martes, 6 de mayo de 2014

Por fin conseguí mate

Por Norma Pagani

Un día mis padres, que vivían, igual que nosotros, en Cañada Seca, un pequeño pueblo del noroeste, de la provincia de Buenos Aires, limitando con Córdoba y Santa Fe, en la zona llamada por la Policía como Triangulo de la Bermudas, en su Ford 100 destartalada, vinieron a visitarnos al campo, ubicado a diez kilómetros del mismo, donde pasábamos los fines de semana, y las vacaciones de invierno y verano desde 1977, cuando la familia separó los campos y cada uno construyó su vivienda.
 Desde lejos, se oía el ruido del motor gasolero, mientras los novillos corrían asustados por el campo recién sembrado.
Andrea y Verónica ambas de 7 y 5 años –María Laura, aún no había nacido– acudieron rápidamente hacia la tranquera de ingreso al cuadro de la casa dando gritos de alegría, ya que adoraban a sus abuelos, que siempre traían golosinas y alguna sorpresa.
Después del recibimiento cargado de besos y abrazos, se acercaron con una calabacita que hacía ruido.
“Es un mate”, dijo mi papa, “noté que no tenían para cebar los amargos que tanto me gustan, antes de almorzar o cenar y se lo pedí a un amigo, que es experto en elegirlos.
-Hay que curarlo, durante siete días, con yerba usada sin azúcar, pero antes deben cortar la boca con mucho cuidado. Lo ideal sería un bisturí de cirujano, pero como no hay un cuchillo filoso es igual y no se olviden de guardar las semillitas. El año que viene se siembra y tendrán mates para usar y regalar.
Al día siguiente, después de un cuidadoso y prolijo trabajo quedó lleno de yerba y listo para su “curación” como le decían en el pueblo.
La semana siguiente, cuando vinieron nuevamente, trajeron a los nonos, los padres de mi esposo y un asado con sus ensaladas. Prendieron el fuego frente a la casa, en el suelo, ya que no había parrillero en el campo. Se pusieron a conversar.
Las nenas desaparecieron. No se las oía. Habían prendido la cocina a leña, se notaba por las ventanas abiertas y el humo que salía. De pronto, se acercaron a la puerta y pidieron silencio y ojos cerrados. “Abran”, dijeron a coro. “Sorpresa”.
“El mate –dijo mi papá– y cebado por mis nietas”. Una tenía la pava con una servilleta en la manija para no quemarse y alejada para no tiznarse la ropa; mientras que la otra invitaba a todos a compartir esa delicia que solo en el campo tenía un sabor especial por la pava y la yerba añejada por el poco uso.
Terminaron las vacaciones y lo quise llevar a mi casa del pueblo.
“No –me dijo mi esposo– es del campo. Solo en este lugar lo disfrutarás por la cocina y la pava”. No dije nada, pero me quedé con la duda y los deseos de disfrutarlo. No se dio.
Las chicas crecieron, terminaron la secundaria y en las décadas del 80 y 90 se vinieron a Rosario. El mate quedó olvidado en un rincón del aparador. Solo se usaba ocasionalmente, ya que durante mucho tiempo usé edulcorante y él era solo para amargo. Además, fuimos espaciando las visitas y mi esposo no era muy adicto a esa bebida.
Nos vinimos a vivir a Rosario en 2004, cuando obtuve mi jubilación como maestra y viajábamos al pueblo cada treinta días. Yo casi no iba al campo.
Quedó olvidado.
El año pasado, entraron a la casa los dueños de lo ajeno. Todo revuelto y desordenado. Descubrí el mate. Al verme con él en la mano, mi esposo me dijo: “¿Quién se va a llevar algo sin valor? Lo miré y pensé: “Tantos años deseando tenerlo y va a terminar en manos extrañas que lo van a usar como pelota o aplastar con el pie”. Lo tomé y lo guardé en el auto, por si se arrepentía y me lo hacía dejar.
Así fue como pasó de un mueble a otro. Con el precio de la yerba, se buscan mates más pequeños y mi interés por él ya había decaído.
Al pedir el profesor un objeto para narrar una historia fui al pueblo, donde guardo mis recuerdos a buscar algo.
Cuando mis ojos se posaron en el pensé: ¿por qué no?
Me senté a escribir. Me llegaron todos los recuerdos, sabores, olores, ruidos y sentimientos que estaban escondidos en un rinconcito de mi mente.
Las risas de mis tres hijas y mis sobrinos Mauricio y Silvana, jugando a la casita o chapoteando en el tanque.
Los ladridos de Diana y Puchito corriendo las ovejas o ayudando a los hombres a entrar las vacas al corral.
Los granos de maíz que Zorrino y Pampi, el caballo y la yegüita, comían de nuestras manos, mientras mi suegro, con más de ochenta años, entraba orgulloso montado en su tordilla con el balde de leche que había ordeñado a Pochocha, la vaquita de mis hijas.
Los días de yerra, cuando venían los primos y se hacían asados, regados de buen vino, ginebra y las empanadas, pasteles y palmeritas que hacían mi suegra y mi mama.
Las carneadas de cerdo, donde los sabores de la cebolla de verdeo, se mezclaba con la pimienta y el clavo de olor, hervido en vino, mientras las risas de los hombres solo se apagaban para saborear un espumoso amargo previo a la comida; mientras se escuchaban las bochas al chocar y la taba al clavarse en el piso de tierra, o los grupos cuando alguien decía: “Truco”.
El ruido de la rueda del molino al sacar agua fresca para que los animales y personas saciaran su sed; mientras las mujeres refrescábamos las bebidas, regábamos el patio y el olor a tierra mojada se impregnaba con el humo del asado.
Los tractores y el Ford Falcon, que tanta tristeza nos dio al cambiarlo por la Ford 100, que nos parecía que habíamos tocado el cielo cuando la trajimos de la agencia de Laboulaye.
El trigo maduro, las perdicitas, los teros anunciando la visita, los balidos de los animales, las lechucitas paradas en el poste, que hoy la fumigación ha extinguido, la luna saliendo entre las plantas, la cama de los abuelos que vino de Italia. Cuántos recuerdos, cuánto olvido, cuánta añoranza...
Hoy el mate, que para cualquiera sería algo que no llamaría la atención, está en Rosario y es el protagonista de esta historia, pero que ya no es para mí lo que fue ayer.
Nuevamente cambió de aparador.

