza de que era mi hombre.
Me habían hecho cirugía estética en la nariz, que yo odiaba.
Volví a la pensión enloquecida de alegría.
Cuando les conté a la Kitty y a Delia lo que me había pasado, y la certeza de que tenía de que esas palabras habían sido como una declaración, ellas quedaron estupefactas, pero me creyeron, yo estaba tan segura…
A partir de ese momento, comencé a ir sola al bar, mis amigos no entendían nada, ellos iban, yo me quedaba, ellos se quedaban, yo iba.
Al bar “El tejedor”.
Creo que ya la segunda vez que hice esto el Gordo me siguió, me senté sola en una mesa, a la espera, y él se sentó conmigo, y charlando, ya en pleno plan de atraque, decidimos vernos esa misma noche en el bar de “Solares del Rosario”, barrio donde después vivimos.
Esa noche nos encontramos, hablamos muchísimo sobre nuestras ideas de la vida, yo ya estaba entregada y él también.
Era tal la emoción que me producía salir con él, que no me entraba bocado, se me cerraba el estómago.
Él se despidió de mí sin decirme cuando nos íbamos a ver de nuevo. Pero yo estaba segura de que lo iba a ver y de que iba a ser mi pareja.
A los pocos días, yo iba caminando por calle Mendoza (vivía en una pensión en calle Mendoza, esquina presidente Roca), y siento clarito que él me llama: “¡Gloria!”.
Me doy vuelta, yo estaba casi en la esquina y él, cerca de la pensión. Nos acercamos, él juró que no me había llamado, pero yo lo escuché.
Quedamos en ir a un lugar bailable que se llamaba “El Cisne” o algo así, que quedaba en Fisherton.
Yo me puse mi vestido negro de lanilla minifalda sin mangas y el tapado de piel.
Él, un traje azul. Estaba hermoso.
Bailamos muy juntitos, pero no me dio ni un beso. Nada.
De a poco, empezamos a salir y un día, en un lugar bailable nocturno que quedaba en Alberdi, ahí sí, el romance eclosionó, muy apasionado.
El Gordo me explicó que quería ser muy prudente; porque, como había tenido muchas parejas ocasionales, quería estar seguro de que yo era la mujer, la que él había elegido.
A partir de ese momento, no nos separamos más.
Salíamos hasta tardísimo a la noche, nos hablábamos todo. Era invierno, yo volvía a la pensión aterida de frío, pero en estado mágico. No me podía dormir.
Conocí el río, por primera vez. Fui en el velero de su amigo el Negro, le decían el Indio. Hacía mucho frío dentro, pero el amor da el calor necesario y más que el necesario.
Otro día salimos en la lancha de madera de Cacho, un amigo de él, también estudiante de Medicina.
La isla y el río eran lugares solitarios, no existía la locura de ahora.
Empezamos a ir a su casa por la noche, entrábamos a escondidas.
El Gordo quería que yo me quedara a dormir, decía que al día siguiente la tía Luisa nos iba a cebar mate; pero a mí me daba vergüenza, así que me volvía a la pensión. Él me acompañaba, obviamente.
En ese entonces habíamos cambiado de pensión, vivíamos con la Kitty en bulevar Oroño.
Conoció a los papis, que quedaron encantados con él. Era tan educado, hermoso, trabajador y, sobre todo, me amaba tanto.
A los once meses de novios, decidimos casarnos. Mejor dicho, el Gordo quería casarse sí o sí. Yo tenía 22 años y él, 28. Quería formar una familia, tenía mucha ilusión.
Yo tenía miedo de formar un hogar siendo tan joven, pero no quería perderlo.
Él no se había recibido de médico todavía. Trabajaba en el Museo de Anatomía, fue uno de los fundadores, en la Asistencia Pública, como practicante de Guardia.
Trabajaba también en la UOM de Villa Constitución y en un psiquiátrico, como clínico; pero igual ganaba poco. Los médicos en Argentina estamos mal remunerados. Y los estudiantes, peor.
El Gordo tenía un gran amigo, Pocho, que hacía poco que se había recibido de médico. Era un seco, y se había ido a vivir con su mujer, Betty, a su pieza, en la casa de sus padres. Tuvieron un varoncito.
Entonces el Gordo decía: “Si Pocho y la Betty pueden vivir en una pieza y son felices, ¿por qué no podemos nosotros vivir en mi pieza?”.
Y así decidimos casarnos.
Mis viejos nos habían invitado a la Kitty y a mí a Buenos Aires, y allí les conté mis planes. Me acuerdo bien. Y ellos, que siempre fueron tan prudentes, no hicieron ninguna objeción.
Decidimos casarnos el 6 de setiembre de 1968.
Para ese entonces, la Kitty, yo, Marta y Alicia, compañeras mías y de la Kitty, vivíamos en un departamento de calle Entre Ríos y 3 de febrero.
Dos en cada habitación. El departamento estaba lleno permanentemente, porque las cuatro teníamos novio, más los compañeros que iban a estudiar.
Me acuerdo de una anécdota risueña.
El departamento estaba al final del pasillo, no me acuerdo si en el primer o segundo piso, y cuando el Gordo y yo íbamos hacia allí, él iba atrás mío, caminábamos como dos patos, y hacíamos “¡cua, cua,cua!”
¡Qué felices!
