martes, 28 de octubre de 2014

Hoy te recuerdo

Por Luis Molina

El tiempo pasa, lento en la juventud, rápido en la madurez, siempre inexorable.
Hoy la recuerdo, tantas décadas han pasado y ya un lustro que me dejó. Luego, quizás por soledad, comencé a escribir.
En la foto la veo con sus veinticuatro años y su bebé en brazos. No me reconozco.
Supo luchar, superar el dolor de perder una hija de solo siete meses en una época donde la meningitis era mortal. Con poco más de un año no lo recuerdo, quizás mi mente quiso borrar ese momento.
Nunca tuvo lujos y sé que los deseaba. Luchó con denuedo por cada cosa que obtuvo, perdió su compañero tan solo a siete años de casada. Con un hijo pequeño, viuda joven no claudicó, soñaba que este fuera alguien en la vida. Por eso, lo preparó desde pequeño, con poco más de cuatro años lo inició en la lectura y las matemáticas. Así, aprendí a leer, sumar, restar y los primeros pasos en la multiplicación. Yo odiaba la tabla del cuatro, pero ella insistió.
Aun con cinco años comencé la escuela, donde me aburría haciendo palotes. Prefería estar en casa, donde practicaba con el diario “La Tribuna” que mi padre compraba por su afición al turf.
En mi segundo año escolar mi padre partió. Ella le puso el pecho a la vida: horas de trabajo en más de una casa, además de aplicar inyecciones que le restaban horas de descanso, más cuando debía levantarse hasta un par de veces en la madrugada para ir a cumplir el horario de un antibiótico. No importaba si era invierno.
En clase siempre me tocó leer. La maestra me hacía pasar al frente por mi facilidad y pronunciación, quien diría que era mérito de ella, premio a su constancia, en aquel tiempo en que me enseñó mis primeras letras, a pesar de su casi analfabetismo.
Vivió una niñez dura, en un ámbito y época donde la mujer y los hijos debían permanecer en segundo plano. Pero a mí me enviaba con mi guardapolvo impecable y almidonado. Duro iba el morocho a la escuela.
Su rectitud era intachable. Nunca olvidaré aquel día que con vergüenza debí pedir disculpas y devolver el soldadito de plomo que traje de la casa donde ella trabajaba. El respeto y la honestidad no se negociaban.
Henchida de orgullo recibió la noticia de que yo había sido elegido “El muchacho del mes” por el Rotary Club entre todas las escuelas de Rosario. Gastó la página del diario donde salió la noticia, con foto incluida. Cuando me regaló esa página para que mis hijos la leyeran, ya casi no se podía hacerlo. El recorte tenía más de treinta años.
Le fallé, no quise seguir la secundaria. Preferí trabajar, no me entusiasmaba volver caminando por detrás del cementerio a las once de la noche. Avenida Francia, en aquel tiempo se cortaba en Pellegrini y se convertía en un baldío de casi tres cuadras con un sendero entre el matorral, debía concurrir en horario nocturno para poder trabajar en el día.
Tendría diez u once años cuando trabajé por primera vez. Envolvía manubrios cromados de bicicleta con arpillera para que no se rayaran. Me pagaban $ 0,50 por una tarde de trabajo. A los doce, comencé como cadete de farmacia. El ruso Limanovich no me quería ver parado, así que si no había que hacer nada en el local me enviaba al entrepiso a acomodar mercadería. Este tenía una pequeña ventana ideal para bombardear con bolitas de naftalina a los pibes vecinos. Luego, me mudé enfrente a un taller de mecánico para dentistas. Era mejor la paga y, además, me movía en bicicleta. Así, mientras aprendía un oficio recorría la ciudad a mis anchas, me encantaba la calle. De paso, ella podía contar con algunos pesos más.
Tuvo suerte de conocer un buen hombre, con quien tuvieron una hija, mi hermana. Yo aprendí un oficio. Nos mudamos a Pergamino, donde conocí un ambiente diferente e hicimos nuestra primera casa. Al regresar a Rosario unos años después, hubo que volver a empezar desde los cimientos; pero tuvo su casa. Estoy en ella escribiendo ya tarde en la madrugada.
En la década del setenta me independicé en el trabajo. Siempre me decía: “Guardá, comprá un terreno”. Nunca la escuche. Claro, la guitarra eléctrica, la música, las chicas, eran demasiada tentación. Me dediqué a disfrutar. Hoy me arrepiento, pero es tarde.
Un día me casé formando mi familia, ella fue abuela, a pesar de no hacer buenas migas con su nuera. Comencé a tener problemas económicos, el alquiler con dos hijos se me complicó. Dividió la casa dándome un lugar, mis hijos crecieron, llegaron las nenas. Ella tenía problemas de salud pero su orgullo y determinación la mantuvieron en pie.
Mi hermana se casó. Ella siguió cumpliendo años, en silencio sin pedir nada, orgullosa siempre. Como yo trabajaba lejos de Rosario, no la atendí como debía, mi matrimonio tambaleaba, menos tiempo le dediqué.
Un día notamos que algo estaba fallando. Se caía hacia atrás. El neurólogo nos dijo que sus neuronas estaban muriendo y, luego, lo peor: el Alzheimer, ese asesino silencioso que la cambió, la enfermedad que la llevó de a poco durante largos dieciocho meses hasta el final.
Pienso…
¿Qué sentiría hoy al leerme?
Poder poner en sus manos y decirle: “Este es mi libro mamá”.
Recordar juntos aquellas primeras letras que me enseñó, aquellos $ 0,50 que me dio el mejor día de mi vida a pesar de nuestras estrecheces y volé a la biblioteca “Magnasco” a hacerme socio recorriendo una vida de aventuras en cada tomo de la colección Robin Hood, junto a Salgari, a Poe, a Verne y tantos otros.
Sentarla frente al monitor para que vea que dicen de su hijo en Europa o América gente de diversos países. Pero ya no está.
Solo en la madrugada, pienso en ella, y solo se me ocurre decirle…
Gracias mamá.

1 comentario:

  1. Luis cuanta sensiblidad y ternura manifiestas en tu relato.que emociona hasta las làgrimas
    Gracias por compartir .
    Maria Rosa Fraerman

    ResponderEliminar