9 comentarios:

  1. Realmente me dejó una sensación de ternura e identificación. Hermoso. Felicitaciones!

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  2. ¡Que buen relato! para quienes alguna vez tuvimos la ocasión de vivir en un campo es una vivencia inolvidable que un citadino no llega a comprender.
    Gracias por el recuerdo.
    Un abrazo.

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  3. ¡Cómo las cosa más simples pueden llenarnos el corazón de felicidad!. Decís que "no es para vos lo que fue ayer", sin embargo, cuando lo tuviste en tus manos, con el calor de ellas surgieron los duendes y mirá cuantos recuerdos! Dejalo estar, no te desprendas de él. Dice un autor: "...las cosas nos trascienden..." ¡Bello relato! CARMEN G.

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    1. Ayer mi nieta Avril lo tomo en sus manos y me pregunto si era el mate del cuento. Hace años que no lo uso. En honor a vos mañana me voy a tomar unos ricos amargos.Gracias por tus palabras y por hacerme notar que debo usarlo-

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    2. Recién recorriendo los relatos me encontré con tu respuesta. Gracias! Cuántas similitudes nos unen!. CARMEN G.

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  4. Gracias Luis por tus lindas palabras. Despues que lo publique me acorde de las costeletas con huevos y papas fritas que cocinamos en la cocina a leña con toda la familia. (cada uno por razones de trabajo y distancia no puede ir) y cuando fueron mis nietas por primera vez. Muchos recuerdos que me hacen saltar lagrimas.

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  5. Buenísimo Norma, Te felicito.
    Descripción exacta de la realidad mezclada en la historia.
    Me alegra que sigas con tu gusto por la lectura y la escritura, tan bien aplicada en los niños de la escuela en donde trabajabamos juntas, me trae muchos recuerdos. Besos

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  6. Que grande mi madre!!!! Felicitaciones...
    Al leerlo tengo añoranzas de mi maestra de 4 y 5 grado (VOS!!!) despertando en mi la pasion por la lectura y el escribir...
    Nunca es tarde...Vamos por mas
    Andre


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  7. Querida Nona

    Muy buen relato el que escribiste sobre el mate de Cañada Seca, me gusto y ojala que sigas publicando historias como estas.

    Sofi, tu nieta

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