La fiesta de casamiento la pagaron mis padres y la hicimos en el mismo departamento. Estaba lleno de amigos y familiares, mis padres habían pagado un par de mozos para que sirvieran.
Había gente hasta en el palier.
Por supuesto, ¿qué hizo el ansioso del Gordo? Se quiso ir de la fiesta, que había sido un almuerzo y, quieras que no, nos fuimos antes que todos, de viaje a Córdoba en el Chevrolet de mi papá, que nos lo había prestado.
Hacía tanto calor que yo, que tenía los pies hecho polvo con mis zapatos nuevos, color rosa viejo, me fui descalza. Tenía un vestido hermoso minifalda rosa viejo y una cartera tejida que me había hecho una amiga de la Kitty.
Así empezó nuestra vida de estudiantes casados.
Otro día seguiré con esta historia.
Petición de socorro
Daniel O. Jobbel
Debo de haber hecho algunos viajes en la falda de mi madre entre los dos y los cuatro o cinco años. Digo esto porque mi madre trabajaba de costurera y nunca se sabía cuándo llegaría. La mente borrosa me juega una mala pasada y puedo recurrir al error, de tiempos, formas, pero esa foto en sepia en la que estoy junto a ella casi no miente.
No hubiera sido lógico que mi padre, un vulgar empleado y repartidor de Dinóbile, (una antigua gran librería de San Martín y Pellegrini), con un inmenso lápiz como cartelería en el Rosario que emergía sigiloso y productivo gracias a los granos del campo; llegara con una mochila llena de novedades, anécdotas, historias, que contar cuando era distribuidor de esa empresa, en esos viajes a La Capital y al interior desde Rosario, pasando por localidades, pueblos, ciudades de todo catálogo; y durante sus períodos anuales de licencia, cuando lo que le daba prestigio era lucirse con sus antiguos compañeros de trabajo hablando poco y fino, por lo menos apurando lo mejor que podía la dicción, porque era medio quedado y en algún bodegón al que asistía, entre cartas, copas y cómplices de silla, regalarles cuentos del viejo arrabal, relatos y personajes del “pago chico”; historias de mujeres; alguna “Gatúbela fatal”, a la cuál pagara su propina con un trago; incluso alguna compradora fácil que se le presentara en el mercado de San Telmo, en Buenos Aires o en algún almacén de pueblo. Sin embargo, eso nunca lo confesaría según mi abuela en la mesa con nosotros, creo que por amor a los suyos especialmente a mi madre. O simplemente porque nunca sucedió.
¿Imaginaría eso? Caía de maduro que sus relatos eran ingeniosos, casi inverosímiles, con finales confusos y con mucha timidez, así creo que solo era para tener algo por contar de sus viajes, y llamar la atención frente a sus allegados, según observó mi tío Juan.
Muchos años después, mi abuela me contó que, cuando me entregaban a sus cuidados y la “Revolución libertadora” estaba en su auge, esa abuela, maldecía en voz baja, no hablaba de política, pero poco le agradaba aquellos sucesos. Ella me sentaba en la habitación, cerca del patio con sus malvones, para que yo juegue un rato con algún juguete, sobre una manta extendida en el suelo, desde donde, de tarde en tarde, le llegaba mi voz: “Nona, nona”. “¿Qué quieres, hijo mío?”, preguntaba ella. Y yo chupándome el dedo gordo de la mano izquierda, llorisqueando lágrimas en los ojos, le decía: “Yo quiero caca...”. Cuando ella acudía a la petición de socorro era demasiado tarde. “Ya te has ensuciado encima”, decía mi abuela Dominga, riendo y preocupada.
De modo que, habiendo partido mi madre siempre a su trabajo de costurera, o con mi padre a sus viajes; todo ese esfuerzo para tener casa propia en la zona sur en el barrio Las Delicias; Dominga y yo éramos única compañía en aquella primavera de 1958, cuando contaba nada más que dos años y pico de vida. ¡Y que más feliz que una abuela con su nieto!; aunque mi desarrollo comunicativo no podría valer gran cosa y solo sería ensuciar pañales y gatear por el suelo.
Es de suponer, por tanto, que los escatológicos episodios que acabo de mencionar sucederían después, en aquellas idas a la laguna Mar Chiquita, Córdoba, para pasar períodos de vacaciones con mis abuelos y dejar embarrarse, secarse al sol, luego zambullirse en esa agua salitre para suplir el reuma que tenían y, además, cargarse con una pila de pañales para el nene, que quedaban colgados en la soga de la hostería a la vista de todos.
También quisiera entrever cuando mi madre, dejándome entregado a la abuela Dominga, iba de incógnito a matar la nostalgias con amigas de juventud, a quienes daría parte de sus propias experiencias de la civilización de entonces, incluyendo, si el orgullo no le trababan la lengua, de su esclavo trabajo y otras cuitas; además escuchando de los malos tratos frecuentes de muchos de los maridos de sus amigas, quienes habían perdido el norte en una borrachera, o con las eróticas alegrías de una sensual “Rita La Salvaje” en nuestra metrópolis. Supongo que por haber sido atónito y ni testigo de algunas de esas deplorables escenas domésticas jamás he levantado la mano contra ninguna mujer.
Ya de adolescente mi abuela y luego mi madre me hacían recordar aquel momento: “¿Te acordás de cuando te cambiaba los pañales, nenito?”.
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