miércoles, 28 de mayo de 2014

Semblanza de mi madre

Por Elena Itatí Risso
Firmat (Santa Fe), 9 de julio de 1943

“Quien encontrará a la mujer fuerte? Es mucho más valiosa que las perlas, en ella confía el corazón del marido y no será sin provecho.
Muchas mujeres hicieron proezas, pero tu superas a todas”
“Libro de los Proverbios”, capítulo 31, Antiguo Testamento

Sus ojos, de acuerdo al escritor Guy de Chantepleure, eran del color del tiempo: ora grises, ora celestes, ora verdes de acuerdo a la luz de ese día.
Tuvo una infancia dura, de sueños incumplidos, de ensoñaciones. Contaba que mientras cuidaba los animales del campo, a los siete años, soñaba. Soñaba con ser maestra, con estudiar aunque la dura realidad solo le permitió hacer segundo grado de la escuelita. Soñaba que los caminos eran pavimentados, cosa que en 1917 era inimaginable para una niña que nunca había salido del campo. Pero siempre soñó y no se resignaba a la chatura de esa vida sin medios.
Conoció a mi padre, otro soñador y músico lleno de ternura. Pero mi madre era tierra, era ancla, soporte y formaron una unión indisoluble que duró 62 años.
Tuvieron cuatro hijos, y mi madre consideraba que éramos su obra de arte. Por eso, pulía, exigía, estimulaba, cada día para que nunca se resignen a metas pequeñas. Desde el caminar derechas, el ser buenas alumnas, buenas personas, trabajadoras y estudiosas.
Era rígida, poca piel, poco abrazo, pero no sé por qué a pesar de ello, nunca dudé de su inmenso amor. No necesitamos nada más para saber que mi papá y nosotros éramos la única razón de su existencia. Ese fue su mundo. Mundo que supo de una donación sin límites.
Tenaz, trabajadora infatigable, voluntariosa. Para ella, todo dependía de la fuerza de voluntad.
Hábil cocinera sabía con dos puerros y una papa hacer un manjar para seis. Siempre supo hacer mucho con poco, siempre la cocina olía a pan casero, a panes de leche, a dulces caseros. En esa cocina nada se tiraba, todo se transformaba. ¡Y qué decir cuando mi padre compra la máquina de picar! Decíamos riéndonos que las albóndigas eran milagrosas, todo iba a parar allí resultando un manjar.
Era protestona, pero tremendamente activa: ninguno estaba a la altura de su exigencia
Lavaba a mano la ropa, con agua fría por supuesto, planchaba, cosía, tejía, era jardinera, albañil, carpintera, cocinera. Hábil con el martillo, el cuchillo, la azada, la aguja o el pincel. Le gustaba hacer manualidades, inventar, proyectar.
Quería que fuéramos listos, estudiosos, trabajadores, derechos, y que le demos a la escuela nuestro tiempo; aunque disponíamos de largas horas de juegos ya sea en la casa o en las noches templadas en la vereda con los chicos del barrio.
Cuando Canal 5 puso la “Telescuela primaria”, con mi papá se compraron sendos cuadernitos y comenzaron entusiastas a terminar la primaria. ¡Aunque habían acumulado tanta sabiduría!
Los dos fueron entusiastas autodidactas: mi papá aprendiendo Inglés y música. Ella aprendía con la radio, con el diario, con libros que en esa época no eran abundantes. Pero nos supo hacer poesías para llevar a la escuela, juntaba textos y los pegaba en un cuaderno que aún conservo, con máximas, consejos, poemas. Todo le servía para aprender.
Acompañó el crecimiento de cada hijo con un amor ilimitado. A pesar de que, justamente yo, no seguí el camino “normal” que una adolescente tomaba en esos tiempos, siempre supe que ellos estaban, a la vuelta del camino, esperándome. Siempre
Cuando sintió que su vida estaba llegando al final, tuvimos una charla sobre ese final. Yo le decía que esa sería su lección de vida postrera: enseñarnos a morir.
Y se fue simplemente, como el ave que herida ya no vuela y descansa. También nos enseñó a irnos.

Gigante, enorme, inolvidable para hijos y nietos. 

1 comentario:

  1. Lo has dicho todo, nada queda por agregar, quizás felicitarte por ese orgullo que imagino hoy sabes compartir.

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